
Ya llevo un par de semanas leyendo línea a línea el precioso estudio de Pietro de Laurentis, profesor de lengua y filología chinas en la prestigiosa Università Orientale de Nápoles: Li Bai. L’uomo, il poeta (Ed. Ariele 2016). El que fuera conocido en Occidente como Li Po (“el poeta de los mil nombres y las mil muertes”) era presentado bajo la apariencia de un inspirado vate ebrio de lunas y vinos, errante eterno, feliz en medio de una naturaleza que sentía como parte de su ser, enamorado siempre y ajeno a las ilusiones cortesanas. Una especie de beatnick adelantado cuyos intereses vitales eran cantar, pasear y emborracharse. Y que habría muerto ahogado en un estanque cuando, ebrio, se empeñó en abrazar amorosamente el reflejo de la luna. Parte de esto era verdad. No obstante, como bien puede y suele suceder, no era toda la verdad. El trabajo del profesor nos presenta el otro lado, el lado oscuro de la existencia de uno de los más respetados poetas de la larga historia de la lírica china. Desde las primeras páginas su aproximación insiste en la tragicidad de la vida del poeta. Un aspecto que había escapado incluso a Arthur Wailey a quien debemos el primer intento serio de presentar a Li Bai a los lectores del siglo XX con su The Poet Li Po, publicado en 1919. Ya en el siglo XIX el inefable pensador francés Hervey Saint-Denis, había publicado, antes que nadie, sus cuidadosas versiones a un idioma occidental.

Y de 1915, cuatro años antes de Wailey, son las versiones de Ezra Pound, recogidas en su influyente poemario Cathay. Pound se había servido de las traducciones del sinólogo Ernest Fenollosa que las había realizado a partir del japonés, donde se conoce a Li Bai como Rihaku. Y, aunque no sabía una palabra de chino cuando las hizo, a él le debemos, de acuerdo con George Steiner, el mejor Li Bai de la lengua inglesa. Este es mi equivalente castellano de “Carta de la esposa del comerciante”:
Cuando todavía me cortaba el cabello con pollina, y jugaba cerca de la puerta principal recogiendo flores, llegaste en zancos de bambú jugando al caballo pasaste cerca de mí con unas ciruelas azules. Y continuamos viviendo en el pueblo de Chokan, dos personas tranquilas, sin disgustos ni sospechas.
A los catorce me casé contigo, mi Señor. Por pura timidez nunca me reía, inclinando la cabeza miraba hacia la pared. Miles de veces me llamaron, pero nunca volteé a mirar. A los quince dejé de fruncir el ceño, quería que mi tierra se mezclara con la tuya para siempre, para siempre. ¿Para qué tenía que mirar por la ventana?
A los dieciséis saliste para la lejana Ku-Tu-Yen, a orillas del revoltoso río. De esto hace cinco meses. Los monos hacen tristes ruidos. Cuando partiste arrastraste los pies. Ahora, en la entrada crece el musgo, todos los tipos de musgo. Demasiado extendidos para poder limpiarlos. Este otoño las hojas cayeron más temprano. Las mariposas se han apareado. en el jardín del poniente y me hieren. Envejezco. Cuando vengas por la ruta del río Kian, avísame y viajaré hasta Cho-fu-Sa para encontrarte.
El texto de Li Bai está marcado por el sentimiento trágico del que habla De Laurentis. Es una narrativa rica en sugerencias. La mención a los peligrosos remolinos del río que pasa por Ku-Tu-Yen, no es una imagen poética solamente. Más bien quiere el poeta que la leamos como una premonición del fin del comerciante. Las intuiciones de Li Bai sobre los movimientos de la psique femenina son una muestra de su controvertido genio. Sentimientos que eran casi insoportables cuando recordamos que eran canciones para ser cantadas. Tan insoportables como los grandes lieder del Schubert de Winterreise o Schwanengesang.
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