
El combate que se plantea Nikos Kazantzakis en La última tentación de Cristo (1951) es el suyo, no el de Cristo. Una vida cargada de angustia, como le pasa a los personajes de su novela dedicada al pobre de Asís, a punto de un colapso emocional o un devastador ataque nervioso. Son casi personajes sartreanos. En su prólogo al libro, el escritor confiesa que la principal angustia, fuente de alegría y tristeza en su vida fue la batalla incesante entre el espíritu y la carne. Vista así, la novela puede leerse como una autobiografía, no el retrato del Verbo encarnado. La misión de Cristo es, a su juicio, fruto de una decisión consciente, ayudada por voces angélicas, más cerca del conflicto existencial que de la certeza, más próximo a la duda y la incertidumbre que a la convicción. Su libro es la confesión de un hombre que conoció amarguras en fracasos y errores, también es un relato donde triunfa el amor, después de muchas derrotas y el arrepentimiento por las faltas cometidas, transformadas en puñales que escarban el alma, empeñadas en silenciar la vocación. El epitafio del poeta, labrada en su tumba, dice: “No espero nada. No temo nada. Soy libre”.
Leía la novela por primera vez en el verano de 1971 o 1972, una semana que fui a Juan Griego con unos amigos a practicar pesca submarina, durmiendo en carpa e intentado conocer a chicas guapas de noche, en una fogata en la playa. Me quedó esa impresión: no entendí nada, al menos lo más importante. Me impresionó la idea del ataque final del demonio, que le monta a Cristo crucificado un escenario sorprendente: la tentación de una vida de familia con María Magdalena, a la cual finalmente se niega para dar cumplimiento a su misión. Volví a leer la novela 15 años después, cuando apareció la película de Scorsese, y lo hice de nuevo hace unos días, para darme cuenta ahora que el libro es una parábola de la vida de Kazantzakis.
El diálogo que me interesa hoy con el autor no es el que podría hacer un hombre blanco, mayor de edad, cristiano, heterosexual y de derecha. No. La conversación será entre la interpretación que esta persona hace y la lectura que ese mismo individuo, cincuenta años más joven, sostuvo en la Isla de Margarita. No hay lecturas neutrales. ¿Cuál es el horizonte de mi interpretación, a qué nos estamos refiriendo? ¿A Jesús de Nazareth, al escritor Nikos Kazantzakis cuando escribió su novela, o a la interpretación que hago hoy de la lectura realizada entonces al leerla por primera vez? La pregunta es decisiva. No puedo olvidar mi historia o las experiencias que condicionaron mi forma de entender el mundo, pero tampoco puedo dejar de intentar llegar al fondo de lo que Kazantzakis quiso decir.
La estrategia narrativa de las parábolas es interesante. Jesús las utiliza, sostiene Kazantzakis, no porque el pueblo que las escucha sea ignorante y no pueda captar el sentido de discusiones teológicas profundas, sino porque él mismo piensa así, en parábolas, al ser un hombre sencillo y pobre, carpintero en una pequeña aldea polvorienta al norte de Israel. El tiempo de Dios, a diferencia del de los hombres, no se mide en años sino con los latidos del corazón, en el pulso de un órgano vivo. Las parábolas se refieren al amor y no necesitan argumentos lógicos. La música de Peter Gabriel para Martin Scorsese cumple ese objetivo: acompaña el dolor de un hombre atormentado, y no podía ser de otra manera con un guion de Paul Schrader, uno de los guionistas más ansiosos de Hollywood, el mismo que escribió los de Taxi Driver (1976) y Mishima (1985). La novela del escritor griego ha podido muy bien llamarse “Hombres al borde de un ataque de nervios” y todo lo que hemos aprendido, que no ha sido mucho, se resume en que la paz es consecuencia de la presencia de Dios; y la intranquilidad, el desasosiego y la angustia, signos casi siempre de la cercanía del enemigo mayor. A ratos, sus personajes lucen tranquilos, en silencio, como cuando Simeón se encuentra con Jesús en Galilea, y no el día de la Presentación del Señor, como lo narra Lucas en su Evangelio. Pero siempre están como desesperados y esa dinámica no cuaja en la historia que conocemos. Un testigo presencial de la resurrección de Lázaro en Betania, por ejemplo, lo recuerda así: “Miedo y temblor… Nunca en mi vida sentí tanto miedo frente a la muerte como la tuve en esa resurrección. Les juro que si me hubiera preguntado qué quería ver más, a un león o a la resurrección, hubiera dicho que a un león.” Todos tienen miedo. Miedo in crescendo ante los 613 mandamientos de la Torah, las consciencias despeñadas barranco abajo en pleno desespero, y miedo de los ángeles exterminadores que reducirán todo a cenizas. Fuego, ceniza y fango.
Judas Iscariote sucumbe en la novela ante la tentación del poder, pero el Reino de Dios no es consecuencia de un mesianismo político. El amor se conoce en las pruebas, imposible evitar el camino de la cruz. Dios se hizo hombre hasta el fin y el hombre conoce la muerte, está hecho para la muerte – el Sein zum Tode de Heidegger -, ¿cómo podía entonces Cristo ahorrarse su experiencia y restaurarlo todo, de principio a fin, sin pasar por la muerte y conquistarla. Quien no le tiene miedo, medita un centurión romano en la novela, es inmortal. En el principio no existía la añoranza de la libertad; la esclavitud de la muerte despertó su querencia y la ansiedad por su ausencia. El Jesús de Kazantzakis es un hombre cobarde y temeroso hasta de sí mismo, hasta que termina por aceptar su vocación sin vergüenza, los demonios transformados en ángeles. El suyo es un libro peligroso porque separa la humanidad de Cristo de su identidad divina; y en segundo lugar, por ese empeño nietzscheano que define al personaje, más cercano a la figura de un Prometeo espiritual que crece por voluntad propia. Es verdad que la grandeza de Cristo también está en la magnitud de su combate, un enfrentamiento extremo que no podríamos haber realizado nosotros. La impecabilidad de los santos se asocia a esta lucha, se aproxima, es atraída por la figura vencedora de Cristo Rey, pero no la sustituye. La novela es temeraria también por las ideas que pudiera despertar en ciertos lectores. Leí el libro a los 17 años y ahora me doy cuenta, no entendí nada, más allá de enterarme de las diferentes facciones políticas y religiosas que tenían agendas distintas frente a Roma. Me abrió sí los ojos a la experiencia del Cristo histórico, pero sin lograr ir más allá de esa etiqueta de profeta judío apocalíptico, que el método le asigna. La experiencia de Jesús es otra cosa.
La grandeza de Cristo no que haya vencido a la muerte, es que la idea de muerte que conocemos no se le aplica. No resucitó para seguir caminando por Galilea y comer con sus discípulos La Cruz no es un evento biológico: muerte y resurrección son experiencias simultáneas y esa es la comprensión a la cual hemos sido invitados. Lo complicado sería, como lo intentó Kazantzakis, interpretar la conciencia personal de Jesús, su idea y experiencia del “yo”. Corremos el peligro de rebajar nuestro conocimiento a una dimensión psicológica o colocar su identidad en una zona totalmente fuera de nuestras posibilidades intelectuales, en un mundo sobrenatural lejos de nuestro alcance. El triunfo de la Resurrección está en habernos tendido la mano, para convocarnos a un nuevo tipo de existencia. Sabemos, como escribía Romano Guardini, que no nació para prolongar esta vida (la nuestra, la que conocemos y conocieron nuestros padres en la historia), sino porque una nueva existencia nació en él.
Suscríbete para recibir una notificación por correo electrónico con nuestra Newsletter semanal.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Suspendisse varius enim in eros elementum tristique. Duis cursus, mi quis viverra.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Suspendisse varius enim in eros elementum tristique. Duis cursus, mi quis viverra.