.png)
"Frente a la injusticia y el dolor, el silencio y la neutralidad son una elección moral a favor del opresor."
Desmond Tutu
Tras el paso de una catástrofe —como el doble terremoto del 24 de junio — la narrativa del régimen suele apresurarse a recurrir a un cliché conocido: «no hay que politizar la tragedia». Sin embargo, cuando la innegable responsabilidad de esta nefasta gestión pública queda en evidencia frente a los daños sufridos, cabe preguntarse: ¿cómo desvincular la política de una realidad tan incuestionable?
Aunque el evento telúrico es, por definición, un hecho natural, la magnitud del impacto humano y material casi nunca lo es. Toda tragedia de este tipo saca a la luz una vulnerabilidad construida por la desidia, la inacción, la negligencia y la omisión. Lo que a simple vista se presenta como un desastre causado por la Naturaleza es, en el fondo, el reflejo de una profunda crisis moral. Es el resultado de un modelo de desarrollo distorsionado que ignora los límites de la naturaleza, sus leyes y su armonía en favor de intereses coyunturales. La hipocresía del poder y la degradación de los valores.
Reivindicar que la política solo puede entenderse honradamente si está al servicio del bien común se vuelve hoy una tarea urgente. El verdadero bien común no responde a las mayorías circunstanciales ni a los cálculos del poder, sino al mandato ético de proteger la vida y el entorno que habitamos.
En momentos de crisis se hace evidente el peligro del pragmatismo maquiavélico, sintetizado en posturas dobles donde las autoridades afirman oponerse al mal, pero en la práctica lo respaldan por conveniencia política. Esta contradicción pone de manifiesto una profunda decadencia ética: ¿cómo puede ser tolerable apoyar e impulsar públicamente aquello que en la intimidad se reconoce como dañino?
Hoy se debate con frecuencia si asistimos a una transformación o a una decadencia de los valores. Podría ser el punto de partida para el rescate total de nuestro país. Ante tanta calamidad e incertidumbre, resulta indispensable identificar con claridad los principios que dignifican el ejercicio público.
Entender la política al servicio del bien común implica asumir que exista una organización social óptima que fomente el desarrollo humano y la justicia. Si bien el «interés general» suele responder a criterios pragmáticos e inmediatos, y las más de las veces, turbios, el bien común deberá ir mucho más allá. En primer lugar, es obligatorio que super lo coyuntural, que no se limite a pactar lo que es posible en el momento. Es indispensable que busque la excelencia moral, con la verdadera intención de lograr consensos sobre lo mejor para la sociedad a largo plazo. Deberá exigir responsabilidad real, asumiendo que la previsión y la protección ciudadana son deberes ineludibles.
Una sociedad orientada auténticamente hacia el bien común no se conforma con gestionar las consecuencias del desastre mediante discursos evasivos o falsos. Exige ética, responsabilidad inequívoca y una escala de valores capaz de situar la integridad humana por encima de cualquier conveniencia política.
Suscríbete para recibir una notificación por correo electrónico con nuestra Newsletter semanal.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Suspendisse varius enim in eros elementum tristique. Duis cursus, mi quis viverra.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Suspendisse varius enim in eros elementum tristique. Duis cursus, mi quis viverra.