
Mi primera experiencia editorial estuvo vinculada con el notable poeta Jules Supervielle. En la Valencia de los últimos años sesenta del siglo pasado, Eugenio Montejo preparaba una antología del vate francés y me pidió que me encargara de corregir las pruebas. Todavía se trabajaba con tipos de plomo, una experiencia que no era muy distinta a la ingeniada por Guttenberg cuatro siglos antes. Algunos años después, con los mismos tipos en la misma imprenta me haría cargo de la publicación de Espacios, mi primer libro. Recuerdo esto ahora que releo la versión al castellano de uno de los libros más conocidos de Supervielle, Le forçat innocent (Hay traducción castellana en la editorial Pre-textos).
Supevielle es uno de los tres influyentes poetas franceses nacidos en Uruguay. Los otros dos: Isidore Ducasse, conde de Lautréamont, y Jules Laforgue. Supervielle fue el único marcado por la “experiencia americana”, la cual cantó en muchos textos, algunos de los cuales incluidos en Le forçat innocent, algo como El inocente condenado (forçat, en su primera acepción francesa era un condenado a remar en los barcos; en castellano, “galote”, como los del Quijote). Fue publicado en París en 1930, y con Gravitaciones, se considera su poemario más permanente. Escribió novelas y cuentos, de los cuales recuerdo el hermoso y triste relato “La desconocida del Sena”, que leí mientras corregía las pruebas de la antología de Eugenio Montejo. Había nacido en Montevideo en 1884 y trasladado con su padres a Francia, donde quedaría tempranamente (dos años) huérfano, para regresar con su tío paterno (uno de los propietarios de la Banca Supervielle y su verdadero padre) a Montevideo. Volvería a estudiar y vivir en Francia, realizando frecuentes viajes a la República Oriental. Esta es mi traducción de uno de sus poemas donde se refiere su “experiencia americana”:
Busco una América ardiente y más sombría
rozada por el océano y más viva
en su espuma y temerosa de su cuerpo.
Sus pájaros cantan suave y los invitan,
los mantienen lejos en un rincón del bosque,
les cuentan sus secretos y los prescriban.
No se atrevan a mirar mucho tiempo una rosa,
ni estén seguro de nada, ni siquiera de las rocas,
tan vivo es la inclinación a la metamorfosis.
Bajo los ojos de los vivos los libros que se cierran
se transforman en caballos en medio de las linternas,
y se asciende para perdernos mejor.
Y finalmente encontrarse, con las orejas frescas
y el cuerpo galopando al fondo del alba que nos despierta.

Simplificando radicalmente las consideraciones de Hanna Arendt en su difundido estudio sobre el asunto, podríamos concluir reconociendo que el totalitarismo debe su nombre a que el desastre que produce en las sociedades es total. Venezuela es una muestra. Nada, en su organización material y espiritual se salvó de la catástrofe. El mismo empeño desplegó la administración al desmantelar una de las industrias petroleras más extendidas y eficaces a nivel planetario, que en reducir a una mínima expresión la producción artesanal. Lo que se conserva, lo poco que se conserva del total, son mínimas producciones para el uso y disfrute de la elite gobernante y la corte de profesionales a su servicio. Refiero la situación después el artículo de uno de los escritores más serios del país donde refiere el lamentable estado de la industria editorial reducido a algunas casas que colaboran en la épica empresa de mantenerla en pie publicando algunos títulos al año. Sin editoriales ¿dónde publican los novelistas y poetas, esa raza obstinada, que se niega a dejar de producir y de ser críticos del régimen? Ya tiene no poco de absurdo escribir por “amor al arte”, pero alcanza dimensiones dramáticas cuando no siquiera llega a ser publicado el producto de las noches cortas y los trabajos largos.
En aquella Viena de finales del centenario Imperio Austro-Húngaro no era extraordinario toparse en un café con alguno de estos dúos irrepetibles. Strauss y von Hofmannsthal precisando los detalles del libreto de una nueva ópera; Schoenberg y su joven estudiante Alban Berg discutiendo sobre las posibilidades de una nueva notación musical; Freud y Adler intercambiando muestras de tabaco recién llegado de Turkia; Schiele mostrándole a Klimt sus nuevos dibujos eróticos. O, en fin, Joseph Roth pidiéndole a Stefan Zweig que le consiguiera un editor para su nueva novela. Y este fue el signo de una larga amistad. El éxito editorial de Zweig, que nunca ha declinado, y el de Roth, que después de una breve fortuna con La marcha Radetzky y La cripta de los capuchinos fue relegado al purgatorio literario durante años. La honda amistad entre Zweig y Roth se extendió durante diez años, de 1927 a 1938. Sin embargo, los encuentros personales fueron pocos. Apenas durante dos períodos de vacaciones, uno en la Costa Azul y el otro en Ostende, Bélgica. Para compensar, cientos y cientos de cartas e incontables telegramas y tarjetas postales. En manos de Roth, nómada, fugitivo y alcohólico, la mayoría de las cartas de Zweig se perdieron. Las de Roth fueron cuidadosamente conservadas por el cuidadoso Zweig. La correspondencia abarca los años cruciales para el destino de Europa. Cubre el ascenso de Hitler y la disparidad de criterios ante el horror inminente. Roth, clarividente, como Brecht, abandonó Austria tempranamente. Zweig, como Benjamin le concedió a Hitler el beneficio de la duda y lo pagaron demasiado caro. Roth se lo reiteró repetidamente a su amigo. Intuyó la naturaleza oscura del proyecto nazi. Resultado, como el resto de las desgracias que esperaban a Europa, del derrumbe del Imperio Austro-Húngaro. Una decadencia que había comenzado con la legendaria batalla de Solferino, cantada de manera novela en La marcha Radetzky. Al final, una condición lamentable los uniría hasta el final trágico en ambos casos: ser ciudadanos de ningún país. Habían sido súbditos del emperador Francisco-José y dejaron de serlo en 1918 para no ser súbditos de nadie. Roth lo lamentaría más que Zweig. En su opinión amanecida sólo la restauración del imperio podía servir de dique al nazismo. Se hace católico y se pone en contacto con los patéticos legitimistas que proponen la restauración con el joven prnícipe Otón como emperador. Cuesta entender el candor político de uno de los observadores políticos más lúcidos de su tiempo. Tal vez no menos ingenuo Zweig, quien confiaba en el pacifismo militante como alternativa al belicismo germano, ni importaba que Stalin fuera uno de los padrinos del proyecto.
Una de las explicaciones que los españoles del siglo XVII, el siglo del Quijote, encontraron al desastre del imperio español, era que el “mundo estaba al revés”. Velázquez se encargó de ilustrar esa conclusión convirtiendo a perros y deformes en protagonistas de su pintura, relegando a la pareja real a un borroso reflejo en el lejano espejo. Venezuela, como si fueran pocos los males, ha terminado durante estos días viviendo la desconcertante experiencia del mundo al revés. Los villanos son reconocidos, y la gente honesta sigue siendo presa de sus abusos. Los presos son puestos en libertad sin que el estado reconozca su inocencia. Se trata de una casi-libertad. Los miles de liberados se encuentran en la insoportable situación de ser semi-libres, lo que quiere decir que son semi-presos, que en cualquier momento pueden ser devueltos a la antigua condición. La libertad de ingresar al país está garantizada, la de salir ya no lo es tanto. En el mundo al revés todo es así. Como diría el príncipe de Salinas, conocido como el Gatopardo, hay que cambiarlo todo para que todo siga igual. En este mundo insoportable reina la lógica paradójica, A=B.
Como homenaje a Joseph Roth, uno de los escritores que más me ha impresionado en los últimos años, reproduzco aquí una ficción donde lo hago protagonista. Pertenece a mi libro inédito, Ficciones y confesiones.
Faltando dos minutos para la cita, Roth apareció en la puerta del Hotel Foyot,
con tiempo suficiente para llegar al Café Tournon, donde lo esperaba
Soma Mongerstern. Siempre puntual y, después de saludarse,
“Los escritores debemos ser como las hormigas, hacia delante
y a la hora. Antes de la visita, demos los buenos días a Mme. Alazard”.
Lo cual, en el idioma Roth, quería decir, “vamos a tomarnos un Pernod. “Luego,
atravesaremos el Jardín de Luxemburgo, querido Soma, siguiendo
los tenues pasos de Rilke. Tal vez tengamos mejor suerte y nos encontremos
con una joven princesa que nos lleve en su Rolls amarillo hasta el Hotel de Ville,
tomando la ruta que contempla paradas en Maxim’s y el Ritz. Siempre
has sido un incrédulo, Soma, te niegas a creer que, en esta tierra malvada,
la vida nos puede compensar con la compañía de una extraviada princesa”.
Soma, el amigo, quien un día iba a ser su biógrafo,
estaba acostumbrado a estas fantasías. Y no en el Rolls amarillo,
sino en un destartalado taxi, fue como llegaron al Marais.
Un par de noches atrás, el gran novelista había escuchado el cuento
de un violín mágico, que un viejo lutier ruso había fabricado en su taller del ese barrio.
“¡Tenemos que ir a conocerlo, Soma, probablemente el último
lutier con esas habilidades!” El taxi no encontró la calle, y los dejó
en rue de Rivoli. “En esta casa vivió Beaumarchais, en su tiempo
bien conocido por sus actividades como espía. En ese entonces,
los judíos no eran admitidos en el barrio. Era uno de los sectores
más prestigiosos de París, a una conveniente distancia de Palais Royal.
Como siempre, los judíos llegamos después de que los gentiles
se han ido. Por aquí hay una bella iglesia barroca.
Creo que Atget también vivió aquí, en la calle Aubriot,
la más cortas de París, no llega a cien metros.
Aubriot fue uno de los arquitectos de la Bastilla, de la cual también
terminaría siendo su inquilino”. El artesano, en efecto, vivía en el No. 5 de rue Aubriot,
en lo que seguramente fue el almacén de un Hotel Particulier.
Ahora, la casa parecía más una quincalla de antigüedades que una casa de habitación.
No había un centímetro cuadrado que no estuviera ocupado
por objetos de todo tipo y procedencia. Después de acomodarlos en unas sillas
descoladas de la época de Enrique IV, comenzó el lutier:
“Sí, fabrico violines, violines hechos con una madera especial.
No, no viene de Cremona, viene de mucho más lejos. Unos cuantos
listones que me vendió un comerciante de maderas de Kiev.
Desde que llegué aquí, en 1920, no he fabricado más de ocho
de esos violines, pero el último es muy especial. ¿Ud, toca violín,
monsieur Roth? Sí claro, mintió el escritor. Siempre, desde que era niño en Galicia,
he tocado la música que me dicta todas las noches un ruiseñor alucinado.
Mi violín no es de madera sino de cielo comprimido,
pulido con aceite de alondras y orquídeas ciegas;
sus cuerdas fueron hechas con la piel de dátiles submarinos
que deben afinarse las noches de luna llena.
Si me permite, en mi próxima visita se lo muestro”.
“Estaré encantado”. “Dios los cría y ellos se juntan”,
pensó Soma, quien habría de consignar el encuentro
en unas memorables páginas de su libro sobre Roth.
Después de conversar largamente sobre sus experiencias
en Kiev, el lutier subió por una crujiente escalera
y regresó con un estuche. “Pasé más de diez años trabajando
en este violín. Sus cuerdas son de metal, al menos tres de ellas.”
Abrió la caja y dentro, envuelto en una rara luz tricolor,
estaba el famoso violín. Esta es la descripción que hizo
el mismo Roth en uno de sus cuentos (“La fábula del violinista”):
El violín estaba fabricado con una madera mágica,
y, como todos los violines, tenía cuatro cuerdas. La
primera era de hierro, la segunda de plata, la tercera
de oro y la cuarta era algo muy, muy especial:
el cabello largo y delgadísimo de un elfo.
Sin mucho esfuerzo Roth convenció al lutier para que lo acompañara
al Cafe Tournon, donde se convertiría en invitado especial de la animada
tertulia de expatriados. Así, hasta el día triste del 27 de mayo de 1939,
cuando el instrumento de Roth, el violín mágico de su infancia en Galicia, dejó de sonar.

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