Literatura

Crónica de una firma impostada

Carrère en Barcelona

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Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère estuvo el 5 de marzo de 2026 en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) para conversar sobre las fronteras entre literatura, autobiografía y realidad, coincidiendo —según se anunciaba— con la publicación de Koljós (Anagrama, 2026). Aunque las entradas estaban agotadas, decidí aventurarme ese día con la intención de lograr un puesto en el recinto. Me considero admirador de su obra; se trata de uno de los grandes referentes europeos de la escritura de no ficción.

Llevé al evento mi ejemplar de Yoga, publicado en español por Anagrama en febrero de 2021 tras unos años de sequía creativa y turbulencias personales del autor. Esta obra, que tiene mucho de autobiográfica, lo sacó de una larga ausencia por causas que precisamente narra en el libro y que tienen que ver con sus episodios depresivos.

Salí caminando desde mi casa hacia la sede del CCCB. No tenía claro en qué sala o auditorio se llevaría a cabo la conversación entre el presentador, Marc Bassets, y el autor. En el camino divagué pensando que el nombre del escritor bien podría ser el de un afamado perfume francés: Paco Rabanne… Emmanuel Carrère… Jean Paul Gaultier. Cosas de la mente.

Al acercarme a la sede del centro cultural, entré a un patio solitario y, para mi asombro, allí lo tenía a la izquierda: Emmanuel Carrère estaba sentado en una silla mientras una cámara lo filmaba y un periodista (del que nunca vi el rostro) le hacía preguntas. El azar me había llevado a estar a unos tres o cuatro metros de distancia de la escena. Su abundante pelo, entre gris oscuro y gris claro, rivalizaba con el de Nicola Sirkis, cantante de la banda francesa Indochine. Vestía de otoño oscuro, de arriba abajo: llevaba un abrigo que le llegaba a las rodillas y una larga bufanda le caía del cuello desparramándose hacia los laterales de la silla. Los zapatos, aunque deportivos, combinaban con su porte elegante. Sus gruesas manos estaban entrelazadas como dos pulpos que se abrazan. Tenía rostro de pocos amigos; quizás no le gustaba lo que le preguntaban o quería intimidar al entrevistador, que seguía de espaldas desde mi ángulo de visión. El camarógrafo estaba serio y yo no alcanzaba a escuchar la conversación.

Estaba absorto ante Carrère cuando se me acercó un chico y, con mucha educación, me dijo que no podía permanecer en ese lugar al que había llegado por pura casualidad. Le pregunté dónde quedaba el recinto del evento y me indicó que debía ir a la Sala Teatre. Salí a la calle, caminé por la acera y rebasé la entrada donde se encuentra la librería Laie. Un oficial de seguridad me señaló que debía salir hacia la plaza Joan Coromines —donde se aposentan adolescentes, patinadores rebeldes y migrantes africanos— y que a mi derecha encontraría el Teatre, justo enfrente de la iglesia de Santa María de Montalegre. La tarde había estado nublada y caía una lluvia suave pero molesta.

En la entrada, un anuncio impreso en papel reposaba sobre un atril con el nombre y la foto del autor. Al no estar cubierta con plástico, la hoja estaba mojada y mostraba ya las arrugas de una vejez prematura. Una gran flecha negra indicaba el acceso al Teatre y la hora del evento: 18:30 h. Me gustó mucho el título que le dieron a la conversación: “La vida, material literario”; lo que supone un espectro amplio de temas sobre su obra en general: nada menos que la vida misma como materia de escritura.

Apenas entré, la calefacción me golpeó el cuerpo como un soplo de viento sahariano. Me acerqué al mostrador de atención al público, donde un diligente caballero dominaba con soltura el tema de los accesos. Le dije, claro y directo, que venía a ver a Carrère pero que no tenía reserva. Me anotó en una lista de espera y me invitó a sentarme en un pálido sofá semicircular donde ya aguardaba una señora en la misma situación.

Un gran reloj digital marcaba la temperatura del vestíbulo: veinticinco grados centígrados; unos diez o quince grados más que en el exterior. Es sabido que la calefacción para el confort humano no debe sobrepasar los veintiuno o veintidós grados, y que en verano veinticinco grados ya definen una noche tórrida; eso era exactamente lo que se padecía dentro del recinto.

La gente entraba en intervalos, como pequeños bancos de peces, y se dirigía hacia la escalera mecánica que conducía a la sala del piso superior. Otros daban vueltas, desorientados, y muchos se acercaban al caballero, dueño y señor de la escena. Algunas personas solo venían a recoger sus invitaciones, otros se identificaban como periodistas y recibían un pase de cortesía. En ese momento apareció el equipo de Anagrama a recoger sus entradas; los tenía justo frente a mí. El flujo continuaba y me extrañó ver que un grupo de personas empezaba a congregarse al lado del mostrador en lugar de subir al teatro, el cual, según leí en las redes en ese instante, tenía capacidad para seiscientas personas. Yo aún mantenía la esperanza de entrar. Me había quitado el abrigo y el jersey, quedándome solo con una camiseta de manga corta en este simulado verano puertas adentro.

Llegada la hora de inicio, el encargado de los accesos empezó a nombrar a los pocos que estábamos sentados en el sofá en lista de espera. Dijeron mi nombre, pagué tres euros y me entregaron un boleto que rezaba: “Retransmissió Debat: Emmanuel Carrère”. A mí eso de “retransmisión” me sonaba a evento deportivo en diferido, así que le pregunté qué significaba. Me respondió que debía ingresar por la sala Raval —donde se había aglomerado la gente a su costado—, la cual resultó ser una suerte de sala de cine en la misma planta baja. Insistí en si no quedaba alguna butaca libre para ver al autor en directo en el Teatre y me contestó negativamente. De ser cierta la información —siempre hay que dudar de la precisión de los datos—, Carrère había convocado a seiscientas personas, más los que contábamos con el penoso salvoconducto de la retransmisión.

Resignado, entré a la sala Raval. Si en el vestíbulo la temperatura era de noche tórrida, dentro parecía que estuviésemos junto a un horno de leña para pizzas. Me sentía sofocado y opté por sentarme en la última fila, esperando que el calor fuera menor al distanciarme de la multitud. Apenas me acomodé, comenzó el acto. Quedaron algunas sillas vacías. Era extraño pensar que si no había retraso entre lo que veíamos en la pantalla y lo que ocurría unos metros más arriba, el término “transmisión simultánea” habría sido mucho más adecuado.

Marc Bassets inició la presentación en catalán y se refirió a la última novela del autor. Yo acababa de leer un libro —por encargo para una reseña— que no me había gustado mucho: Ladrón, espía y asesino, del ruso Yuri Buida. En él aparecían precisamente los koljoses: unidades de producción agrícolas gestionadas por campesinos pero propiedad del Estado soviético. En una escena de esa novela, el narrador autobiográfico quema las galeradas de un libro que iba a publicar la imprenta oficial al reconocer que en su texto convergía una visión idílica, hipócrita y complaciente con el régimen totalitario sobre la vida en esas comunidades. Mi frente empezaba a sudar.

El epicentro de Koljós es la madre del autor, Hélène Carrère d'Encausse, gran especialista en asuntos rusos en Francia, eurodiputada, miembro de la Academia Francesa (nombrada “secretaria perpetua”) y fallecida en 2023. Koljós contextualiza la historia rusa y europea del siglo XX. En una entrevista para El País unos días antes de la presentación, Carrère afirmó sobre la escritura de no ficción: “Hay una sola regla: no herir. Y yo la transgredí. Con mi madre y con mi novia de la época, Sophie. Exhibí su intimidad de una manera de la que me arrepiento”. Por la conversación entendí que, en el lecho de muerte de su lúcida madre, el hijo devino en entrevistador para luego escribir sobre su vida: la madre y su historia como material literario.

Pero no seamos tan duros con Carrère; quizás sea este un mal generalizado entre los escritores. En una entrevista publicada por el diario ABC el 7 de mayo de 2026, el gran estilista irlandés John Banville afirmó: “Los escritores somos caníbales. Yo soy la escritura, no sé vivir de otra forma. Mi pobre esposa lo entendió hace años tras una discusión terrible; ella me gritaba lo monstruo que soy y le pregunté: ‘Cariño, esto es maravilloso, ¿puedo usarlo?’. Ella me llamó monstruo de nuevo, pero aceptó. Ese es el tipo de pareja que un artista necesita: alguien que entienda que lo más importante es convertir la vida en arte. Esa es nuestra tragedia: los artistas realmente no vivimos, todo es material. Cuando alguien muere piensas: ¿puedo usar esto?, y te das cuenta de que no eres humano. Los escritores somos caníbales; nos comemos a nuestra gente y a nuestros amantes”.

Yo empezaba a arrepentirme de mi aventura de presentarme sin entrada. No me hacía ninguna gracia, por muy nítida y grande que fuese la pantalla, estar viendo al autor en una retransmisión de lo que ocurría justo encima de esa sala-purgatorio llamada Raval. A veces, mirar una pantalla embrutece; genera un efecto de desasosiego e incomodidad y, en ocasiones, induce un estado de hipnosis que lleva al embobamiento. Para ver a Carrère en un pantalla, habría sido preferible ver de nuevo el documental de Netflix Carrère, el escritor y el asesino, en torno a su aclamado libro El adversario. La calidad de la señal, eso sí, era impecable. Allí estaba el autor francés con sus gruesas manos, y me pregunté si sería verdad que hasta los sesenta años escribió con un solo dedo. En Yoga se reproduce el siguiente diálogo entre el autor y su editor, Paul Otchakovsky-Laurens, fallecido en un accidente de tráfico en 2018. Carrère recuerda cuando viajaron juntos a la Feria del Libro de Guadalajara en 2017 y su editor lo sorprendió escribiendo en el vestíbulo del hotel:

— Pero Emmanuel, ¿qué haces? ¿Cómo estás tecleando? No es posible, ¿tecleas con un dedo?
— Pues sí, tecleo con un dedo… Es lo que he hecho siempre.
— Espera. ¿Quieres decir que has escrito todos tus libros, y no hablo ya de tus artículos y guiones, con un solo dedo?

Con el fin de honrar a su amigo editor difunto, Carrère se propuso aprender mecanografía. Comenta que ahora escribe más rápido, pero que comete muchos más errores. Las manos de Carrère, desde luego, evocan el imaginario del trabajo duro del campesino en los koljoses.

Tanto el calor como la animación en celuloide se convirtieron en enemigos para mi permanencia durante los noventa minutos en la sala. El intercambio entre ambos fue en francés, del cual yo podía comprender entre un ochenta y un noventa por ciento. Transcurridos veinte minutos de incomodidad, salí de la sala para preguntar si Carrère firmaría libros al finalizar el evento. La prueba de que allí dentro la temperatura era mucho más alta la tuve al sentir alivio en el lobby, donde el reloj digital todavía marcaba veinticinco grados; calculo que adentro bordeábamos los treinta grados. El gran vestíbulo estaba desolado. El caballero de las entradas había desaparecido, cumplida su misión. Quedaban dos chicas de pie y la librera sentada frente a las obras de Carrère desplegadas en una mesa.

Le pregunté a la librera y su respuesta fue tajante:
— El autor solo firmará ejemplares de Koljós (tanto en castellano como en catalán).

Me quedé de una pieza. ¿Se trataba de un capricho del autor o de una estrategia de ventas? Si ese fuera el caso, la librería no debería exhibir los otros títulos de Carrère. ¿Habría sido una directriz de último minuto del escritor? La chica, con amabilidad, me insistió en si quería comprar un ejemplar de Koljós. No quería hacerlo; tenía demasiadas lecturas pendientes como para sumergirme en casi quinientas páginas y no disponía de tiempo. No me apetecía comprarlo, y mucho menos a la fuerza. Le mostré a la librera el ejemplar de Yoga que llevaba en mi mochila y me miró con cara de lástima. Una de las dos mujeres que estaba de pie me preguntó si quería un número para la firma. Le respondí que cargaba con Yoga y reiteré que no deseaba adquirir la novedad. Se quedó con gesto preocupado, como si flotara en el ambiente una incomodidad sin remedio.

Y no es que me dejara influir por lo que Jorge Carrión había publicado sobre Koljós en un tuit el 14 de febrero: “Si Yoga es una novela de autoficción en la que fueron suprimidas decenas de páginas que no respetaban el pacto legal con su exmujer, Koljós es otro libro inacabado, sin edición, que te recuerda constantemente qué pasó o te anuncia qué pasará (como en Netflix). Muy decepcionante”.

A mí, al contrario que al respetado Carrión, me había gustado Yoga, a pesar de que Carrère hubiese roto un pacto sagrado con la escritura de no ficción (por eso Carrión habla de autoficción). Yoga es una obra inquietante, con varios puntos de inflexión donde los inteligentes giros narrativos la convierten en una novela fragmentaria. A Carrère le gusta llamar a sus libros “novelas de lo real”. No obstante, inventa y desvirtúa algunas realidades en esa obra, lo que la sitúa más en el campo de la ficción. Como ha dicho Antonio Muñoz Molina: “una pizca de ficción convierte un libro de no ficción en ficción”.

Carrère estima que puede calificarse de yoga “todo aquello a lo que uno se dedica con seriedad y amor, desde el kung-fú hasta el cuidado de una motocicleta”. Esta declaración de buenos principios, sin embargo, se vio afectada por la polémica desatada por su exesposa, Hélène Devynck, de quien se había divorciado en marzo de 2020, pocos meses antes de la publicación del libro. En un derecho a réplica publicado en Vanity Fair, ella afirmó que su exmarido violó el contrato de privacidad que le prohíbe mencionarla en sus novelas de manera explícita o implícita sin su consentimiento. Y, por si fuera poco, lo acusó de mentir tras la ruptura matrimonial: “El libro se presenta como una autobiografía y es falso, porque se miente. La más clara de las mentiras es que en la novela se indica que pasó dos meses en la isla de Leros cuando solo fue un viaje de pocos días. Presenta una visión complaciente de su enfermedad psíquica”.

La durísima carta de Devynck provocó que excluyeran (¿injustamente?) a Yoga de la lista del prestigioso premio Goncourt, del que era favorita. De lo que no cabe duda es de la inclusión de un personaje ficticio hacia el final, Frederica Mojaje, en la referida isla de Leros. El propio autor francés admite la invención en una escueta línea al cierre del libro para decirle al lector que debía “aliviar mi conciencia confesando que Frederica es un personaje novelesco”.

La no ficción, entendida como ese espacio donde el autor, a nivel consciente, nunca miente ni inventa para rellenar vacíos narrativos, se apega estrictamente al material investigado o vivido. De hecho, Carrère afirmó: “No puedo decir de este libro lo que orgullosamente he dicho de otros varios: 'Todo lo escrito es cierto'. Al escribirlo debo desnaturalizar un poco, trasponer y borrar”. ¿Qué se podrá decir entonces de Koljós? La única testigo de lo confesado ya no se encuentra en el mundo de los vivos: la afamada Hélène Carrère d'Encausse (¿y cuándo una madre no ha sido cómplice de su hijo?).

Caemos en terreno especulativo, soy consciente. Según deducía de la charla, Carrère moldea los recuerdos familiares y la figura de su madre a través de la interpretación de la memoria, quizás para elevar el tono emocional pero no para engañar. Tras anunciarse que iba a morir, pasaron diez días hasta que la madre falleció en cuidados intensivos. Como ha declarado en algunos medios, Carrère comenzó a tomar notas apresuradamente, sintiendo que era un momento “bello” y “magnífico” que merecía ser narrado sin culpas; sintió que tuvo “piedad filial”.

La madre, por su parte, siempre se había opuesto a divulgar situaciones personales como material narrativo. En Una novela rusa se sintió profundamente traicionada y, de hecho, dejó de hablarle a su hijo durante dos años. Parecía que, en las cercanías del más allá, sí permitió el rol periodístico de su hijo ante el lecho de muerte, pero ¿acaso no era una manera de aprovecharse de la debilidad de quien está a punto de despedirse? Recuerdo que una vez, en el taller literario que conducía la escritora chilena Diamela Eltit en la Universidad de Nueva York, un colega le preguntó sobre una situación hipotética en la que un escritor tiene una buena historia vinculada a un familiar que no desea ser objeto de un libro. Eltit respondió: “A la familia siempre hay que traicionarla si la historia es buena”, un pensamiento que no comparto pero que se me quedó grabado. La vida, material literario.

Seguía contrariado por el hecho de que el autor solo firmara su última novela. Recordé mis encuentros con escritores de la talla de Paul Auster, Joyce Carol Oates, E.L. Doctorow, Salman Rushdie o Joan Didion, quienes, mientras viví en Nueva York, me firmaron el libro que yo llevara a sus presentaciones. Por ejemplo, en un acto de Joyce Carol Oates en el Center for Fiction, le acerqué un ejemplar de Memorias de una viuda: no solo le pareció apropiado, sino interesante, y se quedó un rato conversando conmigo a pesar de la larga fila. Los grandes suelen ser, por lo general, humildes, lo que no quita que Carrère también sea un grande. Él mismo ha dicho: “Soy un hombre narcisista, inestable, lastrado por la obsesión de ser un gran escritor”. ¿Será que impuso el capricho de solo firmar Koljós a los buenos de Anagrama y a la librería? Una suerte de antipática venta forzada.

Regresé a la sala Raval y solo resistí el ahogo térmico unos diez minutos más. Salí de nuevo y les dije a las chicas —ya al tanto de mi negativa a comprar el nuevo libro— que me retiraba porque allí dentro hacía demasiado calor. Para mi sorpresa, una de ellas reportó a un superior por el radiotransmisor: “Una persona dice que en la sala hace mucho calor”; lo hizo en un tono confirmatorio, como reafirmándose ante su compañera, como diciendo: “al fin alguien lo dice”.

Regresé caminando bajo la lluvia con mi paraguas abierto, aliviado por el frescor del agua y los quince grados menos que marcaba la calle. Al llegar a casa, saqué el ejemplar de Yoga de la mochila. Me senté en mi lugar de escritura y busqué la firma de Carrère en las redes. No fue fácil encontrarla, pero detecté dos ejemplares distintos para cotejar. Me sorprendió ver una raya perezosa, sin ningún ánimo de identificar que se trataba de su nombre, aquel que tanto me recordaba a un perfume francés. Entonces decidí que me vengaría de la discriminación de firmas que excluía a todo lo que no fuera Koljós. Me dije que si en Yoga él había mentido, inventado, tergiversado la realidad y roto pactos de privacidad, yo me iba a permitir una travesura una sola vez en la vida: copié su sencilla rúbrica sobre mi libro, y así quedó impresa su huella impostada.

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