
Los filósofos alemanes no dejan de sorprendernos. No sólo por lo que piensan, sino por lo que escriben, lo cual parecen hacer incluso después de muertos. Los libros póstumos de Heidegger son aproximadamente tantos como los que publicó en vida. Los mismo podría decirse de Nietzsche, del cual, después de ciento veinticinco años de desaparecido, se siguen publicando materiales inéditos. A finales del año que pasó, Adelfi, su editorial oficial en italiano, publicó las inéditas Lecciones de Basilea y escritos filológicos 1869-1878. Segunda parte. Son 1.150 páginas de material sin publicar, que será complementado con la anunciada aparición de la primera parte. No sabemos cuánto queda por publicar para sumarlos a las decenas de tomos de sus obras completas. Son notas y ensayos escritos durante sus años de docente en la Universidad de Basilea, la mayoría de los cuales están referidos a sus estudios sobre la poesía en Grecia. Páginas apasionantes, reveladoras e inquietantes como esta que he traducido del italiano:

La tragedia griega proviene de la lírica, la tragedia nueva del epos. Pero la tragedia nació de la lírica dionisíaca, no de la apolínea: dolor, terror, voluptuosidad, placer en el dolor, excitaciones primarias, una especie de conjuro terrible, incluso en la alegría. Un dios extranjero que ha superado todas las resistencias: la evolución artística del ditirambo es un intento de dominar este demonio. La idea de lo trágico surgió de este sustrato dionisíaco: al hombre, sacudido en todas sus certezas fundamentales del placer y del terror, además de los prodigios que lo rodeaban, se le abre por un instante un orden de cosas completamente transfigurado: la culpa, el destino, la decadencia de los héroes, son sólo une medio para echar una mirada a este mundo transfigurado. La tragedia es una fiesta de toda la comunidad ciudadana, el solemne sentimiento del público, la serena atmósfera matutina, contenta y robusta, el amplio círculo de veinte-treinta mil conciudadanos reunidos al cielo abierto, los coros que entran en escena con coronas doradas y vestidos con adornos preciosos, la bella arquitectura del escenario, la unión de todas las artes. La disposición emocional es de la mayor importancia para el desarrollo del teatro.

Es una contradicción en términos una expansión imperial en medio de la paz. Nadie quiere ser anexado. Los grandes imperios son el producto de dilatadas y violentas acciones bélicas. En nuestro tiempo nos ha tocado ser víctimas de la mayor expansión imperial de la historia. Un proyecto efectivamente planetario; con varias guerras, unas activas y otras en suspenso. Entre las últimas la de China y Taiwan. Las otras son las de Rusia en Ucrania; y las de los Estados Unidos en una reactualización, no de la llamada Doctrina Monroe, sino del falaz “Destino Manifiesto”, que pretende legitimar, como antes con Texas, las intervenciones en geografías tan distantes como las de Venezuela e Irán. Que no serán las únicas. El proyecto es el de un monstruo con tres cabezas. Tres imperios que se repartirán el planeta después de múltiples guerras. Hasta que llegue la definitiva, cuando una de las cabezas del monstruo pretenda devorar las otras dos. Será la última guerra.
Con esta quevediana expresión, Un antes y un después, me propongo publicar una selección de mis diarios literarios 2020-2025. Como he escrito antes en este mismo cuaderno, debo escoger alrededor de 600 pp de las 1.800 del original. Después de una estricta y dolorosa escogencia (cada página es un día de mi vida), me he quedado con 741pp. Si uno escribe diarios, como recuerda Julien Green, para recordar, habría decidido que los otros 1.100 días que he vivido durante esos seis años, los libros y poemas que he leído, la música que he escuchado, las películas que he admirado, las exposiciones que he visto, los paisajes que he contemplado, no son dignos del recuerdo. Lo cual, sin querer aparecer demasiado patético, es desolador. Ahora tengo que dejar fuera otras 140 pp en una segunda selección, y no son pocas las veces que he pensado que no estoy en condiciones de hacerlo. La música que, al azar, escucho en este momento en RAI Classica, no puede ser más apropiada. Se trata del adagio, o marcha fúnebre, de la Séptima de Beethoven. Me viene la imagen tétrica de una urna llevada por unos caballos en un carruaje con las páginas de mi diario destinadas al olvido, pasando frente a mi ventana en el apartamento de esta Milán que me acogió durante todas esas jornadas de los años 2020-2025, que no volveré a revivir. Las tuve y ahora no. Un antes y un después.

Pocas maneras más gratas para comenzar el día que la música que Lizst escribió para el Soneto#123 de Petrarca. La compuso durante sus años de peregrinaje por Italia entre 1835 y 1839. Un itinerario que cumplió en compañía de la formidable Marie d’Agoult, católica y casada sin remedio, una vez que el papa se negó a disolver su matrimonio. La hermosa pieza de Lizst fue inspirada por ese poema del Canzoniere. Aquí en mi tradución:
La leve palidez que en amorosa niebla
esconde la dulce sonrisa, se ofreció
a mi corazón con tanta majestad
que reveló el corazón en medio del rostro.
Y supe como si uno viese a otro
en el paraíso, su piadoso pensamiento
se mostraba de tal manera que otros no lo sintieron
pero lo vi y desde entonces no veo nada más.
Cada visión angelical, cada humilde acto,
de aquellas donde el amor apareció,
serían poco al lado de la dama de la que hablo.
Que inclina su gentil mirada hacia la tierra
y en silencio parece que me dijera:
¿quién me aleja de mi fiel amigo?
Gracias a los servicios de la Biblioteca de Milán he podido regresar a la “biografía filosófica”que Rüdiger Safranski (el mismo de la estupenda, Heidegger: un maestro de Alemania) dedicó a Nietzsche, Biografía de un pensamiento, en 2001. En uno de sus primeros capítulos Safranski, eseña el encuentro de Nietzsche con el libro de, Karl Otfried Múller, Historia de la literatura griega, donde el autor refiere el culto a Dionisio como la “celula germinal del drama griego”. De allí, escribe Safranski, Nietzsche comenzará a tomar distancia de la filología clásica y tratará de “transportarse al interior del delirio de estas fiestas … que las compara con las danzas de San Vito de la Edad Media… La representación de la tragedia al final de la fiesta dionisíaca no es otra cosa que este ritual de paso del vértigo colectivo a la vida cotidiana de la ciudad… El drama ático, escribe Nietzsche, podía nacer sólamente conservando algo de esta vida natural dionisíaca en el escenario… El drama ritual ponía en escena dos cosas: la disolución en el evento colectivo y el aislamiento. En la escena están los protagonistas y el coro. Si en la tragedia el individuo perece es porque expía la culpa de su aislamiento. Es por esto que los protagonistas actúan como si fuesen una visión del coro”.

En Basilea, Nietzsche aprendió que los griegos no fueron ni tan pulcros ni tan racionales. Sus reiterados asaltos a la razón, precisados por Müller y destacados por Nietzsche, están en el origen de la consideraciones modernas sobre la tragedia griega, las de Dodds y Jane Harrison, para recordar sólo dos. Todo esto a contracorriente. Las aguas del Rin que apacibles bañan las riberas de Basilea, no se dirigen hacia Grecia, precisamente. Prefieren el norte de los cultos germanos, donde no Zeus, sino Odín, reina entre los inmortales. Rápidamente el joven Nietzsche será víctima de esta contradicción. Ya en 1870, a sus veintiséis años, escribe a su buen amigo, Edwin Rhode, de los pocos en la universidad, sobre el escándalo que entre sus cólegas, produjo una de sus conferencias sobre filosofía griega. En “Sócrates y la tragedia”, que es como se llamó su intervención, Nietzsche había criticado la “elevada consideración en la que se tiene a la razón”, manteniendo que era funesta la idea socrática de que “todo debe ser consciente para que sea bueno”. Aqui, en su opinión, radicaba la destrucción de la tragedia”. La cátedra se había convertido, apunta Safranski en una enfermedad para el joven Nietzsche. En 1879, criticado y ya mal de salud, Nietzsche dejaría Basilea para comenzar sus años de peregrinaje por Alemania, Francia y por fin Italia. Para regresar a Alemania, y morir en Weimar en 1900 a los cincuenta y seis.
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Los mitos, como se sabe, son contradictorios, amorales, irracionales y fascinantes. Para muchos, Hölderlin entre ellos, Aquiles fue el más delicado de los héroes; para otros el más generoso; y, en cambio, para algunos se contaría entre los personajes más desalmados de la saga troyana. Lo mismo Ulises, un serial killer (por la matanza de los pretendientes) en la opinión de muchos; o el más esforzado de los mortales en su búsqueda del conocimiento, para otros. Mutatis mutandi, con Napoleón. Todavía son muchos los franceses que no le perdonan el sacrificio de tantas vidas en su anhelo de gloria, mientras que no son menos los que admiran su empresa de modernización de Francia, sin la cual nada de lo que ocurrió después de su muerte (Francia como la potencia más importante de la europa continental) hubiese sido posible. A los primeros, se debe que la única calle que ostente el apellido del emperador sea una minúscula vía en la rive gauche. Los segundos hicieron posible que la memoria del “petit caporal” sea perpetuada disponiendo su tumba en el espléndido domo de Les Invalides. Una de las cosas que hacen incómoda la convivencia con los mitos es su esencia contradictoria. Mientras más contradictorios más míticos. La racionalidad no siempre es la mejor salida a los problemas, pero la irracionalidad pocas veces lo es. Napoleón es un catálogo de contradicciones. El estadista que se propuso la empresa improbable de modernizar España, es el mismo que no encontró salida mejor para la podrida república veneciana que convertirla en colonia del imperio Austro-húngaro,

He escrito otras veces en este cuaderno que una de mis mejores experiencias literarias fue el encuentro con el Times Literary Supplement, el venerable papel literario del Times de Londres, en el cual colaboraron con frecuencia Virginia Woolf, T.S. Eliot y todos los escritores dignos de recuerdo de la literatura anglosajona. Mi primera suscripción data de 1971, y todavía debo conservar en mi abandonada biblioteca venezolana ejemplares que tienen más de cincuenta años. En fecha más reciente, en 2001, gracias al TLS me enteré de la obra del español Javier Cercas por una elogiosa reseña de su Soldados de Salamina. Ahora que, gracias a la generosidad de un querido compatriota desde Sevilla, recibo la edición on line. No es lo mismo, obviamente, pero el TLS es un placer en cualquier versión. Y, de nuevo, el acierto de sus colaboradores me ha puesto en contacto con un otro escritor español. Esta vez se trata del poeta vasco Karmel C. Iribarren quien, de acuerdo a la reseña, ha tenido la envidiable fortuna de escribir sus poemas en los bares de San Sebastian a lo largo de veinte años. Uno de ellos, traducido al inglés, fue publicado en la última entrega del suplemento. Del castellano al inglés de su traductor John R Sesgo, y, ahora, del inglés de nuevo al castellano en mi versión. Un poema que sólo puede haber sido escrito en un bar de San Sebastian.
Un día de semana
En este momento disfruto
la mañana: el viento fuerte
del amanecer, los primeros carros luchando
para calentarse después de la noche afuera
la gente caminando apurada por la calle
a urgencia del día
para imponerse
y decir en voz alta:
aquí estoy, ya llegué
y aun cuando no soy
el martes que esperaban,
ni el jueves que temían,
soy sencillamente otro día, un día de semana,
con nubes y lluvia, ráfagas de viento
y momentos de sol,
al fin y al cabo nací en primavera
y estoy a vuestro servicio.
Pueden hacer conmigo
lo que quieran,
disfrutarlo incluso.
Y si sienten
que no estoy a la altura
de las circunstancias
que no
cubro las expectativas
no se preocupen.
Desde mañana
no me volverán a ver.

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