Arte

Viaje en el tiempo y en el afecto

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Mas de 17 mil espectadores tuvo la exposición, «Jorge Camacho + Christian Vinck: Viaje de ida y vuelta, los artistas con Doñana», que cerró el miércoles, 12 de febrero, en la Fundación Biodiversidad, en el Patio de Banderas, 16, en Sevilla, tras más de cuatro meses de su apertura. El éxito de su recepción fue una mezcla del asunto tratado en la muestra, esto es, la convergencia entre arte y naturaleza, misterios no por antiguos desentrañados; la curaduría de la exhibición, que sumó a la museografía tradicional, los códigos de la investigación de campo, el avistamiento de aves, el activismo proteccionista de los reservorios de agua y, en suma, lo que es urgente y nos convoca más allá de agendas pasajeras

El Parque Nacional de Doñana es una reserva natural, que hasta hace sesenta años fue un coto de caza. Esto favoreció la conservación de la biodiversidad; una paradoja, sí, pero el hecho de que se tratara de un terreno privado para la práctica cinegética limitó el acceso al área y con ello se dotó a la fauna de un entorno tranquilo y seguro. No es esta la única incongruencia. Pese a su valor ecológico, Doñana suele estar presente en la prensa por los conflictos ambientales. Con frecuencia se le menciona por la explotación ilegal de las fresas y, sobre todo, por la alarmante pérdida de sus acuíferos, sobreexplotados para la extracción ilegal de agua para el cultivo frutos rojos en Huelva. De manera que es más conocido por la crisis del agua y el conflicto agrícola que por su historia e inmenso valor como espacio protegido.

Según la jurisdicción y el ámbito de competencia, Parque Nacional de Doñana es gestionado por varias entidades. La Junta de Andalucía, a través de la Consejería de Sostenibilidad, Medio Ambiente y Economía Azul, es la principal responsable de su gestión, desde 2006. El Organismo Autónomo de Parques Nacionales (OAPN), dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), es responsable de la conservación general del parque y la coordinación con organismos internacionales. Y la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC), parte del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), desarrolla investigaciones científicas sobre ecología, evolución y biodiversidad en dicho Parque.

Viaje en el tiempo y en el afecto

Viaje de ida a vuelta… de dónde adónde… quiénes son los viajeros… cuál es su equipaje. La ruta, más bien un trasiego febril, es entre España y Venezuela. Entre la Estación Biológica Doñana, en Sevilla, y la Estación Biológica El Frío, en el llano venezolano. También es una travesía en el tiempo, en el afecto y en las galerías de la amistad, sin cuya luz este proyecto no se habría siquiera formulado.

El Hato El Frío, por su parte, es -era- una especie de paraíso terrenal, hacienda histórica, reserva natural y humedal, a la que se accede, desde Caracas, tras muchas horas de carretera, apartamiento que lo preservó sus ecosistemas de Sabana y la pasmosa variedad de especies animales y flora por mucho tiempo de asedios de todo orden.  En 1977 fue creada la Estación Biológica El Frío (EBEF) donde se realizaron numerosos estudios, documentales, publicaciones científicas y programas de Conservación. Diez años después, en 1987, se puso en marcha el plan de rescate de los especímenes sobrevivientes del Caimán del Orinoco en peligro de extinción, mediante la cría y liberación de miles de ejemplares de forma exitosa. En marzo de 2009, El hato El Frío fue expropiado por el Estado venezolano, por orden del entonces presidente Hugo Chávez, quien procedió al embargo sin pagar la correspondiente indemnización, establecida en la Constitución. En la actualidad, la bulliciosa arcadia está sumida en el silencio y el lugar, destruido y en el abandono.

Un Orinoco surca el Atlántico

Hace poco más de medio siglo, en 1973, la familia Maldonado recibió en su finca en el corazón de Venezuela un equipo de televisión español, dirigido por Félix Rodríguez de la Fuente, que iba a grabar allí el primer capítulo de la serie televisiva “El Hombre y la Tierra”. Como viene ocurriendo por cinco siglos, el encuentro entre los peninsulares y lo que Colón llamó “Tierra de gracia”, al arribar en su tercer viaje a lo que hoy es Venezuela, fue de mutuo deslumbramiento. Aquella primera exploración con equipos audiovisuales se prolongó y profundizó en la forma de intercambios académicos y proyectos de conservación, como el Programa de Conservación del caimán del Orinoco, que permitió salvar a esta especie de la extinción.

En 1974, el biólogo gallego Javier Castroviejo, de la Estación Biológica de Doñana, y Álvaro Maldonado, propietario de la empresa ganadera venezolana INVEGA, establecieron los primeros contactos con miras a establecer una línea de investigación del Neotrópico por biólogos españoles. Tan auspiciosa fue la alianza que muy pronto quedaron cimentadas las bases de la Estación Biológica, donde Francisco Braza y Carlos Ibáñez se convirtieron en pioneros al hacer sus respectivas sus investigaciones sobre primates y quirópteros. En 1977, se suscribió el Protocolo de Intención para la creación de la Estación Biológica El Frío (EBEF), firmado por Javier Castroviejo e Iván Darío Maldonado, presidente de INVEGA. Ese mismo año, la bióloga Cristina Ramo recibió una beca de la Fundación Samuel Darío Maldonado para estudiar vertebrados en la EBEF. El camino de ida y vuelta ya estaba empedrado.

Lo que comenzó como un desembarco jovial con cámaras de grabación derivó en un intensivo programa de 33 años, en los que el Hato El Frío se consolidó como un referente en conservación y ecoturismo en Hispanoamérica, al integrar la protección de su biodiversidad y sistema hidrológico, así como la muy variada fauna, con una producción ganadera sostenible, orientada a apoyar la economía local. Al mismo tiempo, se creó una avanzada de investigación y formación, como el Máster en Gestión y Conservación de la Biodiversidad, y se promovió su candidatura como reserva de biosfera.

En 2010, la promotora cultural y coleccionista, Milagros Maldonado, funda Meta Miami (Maldonado Education Through Art), institución que a la fecha ha realizado más de un centenar de exposiciones y devenido importante centro de formación para la comunidad. Cuando Milagros Maldonado se entera de la crisis que enfrenta Doñana, por las siembras ilegales de frutos rojos, decide reactivar la alianza histórica que su familia había sostenido con el Parque sevillano. En 2024, Meta Miami, firmó un Protocolo de Actuación con la Estación Biológica de Doñana-CSIC, para fortalecer esta colaboración y hacer visible la importancia de los humedales y los peligros que se ciernen sobre estos.  Es ella, Milagros Maldonado, vinculada al cine, las artes plásticas y la literatura, quien propone el título de “AVE Doñana”, con ese eco latino que apunta a “Salve Doñana”; y quien propone acudir a artistas para que representen el conflicto, sinteticen sus múltiples vertientes y expresen las tensiones.

Una naturaleza silenciosa y personal

Dado que el visitante que llega al lugar de la exposición ignora todo esto, la curaduría incluye una línea de tiempo para documentar la relación entre la venezolana familia Maldonado y la sevillana Estación Biológica de Doñana. Por ella nos enteramos de que estamos ingresando en el primer hito de una colaboración pautada a cinco años, en el marco de la celebración del 60 aniversario de la Estación Biológica de Doñana y los 30 de su declaración como Patrimonio de la Humanidad.

La muestra se propuso, pues, dar continuidad a una colaboración de décadas, puntuada por periplos de ida y de regreso; llamar a la reflexión activa acerca del inmenso valor de los humedales y el deber de proteger estos ecosistemas, amenazados por fuerzas poderosas, que sustentan el 40% de todas las especies del planeta, dado que provee de hábitat vital a la flora y fauna. Y debía expresarse a través del arte, esa es la línea de acción de Milagros Maldonado formada en la convergencia entre la devoción a la naturaleza y el enigma de la expresión artística. Para anclar tal aspiración, se organizó la exposición “Jorge Camacho + Christian Vinck: Viaje de ida y vuelta, los artistas con Doñana”, curada por Milagros Maldonado y Henrique Faría, y coordinada por Natalia Díaz Peña.

El concepto pone en interlocución dos artistas, el ya fallecido cubano-francés Jorge Camacho (1934-2011), quien vivió gran parte de su vida en “Los Pajares de Cala”, en Almonte, con su esposa Margarita Camacho/Gruger; y el joven Christian Vinck (Maracaibo, Venezuela, 1978), quien mostró una obra producida mientras se encontraba en residencia artística en Doñana.  Mientras Camacho despliega en sus telas las dunas de Doñana acechadas por criaturas que nocturnas (por subterráneas), que deambulan en un ambiente ominoso de ecos surrealistas, Vinck documenta con la mirada del cronista lo que ve, el trabajo de los biólogos en una atmósfera de transparencia y, de paso, consigna lo que se oye. Más bien, lo que no se oye. Pues es el caso que en las obras de Vinck sobre Doñana, donde vemos caballitos abrevando y garzones en la ribera de un lago, se siente, sin embargo, una especie de circunspección afónica, ¿dónde están los animalitos silvestres, en este verdor como de picnic? ¿Se ha vuelto afónica la naturaleza? ¿Por dónde asoma el cervatillo fugaz y dónde, el celaje de la ardilla? El escenario es idílico, los prados extensos y el aire parece perfumado en las telas de Vinck, pero falta algo… ¿o más bien, sobra? Todo parece demasiado ordenado, como un set de cine donde en un minuto empezarán a grabar y nada moverse, nadie debe toser, ningún cachorrillo debe emborronar el horizonte con sus torpes saltos y sus aullidos, mucho menos debe registrarse una estampida, estallar una bandada ni levantar polvaredas las manadas.

Los dos conjuntos son perturbadores, uno porque atisba un futuro inquirido por peligros y no pocas catástrofes; y la otra, porque en un entorno risueño, con destellos de rosa pálida, en vez del fragor de la fauna en libertinaje, percibimos el mutismo angustioso de un arca de Noé acallada. Lo que para Camacho son signos persistentes de una calamidad que nadie salvo él parece avizorar con tal claridad pesadillesca, para Vinck es el paraje desconocido a cuyo encuentro ha ido el artista viajero, de corazón nostálgico y aventurero, como aquellos dibujantes del Romanticismo que, en los siglos XVIII y XIX, saturaban sus itinerantes paletas tanto de colores como de emociones y encontraban en la naturaleza la novia idealizada, lo mismo que sus propios fantasmas crepusculares. No menos apolínea es la instalación en forma de torre de avistamiento, creada por Vinck y circundante por toda la instalación de la Fundación Biodiversidad, para que el público juegue a estar en medio de la reserva, viendo decenas de aves migratorias través de binoculares.

Una cosa nos alivia. Y es que no estamos solos, ni los de aquella orilla ni los de esta. Ni solos ni en la orfandad, son años de trabajo hombro con hombro, de respeto mutuo, de proyectos siempre orientados al futuro, de certeza de que somos un solo mundo, un solo planeta. En realidad, es muy sencillo.

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