
Lo que perjudica al hombre, favorece al poeta.
Luis Cernuda
De los grandes poetas españoles, Antonio Machado tal vez sea uno de los más celebrados, pero menos comprendidos. Ha dado con versos célebres y recordados —casi todos los de Proverbios y cantares—, y su obra ha sido objeto de ilustres homenajes (con el álbum de Serrat a la cabeza). La notable sencillez de su biografía ha sido exaltada como congruente apéndice de su poesía: “ligero de equipaje, /casi desnudo, como los hijos de la mar”. El documental, Los días azules, de Laura Hojman, es deslumbrante y muy a tono con la peculiar vitalidad poética de Machado. Sevillano y educado en la egregia Institución Libre de Enseñanza de Madrid, acabaría convirtiéndose, a pesar de sí mismo, en una de las sensibilidades líricas más hondas y refinadas de la Edad de Plata de la literatura española. Y, por supuesto, la tragedia de su doloroso final como corolario inevitable de su talante. Sin embargo, los focos se han detenido poco en uno de los aspectos más fascinantes de su legado: el pensador insólito que llevaba dentro. La eterna disputa entre Filosofía y Poesía fue abordada de forma genial por su voluntaria adhesión al simulacro: la creación de heterónimos, aunque él prefería llamarlos “apócrifos”. Ese camino que recorrió en paralelo al gran poeta lisboeta Pessoa y que le brindaría los mejores tonos y artificios para la ilación de su fina ironía a través de las miradas de Abel Martín (influido por Leibniz) y de su aventajadísimo discípulo, Juan de Mairena. A su manera, María Zambrano pudo recorrer después un tránsito similar, siempre en las regiones fronterizas, que son las adecuadas para ubicarse desde una perspectiva múltiple. Juan de Mairena fue, sin duda, la más importante, contradictoria y embelesadora de las invenciones de Machado. Su interés redundantemente poético por querer ser otro cristalizó en la exquisita colección de pensamientos intitulada: “Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo”, publicado como volumen en 1936. Aquel libro, descrito como “inclasificable” (maravilloso elogio), recogía parte de sus artículos, meditaciones y aforismos dispersos, dos años antes, en la prensa madrileña.
La aparición de este libro suponía una liberación para Machado: asumir que su alter ego más dominante había cobrado finalmente autonomía. Una especie de exorcismo creativo; un círculo que se cerraba. Sin embargo, las circunstancias políticas y sociales de la atroz España de aquel año le hicieron reavivar —nunca mejor dicho— a Mairena. Había que seguir ampliando sus testimonios magistrales. La certidumbre de que la Guerra Civil era inevitable fue una catástrofe que Machado no podría afrontar con la entereza suficiente sin ayuda de la ironía socrática de su apócrifo, maestro (¿o discípulo?) de la duda, con quien intentaría sobreponerse hasta donde fuese posible. Machado no disponía del carisma de la profundidad paródica de su apócrifo más logrado; era republicano, como él, y dogmático en su anti-dogmatismo. Obsesionado con la formación educativa y liberal de la España miserable, veía cómo el país se precipitaba hacia el garrote fratricida. Sólo una de las pinturas negras de Goya describía con justeza aquella atmósfera que se cernía sobre la Península. Hacía muchos años que en algún poema había escrito: “Busca a tu complementario/ que va siempre contigo/y suele ser su contrario”. La ironía vital determinaría ese triste contraste con su hermano Manuel. Ambos se alistaron como combatientes en bandos contrarios y nunca más volvieron a reunirse. Antonio había moldeado a sus “complementarios” en un sentido intelectual. Su vena andaluza dominaba el ritmo de su obra poética, pero la vena castellana lo llevó al sueño razonado (valga la contradicción) de su refinamiento intelectual filosófico: ventajas de la meseta y el páramo. Maestro de escuela en Soria, Baeza y Segovia, acometió la inquebrantable labor de ir “borracho melancólico, / guitarrista lunático, poeta/ y pobre hombre en sueños, / siempre buscando a Dios entre la niebla”, por los campos de Castilla.
Aunque bastante más joven que Unamuno, Azorín y Maeztu, a Machado siempre se le vinculó a la generación del 98 por esa incesante fijación suya de meditar sobre lo que era realmente España, si es que aquello tenía alguna cualidad de entidad real. Además, reunir a los escritores en torno a generaciones nunca ha servido más que para formular preguntas en exámenes escolares. Precisamente, la primera edición de su Mairena venía acompañada con un retrato en sombra del apócrifo maestro, a sus supuestos treinta y tres años, en 1898. Con semblante de angustia nacional, ¡claro!, fue el año del desastre colonial. El imperio se había evaporado. (Por cierto, resulta incomprensible que las siguientes reediciones de Espasa-Calpe, después de las décadas de la aciaga censura franquista, no retomaran el subtítulo ni el retrato en sombra de Mairena).
La penosa muerte de Machado, en Colliure en febrero de 1939, después del arquetípico éxodo, simbolizó también su negativa definitiva a tolerar la regresión. Machado no sólo se rehusó a vivir en un país en el que se vislumbraba el triunfo de Franco, sino en un mundo en el que se cernían unas sombras que devorarían todo el esfuerzo de su ideario pedagógico. Como la ironía de Mairena lo desmontaba todo, incluso los viejos tópicos de las glorias nacionalistas, tal vez pudo elucubrar algunos últimos aforismos que intentasen mitigar la tragedia. Pero era necesario que el apócrifo inventase, a su vez, a otro apócrifo: un poeta encantado con la idea de ser nadie, peregrinando “ligero de equipaje” por escuelas provincianas españolas, leyendo poesía francesa, a Góngora y a Shakespeare, en intervalos de esplendor didáctico, enseñando a pensar y a leer creativamente. ¿Quién creó a quién? ¿Machado a Mairena o Mairena a Machado? No concibo la poesía de Emilio Prados, Lorca o Cernuda sin la límpida ironía machadiana, que tanta forma le daría después al pensamiento de María Zambrano o al tono de Desolación de la quimera.
En uno de los pasajes de Mairena que me dejan más perplejo, leemos: “Si nos viéramos forzados a elegir un poeta, elegiríamos a Shakespeare, ese gigantesco creador de conciencias. Tal vez sea Shakespeare el caso único en que lo moderno parece superar a lo antiguo. Traducir a Shakespeare ha de ser empresa muy ardua, por la enorme abundancia de su léxico, la libertad de su sintaxis, llena de expresiones oblicuas, cuando no elípticas, en que se sobrentiende más que se dice. Ha de ser muy difícil verter a otra lengua que aquella en que se produjo una obra tan viva y tan... incorrecta como la shakespeariana. Los franceses la empobrecen al traducirla, la planifican, la planchan, literalmente. Se diría que pretenden explicarla al traducirla. «Lo que el pobre Shakespeare ha querido decir». Y es que lo shakespeariano no tiene equivalencias en el genio poético francés. Acaso nosotros pudiéramos comprenderlo mejor. De todos modos, no es fácil rendir poéticamente en nuestra lengua ese fondo escéptico, agnóstico, nihilista del poeta, unido a tan enorme simpatía por lo humano. Para traducir a este inglés de primera magnitud —¿es Shakespeare inglés o es Inglaterra shakespeariana? — tendríamos además que saber más inglés que suelen saber los ingleses y más español que sabemos los españoles del día. Os digo todo esto sin ánimo de menospreciar traducciones recientes, que pueden figurar entre las mejores. Más bien pretendo poneros de resalto lo difícil que sería mejorarlas. “Si nos viésemos forzados a elegir a un poeta, elegiríamos a Shakespeare”, y escasas líneas después: “Decididamente, Inglaterra tuvo un poeta a quien llamamos Shakespeare, aunque no sabemos si él hubiera respondido por este nombre. Así, mediante el efectismo de la espontaneidad, el maestro apócrifo consigue verter en una frase los aspectos más arduos de la cuestión shakesperiana, la oblicuidad de sus frases (y de sus sentidos), la consustancial dificultad de traducirlo y los enigmas en torno a la autoría. Los diálogos, monólogos y recuerdos de Mairena nunca dan puntada sin hilo, y vienen siempre precedidos de una magnífica perspicacia lectora. En general, suele ser más punzante en sus comentarios y opiniones cuando habla de literatura.
La obra de Machado es apasionante por su inquebrantable modestia en medio de la decadencia de su tiempo. Mantener la firmeza de la cordura a pesar de la locura colectiva más contagiosa y lacerante. La proyección poético-imaginaria de un profesor que enseña la socrática mayéutica, en la provincia y a deshora, es la base de una filosofía tan certera como etérea: llevar la duda hasta las últimas consecuencias, a pesar de las barricadas y los tiros; a pesar de que habían matado a Lorca. Y, una vez más y desde una nueva dimensión, persistir en el arte de dudar de uno mismo. Mairena vino a ser para toda la obra de Machado aquello que Borges deslindó en unos versos: “debo justificar lo que me hiere. /No importa mi ventura o mi desventura. /Soy el poeta”.
Debe haber sido terrible el estado de abatimiento final al cobrar consciencia de que, no sólo su causa política, sino su destino más vaporoso había sido también —aparentemente— “derrotado”. Como el pasado debe ser materia de infinita plasticidad, como recomendaba Mairena a sus alumnos, hacer el ejercicio de imaginar los últimos días del gran poeta sevillano nos llena de pesar porque tuvo que soportarlo con desgarrada lucidez. Consciencia es tragedia. Llegar al límite del pensamiento y de la expresión, pero en carne viva. Mairena volvía a sus énfasis: “Porque todos —sin excluir a los herejes, coleccionistas de excomuniones, etc.—, creemos en algo y es este algo, a fin de cuentas, lo que pudiera explicar el sentido total de nuestra conducta”.
Mientras tanto, los tiempos convulsos nos generan esa sensación de creer que todo se va a pique, cuando en realidad eso ha pasado innumerables veces antes, y desde la distancia del tiempo y del espacio, cuando las meditaciones de Mairena adquieren una nueva gradación de sensatez, lo que parecía un dolor insondable del poeta se convierte —en el presente— en una tenue sonrisa del pensador, como bien lo sabía nuestro Eugenio Montejo.
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