La Niebla de la Nostalgia
La primera escena del film Nostalgia, de Andrei Tarkovsky, en blanco y negro, es de una secuencia tal, que parece una fotografía de principios del arte fotográfico. Tres mujeres y un niño, vestidos como al alba del siglo XX, pasean despreocupados por el escampado de una campiña. Un perro fiel camina al lado de una de ellas. Un caballo blanco pasta. Los abedules rodean el prado. Al fondo, una amplia laguna y, como colgada a un cielo entumecido de algodonosa niebla, se sostiene lo que parece la eternidad. Para las mujeres y para el niño, quizá un paseo habitual en su vida cotidiana. La escena queda fija. Se rompe un recuerdo.
En la siguiente secuencia, una mujer y un hombre viajan en un Volkswagen. El motor del auto parece renquear. Van envueltos en un tiempo espeso, amparados por una densa niebla.
Susan Sontag, en su ensayo sobre la fotografía, dice que éstas “promueven la nostalgia activamente… Precisamente porque seccionan un momento y lo congelan”1.
Si se observa cualquier fotografía de una mujer desconocida que sonríe, su gesto es eterno. En ese banco donde está sentada, o en esa mesa, en cualquier lugar, ya no sonríe sólo a quien tomó la foto. Sonríe a todo aquel que la mira, a cada cual que se interroga acerca de su identidad. Sobre todo, evoca en cada quien alguna sonrisa parecida, perdida, añorada en la memoria.
¿Es eso lo que pasa con el recuerdo? Eso enterrado bajo la arena imprecisa de un instante de la vida, que no se marca con nada, pero que guardas para siempre con vaga exactitud. Algo calcado de un momento que, por la carga de fondo de una emoción, queda estrellado en fragmentos inconexos y la memoria lo une con hilos de afecto. ¿Es esa la función de la nostalgia?
Su nacimiento patológico
En Yesterday: A New History of Nostalgia2, Tobias Becker revela que el sentimiento de nostalgia fue acuñado por el médico alsaciano Johannes Hofer en 1688, no en 1678. Hofer junta dos palabras de la Odisea: (nostos) regreso, (algos) dolor. Y la describe como una nueva patología, en algunos casos letal. La atribuye al sentimiento que implica estar lejos de casa y anhelarla (homesickness), acompañado de depresión y ansiedad.
La nostalgia nace a la conciencia del ser humano con mal hado. El concepto se acuñó a una condición patológica, al contrario de un atributo de la memoria y la imaginación, que restituyen vínculos rotos por alguna circunstancia, recreados en el tiempo por el juego de la fantasía; por tanto, tergiversados. Sin embargo, bajo la sombra de una nube de tristeza, inducen alivio a la psique de quien recuerda.
El sesgo médico al disecar un fenómeno clínico, al intentar entender su esencia, formular una teoría comprensible de su curso, procurar un carácter patológico cuando su comportamiento en el tiempo no conduce a lo “normal”, suele enturbiar la observación del fenómeno en sí.
La nostalgia se atribuye, como definición médica, a un aspecto psíquico que aleja de lo “real”; por tanto, enfermizo. Visto así, quizá cuando su influencia emocional descendió sobre los acontecimientos históricos, fue tomada como una condición que los retoca, cubriéndolos con la ya mencionada niebla del “el ayer fue mejor”, enturbiando el espejismo o visión de un futuro promisorio.
El contexto que produjo el diagnóstico es el menos favorable. Unos soldados enviados a la guerra, sometidos al estrés de la muerte, es imposible que no añoren el lugar de paz que pudo haber sido su hogar, aunque para algunos pueda ser falso.
El filoso y frío bisturí de los diagnósticos médicos procura cortadas limpias de los hechos. La borrosa psique con sus confusiones queda fuera o es inexistente. Sin embargo, en el diagnóstico hay zonas de interés: “implica estar lejos de casa y anhelarla”.
Todo pasado no es mejor ni peor. Sucede que se disfrutó, se soportó, se está vivo, dejó experiencias emocionales, y se tienen en cuenta para seguir viviendo.
Consideraciones en torno a la nostalgia
La noción de nostalgia ha permeado la relación entre la historia y el progreso. La lucha entre pasado “anhelado”, fuera de moda, y futuro progresivo, “libertario”, crea tensión permanente en la psique. El presente, hilo que conecta a la vida, se deshilacha en esta pugna, o así parece. El movimiento hacia adelante es inevitable. Hay que distanciarse de lugares que tienden la trampa de melosa emoción, y amenazan con anclar a un espacio o a un tiempo específico.
El “espacio de la experiencia”, lo aprendido, la tecnología asimilada, y a su vez, aquello considerado importante para el mundo emocional, versus “el horizonte de la expectativa”, atmósfera de avances científicos, tecnológicos, sociales, se ha ido distanciando cada vez más a partir de 1800. De esta forma lo refiere Tobias Becker en Yesterday, apoyándose en el historiador Reinhart Koselleck3. Pasado y futuro dejan una laguna de conocimiento cada vez más amplia, y, citando al filósofo Hermann Lübbe, el resultado es “una contracción del presente”4. Es una paradoja. Lo que se encoge no es el presente; en todo caso, se estrecha la percepción de la amplitud de la conciencia. El cielo estrellado de la novedad tienta al apetito del ser humano por vivir hacia adelante, y vacía de significado el instante.
Llama la atención cómo de la emoción legitima de anhelar la casa y distorsionar su recuerdo por sufrimiento, se desemboque en tales abstracciones del pensamiento.
En referencia a esta sensación, Marshall McLuhan5 aclara: “Cuando nos enfrentamos a una situación totalmente nueva, tendemos siempre a apegarnos a los objetos, al sabor del pasado más reciente. Miramos el presente a través de un espejo retrovisor. Marchamos hacia atrás, hacia el futuro”.
¿Qué quiere decir McLuhan con esto, y tantos otros pensadores que han visto en la nostalgia un hábito malsano para el progreso? Es probable que esa doble mirada, detrás y delante, ese detenerse a sostener la tensión contemplativa del instante inmediato, sea necesario para la psique del ser humano, propicia la incubación de su respuesta ante lo que está por suceder.
El hogar de psique es donde puede ser curioso contemplar y juguetear sin la premura del tiempo. Quedarse un rato allí adormecido de aburrimiento, detenerse en detalles insignificantes, aliarse con los instintos, ahondar en emociones imprevistas y reposar su cuerpo levitante sobre la algodonosa firmeza del instante. Por lo general, ese lugar está en casa, o es el espacio donde la psique de cada quien ha experimentado la eternidad. La casa es un espacio emocional y atemporal.
Nostalgia y tiempo
En la descripción del cuadro clínico de quien padece nostalgia, es tácita la concepción lineal en la cronología de la vida. La dimensión del tiempo está implícita en el “regreso a casa”, lugar con espacio y memoria.
No obstante, la psique es temporal y atemporal a la vez. Lo demuestra en los sueños, por ejemplo: aparecemos en un lugar veinticinco años antes, o en un país desconocido, con el cuerpo que tenemos en este instante. Al despertar a la vida consciente, asaltados por la secuencia insólita de los hechos, quedamos atónitos. La psique, si así se puede decir, tiene un comportamiento distinto al de la vida consciente, y a la vez se sincroniza con ella.
El “regreso a casa” se revela entonces como un gran enigma. ¿Es la casa un simbolismo de lo materno, de su protección? ¿Existe la amenaza de quedar atrapado en su absorbente misterio? ¿Hay que escapar de allí a la novedad del mundo?
La casa es y no es el vientre materno. El ser humano desde que está sobre la tierra, por medio de la cultura, en ejercicio simbólico, ha puesto en tránsito la dimensión física y mítica de la casa.
El sentimiento de nostalgia: “regreso a casa”, y su noción, ha ido más allá. Sugiere que “casa” es todo lugar o momento donde nos hemos sentido protegidos, acompañados; puede haber sido fugaz, pero sin duda íntimo, y mora en la profundidad de la memoria.
Hay lugares visitados sin ansia, libros leídos como usurpando otra existencia; películas miradas con ojos que parecen ajenos, pinturas que inducen sensaciones inusitadas, música que resuena al oído con notas insólitas, conversaciones extraordinarias. Es probable que, si dos o más personas experimentan la misma vivencia, las experiencias que cada uno relate sean distintas. Si alguien ha vivido una relación amorosa significativa, cada vez que la recuerde, lo hará de forma diferente. Los acontecimientos han sido amplificados o distorsionados por la memoria, las emociones y la reverberación del tiempo.
Con la emoción de lo vivido, la psique encontró su “casa primordial” o lo que cada quien llame casa. Al no ser un espacio físico, tampoco un acontecimiento habitual, es la epifanía de un encuentro consigo mismo.
Al intentar evocar la vivencia íntima, luego de estar sumergida en el despliegue inquietante de la atribulada existencia, lo más probable es que se hayan extraviado las huellas de la experiencia. Que queden sólo rastros del orden que tuvo cada sensación. Que del combate entre el vacío emocional y el anhelo de volver a sentir, sólo se escuchen ruidos. Entretanto, por los escombros de los recuerdos, filtrando sus fisuras, se cuela el gas de la tristeza para flotar en la atmósfera de la memoria.
Los recuerdos trazan los planos de su reconstrucción con la emoción, con el ojo de la imaginación, donde no escasea ningún ingrediente. Puede que se agregue algo que pudo no haber sido cierto. La memoria y la fantasía llevan a un lugar donde nunca se ha estado; las señales de haberlo conocido son fragmentos del recuerdo. Sin embargo, es un momento único, original. ¿Ofrecer una “casa” nueva al recuerdo no es, acaso, la labor de la nostalgia en la psique?
El tiempo no existe o es relativo; afirmación que abandona al ser humano consciente a la perplejidad de su existencia efímera. Sin embargo, el cuerpo lo padece. La biología se impone. Lo destructivo prevalece. Todo lo compuesto por un ADN mortal lo siente. Para cada quien, tener en cuenta el tiempo y el significado de esa realidad, muestra una cara inédita de la nostalgia.
Es posible que la eternidad se cifre en la capacidad de explorar, unos las creencias, otros los descubrimientos científicos y tecnológicos, y unos tantos más, la exploración del sí mismo, las emociones, la escritura o el arte en su totalidad. Explorar modifica la percepción del entorno, quizá el único rasgo de eternidad permitido a un ser mortal.
La nostalgia y la visión poética
En un texto dedicado a la nostalgia y a Yesterday, Thomas Mallon6 toma en referencia la frase nostalgie de la boue (nostalgia del fango, atracción por lo crudo, lo degradado), término acuñado en 1855 por el dramaturgo Émile Augier en su obra Le Mariage d’Olympe, “donde las flores del mal pueden flotar”; frase que se origina, como él refiere, en la mitad del siglo XIX; sin señalarlo, se presume que alude a lo obvio: Las flores del mal de Charles Baudelaire. Sin embargo, arroja un comentario que pone a la psique fuera de balance: “la nostalgia es el barro en sí mismo, una arena movediza mental en la que permitimos que el pasado ahogue el presente”.
Que sobre el fango de la oscuridad del ser humano flote una flor, sugiere que lo importante es la flor suspendida en su incertidumbre, y a su vez, el estiércol del fango devorador que la sostiene constituye esa doble posibilidad. Sin ser succionada por el pantano, en esa tensión, la flor crece donde lo imposible es posible. Su belleza está amparada por la extinción, lo efímero. Su posibilidad de futuro está allí, donde parece esperar a ser liberada de la realidad. Una flor irreal, nacida sobre el pantano de la melancolía, como aquellas que crecen en los barrancos más peligrosos, donde a veces acudimos sin prudencia.
Mallon, en concesión consigo mismo, dice: “No hay personas más nostálgicas que los diaristas”. Y relata algo que le sucedió. Cita su propio diario. Roma, 19 de octubre de 1989: “Supe mientras miraba hacia el templo de Antonio y Faustina, media ruina, afilada, hermosa contra el sol poniente, que no sentía nada de la antigua Roma, sólo la Roma de mis ingleses del siglo XIX, la Roma del crepúsculo, el desmoronamiento y la blanca melancolía”. La Roma descrita y sentida de los autores a los que admira: Keats, Shelley, Arthur Hugh Clough.
El viaje de los sentidos permite ver cosas que jamás se han visto y, aun así, se cree que su imagen nos pertenece. La nostalgia, además de sentimiento íntimo, de memoria personal y atemporal, pertenece a todo aquello que ha calado en la psique y cicatriza en forma de recuerdo poco fiable.
En esa necesidad de volver a lo que dejó de pertenecernos, a la fractura del instante, incluso a lo que nunca hemos vivido, la memoria se hace con el error, con el defecto en la imaginación que la libera de la realidad, de la física y la exactitud de los hechos. Necesita inventarse un nuevo traje con el cual vestir los recuerdos, sujetarse a un espejismo, versionar el pasado, un lugar personal sólo visitado por ésta. Un lugar con tantas traslaciones como vueltas da el mundo, mientras el corazón palpita y se está vivo. Para entonces un recuerdo no se desperdicia con el presente. Tiene el vicio del futuro, del instante de eternidad, sin la fuerza de la destrucción que caracteriza a la especie humana.
Psique y nostalgia
Ulises está sentado en la playa de una isla, en medio de ningún lugar conocido, sin punto de referencia, sin saber adónde dirigir su viaje. Anhela el regreso a casa, solloza.
El regreso y su necesidad pueden implicar que las fuerzas que sostienen el avance no sean suficientes, carezcan de equilibrio. Urge volver a un punto de apoyo: el hogar. O menos literal: a una memoria.
A su regreso, a Ulises lo reconoce su perro, su hijo, su mujer. Al final, su reino. Aunque Ulises sabe quién es y sabe que es nadie, pudo finalmente reconocerse a sí mismo.
Todo regreso implica reconocimiento de los instintos, de la sangre, de las raíces a las que se pertenece. Y a lo interno, de lo que está al centro de la propia naturaleza. El ser humano, cuando retorna, camina hacia atrás, hundiendo los pasos en la fangosa oscuridad de su sombra.
Mirar con ojeriza la nostalgia, igualar regreso a estancamiento, desdibujar la evolución de la psique, o de la humanidad, en el significado de progreso es futuro; sentenciar al hombre a andar infinitamente hacia delante, con los ojos en el horizonte, coloca en entredicho, de forma indirecta, la posibilidad de echar atrás (bending back): reflexionar es perder el tiempo.
No toda regresión o regreso implica la reflexión. Pero si llega a suceder, está contenida, sin duda, en la dirección de los pasos que devuelven al origen, a ese echarse atrás ante una circunstancia que puede devorar la intención de vida y requiere reevaluación, acopio de nuevas fuerzas y formas que hagan posible lo imposible.
El estancamiento implica el desfallecimiento de las habilidades cognitivas, ejecutivas y sociales de la personalidad, conocidas hasta el momento. Amainan las posibilidades de mantener un equilibrio emocional. La persona puede sufrir de exageraciones y extravagancias en la conducta, incluso abrazar el absurdo o, por otro lado, puede suceder que se retire de la vida social.
Las sociedades también tienen regresiones y estancamientos. Si se echa una ojeada al mundo, con sorpresa se descubrirá en las comunidades más desarrolladas, o en países que antes eran faro de conciencia crítica.
Si la diferenciación contenida en la evolución psíquica y social de la persona se ha detenido, la regresión, el regreso, pueden implicar dar marcha atrás sobre lo que no se ha aprendido, destiñéndose todo logro que ha permitido el avance.
C.G. Jung dice al respecto: “En una observación superficial, es principalmente fango lo que saca a relucir la regresión”7. La regresión intensifica contenidos emocionales de experiencias dejadas de lado y atrás para seguir adelante. Es posible que también allí se encuentren “cubiertas por el fango de las profundidades” las semillas de la novedad, la flor que nace sobre el fango del olvido.
Jung se detiene en lo que significa regresión: “el movimiento regresivo de la libido” en otras palabras, debilitamiento de la energía vital, abandono de la fuerza y creatividad que toca las actividades humanas y anima a la persona a explorar la realidad.
En todo “regreso a casa” no está implícita la regresión y el estancamiento, pero en una parte de ellos es incuestionable; por ejemplo, un hijo que regresa a casa de sus padres, sin lograr la empresa que se propuso, luego que las circunstancias de la realidad lo han abatido. Sin mucho contacto con el mundo exterior, trata sólo con sus padres, y pasa allí el resto de su existencia. Un esposo que retorna a su casa habiendo perdido su empresa y el sustento de la familia.
La obra de teatro La muerte de un viajante de Arthur Miller8, es ejemplo de una regresión que ha devenido en estancamiento. En el parlamento entre Willy y su esposa Linda, se siente la asfixia de alguien a quien ya le cuesta dar respuesta al reto de la realidad:
LINDA (al oír a Willy en el exterior del dormitorio, le llama, algo turbada): ¡Willy!
WILLY: Aquí estoy. He vuelto.
LINDA: ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? (Breve pausa.) ¿Ha ocurrido algo, Willy?
WILLY: No, nada.
LINDA: No habrás tenido un accidente, ¿verdad?
WILLY (con afectada irritación): Te he dicho que no ha ocurrido nada. ¿Es que no me has oído?
LINDA: ¿No te encuentras bien?
WILLY: Estoy muerto de cansancio. (La música de flauta ha cesado. Willy se sienta en la cama, al lado de su mujer, un tanto aturdido.) No he podido aguantar, Linda. No he podido aguantar más.
LINDA (con mucho tacto, delicadamente): ¿Dónde has estado todo el día? Tienes un aspecto terrible.
WILLY: Llegué hasta un poco más allá de Yonkers. Hice un alto para tomar un café. A lo mejor ha sido el café.
LINDA: ¿Qué te ha pasado?
WILLY (tras una pausa): De repente no pude seguir conduciendo. El coche se desviaba continuamente a la cuneta.
LINDA (tratando de ayudarle): Puede que fuese la dirección otra vez. No creo que Angelo conozca el Studebaker.
WILLY: No, soy yo, soy yo. De repente me doy cuenta de que voy a noventa por hora y no recuerdo nada de los últimos cinco minutos. Yo..., parece que no puedo... concentrarme en lo que hago.
LINDA: Tal vez sean las gafas. No has ido a recoger las nuevas.
WILLY: No, veo bien. He vuelto a quince por hora. He tardado casi cuatro horas desde Yonkers.
LINDA (resignada): Pues vas a tener que descansar, Willy. No puedes seguir así.
WILLY: Acabo de volver de Florida.
LINDA: Pero tu mente no ha descansado. Tienes una mente demasiado activa, y la mente es lo que cuenta, querido.
WILLY: Empezaré por la mañana. Quizá me sienta mejor por la mañana. (Ella le está quitando los zapatos.) Estas puñeteras plantillas me están matando.
LINDA: Tómate una aspirina…
Es evidente que no son los lentes, tampoco los zapatos ni la estancia en Florida. Sucede que las capacidades que una vez se tuvieron para ser eficiente en una tarea han mermado, y no han podido transformarse en otra actitud. Willy se ha quedado con la misma forma de entender la realidad, incluso cuando las circunstancias han cambiado. Ha perdido la flexibilidad para adaptarse a un mundo distinto, ha ocurrido un estancamiento.
Así como dice Jung, no se puede confundir progresión con desarrollo, ni necesariamente la regresión, el paso atrás implica involución o degeneración, “representa una fase necesaria en el desarrollo del hombre”. En una analogía fabulosa sobre progresión y regresión, sostiene: “Ambas responden a lo que Goethe calificó admirablemente de sístole y diástole”.
La sístole es indispensable para llevar la oxigenación a todo el cuerpo: el ser humano en relación al mundo exterior y sus avances, pero no se puede estar en permanente sístole; la diástole es necesaria para el intercambio de dióxido de carbono por oxígeno: la incorporación de todo lo aprendido.
La nostalgia ante la separación y la ausencia
En el “regreso a casa”, se supone que hay un tiempo en el que se ha estado ausente y la vida en casa siguió su curso. Para el ausente, esa realidad paralela quedó ahí. Los sentidos no la registran en la memoria. Ese fragmento de existencia es pieza irrecuperable del curso vital; sin embargo, con la realidad en el presente, amparado por la imaginación, la persona vive en ambos, y fantasea con lo que existe detrás del velo de esa separación.
Muchos episodios han dado lugar a fracturas entre seres humanos. De allí han surgido vidas paralelas que inspiran insólitas nostalgias entre quienes las padecen. Al caer el muro que separaba la Alemania Federal de la República Democrática Alemana, se supone que cada alemán regresó a la cultura, al abrigo común. Transcurrida la euforia de los primeros días, se puede especular que, ante ese escenario inquietante, una ola radiactiva de desasosiego pudo diseminarse entre los ciudadanos de uno y otro lado: ¿quién es el otro?
El Checkpoint Charlie, con sus sacos de arena apilados, estaba allí, testigo mudo de una existencia extraña, implantada dentro de un mismo país. Una frontera ideológica opuesta, contraria en cultura de vida, lo enfrentó cara a cara. El límite surgido en 1945 desapareció de forma abrupta en 1989.
Más recientemente, las oleadas de migración han permitido algunas nociones sobre aspectos psíquicos de la nostalgia, aparte del velo melancólico y romántico que se le atribuye. ¿Qué siente un migrante que sale de África, cruza el mar, y de pronto se halla en Lampedusa? O esos migrantes de América del Sur que cruzan la Selva del Darién, o viajan en avión hacia un destino, de donde nunca regresarán, ¿qué experimentan?
La ausencia en la vida psíquica la pueblan otros, aquellos que quedaron en el origen del migrante. A esos les une un vínculo afectivo y la necesidad de su presencia. La memoria es rebelde al recordarles, reconstruye a su modo ese vacío, lo va llenando con emociones y frustraciones; la imaginación aviva su vitalidad con fantasías sin certezas.
Donde ha existido un afecto abandonado por necesidad, roto sin quererlo, fragmentado por la ausencia, ahí aparece una laguna existencial y una vida paralela germina en el sembradío de la imaginación.
El ser humano cae en cuenta de esa otra vida cuando adquiere conciencia de encontrarse en un lugar distinto al origen (real o psíquico). En la escena de una película que es su vida: el presente se rueda en tiempo real, se detiene el rollo, se cuelan voces perdidas del pasado, el espectro de una calle, un edificio, un rostro, la conversación con un amigo, y cuando vuelve a rodar el presente, la persona, intrigada, se pregunta: ¿por qué ahora recuerdo esto? A la evocación inesperada le sucede la sensación de extrañeza y su psique, enseguida, halla ajena la cotidianidad que le rodea.
Tal parece que, para la memoria, las secuencias del tiempo de vida se agrupan por instantes en apariencia insignificantes; recuerdos que palpitan inesperadamente con destellos de emoción. Es allí donde el alma se detiene a contemplar. No se trata del “anhelo inútil de un mundo o de una forma de vida de la que uno ha sido irrevocablemente separado”9. La psique requiere de ese espacio para restaurar sus formas; de otro modo, aparece un desierto en el alma: la deshumanización.
El poeta jamaiquino Jason Allen-Paisant10 habla de su experiencia en Inglaterra, lejos de su Jamaica natal:
Estaba caminando de noche (a casa a través de Roundhay Park) …tal vez fue el silencio de todo. De repente me di cuenta de que estoy viviendo aquí… Pero, ¿cómo he llegado aquí?… Sentí por primera vez que me había convertido en una persona diferente… Caminando por ese campo en la noche, se abrió una puerta... (Vivir aquí) es una especie de privilegio a la vista. Pero, ¿por qué no podía pensar en Coffee Grove como un privilegio? ¿Fue tan malo?... Crecí entre un verde saludable con igualdad, parentesco, intercambio, solidaridad social. Tenía todo eso. Pero había bloqueado mis antecedentes. Creo que muchos migrantes del Caribe bloqueamos nuestros antecedentes cuando pensamos que están asociados con la pobreza… Había una sensación de pérdida y de querer recuperar algo… Pero también había una sensación de euforia. Encontré algo que me da sentido.
Es probable que, al caer el muro, los ciudadanos de la República Federal Alemana y la República Democrática Alemana se abrazaran sin reconocerse. Incluso entre ellos dejaron de ser los mismos. Cuando cada quien volvió a su casa, había desaparecido una realidad. Otra se había introducido en sus psiques. También para aquellos que cruzan el Darién en busca de una vida mejor, cuando regresen a casa, o vayan de visita, faltará algo.
Se podría decir que lo que está delante de nuestros ojos es mejor que lo que teníamos. Sobre todo, si lo vivido en otro tiempo va condicionado por pobreza de cualquier índole, no sólo de alimentos. Todo va bien hasta que se abre el closet de nuestra psique y aparece el espejismo de esa evocación inquietante.
Es en el contraste donde pasado y presente adquieren valor. En esa densidad del claroscuro de la memoria, en la gravedad del grano grueso, en su difuminada atmósfera, de donde las historias de vida arrancan su carga de futuro vital.
Preguntas a Ulises
¿El Dr. Hofer no podía hallar otro ejemplo para la definición de la nostalgia? ¿Por qué fijarse en lo que sentía Ulises? Es un riesgo abordar la compleja personalidad de Ulises, su experiencia vital, y desde allí hacer espejo a la nostalgia. Proyectar la imagen de sus vivencias a la conciencia colectiva plantea contradicciones, a menos que, como hija de la melancolía, la nostalgia contenga como uno de sus caminos el supuesto destino de Ulises.
El primer capítulo de Yesterday, entre otros asuntos, se ocupa del significado de la nostalgia en la historia y la política. A la historia, la toma por los hilos con que se tejen tradiciones, ritos, mitos, maneras de aproximarse a la realidad que hunden sus manos en el fango ancestral, patrimonio cultural de cualquier sociedad. No sólo eso, también estructuras arquitectónicas: edificios, museos donde se atesora la memoria de una nación. Cada sociedad confiere determinada importancia al patrimonio, según su inclinación y apego a su tradición.
En política, bajo el paraguas de alguna tendencia y sus contradicciones, se toma como positiva o negativa para la comunidad. Es el reflejo que deja la nostalgia en la vida colectiva. Sin embargo, esto parece una de esas tantas modificaciones de una emoción cuando adquiere dimensión inconsciente y colectiva: se desecha el valor intrínseco, se difumina su más íntima expresión, y el pesado golpe del martillo del juicio establece su mérito.
Para la vida emocional, la nostalgia ofrece otras ventanas por donde mirar. La referencia a la imagen que inspiró al Dr. Hofer para darle nombre al sentimiento: la soledad de Ulises en la isla de Calipso, su llanto, al ser un sentimiento legítimo, deja dudas. ¿Será verdad que volver a casa es regresar al pasado?
Homero lo llamaba el prudente Odiseo; sin embargo, ¿fue prudente al final de su vida? Dante lo halló en la octava bolsa del octavo círculo del infierno, envuelto “en lo mismo que los quema”: una llama doble junto a Diomedes. Su pecado más grave fue “mi deseo ardiente de conocer el mundo y ser experto en los humanos vicios y virtudes… seguir virtud y ciencia”11. Esto no tiene nada que ver con el efecto que supuestamente induce la nostalgia en la psique.
Según el relato de Ulises a Virgilio y a Dante, se lanzó al mar con un puñado de hombres que aún le eran fieles, traspasó las columnas de Hércules, el confín de Occidente, fue a descubrir lo no habitado. Allí el mar se lo tragó junto a sus hombres.
Es difícil imaginarse a Ulises en pantuflas, sentado en el trono aburrido de su isla, rodeado de su amada e incómoda Penélope y de su hijo Telémaco, haciéndole interminables preguntas sobre sus aventuras, y luego soportar a su anciano padre maldiciendo su vida y escupiendo el suelo. Algo tiene que haberlo incomodado para tomar una decisión tan temeraria. Quizás el sonido insoportable de las pantuflas al rozar el suelo. Esto por hacerle una ficción al origen de su atrevimiento. Sin embargo, es un enigma el destino final de Ulises. No tiene nada que ver con el efecto hipnótico de vivir en el pasado, o del regreso a casa, al pasado, para quedarse estancado mirando al techo.
La historia de este episodio permite responder algunas interrogantes. ¿Las personas que vuelven a casa tienen el impulso de abandonarla? ¿Los que se quedan en el pasado están atrapados por una fuerza misteriosa?
Quien vuelve a casa trae cosas nuevas, aprendizajes singulares, aspectos no conocidos en su lugar de origen. Ahí deben ser asimilados por las tradiciones. Del metabolismo surge una energía, germina el intercambio de las formas tradicionales con las nuevas. Para Ulises, volver parece haber significado llenar el tanque de la vida con un vigor inusual. Podría especularse que, al dejar de sentir la nostalgia, en la búsqueda de la huella aún caliente de la vida, obliga un infatigable deseo de volverla a sentir. Y en la combustión del miedo, sofocarla en la humareda del nuevo conocimiento.
Un artista plástico nos comentó que, en un rastro de una ciudad cualquiera, encontró un objeto perdido en la infancia, anhelado por mucho tiempo. No era el mismo, obviamente; pero era exactamente igual, una vaca de metal que, al alzarle el rabo, descubría su ubre. Inmediatamente regresó a su infancia. En la exhibición de su obra en una galería de arte, tiempo después, el cuadro principal era la representación de una cabeza de vaca.
Nostalgia
En las últimas escenas de Nostalgia de Tarkovsky, se observa al protagonista caminar de un extremo a otro en una piscina vacía. Es probable que sea la misma piscina burbujeante de vapor, de donde una mujer en apariencia enajenada, un ánima quizá, saca objetos inservibles: vasos calcificados, monedas, botellas, candados. Una piscina alquímica, de donde los objetos salen transformados. Especulando, es probable que aluda a los recuerdos que se tienen cuando los sacamos de la piscina de las emociones. El protagonista, tambaleante a ratos, a veces en confusión, lleva una vela encendida que trata de proteger, y a medio camino se apaga. Lo intenta varias veces hasta que lo logra. En una esquina, en el extremo opuesto del embalse, con la cera logra sostenerla, mantenerla con fuego. Luego ocurre el colapso y queda la memoria, con los recuerdos de una vida vivida y explorada.
Como curiosidad, Andrei Tarkovsky, aunque considerado un cineasta soviético, no nació en Rusia ni murió allí. Al final, la película es dedicada a su madre.
El acontecimiento de dejar de ser se licúa en la niebla de la memoria. Entra en la atmósfera infinita de un espacio más allá de lo que perciben los sentidos. Se condensa en el grano grueso de la nebulosa psíquica: es recuerdo. Las emociones le otorgan contraste a su densidad. El intento de que la luz de la conciencia, su vela encendida en la incertidumbre de su efímera iluminación, permita los pasos en la oscuridad, es quizá el intento de todo ser humano que se sabe vulnerable y mortal.
Entre escombros de recuerdos, filtrando grietas, se cuelan instantes: un rastro del pasado por sorpresa quedó ahí. Algunos intervalos permanecen inalterables y gotean de tanto en tanto en el dominio de la imaginación, mientras la corriente de la realidad salta entre las piedras del presente. El minúsculo rocío de esos instantes queda suspendido en el limbo de la memoria; desde allí titilan en la crepuscular perplejidad de la vida consciente. ¿No es eso lo que le sucedió al poeta Jason Allen-Paisant?
Los recuerdos son moléculas dispersas, a velocidad de vértigo, que de repente se coagulan en la memoria y se presentan a la conciencia. No se sabe qué circunstancia lo hará aparecer, lo que importa es qué forma tomará.
A la nostalgia se atribuye una característica primordial: pertenecer al ámbito de una atmósfera pegostosa y dulzona que sujeta el pasado. Se deja de lado que, a lo que se le tiene afecto y desaparece, o aquello que nunca ha sido, pero guarda un vínculo psíquico con la imaginación, reverbera en la conciencia con una inquietante sensación de pérdida. Le sucedió a Thomas Mallon con el Templo de Antonio y Faustina.
Unir espacios separados: la distancia entre orillas, trozos de huesos de ancestros, pedazos de vasijas. Suturar heridas, historias rotas o contadas a medias; en fin, vidas hechas pedazos por el tiempo, circunstancias. Es un oficio. Implica la necesidad humana de saber quiénes éramos, y da cuenta a la conciencia que nos hizo fragmentos.
El ser humano está obligado a vivir el presente. Lo necesitan sus instintos. Vivir el pasado significa negarse la existencia. El trabajo de la nostalgia es otro, con la imaginación como instrumento, reconstruir sobre escombros abandonados por las ausencias.
Tomar por propósito la decisión consciente de separarse del significado del recuerdo, retener una parcialidad aborreciendo la otra, la inconveniente, propicia el desprecio a la memoria, abre el abismo al juicio y la puerta al desierto en el alma: la deshumanización.
¿Se vuelve a casa luego de haberla abandonado? La historia de Ulises parece aludir lo contrario. Al regresar, quien vuelve es un extraño que vive mundos paralelos. Y estando en uno y en otro, se sienten familiares ambas existencias, a la vez ajenas. Quizá la nostalgia, ese sentimiento que vuela sin propósito en un presente incierto y se posa sobre un instante hecho pasado, es capaz de unir esas vidas en caso de una emergencia de soledad.
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1 Sontag, Susan, Sobre la Fotografía (On Photography), En la caverna de Platón. Trad. Carlos Gardini, Decimocuarta reimpresión: junio de 2025. Penguin Random House Grupo Editorial, Barcelona.
2 Becker, Tobias, Yesterday, A New History of Nostalgia, Cambridge, Massachusetts; London, England: Harvard University Press, 2023.
3 Reinhart Koselleck, “Historical Criteria of Modern Concept of Revolution” in Future Past, 43-57.
Nota: referencia tomada del libro Yesterday, A New History of Nostalgia, Tobias Becker.
4 Hermann Lübbe, Geschichtsbegriff und Geschichtsinteresse: Analytik ind Pragmatik der Historie (Basel: Schwabe, 1977), 254; Hermann Lübbe, Zeit-Erfahrungen: Sieben Begriffe zur Beschreibung Moderner Zivilisationsdynamik (Stuttgart: Franz Steiner, 1996), 12-16.
Nota: referencia tomada del libro Yesterday, A New History of Nostalgia, Tobias Becker.
Nota: referencia tomada del libro Yesterday, A New History of Nostalgia, Tobias Becker.
5 Marshall McLuhan and Quentin Fiore, The Medium Is the Massage: An Inventory of Effects, coordinated by Jerome Angel (1967; London: Penguin, 1996), 74-75.
Nota: referencia tomada del libro Yesterday, A New History of Nostalgia, Tobias Becker.
6 Mallon, Thomas, NOW AND THEN, What If the thing we’re nostalgic for is nostalgia itself? The New Yorker, November 27, 2023.
7 Jung, C.G. La Dinámica de lo Inconsciente (Die Dinamik des Unbewussten), 1. Sobre La Energética del Alma, III. Conceptos fundamentales de la teoría de la libido, A. Progresión y regresión (Ed. española, Trotta, Madrid 2004).
8 Miller, Arthur, La muerte de un viajante, Trad. Jordi Fibla. WordPress.com
9 Starobinski, Jean, “Idea of Nostalgia”, trans. William S. Kemp, Diogenes, 14 1966, 101. Nota: referencia tomada del libro Yesterday, A New History of Nostalgia, Tobias Becker.
10 Morris, Kadish. Books interview. Poet Jason Allen-Paisant: ‘We belong in the picture’. The Guardian, London. Sat 22 Mar 2025.
11 Alighieri, Dante, Comedia, Infierno, CANTO XXVI, trad. José María Micó. Ed. española Acantilado, Barcelona, 2018.
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