Diarios

Milan, sábado 1º de noviembre de 2025. Yuki Mohri

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Yuki Mohri

Después de impresionar en la Bienal de Venecia 2024 con obras como “Descomposición”, una naturaleza muerta en la cual, utilizando la humedad ocasionada por las frutas en estado de descomposición se producían luces y sonidos al azar mediante el uso de electrodos, la japonesa Yuko Mohri (1980), comparte los holgados espacios del Hangar Biccoca de esta ciudad, con la norteamericana Nan Golding. Lo de Mohri es una selección de sus obras reunidas con el título de Entanglements (algo así como “Enredos”, “Marañas”). Una alusión al carácter arácnido de sus obras. Finamente construidas y de una impenetrable complejidad. Mohri es la expresión suprema del cinetismo. Sus obras realmente se mueven, en la vieja tradición que va de Duchamp y Gabo hasta Schöfer y Tinguely. Lo que de distinto tiene esta movilidad, es que no es generada por una técnica que dependa de fuentes de energía alimentadas por combustibles fósiles. Se acerca, sin la divina sencillez, a los móviles eólicos de Munari y Calder. Las preocupaciones de Mohri, sin embargo, van más allá de lo puramente estético. Consecuente con su filiación a una eventual poética de la contemporaneidad, la artista japonesa insiste en la posibilidad de un arte verdaderamente ecológico con todas sus implicaciones sociales. Sus obras son un canto a la naturaleza que canta y se mueve creando y recreándose. El sonido es indisociable de este cinetismo. No de balde su contacto con músicos japoneses de su generación, y su culto por la obra de visionarios como Schoenberg y Cage. La última y más ambiciosa de las obras en el Hangar Biccoca parece un homenaje a los grandes músicos futuristas como Pratella o Russolo. Y no esconde sus afinidades con los ingenios del futurismo ruso. La escalera de caracol que gira sobre sí misma alude al Homenaje de Tatlin a la revolución bolchevique y su Tercera Internacional. El espíritu de Yuki Mohri es el de una neo-utopía que, todos esperamos, sea más afortunada que las viejas utopías que hicieron del siglo XX un tiempo indigente.

Nan Golding

Después de la inmersión en la obra de una artista del siglo XXI, con sus imágenes neo-utópicas, con su reiterado optimismo en las capacidades redentoras del genio humano, de expresiones de fino humor, diciéndonos no todo está perdido si aún nos podemos divertir haciendo arte, los curadores Roberta Tenconi y Lucia Aspesi, nos regresan a una de las producciones más desgarrados del siglo XX tardío. Nada de utopías aquí, ni de sonrisas iluminadas por el inseguro futuro. Las últimas décadas del arte del siglo pasados fueron los del expresionismo de Baselitz y Basquiat, Freud y Richter. Y los del ensimismamiento de Alex Katz A esos tiempos de indigencia pertenece la producción de Nae Golding, a la cual el Hangar Biccoca cedió los espacios desmesurados de su nave central. Para llegar a la muestra, sin embargo, primero es necesario caminar casi una cuadra en la alta oscuridad de los espacios. Es el inicio de un descenso al Hades de la fotografía y artista norteamericana. La muestra consiste en ocho instalaciones, pequeñas salas de proyección que muestran igual número de selecciones de su trabajo fotográfico, desde la primera, la casi insoportable Balada de la dependencia sexual, hasta el no menos traumático que reseña el suicidio bajo las ruedas de un tren de la amada hermana cuando la artista contaba once. Balada de la dependencia sexual, no sin razón, ha sido considerada como la opus magnum de la producción de Golding, consta de 700 fotografías tomadas en Nueva York, Provincetown, Berlín y Londres durante un período que se extiende desde los 70s hasta lo 90s. Su duración es de 42’ y está acompañada por una pista musical preparada por la misma fotógrafa, que incluye canciones y fragmentos de compositores e intérpretes tan variados como Dean Martin y Edmundo Rivero, Charles Aznavour y Yoko Ono. El título de la obra, como se recuerda, Balada de la dependencia sexual, es el de una de las canciones de la Opera de tres centavos de Kurt Weil-Bertolt Brecht. Los protagonistas del trágico espectáculo son los jóvenes amigos y compañeros de esa generación lamentablemente perdida, víctimas del SIDA y las drogadicción. Golding es una sobreviviente; pero, casi una cincuentena de los jóvenes rostros que se presentan en esta danza de la muerte fueron víctimas fatales de una o la otra disposición, la mayoría de las veces, de ambas. A mitad de la proyección uno comienza a sentir en el alma el grito de protesta de la artista que ve morir a los suyos antes ante la indiferencia o animadversión de la administración Ronald Reagan que llegaron a entender la epidemia y sus consecuencias como un ejemplar castigo divino. No exageré cuando escribí que se trata de un espectáculo casi insoportable, tanta pérdida, tanto desperdicio, tanta inocencia en los rostros de aquellos ángeles de alas rotas, que fueron cayendo uno tras otro al compás de una música que suena como una marcha fúnebre, cuando presenciamos el despliegue de fotos producto de “la relación con gentes y lugares, y no de la observación”. Con nostalgia (que es dolor) Nan Golding comentaba, “Mis proyecciones preferidas siempre fueron las primeras, cuando los asistentes eran las personas que aparecen en las fotos”. Después de la Balada, seguí con el descenso al Hades hasta la última de las obras, Hermanas, santas, sibilas (2004-22), 35’ dedicada a la memoria de su hermana. Allí no pude soportar más de tres de los treinta y cinco minutos que dura espectáculo. El siglo XX puede ser una caja de dolorosas memorias colectivas.

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