
En 1992, ante la Academia Francesa, Václav Havel pronunció unas palabras que hoy, décadas después y a miles de kilómetros de distancia, parecen escritas para la Venezuela de cinco lustros: “Vengo de un país lleno de impacientes... que han esperado tanto tiempo a Godot y creen que por fin ha llegado”. Havel advertía sobre el error monumental de la espera mesiánica, recordándonos que los frutos solo maduran si se saben regar con paciencia y trabajo, no con ilusiones vacías.
Hoy, en esta "Tierra de Gracia" convertida en escenario de lo insólito, echamos mano al libreto del teatro del absurdo. No por afán literario, sino porque el absurdo es la única categoría que logra explicar una cotidianidad donde el sentido común ha sido desterrado.
En attendant Godot (1953), la obra cumbre de Samuel Beckett, nos presenta a Vladimir y Estragón: dos vagabundos que esperan, al borde de un camino, a un tal Godot que nunca llega. La trama es un ciclo extenuante de repeticiones. No hay hechos relevantes, solo el fastidio simbólico y la carencia de significado.
Muchos ven en Godot a una deidad (por el "God" inglés), pero el mismo Beckett sugería que el origen venía de godillot, jerga francesa para "bota". ¿No es acaso eso lo que ha esperado Venezuela? ¿Una bota que pise fuerte, un caudillo que resuelva, o quizás, simplemente, el fin de la presión de una bota que nos asfixia?
En nuestra versión tropical, la obra no inicia en silencio, sino con una voz tenebrosa que, desde el poder, exclamó burlonamente: ¡Dios proveerá! Desde ese momento, pasamos del existencialismo filosófico a la dureza de la existencia pura; de las épicas sin éticas a una incertidumbre que crece mientras el país se desmorona.
Lo más aterrador de la obra de Beckett no es la ausencia de Godot, sino la incapacidad de los personajes para marcharse. Al igual que Vladimir y Estragón, el venezolano parece atrapado en un diálogo circular. Como dice Vladimir en un momento de lucidez:
“El aire está lleno de nuestros gritos, pero la costumbre ensordece”
Nos hemos acostumbrado a los gritos afónicos, a las detenciones arbitrarias, a la precariedad y a las promesas de que "mañana seguro que sí". El régimen se empeña en una hegemonía que ha postergado el futuro de millones, convirtiendo la vida nacional en un capricho de demencia donde lo inaceptable se vuelve paisaje.
El filósofo Alain Badiou radicalizaba las preguntas de Kant frente a esta obra:
En Venezuela, muchos creen que es el momento de irse, pero se quedan inmóviles, atrapados en la misma orilla del camino. El sufrimiento no emana solo de la espera, sino de la incapacidad de reaccionar y de comprometerse a cambiar el guion de esta tragicomedia que ya dura veintiséis años.
No podemos permitir que la espera se prolongue ad-infinitum. La esperanza es necesaria, pero no puede ser el refugio de la pasividad. Un país no puede estar a merced de las alucinaciones de un sistema que se alimenta de nuestra parálisis.
La tarea es clara: transformar los granos de esta amarga cosecha en una nueva siembra. Dejar de mirar al horizonte buscando a un Godot —ya sea este un líder, una intervención que resolvió un solo aspecto, o un milagro— y empezar a caminar. Porque, al final de la obra, si no nos movemos nosotros, seguiremos filosofando disparates entre ruinas, esperando un sosiego que solo llegará cuando decidamos que la comedia del absurdo ha terminado.

Suscríbete para recibir una notificación por correo electrónico cuando publiquemos un artículo.