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La muerte de Cubazuela

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Todo lo que se escriba sobre Cuba debería interesarnos, no sólo por la influencia que la isla ha tenido sobre nosotros, tanto en literatura, desde Carpentier pasando por Lezama Lima y Cabrera Infante, como por su música y más recientemente, por su política. ¿Cómo olvidar el efecto sísmico de la apropiación intelectual que Fidel le practicó al autor intelectual de la V República, así como el efecto de esta sumisión en Cuba? Por eso es importante el nuevo libro de Zoé Valdés: Cuba, y ahora la libertad (Edit. Sekotia, 2026).

Su descripción de la naturaleza del Estado cubano es acertada: una institución política que posee el monopolio de la violencia y se considera a sí mismo como único garante del orden, siendo su esencia la coerción y su objetivo someter a la población a principios ajenos a su voluntad. Pero es del dominio público que el Estado totalitario, tanto en Cuba como en Venezuela, perdió hace rato su legitimidad moral y capacidad para garantizar servicios públicos esenciales. La autora de aquella formidable novela autobiográfica La nada cotidiana (1995) llega a conclusiones relevantes, pero antes recorre y divide la historia política de su país en etapas bien diferenciadas:

  • Provincia de España: 1800-1868.
  • Guerras de independencia: 1868-1898.
  • Cuba republicana: 1901-1959.
  • Cuba comunista: 1959-2026, preferimos ponerle fecha de caducidad, así no estemos seguros.

Un momento clave fue el “Período especial” en la década de los noventa, la crisis por la desaparición de la URSS y la ayuda que prestaba y que provocó, entre otros males, una caída masiva del PIB, gran escasez de alimentos y el inicio de una migración masiva, el fenómeno de los balseros y el derribo de dos aviones Cessna por MIG cubanos, pertenecientes a la organización Hermanos al rescate, por lo cual acaba de ser imputado Raúl Castro. Las reformas del momento, cosméticas en su esencia, apertura al turismo internacional y una semi-legalización de la moneda americana, no contribuyeron a mejorar la economía. Luego llega un período en el que Zoe no se detiene, como ha debido hacerlo, a pesar de coincidir con ella en todo lo demás, que no es poco. Me refiero a la influencia que tuvo el régimen de Hugo Chávez Frías en el proceso político y económico cubano en lo que va del siglo XXI, un período examinado por el historiador Jorge Castañeda, Canciller de México durante el gobierno de Vicente Fox, en un ensayo publicado en la revista Newsweek en junio de este año. El escritor mexicano cuantifica el monto de la ayuda venezolana a Cuba entre 4 y 6 mil millones de dólares al año, a cambio de médicos que no eran tales, entrenadores deportivos y agentes de seguridad que reforzaron el aparato de inteligencia del régimen. El apoyo financiero venezolano se interrumpió al irse Nicolás Maduro. Cubazuela duró 25 años, no es poca cosa. La isla sufre hoy apagones masivos, carece de combustible y las Naciones Unidas declararon una emergencia humanitaria, sin que los líderes del Partido Comunista Cubano se den por enterado de la muerte de la Revolución.

¿Ahora qué? La escritora propone una transición al código económico del neocapitalismo y describe con detalle los pasos para actuar, entre los cuales vale la pena resaltar la preparación estratégica para la restauración de un régimen de propiedad privada, el rescate de los sistemas de justicia y seguridad, el rechazo a la coacción estatal y por supuesto el derecho a toda iniciativa política o económica que se considere válida para la lucha por la libertad, siempre que su objetivo final sea un régimen donde los bienes y medios de producción pertenezcan a personas o empresas particulares y no al Estado. Luego articula muy bien los principios del código económico del neocapitalismo y me sorprende gratamente leer que el Artículo 7 – Ley de la libre contratación – establece que “Los contratos voluntarios entre partes competentes son la base de las relaciones económicas y deben ser respetados y ejecutados según lo acordado.”, lo cual nos lleva a considerar lo que a mi juicio fue el mal mayor de la planificación chavista: la inamovilidad laboral.

Zoé Valdés explica que la llamada justicia social de medio siglo de comunismo está basada en un concepto analizado por Thomas Sowell, importante economista americano, discípulo de Milton Friedman y profesor de Harvard, autor entre otros de Las falacias de la justicia social (Social Justice Fallacies),  publicado en 2023, al cual cita: “La envidia alguna vez fue considerada como uno de los siete pecados capitales antes de convertirse en una de las virtudes más admiradas bajo su nuevo nombre: Justicia Social.”

El daño que la inamovilidad laboral provocó en el aparato productivo venezolano no puede ser minimizado. Enemigos jurados de las empresas, de sus administradores y propietarios, hábiles en su empeño por destruir desde adentro las organizaciones a las cuales pertenecían y debían sus salarios, muchos “trabajadores” fueron protegidos por el Estado, que impidió sus despidos justificados, castigando premeditadamente la eficiencia de las empresas. Y ese odio, resentimiento o envidia, como prefiere llamarla Thomas Sowell, encarnó una manera de hacer política y, como explica Marshall McLuhan, en The medium is the message, desembocó en un marketing político irracional. Lo importante no era el contenido del mensaje, sino que esa emoción destructiva – el resentimiento, motor fundamental de la historia venezolana, según Mariano Picón Salas - se volvió medio, instrumento y canal de comunicación, fue un odio que cambió nuestra forma de pensar, de relacionarnos y de percibir al mundo. Emotivismo puro, fuera de él no hay nada, ni discurso posible, ni razón o argumento, sólo juicios morales que se expresan emocionalmente y hace imposible cualquier discusión de verdades objetivas. Por eso eliminaron la prensa libre y por eso también se asoma en el horizonte una brutal reacción política, alimentada por crudas emociones y no por la búsqueda del bien común. El juicio nacional que se avecina, dentro o fuera de los tribunales de justicia o del CNE, corre el riesgo de tocar un pozo de aguas estancadas a punto de desbordarse. Las armas serán las mismas que colocaron en las manos de la población. Como destruyeron y dividieron al país, lanzando una tercera parte de la población venezolana al exilio, los mismos trabajadores se percatan ahora que la envidia sólo fue una herramienta diseñada para saquear el país, sin verdadero contenido ideológico.

Como buena escritora latinoamericana, Zoé Valdés tiene una vena política que la ha llevado a postularse a cargos de representación política, llegando a ser candidata al Senado español por el partido Vox en la circunscripción de Madrid, así como a debatir y polemizar con importantes figuras políticas del exilio cubano, siempre con una idea fija: la defensa del exilio cubano, la lucha por la democratización política de su país y la lucha contra el régimen del Partido Comunista. Y no es de extrañarnos, como bien argumentaban Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, nuestro queridísimo profesor Angel Rama y tantos otros, la literatura de nuestro continente siempre ha tenido una función ancilar, vinculada a la construcción de una identidad cultural propia y a la lucha por determinados proyectos políticos. Y si así llueve, que no escampe.

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