Arte

Lo bello y lo feo en Milán

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‍La Galleria d’Italia de Milano, con el generoso auspicio de Intesa San Paolo, se ha ido convirtiendo en un punto de referencia en el mundo del arte italiano. La muestra que dedicaron a Moroni hace dos años, es una referencia epocal en el renacimiento del interés en la obra del maestro lombardo. Ahora, con la estupenda muestra Belleza e Brutezza, la Galleria d’Italia, alcanza un nivel de interés internacional propio, de instituciones milanesas más conocidas, como el Museo Poldi-Pezzoli o el Museo del 900. Belleza e Brutezza fue organizada por el BOZA de Bruselas y presentada en esa ciudad en el 2023. Ahora, en su versión de Milán, la muestra se despliega y en las salas de la galería con una museística impecable con la curadoría de Chiara Rabí Bernard. Fácilmente, una de las más excitantes de las muestras milanesas de los últimos años. El objetivo de la muestra es el de insistir en que la historia del arte occidental ha sido el resultado de la reiterada oposición entre el concepto de belleza y su opuesto, lo feo (bruteza). En uno de los ensayos para el estupendo catálogo, Yves Hersant recuerda que lo que entendemos como bello, tiene sus orígenes, como casi todo, en Grecia. Y que, desde entonces, lo bello ha sido asociado con lo bueno. Así, lo expuso Platón en su Fedro y, mucho después, lo confirmaría Plotino y su seguidor san Agustín. La conclusión era que todo lo bello es bueno y todo lo feo es malo. El ideal de belleza habría de prevalecer durante el siglo de oro de la cultura helénica. Praxísteles, Fidias, Policleto, todos se acogen a este principio. El resultado son demostraciones como la Acrópolis de Atenas, donde priva la armonía de formas que son el vehículo para alcanzar el bien. El primer cuestionamiento serio de esta tendencia, se va a producir durante los primeros años de la cultura helenística y contó con la tácita aprobación del nuevo señor de Grecia, el príncipe macedonio, Alejandro Magno. En efecto, su selección de Apeles como pintor de cámara debe entenderse como un manifiesto de un nuevo paradigma. La cultura helenística es la más moderna de las manifestaciones que nos han llegado de Grecia. Todo lo que había sido descartado durante el período clásico, será reconsiderado e incluido en una nueva poética. Lisipo nos presenta al gran Hércules como un hombre cansado en una postura nada heroica, sosteniendo el tesoro de las Hespérides con la mano oculta al espectador. Otro destacado escultor alejandrino contemporáneo, nos presentará, con un moderno realismo el rostro digno de un soldado derrotado. La Venus del gran poeta Bion de Siracusa, se ha rebajado y, por primera vez, se enamora, y no de un inmortal, sino de un simple y vulgar cazador de jabalíes. A su muerte, cuenta y canta Bion, la divinal Afrodita corre al encuentro de su amado de manera desesperada, sin fijarse en las espinas del camino que hacen sangrar sus albos miembros. Una figura que ha perdido la belleza pura de Platón y encarna las impurezas de la apariencia humana en condiciones adversas. La belleza ha perdido su hegemonía. El artista y el poeta han encontrado una sociedad nueva con una nueva sensibilidad que requiere ser expresada de manera nueva.

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Retrato de dama (1525). Bernardino Luini

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A lo largo de la Edad Media, el cristianismo reivindicará los viejos ideales de belleza. La Virgen es pura, blanca bella y, por supuesto buena. Y sus representaciones en el arte serán el patrón de la belleza femenina hasta el Cinquecento, cuando, al principio de manera casi tímida, comienza a cuestionarse el canon clásico. En efecto, en muchos de los dibujos de Leonardo comienzan a aparecer personajes que son clara expresión de la bruteza. Tanto más inquietantes porque aparecen en medio de un movimiento cultural que quiere reconocer la insuperable poética del arte antiguo. Miguel Angel, aunque con menos intensidad que Leonardo, también se sentirá atraído por esa corrupción del ideal clásico. Aunque no está en la muestra, el catálogo llama la atención sobre la tela de Ghirlandaio, “El abuelo y el niño”, que se interpreta como un intento de reconciliación por parte de uno de los grandes maestros del Renacimiento. A pesar de la cantidad de obras de arte que se incluyen en la primera parte y que son dignas de reiteradas visitas, la segunda mitad de Bellezza e brutezza, es la más inquietante. Su conjunto sorprende. No es obvio pensar que hayan sido tantos los maestros que se ocuparon dr la representación de lo feo, lo desagradable, lo deforme y repugante. La quinta sección de la muestra es la más reveladora: Le figure privilegiate per la bruteza. La crisis de la utopía renacimental condicionó “el engrosamiento de la línea” y la búsqueda de una imaginería que representara aquel nuevo desengaño. Es el tiempo propicio para la pintura de “locos y bufones”, criaturas monstruosas aquejadas de las enfermedades más raras. El hombre comienza a ser representado por esta tendencia “deconstructora” como portador de todos los vicios. En una pintura, el cirujano-barbero procede a la “extracción de la piedra de la locura” con sus incipientes instrumentos, mientras su cómplice esconde en sus manos la piedra que será entregada al enfermo y familiares como producto de la sangrienta intervención. La edad preferida es la vejez en las actitudes más ridículas, como la arquetipal del viejo lujurioso engañado y desbancado por una bella, joven y corrompida dama. El humanismo se vino abajo, su descrédito era casi total. No será, sin embargo, un artista plástico el que mejor represente el doloroso fracaso de aquella utopía.  Le correspondería a Shakespeare, con sus locos, bufones y alucinados la mejor expresión del amargo y desconcertante sentimiento de derrota. El rey Lear, escrito hacia 1608, cuando los maestros del Barroco habían perfeccionado la expresión de lo grotesco y desagradable, es un compendio, todo en una misma tragedia, de los alcances de la belleza e la bruteza en el arte y la literatura de los siglos XVI-XVII La muestra de la Galleria d’Italia, ya lo habíamos dicho es una de las más excitantes presentadas en tiempos recientes en Milan. Y así son o deben ser las grandes exposiciones. Nunca se agotan. Estimulan al espectador a pensar de nuevo las ideas recibidas, lo invitan a “aprender a ver”.

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Una vecchia donna (La duchessa brutta). c.1513 Quinten Massys
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