Literatura

Rafael Cadenas, a ras de la escritura mística

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Hay poetas que quedan asociados para siempre a un solo texto. En España, por ejemplo, recordamos a Espronceda por La canción del pirata; en lengua inglesa a Kipling por If [Si…], y así podíamos continuar ampliando la nómina a otros países. En Venezuela, ese lugar lo ocupa probablemente Rafael Cadenas, por Derrota. Quien lo lea, advertirá enseguida su intensidad confesional: una voz que avanza como una letanía y pone al descubierto la fragilidad del ser humano.

El peso de Derrota

Derrota es su texto más celebrado y funciona como punto de partida de su creación poética. Condensa una de las vetas más reveladoras de su obra: la conciencia del fracaso interior y de la lucidez frente a las propias limitaciones. No es extraño que conmueva incluso a lectores poco habituados a leer poesía, lo que resulta llamativo si se tiene en cuenta que, como señaló Darío Jaramillo, Cadenas es, ante todo, “un poeta para poetas”.

Reducir, sin embargo, su escritura a esa composición sería simplificarla. La recepción de Derrota plantea una cuestión mucho más amplia: ¿puede un poeta hablar a todos los lectores por igual? La historia literaria dice que no. En cualquier arte existe un equilibrio entre profundidad y accesibilidad. Hay obras que alcanzan a muchos lectores; otras encuentran su lugar en una zona más reflexiva. Cadenas pertenece claramente a esta segunda tradición.

De entrada, su literatura no deslumbra ni seduce con facilidad. Su sentido surge del entronque perfecto entre palabra y silencio, y dicha confluencia convierte el texto en una especie de escucha más que de determinación. En esa economía expresiva se cifra buena parte de su singularidad.

Ascética del lenguaje

Tal depuración se vuelve particularmente visible en Intemperie (1977), poemario en el que la sobriedad alcanza un nivel casi ascético. En él, cada poema se reduce a lo esencial y cada palabra parece elegida no sólo por su significado, sino también por su peso moral, como si cada verso debiera responder ante la existencia misma. Así, escribe: «Me sostiene / este vivir en vilo / sin ninguna señal / ni mapa / ni promesa…», versos que revelan una conciencia de precariedad y que empujan al poeta a buscar en el lenguaje una forma de apoyo.

Algo similar sucede en Amante (1983), obra en que la escritura se vuelve aún más contenida y meditativa y donde la intensidad lírica persiste como una forma de conocimiento. En ese contexto aparece una especie de programa poético: “Destruye / la retórica del amante / y hazlo venir a pie, desnudo, sin arrimo, / a tu recio descampado / que pruebe a sostenerse ahí, que sienta tu frío, que vele”, donde la palabra se expone a la intemperie y se sostiene por su verdad, como en una vigilia interior.

Con el paso de los años, esta tendencia hacia la síntesis desemboca en libros en los que predomina una voz aforística, reflexiva y serena, que se manifiesta de manera inequívoca en la continuidad que establece entre géneros distintos. Ensayos, aforismos y poemas comparten una misma pulsión interior, de manera que cada palabra parece medida y cada pausa y silencio desempeña cierta función expresiva.

Con todo, más allá de la arquitectura verbal, lo que empapa la escritura de este autor es su dimensión espiritual: el yo no se exhibe, sino que se interroga; el poema no afirma una identidad, la pone en duda. Esa actitud explica el giro meditativo que recorre sus últimos libros y que la aproxima, sin vacilaciones, a una sensibilidad que, en España, puede hacernos pensar en el proceder de los místicos o, de manera especial, en la poesía última de José Ángel Valente. Ocurre así porque la poesía de Cadenas se asienta en una, llamémosle, paradoja: el lenguaje es insuficiente, pero indispensable. El poeta sabe que la realidad siempre supera a las palabras, y aun así escribe.

El poema Al lector

Se advierte, grosso modo, con especial claridad en el poema Al lector. En él se produce una tensión entre quienes “hacen las reglas” y un “nosotros”, los lectores. Esos reguladores pueden interpretarse como las normas literarias o la tradición que pretende fijar qué debe ser la poesía. Frente a ellas, el texto reivindica la presencia del sujeto que escribe.

Por otra parte, la afirmación de que desean que hablen “las palabras” y no “nosotros” cuestiona una concepción del arte que realza el artificio verbal sobre la experiencia humana, como si Cadenas quisiera recordarnos que el poema, además de lenguaje, es vida encarnada en lenguaje y que “la página” no debe borrar al ser que la escribe.

El verso final —“Somos viejos actores”— corrobora lo anterior: escribir implica asumir papeles ante los demás. Por eso mismo, esos actores no aceptan desaparecer; insisten en ocupar el escenario del lenguaje, mostrando que la creación literaria no es una estructura abstracta, sino una presencia viva, esto es, una forma de existencia que se afirma en el lenguaje sin disolverse en él.

La gran lección de este poeta es contundente: la poesía no está para adornar el mundo, sino para hacerlo más consciente. Leer a Cadenas implica, pues, aceptar una invitación poco frecuente: demorarse, escuchar y permitir que el lenguaje, en vez de imponerse, nos haga más atentos a lo real, más humanos.

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