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Estamos acostumbrados a llamar al período que siguió a la caída del Imperio Romano y al inicio de la Alta Edad Media como una época oscura, aunque la apreciación no sea correcta por no tomar en cuenta extraordinarios desarrollos culturales como el mundo carolingio y el inicio de la civilización islámica. Asociamos el fin de la oscuridad al invento de la imprenta por Johannes Gutenberg en el siglo XV. La cronología sería imprecisa si no tomáramos en cuenta el impacto de la escritura en la genealogía de civilizaciones más antiguas, como la griega, que liberaron al hombre del peso de la memoria, delegándolo al papel, permitiendo así la creación literaria y el razonamiento filosófico. No se trata de restarle importancia a la imprenta, sino de no olvidar que la escritura fue el invento más importante de nuestra especie. Y después de ella, viene Gutenberg. El hombre no es homo sapiens, es homo grammaticus, sin la consolidación de la escritura no tendríamos tecnología alguna ni desarrollos económicos significativos.
La caída del interés por la lectura no puede entenderse sólo como una característica de la cultura de redes sociales o como el desuso de un hobby extendido, es un evento comparable al que tuvo la Ilustración en el siglo XVIII. El ensayista británico Gurwinder Bhogal sostiene que la crisis de obesidad intelectual que nos abruma, con su ingesta cotidiana de junk info es el equivalente de la masificación de la comida chatarra a partir de 1970. Hemos pasado, escribe James Marriott en un perturbador libro recientemente publicado – The New Dark Ages: The Death of Reading and the Dawn of the Post-Literate Society (2026) -, de una cultura de la imprenta a una cultura dominada tiránicamente por las pantallas de los teléfonos móviles. La manera de capturar y mantener la atención de los consumidores de esta nueva fast food para el pensamiento es muy sencilla: la información debe ser fácil de consumir, gratificante, adictiva y baja en contenido nutricional. No estamos hablando de estudiantes universitarios en un país del tercer mundo, como Venezuela, o de otro que esté luchando para terminar de consolidarse como del primer mundo, o salirse de una vez de él, como España, no estamos seguros, sino de nosotros mismos. Es un ejercicio intelectual teórico que nos involucra a todos de forma directa.
La Revolución Francesa no fue posible sin la divulgación y el consumo de libros por franceses ordinarios que vivían en Saint-Germain-des-Pres, Lyon y Marsella; la aristocracia en Versailles también leía, es verdad, iba a la ópera y le encantaba la música clásica. El historiador Orlando Figes recuerda que las revoluciones inglesa, rusa y francesa se hicieron posibles sólo cuando cerca del 50% de la sociedad consumía libros como pan caliente, empezando a cuestionar la calidad de los gobiernos que tenían. El inicio de la esfera pública de Habermas no hubiera sido posible sin la imprenta y el fin de ese espacio intelectual decisivo está llegando a su fin con el dominio de las pantallas. Es cierto que la consolidación de hábitos de lectura no conduce automáticamente a un mayor bienestar, ahí está el ejemplo de Alemania, la sociedad occidental más civilizada antes de la llegada de los nazis, que se entregó voluntariamente a la barbarie. Se cuenta de soldados de la SS en Auschwitz que dedicaban sus horas de descanso a la lectura de Goethe. Quizás esta cultura de lectura fue una excepción en la historia y los aficionados a los libros, en papel o digitales, se transformarán en una minoría culta, que se perpetuará en el poder durante siglos. La lectura requiere de un medio ambiente apropiado y el espacio digital que nos rodea no es el adecuado para pasar horas al día entregado al esfuerzo cognitivo requerido para leer obras complejas. Ya no leer una novela de ochocientas páginas de Dostoievski, sino que la lectura de un cuento corto de cualquier autor capaz de cuestionarnos moralmente, requiere de una capacidad de concentración diferente. El paisaje intelectual de un adolescente de 17 años no es el mismo que tuvimos nosotros. No son escenarios antagónicos, sino tan distintos que podría pensarse que pertenecieron a siglos diferentes y hablaron lenguas incomprensibles entre sí, incapacitándolos para comunicarse efectivamente. La estrategia para comunicarme con mis hijos y nietos no podrá ser la misma que mis padres y abuelos, con o sin éxito (por lo general sin éxito, pero por otros motivos), usaron conmigo.
No hay forma de competir. El modelo de negocio de Silicon Valley, escribe James Marriott, necesita que el usuario pase cada vez más tiempo pegado a su teléfono, absorto por videos seleccionados por IA, después de haber rastreado tu comportamiento digital. No puedo competir como padre con ese sistema, crecí en un mundo donde no existía el internet, jamás tuve acceso a servicios o canales de mensajerías hasta que había pasado los cuarenta años. Mi esposa más bien me reclama, lee mis mensajes. Pero no se trata de quejarse o extrañar un mundo donde la lectura jugaba un papel importante, uno que definió la entrada a la Modernidad, tanto como la identidad que juro tener como persona. Es que la subestructura del mundo de hoy es otra, totalmente diferente. La tecnología de la escritura, y por ende del libro, no sólo ayudó a la humanidad a comunicarse de manera efectiva, sino que les dio forma a nuestras mentes. El mundo del siglo XXI es caótico e irracional. No es tan sólo que tengamos que reconocer la estrategia desquiciada de Putin o del modelo político que defiende Trump o Xi Jin, es que nuestro futuro post-literario apunta a una sociedad tribal, autocrática y fanática, algo que huele justamente a lo que desapareció con el invento de Gutenberg.
Sería un error presuponer que la gente siempre ha leído, apenas el 1% de la población podía leer en el Antiguo Egipto. En 1949, cuando Mao Zedong y el Partido Comunista Chino llegaron al poder, el analfabetismo rondaba alrededor del 80% de la población y en el mundo rural estaba cerca del 95%. Al año siguiente comenzaron las grandes campañas de alfabetización y poco después se creó la Comisión para la Reforma de la Escritura China, que elaboró el Plan de simplificación de los caracteres chinos. Hoy el analfabetismo ronda el 2,5%. No es que antes nadie tenía acceso a los libros, es que eran carísimos. En la Edad Media Occidental un libro costaba lo mismo que una buena casa. Y esa era dorada de la lectura está llegando a su fin. Cuando los CEO de Apple, empezando con Steve Jobs, anuncian una nueva versión de sus productos insignia, los niveles de aplauso y admiración a nivel mundial harían palidecer de envidia al líder de Corea del Norte. La gran mayoría del mundo hoy no sale a la calle sin un teléfono inteligente y si tiene algunos minutos libres, en el metro, coche o en su casa, lo enciende y queda atrapado.
El libro transformó nuestro mundo, luego fue la TV y después vino TikTok. Las horas que pasamos, ya no surfeando, sino desplazándonos en las redes, tiene repercusión en nuestra capacidad intelectual para profundizar en las matemáticas, en la filosofía y por supuesto, en la política. Los regímenes autoritarios no quieren que la gente piense, esté informada u opine. Cierran los medios de comunicación de masas, periódicos, estaciones de radio o televisión y bloquean servidores. Las ideas políticas irracionales tienen más chance de prosperar en un mundo sin libros, pero sobre todo duele que las nuevas generaciones no disfruten del enorme placer que es capaz de generar una buena novela y de las opciones de cambio, lucidez y crecimiento asociadas a la lectura de un buen libro.
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