Pensamiento

Mary Beard o los clásicos sin altar

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Hace unos sesenta años una madre alzó a una niña en un museo para que pudiera ver un panecillo del Antiguo Egipto expuesto en una vitrina. El conservador que estaba en la sala notó el esfuerzo y el interés de madre e hija, abrió la caja y dejó que miraran de cerca. A la niña la deslumbró no la solemnidad de la reliquia sino su carácter común. Hace milenios —pensó— alguien amasó este pan, igual al que hoy comemos. Esa mezcla de asombro y cercanía retrata a la historiadora en que se ha convertido Mary Beard, aquella niña que ahora ha dedicado su último libro al conservador anónimo. Y toda su obra podría resumirse en ese mismo gesto de sacar el mundo antiguo de la vitrina.

Winifred Mary Beard nació el 1 de enero de 1955 en Much Wenlock, un pueblo del oeste de Inglaterra. Es la única hija de una directora de escuela y de un arquitecto, estudió en el Newnham College de Cambridge —una universidad que entonces era solo para mujeres— y se doctoró en 1982. Su tesis fue sobre la religión de Estado en la República romana tardía. Dio clases en Londres, volvió a Cambridge en 1984 como la única profesora mujer de la facultad de Clásicas, y en 2004 obtuvo la cátedra. Hoy es catedrática emérita, miembro del Newnham College y del patronato del Museo Británico, editora de la sección de clásicos del Times Literary Supplement y autora de un blog muy leído: «A Don's Life». La prensa británica la llama la clasicista más conocida del país, y no exageran.

Sus premios lo confirman. Es miembro de la Academia Británica y de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias, recibió la Orden del Imperio Británico y, en 2016, el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales; el jurado valoró en especial su talento para convertir un saber especializado en conocimiento al alcance de todos. Pero todos esos títulos solo cuentan la mitad de este personaje.

Beard no es una académica aislada de la realidad. Se hizo figura pública presentando documentales para la BBC a su manera: sin maquillaje, con su canoso pelo largo suelto, y una energía que descoloca a quien espere de una catedrática de Cambridge cualquier cosa aburrida. Esa naturalidad le costó cara. Fue blanco de acoso machista en las redes, en donde se burlaron de su aspecto y de su edad. En lugar de recogerse, respondió plantando cara, hasta el punto de que alguno de sus agresores terminó disculpándose en público.

Beard ha dicho que no entiende cómo hoy se puede ser una mujer culta y no ser feminista. En una conferencia ya célebre partió de una escena de la Odisea, aquella en que Telémaco manda callar a su madre y la manda a sus habitaciones, para rastrear cuántos siglos lleva Occidente enseñando a las mujeres que la palabra pública no es asunto suyo. De ahí salió Mujeres y poder, un manifiesto breve y filoso que se lee de un tirón.

Su mirada no se ha quedado en Roma ni el antigüedad. En The Shock of the Nude (2020) desmonta un mito resistente, el del desnudo como belleza natural y eterna. En esa serie magnífica muestra que desnudo es una convención hecha para un ojo masculino a partir de la Afrodita de Cnido de Praxíteles, la primera gran escultura de una mujer desnuda. También recuerda que por siglos se prohibió a las mujeres dibujar a un hombre desnudo, y rastrea el pudor y la hoja de parra hasta ver cómo Occidente volvió el cuerpo femenino objeto de deseo. Beard parte de la distinción de Kenneth Clark entre el cuerpo desnudo y el desnudo como forma artística, y de la crítica que le hace John Berger en Modos de ver, según la cual ese desnudo idealizado está pensado para un espectador que se da por masculino.

El mismo procedimiento lo sigue para hablar de la Roma antigua. Nos revela que lo que creemos dado y perpetuo tiene detrás historia, dueños y poder. Y ahí toca un nervio actual, pues hay acercamientos a la Antigüedad que la presentan como prueba de que la belleza y los roles de cada sexo fueran un orden eterno. Beard enseña que eso tan «natural» ha sido construido.

Como tanta gente en el medio humanístico venezolano, me formé en un ambiente donde el mito tenía un prestigio casi sagrado y los clásicos se leían con reverencia, como un fondo eterno y profundo del alma. Leer a Beard, por el contrario, ha sido como abrir una ventana por donde entra aire fresco. En su lugar, esta mujer nos muestra la fecha, el contexto, el cuerpo. Su Roma es una ciudad con letrinas, alquileres, crímenes y esclavos. En Cómo vivían los romanos recorre las tumbas de la gente común, el panadero que se hizo rico, el tabernero, los niños muertos a los diez años, en vez de los héroes de mármol. En La risa en la antigua Roma se pregunta de qué se reían, algo difícil de ver desde la solemnidad. Y en todo lo que escribe parte de la duda, de no dar nada por sentado, que es justo lo contrario de la fe.

Su método enmienda una vieja costumbre. Ante todo eso que la tradición nos pide venerar, Mary Beard hace preguntas. Preguntas imprudentes, desafiantes y humanas. Le gusta recordar que muchas estatuas antiguas que hoy admiramos como mármol blanco estuvieron pintadas de colores, y que la Roma real era sucia, maloliente y diversa (más que muchos de los barrios a los que hoy tememos), y que justo por eso era más interesante.

Cuando recibió el premio Princesa de Asturias, dijo que en parte era también de los romanos antiguos, ese pueblo brutal, imperialista y misógino cuya literatura todavía nos desafía y cuyas leyes siguen alimentando las nuestras. Eso es lo que más disfruto de su enfoque. Nada de nostalgia, ninguna idealización. No pretender que el mundo antiguo tiene una respuesta para nuestros problemas y debates, como dice en esta entrevista, sino acaso perspectivas que nos ayudan a pensarlos. Aprender a leer a los antiguos es aprender que para gente distinta a nosotros el mundo es distinto, sin que eso signifique darles la razón.

Su lección es útil no solo para acercarnos el mundo antiguo y la cultura. Beard nos enseña a leer como si conversásemos con un interlocutor, con respeto y con desconfianza, dispuestos a que nos lleve la contraria y a llevársela. Sin buscar oráculos en la historia ni en los libros. Y por eso su obra es atractiva. Qué alivio no encontrar en su trabajo nostalgia conservadora.

Si alguien quiere conocer mejor su trabajo, le recomiendo empezar por Mujeres y poder, porque en pocas páginas comprenderá su manera de abordar la Antigüedad, con un ojo siempre puesto en el presente. Que siga con Clásicos sin filtros (2026), donde la historiadora habla sobre los usos y abusos del mundo clásico y de las distintas ideologías se lo han disputado, desde los asaltantes al Capitolio hasta Mussolini, que se soñó Augusto. Después puede darse el gusto de ver sus series, todas producidas por la BBC. Al terminar, sabrá que los clásicos nos enseñan más cuanto menos se los venera, gracias a esta mujer que los bajó del altar.

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