
John Corigliano (1938) es un nombre familiar para los aficionados serios al cine. Es autor de una decena de soundtracks, entre ellos el de El violín rojo (1998) con el cual obtuvo un Oscar. Una actividad que también dio a conocer otros nombres cruciales de la música actual, como Philip Glass, Arvo Pärt, Max Richter o Ludovico Einaudi. La de Corigliano es una música que respira contemporaneidad, informática, neurosis urbana y poesía del desencuentro del hombre desnudo frente a la IA. Hasta donde conozco la música de Corigliano, que no pasa de una cinco o seis piezas, no parece especial amigo de las posibilidades electrónicas de la música y de nuevo nos hace sentir bien con instrumentos tradicionales como las viejas maderas y los vientos. Que me recuerde a Coltrane a veces no quiere decir que sea verdad, pero en algunas de sus partituras siento el aire corrompido y seductor del Nueva York nocturno del East Side. Recuerdo a Corigliano y lo debería recordar más a menudo por la reciente ejecución que el venezolano Gustavo Dudamel ha hecho de su Primera Sinfonía reseñada ampliamente en The Newyorker. La Primera Sinfonía fue escrita durante los días más terrible del SIDA, en los que muchos de los amigos del compositor murieron del terrible mal y otro de ellos, uno de los más queridos, estaba muriendo. De allí el título del primer y estremecido movimiento: “De la rabia y el recuerdo”. Circunstancias que se sienten muy cercanas cuando, hacia el minuto treinta y tres de los 40’21 de la pieza, el compositor introduce el nostálgico sonido de unas campanas, que no se si a los demás, pero a mí me hace recordar al gran vate inglés del XVII, John Donne, cuando escribió en su Meditaciones, “No preguntes por quién doblan la campanas, están doblando por ti”. No eran para el compositor en ese momentos que doblaban las campanas sino para otros, y a ellos es que está dedicado el final de la Sinfonía. A cada uno de sus amigos perdidos dedica un trozo de la pieza. Se trata de un álbum de fotografías sin imágenes grabadas, pero no por eso menos precisas. Se detiene uno escuchando esos fragmentos como el que se detiene frente a una fotografía. Y si la fotografía debe entenderse como una invitación al recuerdo, cada uno de esos segmentos es un pasaporte al pasado. Corigliano nos propone hacer lo propio: escoger momentos de su música y asociarlo con nuestros muertos más queridos. Hacer nuestro propio álbum de fotografía con los sonidos de su partitura. Y en los pasajes de la Sinfonía donde pone, digamos, los nombres de Steve, Robert, o John, yo puedo colocar los de algunos de mis muertos: Omar, Orel, Juan. No le falta razón a Corigliano cuando señala que el último movimiento de su obra es una “sinfonía trágica”. En el fondo se trata también de un Requiem a la memoria de una juventud devastada por el SIDA. Desconozco la versión de Dudamel, pero parece escrita para él, brillante, dramática, espectacular y compleja. Y ningún en la tierra más apropiado que Nueva York para presentarla, con su mezcla de Bernstein, Pollock, Broadway Boogie Boogie (Mondrian), Blue note, John Cage, Studio 54, noches congeladas de soledad en el Village y paseos en bicicleta por Central Park con Constanza en la parrilla. Mientras preparan la grabación del venezolano, nada mejor que la de Barenboin con la Orquesta de Chicago, para la cual fue escrita. Su estreno tuvo lugar en 1990.
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