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Domingo 2 de enero. Todavía me asombra la “continuidad”, si cabe esta palabra. 8 años con este registro de intermitencias. No es un registro de quejas, aunque haya algo de eso aquí. Tampoco es un registro de “logros”. Bebí ayer con mi hermano, unas pocas cervezas, como reencuentro de año nuevo. Sigo con los trabajos: coser unos libros de Alma Karla Sandoval, que vendrá a Colombia por motivos académicos; a Chía, en Cundinamarca. El martes o miércoles a más tardar debemos enviarle sus 50 ejemplares.
Lunes 3 de enero. Al fin nos depositaron la plata del Premio. Hoy me toca la segunda dosis de la vacuna, Sinovac. Mañana enviaré los 50 libros de Alma Karla. Imprimiremos otros 50 ejemplares de una poeta venezolana que vive en Neiva. Poco a poco se van concretando las cosas. También enviamos la primera maqueta a P.R. Detuve la lectura de El gran Gatsby y empecé ¡Que viva la música!, de Andrés Caicedo. Con esta obra del escritor caleño reitero lo que ya sentía al leer buena parte de sus cuentos, en Bogotá: la total entrega a las posibilidades de la prosa, a la fundación de un estilo propio, jovial y genuino. Un estilo reinterpretado tras su muerte.
Miércoles 5 de enero. Víctor presentará Welserland en Madrid. El libro se presentará sin él. Él no puede viajar. Es un libro total. Mezcla de verso y prosa, no se ciñe por una sola línea discursiva. No es un poemario convencional, de ahí sus grandes logros y sus grandes riesgos. Se trata de la obra de un poeta que “juzga” su propia historia nacional, y lo hace desde una perspectiva poética, inédita en nuestra poesía venezolana. No es un libro de historia, aunque mucho de eso tenga, tampoco es una colección de poemas, aunque se valga de ellos. Como toda empresa poética, requiere paciencia, tiempo de lectura, reposo y corazón.
Sábado 8 de enero. Despierto con la intención de continuar con la lectura de Andrés Caicedo. Los matices de su prosa es lo que predomina, lo que atrae, pues invita a leer con pausa para no perder los detalles y las mínimas acciones de sus personajes, especialmente el de la “monita”, la rubia protagonista de la novela, la voz principal que narra la historia. Aprovecho para enviar unos correos e invitar a un autor venezolano a participar en la sección de reseñas de LALT. No cuestiono su negativa (está en todo su derecho), me irrita que confunda mi nombre y escriba “Nelson”, dos veces. A todos nos pasa que la gente suele confundir nuestros nombres, pero si se trata de personas que nos “conocen” desde hace unos cuantos años, esto resulta confuso. Encuentro en el muro de alguien esta frase de Camus: “Aléjate silenciosamente de la gente que te desgasta”.
Leo un cuento de Evelio Rosero, “Las esquinas más largas”, y me deposita en el centro de Bogotá. Puedo recorrer los pasos de los escasos tres personajes del relato, puedo ver incluso las piedras del camino estrecho que da hacia el Chorro de Quevedo, sentir las piedras mojadas de una lluvia resiente y constante. La vi consecutivamente desde 2018 hasta 2020 y la vi de nuevo hace un mes, en un viaje corto. Estos son los recuerdos que la ciudad deja en la retira a fuerza de cruzarla y vivirla y llorarla con Geraudí, amigos y ex amigos.
Lunes 10 de enero. Ayer en la tarde me inyectaron la segunda dosis de l vacuna. De madrugada, de golpe, llegó el malestar y la fiebre. Pasé todo el día en la cama, con cansancio. Aún sigo con algunas secuelas. Tengo la vista algo nublada. Espero amanecer mejor para seguir con el trabajo. Llovió toda la tarde y sigue lloviendo en la noche.
Martes 18 de enero. Leí los doce cuentos de Pájaros de fuego. Casi todos los personajes femeninos son modelos con fascinación por el arte, la moda. Los personajes masculinos, casi todos, son pintores venidos a menos con un ímpetu sexual que, muchas veces, alcanza la depravación. La sexualidad femenina es determinante en el libro, en todos los relatos (sus cuerpos, su flacura, su blancura, sus reconocimientos). Los episodios sexuales son abiertamente explícitos. El libro alza vuelo a partir de la mitad. Mantienen el mismo recurso narrativo directo, pero en los últimos relatos el estilo crece y da un breve espacio para lo sugerido. Creo que ha sido un buen inicio en la obra de Nin. Seguiré leyéndola. En Bogotá quedó un tomo de sus diarios, que un ex amigo me dejó y otro ex amigo robó. Vuelvo (uno siempre vuelve o intenta volver hacia algo o hacia alguien) a Margarte Atwood, a El asesino ciego. De ese libro tomé un fragmento potente para las próximas ediciones de Ojiva.
***
Regresamos cansados Cali, yo iba medio dormido en el “pirata”, así llaman al transporte de Cali a Jamundí y viceversa. Hicimos el envío de los ejemplares de Rafael Cadenas: una caja de 13 kilos, 68 libros, una coedición entre El Taller Blanco Ediciones y El Ángel Editor de Ecuador. Ya de regreso a casa, nos bajamos cerca del supermercado, compramos verduras para una semana o diez días. Llegamos a casa con varias bolsas pesadas. Aquí en Colombia se eleva la inflación, pero las verduras siguen a buen precio, por ahora. Mañana temprano vendrá el señor que contrató la propietaria para modificar las ventanas de ambos cuartos. Vendrá muy temprano y debemos levantarnos al menos una hora antes. Le propuse a Gera la película Birdman. Creo que estamos muy cansados para verla. Reviso Twitter y me encuentro con un breve testimonio de Daniela Jaimes-Borges, que me hace pensar en la totalidad del país: “Le dije a una señora, que se estaba estacionando, que más adelante, había un puesto mejor. Le cuidé el puesto. Se estacionó muy bien. Al bajarse me dio las gracias y un dólar. Quedé paralizada. No supe reaccionar. Aún, ya en casa, pienso muchas cosas”.
Miércoles 19 de enero. En el recorrido que hicimos ayer en el centro de Cali, encontramos un ejemplar de Mascarada/El cocodrilo rojo, de Eduardo Liendo. Hace muchos años que no volvía a sus pulcras narraciones. Especialmente Mascarada, una novela corta que leí, si no me equivoco, a los 18 o 19 años. Ahora la releo luego de casi dos décadas, y se me hace otra novela, otra historia, igualmente rica.
Jueves 20 de enero. Anatomía del calor. Hay un ambiente “soporífero”, es una palabra que usa mucho García Márquez y también Mutis. Precisamente hoy siento el ambiente así, dominado por el calor, pero aún no puedo bañarme. Están terminando el trabajo de herrería en la ventana de nuestro cuarto. Todo está en desorden y el piso está sucio, polvo y residuos metálicos. Mientras no terminen el trabajo no puedo barrer y menos bañarme. En la noche tenemos la presentación de un libro. Ya hice mis anotaciones, formulé unas preguntas para la autora. Recibí otra invitación para un evento virtual, la próxima semana. Me empieza a fastidiar la virtualidad, pero sigo actuando como por un impulso que no logro ver. Leí Mascarada y avanzo con los minicuentos y cuentos de El cocodrilo rojo.
Viernes 21 de enero. Día de limpieza. Geraudí limpió la cocina y yo me concentré en el aseo del baño. Seguí con la organización en el cuarto de estudios, en desocupar espacios de objetos y documentos ociosos. Poco a poco se ve más desocupado, mejor dispuesto. Vemos con más claridad las tareas domésticas. Todavía falta más orden, pero creo que vamos por buen camino. He abandonado algunas lecturas y he retomado otras. Vuelvo a leer poesía, con más detenimiento, quizás con la idea de escribir nuevos poemas (pienso encontrar un “narrador” lírico, histórico, nada solemne, quiero encontrar la formar de versificar, no tanto en el verso libre sino en alguna estructura métrica). Mañana tengo reunión con el equipo de LALT y los corresponsales. Es la primera reunión con los corresponsales. Veremos qué se logra.
El animal de hierro lleva tiempo atravesado en la acera. Sus dueños lo dejaron para cumplir el oficio de intemperie. Está sólo, sin motor, con los cauchos sin aire, como suelas. Polvo encima. Mucho polvo. Cada día paso frente al animal de hierro y mi ignorancia no logra dar con la marca o el año. Puede ser de los 90, quizás, o de una fecha más cercana. Cada vez que paso me quejo de que su amplitud inútil cubra todo el paso, de manera que debo bordearlo, caminar más cerca del asfalto, verlo con un desprecio innecesario. Uno pudiera hacer un ejercicio de memoria y fabular sobre sus dueños, su conductor o sus recorridos antes de que se convirtiera en inutilidad. La duda me dura hasta que lo dejo atrás y sigo pensando en las rutinas del día.
Domingo 23 de enero. Me inquieta la pregunta que la poeta plantea en el título. También me inquieta el Jardinero, ese otro personaje lírico del libro que siempre acompaña a la voz poética. Empiezo a leer Desde dónde amar, de Corina Oproae, y presiento que no hay casualidades, sólo correspondencias. Al lado de mi escritorio tengo el tomo de El paraíso perdido, en prosa, y cada línea representa una confrontación. Los ojos me arden por la densidad y los temas de Milton. Vivo frente a un cementerio (no miento) y nada es casual. En la epopeya del poeta inglés está la glorificación de la Gran Expulsión y la gran historia de una derrota. Este no es un libro para optimistas, tampoco lo es el libro de Corina. Ya sé que las comparaciones son antipáticas pero esto no es una comparación: es un acercamiento de percepciones más o menos similares. Aquí yo percibo un escenario para comunicar una derrota o para argumentarla desde el poema. Me parece oportuno hacer un ejercicio de memoria y citar unas líneas de Rafael Cadenas, ese poeta teórico del fracaso: “Era a mí a quien querías defender no otorgándome brillo”. Vuelvo a los poemas de Corina y pretendo construir un glosario en el cual abundan palabras muy cercanas a la desolación. La autora construye su hablante poético con los ingredientes del desamor, de la ausencia, de la pérdida, el extravío y su muy particular concepción del amor (un anti-amor y no desamor y tampoco odio). La propia brevedad de sus poemas no impide que estas emociones cambien de dirección. Por el contrario, lo breve permite la acumulación de percepciones en espacios reducidos.
Jueves 3 de febrero. Visitamos la casa de un amigo de A. El señor es publicista, me parece, y tiene un hijo adolescente que escribió una novela de ciencia ficción. La casa es elegante: muebles customizados, esculturas orientales, un minimalismo que tranquiliza, mucho blanco, colores crema. El señor dice que también es comerciante y que viene de una familia de comerciantes. Nos comenta una anécdota de un amigo que perdió su trabajo por nepotismo. Tiene un interés intelectual por ciertos temas (geología) y autores clásicos. Así como alaba el musgo y las piedras, desdeña de los autores que no entran en su ámbito de interés (García Márquez, por ejemplo). Independientemente de todo, es amable, cordial, y nos ofreció café, torta con helado, jugo de mora, frutos secos.
Sábado 5 de febrero. Me pregunto por la utilidad de la escritura, la banalidad de los recitales, el ego y la maldad. Pienso en lo poco que retengo de Estudios sobre el amor, de Ortega y Gasset; pienso en sus explicaciones acerca del amor como fuerza y potencia en movimiento, en su refinamiento, en su constancia: “El instinto sexual asegura, tal vez, la conservación de la especie, pero no su perfeccionamiento. En cambio, el auténtico amor sexual, el entusiasmo hacia otro ser, hacia su alma y hacia su cuerpo, en indisoluble unidad, es por sí mismo, originariamente, una fuerza gigantesca encargada de mejorar la especie”. Sigo pensando en España, como posibilidad migratoria.
En mi primera biblioteca, la que dejé casi intacta en mi casa de la infancia y adolescencia en Mariara, quedaron varios libros inútiles. Su inutilidad radicaba, precisamente, en la pobreza de sus temas y la insignificancia vital de sus protagonistas reales. No tiene ningún tipo de interés recordar ni los temas ni sus protagonistas; se trata de aquellos personajes que tuvieron vínculos partidistas en el municipio. Vidas y poderes políticos circunstanciales, corruptos y soeces. Un libro inútil que, no sé muy bien por qué, aún ocupa espacio en los anaqueles. Una biografía que no interesa, una gestión fallida. Son libros inútiles, ciertamente, pero a fin de cuentas inofensivos. Sólo tienen la cualidad de estorbar, pero que no incitan odios y fervores. Yo temo a otro tipo de libros: al libro de los odiadores (como los llama Ortega y Gasset), de las personas que odian y necesitan odiar al prójimo. Estos últimos libros son los más tóxicos.
Hoy cumple 100 el Ulises. Tengo el tomo de Lumen, una edición de 2019, traducción de José María Valverde. He vuelto a él, aunque decir “volver” es pretencioso pues uno casi nunca llega al Ulises. He leído unas 40 páginas (una modesta victoria como lector). Uno llega en ocasiones a él, en algún fragmento, en un trozo lírico que logramos atrapar: “Después de todo, yo diría que uno es capaz de liberarse. Uno es su propio amo, me parece”. En el Papel Literario de esta semana leo un ensayo de Nelson Rivera, un texto conmemorativo, sobre Joyce y su obra sin límites.
Salí un momento al supermercado. Compré lavaplatos, queso, crema para untar, otras cosas. Llego a casa con mucho calor y el deseo de quedarme bajo la ducha. Geraudí está a mi lado, dictando su curso semanal de escritura creativa. Lee un texto mío, un ensayo. Afuera el ruido es el ruido de siempre, la contaminación sónica de las motos, los motores, la música de los bares cercanos activos a esta hora.
Hablé, vía WhatsApp, con Guillermo Cerceau. Me comentó su insatisfacción sobre una novela que acaba de leer. Escribió una reseña sin elogios y me preguntó si había leído la obra. Le dije que yo no la había leído y que probablemente no la iba a leer. Más que por las cualidades fallidas del libro, por falta de tiempo y ánimos. Aproveché la conversación y le comenté sobre un episodio que viene repitiéndose en los últimos meses: personas relativamente cercanas que insisten en llamarme Nelson. Entiendo la cercanía fónica de ambos nombres (Nelson-Néstor), pero exaspera si viene de personas que se suponen “nos conocen” desde hace tiempo. Personalmente, este tipo de situaciones me incomodan. Guillermo me da varios argumentos sobre esta confusión nominal, todas válidas y sensatas.
Antes, más temprano, le escribí a Graciela para saber cómo seguía. Pasó varios días con malestar y se hizo la prueba del covid. Salió negativo. La veo algo desanimada. No es para menos.
Hablé con mi mamá. Una larga llamada. Es difícil hablar con mi mamá porque al hablar con ella regresa la nostalgia del volver. Se inicia (se reinicia) las ganas de regresar a Mariara, al patio, a sus comidas, a la casa de siempre. Me dice que los bombillos se queman con frecuencia. Espero enviarle algo de plata entre el lunes y el martes.
Domingo 6 de febrero. Hace días me topé con el personaje Antenor. No recuerdo dónde lo leí ni quién lo citó, sólo me pareció estimulante traerlo como extensión de mi libro Dípticos o como un largo poema que sea independiente pero que, dado el momento, pueda formar parte de una segunda edición de Dípticos. Busco más información en el Diccionario de mitología griega y romana, de Pierre Grimal. Copio el perfil de Antenor que ofrece Grimal:
ANTENOR (Άντήνωρ). Anciano troyano, compañero y consejero del viejo Príamo. En otro tiempo, y con anterioridad a la guerra de Troya, había trabado amistad con algunos jefes griegos, de quienes incluso había sido huésped. Antes del sitio recibió en su casa a Menelao y Ulises, que llegaban en calidad de embajadores para arreglar el conflicto pacíficamente (v. Menelao). En la Ilíada lo vemos aconsejando moderación a los troyanos. Partidario de las soluciones pacíficas, trata de lograr la decisión por medio de un duelo entre París y Menelao. A la caída de Troya, uno de sus hijos, Licaón, es reconocido por Ulises, quien le acompaña a través del ejército griego y lo lleva a lugar seguro, así como a su hermano Glauco. Durante el saqueo, los griegos habían colgado una piel de leopardo en la puerta de su casa para indicar que debía ser respetada.
Con la evolución del ciclo troyano, la figura de Antenor sufrió una transformación, convirtiéndose en la de un traidor a su patria, que ayudó a los griegos a robar el Paladio y abrió las puertas del caballo de madera a los guerreros que iban en su interior. Antenor pasa por ser el antepasado de los vénetos que poblaron el valle inferior del Po. Después de la toma de Troya, habría emprendido la marcha en compañía de sus hijos por Tracia, desde dónde habría llegado al norte de Italia.
Una poeta con quien compartí en un recital me advierte la presencia del cuerpo en mis poemas, su presencia reiterada. Todo es cuerpo, pensé, mientras me lo decía. Inevitable que aparezca siempre, de alguna manera, como tema o como imagen. La propia escritura es una forma corporal, tangible, de comunicación, de acercamiento, de roce.
De nuevo a la prosa de Germán Belli, una guía de escritura. Su elegancia, su conciencia de los inicios y de los cierres, su fluidez.
Ayer me acosté con la idea de descansar este domingo. He “descansado”, en cierta forma, al escribir estas líneas. Mi capacidad de retención es poca, precaria, en este momento. Estuve perdiendo el tiempo con el celular, viendo cualquier cosa, hipnotizado por los videos de asiáticos que cocinan en el bosque, con los ingredientes más extravagantes. Alguien me escribe al WA, un número desconocido que pregunta por mí y por Geraudí. En la foto de su perfil hay edificios y no algún retrato. Se trata de Nesfran González, como me dijo después. Vive en Panamá, lo conocí en el Rectorado, en Valencia, en una época que hoy me resulta de algún multiverso ajeno al mío.
Las percibo pesadas para su cuerpo. Parecen pesadas las alas y realmente lo que percibo como pesadez es el aleteo, el fuerte movimiento que agita el aire a su alrededor. Gallinazos. Ellos sobrevuelan uno de los ríos del pueblo. Sobrevuelan todos los ríos del pueblo. Estas aves son pesadas y negras. El río que las recibe, sucio río del pueblo, tiene árboles y ramas y las aves se balancean. Se repiten y las comparo con las garzas blancas que veía en las avenidas de una ciudad venezolana. No es una comparación del bien contra el mal, ni una apreciación del día o la noche, ni una valoración moral o cromática de la vida. Gallinazos. Aves grandes, negras y pesadas. Un sustantivo y tres adjetivos.
Mañana iré a la biblioteca a entregar unos libros que pedimos en préstamo hace unos meses. Entre ellos, una antología de Juan Manuel Roca. Me detengo en varios de sus poemas:
Testamento del pintor chino
Cuando el sobrio Emperador
Me conminó a borrar del cuadro una cascada,
—El chapoteo incesante espantaba su sueño—
Como buen cortesano obedecí
Y esfumé su torrente.
Sin embargo,
Oculté tras el dibujo de un cerezo
Una rana que croa
Y que el anciano Emperador confunde
Con su agitado corazón.
En un biombo de lino me pinté a mí mismo
Al momento de dibujar un caballo.
Una noche después
Espanté con el pincel al caballo,
Pues no soportaba sus relinchos.
Pronto borraré mi crepuscular figura del óleo,
—Emperador de mi cuerpo—
Y sabrán que es de la misma materia
La ausencia de un hombre o de un caballo.
Lunes 7 de febrero. Nos despertamos bruscamente. Una caída que no supuso peligro, sólo miedo. No pasó a mayores. Quedé con taquicardia. No pude seguir en cama. Gera duerme. Es temprano y ya aparecen los ruidos de la calle. Carros, motos, los cascos de los caballos, la voz de quienes van temprano al trabajo. Todo se filtra hacia la casa, todo entra.
De vuelta de la biblioteca, con varios libros en mano, entre poesía y novela (Rilke, Goethe, Hesse y Hemingway) me detiene el olor profundo de la madera. No es propiamente un aserradero pero lo parece: un galpón con grandes bloques de madera que me inyectan su olor fuerte y húmedo, casi líquido. En mi mano tenía un vaso grande de avena, la que casi siempre le compro a la señora que vende cerca de la biblioteca. Cada vez la hace mejor o a mí me parece que la hace mejor. Geraudí fue al centro a retirar sus nuevos lentos correctivos. Yo sigo aquí, con ganas de leer lo que saqué de la biblioteca.
La lectura es como una corriente, un hilo que te sujeta, tal es la cualidad de algunas obras. Lo malo es que te lleva demasiado lejos de los oficios del día, del trabajo, de la “realidad”. No dan ganas de hacer nada más, salvo leer. En este sentido, me parece, todo es nocivo. Esto me pasa con El viejo y el mar.
Domingo 13 de febrero. De madrugada. He leído con buen ritmo, a pesar del sueño. Es una hora buena para la lectura (dos de la madrugada). Leí dos libros en una semana, dos novelas. Me acompañan tres autores alemanes (que escribieron en alemán), y que me recuerdan a mi querida amiga y poeta Geraldine Gutiérrez Wienken, mi editora en Alemania: Goethe, Hesse y Rilke. Hay silencio, empezó a llover hace poco. En mi cabeza están algunas tareas que quiero cerrar, no importa que sea domingo. Es madrugada, tengo sueño, debo dormir pero algo me detiene frente al computador.
La poeta argentina Marisa Martínez Pérsico, en su muro de Facebook, comparte una canción de una intérprete española, muy joven, María José Llergo. Hace un par de años Rubén Darío Carrero ya me la había recomendado. Gran voz, de muy finos matices andaluces. Una voz que calma, que relaja, que estimula. Hace tiempo que no volvía a ella, a la “Niña de las dunas”.
Dice Goethe citado (o evocado) por J.P. Eckermann: «los antiguos no sólo tenían grandes propósitos, sino que también conseguían darles forma. Los modernos, en cambio, también tenemos grandes propósitos, pero raramente somos capaces de sacarlos a la luz con tanta energía y frescura como habíamos imaginado».
Lunes 14 de febrero. Sigue algo de ruido, el del televisor, que transmite una mala comedia, el de algunos carros y motos que insisten en recorrer la calle a esta hora. El silencio es un atributo que escasea en estos sectores, hay como una necesidad de hablar, de ruido, de quebrantar el silencio, la soledad, la tranquilidad. Recuerdo un capítulo de una serie, una serie con afroamericanos. Una pareja. La esposa convence al esposo, su esposo ruidoso, para asistir a un retiro que tiene como regla el ayuno (comer una sola vez al día, comida vegana) y el silencio (no pueden hablar entre ellos durante una semana). El esposo hace lo posible por incomodar a los demás, habla en todo momento, incluso en los momentos de meditación. Arruina la terapia. Es la típica metáfora de esta época: la casi nula capacidad para valorar y habitar los espacios (los pocos espacios) para el silencio. Vivimos en el reino del ruido.
Me quité la camisa. Estoy en el cuarto de estudio. Giro la cabeza a ambos lados para espantar el agotamiento, como si el agotamiento existiera como algo encima, como polvo, y se pudiera ir o quitar moviendo el cuello. Desde luego, no se va el calor, quizás un poco la presión en los hombros. Casi las dos de la tarde, esperaré un rato más para salir a la biblioteca a entregar las dos novelas que leí, más el libro de Rilke. Le puse el ojo a un par de libros que quiero leer esta misma semana (otras dos novelas de Hesse). Cuando se trabaja en casa, trabajo y oficios domésticos se confunden, se mezclan. Por eso salgo para organizarme un poco. Hoy temprano lavé el baño, luego terminé un par de correcciones para LALT: Un texto de Zambra sobre traducción y un relato corto de Giovanna Rivero.
Martes 15 de febrero. Durante la noche de ayer hice una lectura frenética del primer capítulo de Paradiso, una de las novelas que saqué de la biblioteca municipal. Tanto, que me dejó una migraña poderosa, que duró parte de la noche y que se calmó pobremente con un acetaminofén. Hoy pasé todo el día con el “aura” del dolor. Es culpa de mi vista: no quiero culpar a la “estimulante” prosa de Lezama, que ya conocía en sus ensayos y cuentos. Si bien es cierto que existe esa voluntad metafórica (una dictadura de la metáfora), que tanto lo distingue y que tanto ven sus críticos y lectores, en esta novela hay argumentos y los personajes respiran, tienen personalidad: el Coronel, José Cemí (el “garzón”), Juan Izquierdo…
Sábado 19 de febrero. Lo raro de las planificaciones, y los apuntes de fechas en el calendario, es que los meses parecen reducirse, encogerse, suprimirse, incluso. Febrero avanza rápido, a medianos de marzo iremos a Bogotá y en ese mismo mes darle continuidad a tres libros que saldrán de imprenta. Es bueno porque nos da una perspectiva laboral en el tiempo. En abril, si la FILBO se da, estaremos nuevamente en Bogotá por dos semanas, un poco más, casi tres.
Domingo 20 de febrero. Sigo con la lectura de Eckermann y su reconstrucción de Goethe. Muchos pasajes que he resaltado con lápiz y que deseo anotar, pero me falta el ánimo para hacerlo. Me parece que llevar las citas del libro a estas anotaciones pudiera resultar inútil. Prefiero dejarlas allí, suspendidas, algo difusas, en mi mente. Que el impacto sea sólo eso, y que después quede la satisfacción de haber leído y olvidado.
Un domingo de aseo, de incómodas interrupciones de parte de algún vecino (innecesarias, evitables, algo necias). Una breve salida con mi hermano.
Martes 22 de febrero. Un martes, tan semejante a un viernes, o a un domingo, o un jueves o un propio martes. Un martes que se parece a un martes. Un martes con dinero o sin dinero; con todos los sentidos alertas o adormecidos, con infamia o sin infamia, con confianza o sin confianza. Un martes casi miércoles, sin importancia. La necesidad tiene cara de perro, pobre perro, y qué culpa tiene el perro. Ya lo sabía, lo bueno de saber algo de antemano (no un saber de conocimiento sino saber de la intuición) es que no hay o no debería haber sorpresas. El saber por “saber” es un dato. Debo aprender a escuchar a la intuición. Pero uno es tonto o torpe o estúpido y se sorprende y “confía”. Debo repetirme: la amistad es asunto de juventud; no de la juventud de la adolescencia, sino de la juventud de la mayoría de edad, cuando ya no hay pérdidas de tiempo, sólo omisiones de mayoría de edad. Recuerda: tienes pocos amigos, lo demás es prescindible. La amistad de bachillerato es transitoria. Recuerda: no es amigo tuyo. No es amigo tuyo. No es amigo tuyo.
Jueves 24 de febrero. Intervenciones militares, bombardeos. Rusia invade Ucrania. Más allá de los que opinan por opinar, o de los que ofrecen un “análisis” más apegado a los antecedentes políticos y geográficos de cada país, a nosotros, simples observadores, nos queda mirar y actuar desde esta movilidad “virtual”. Cerca de Cali, en Popayán, el ELN cierra vías, incendia vehículos, se deja ver en plena “acción”. Es un tema que no ha terminado en este país. La escritora Kelly Martínez Grandal, en su muro de Facebook, comparte un estremecedor fragmento de La gaviota, de Sándor Márai:
La realidad de la guerra es distinta. Ustedes aún no la conocen y espero que nunca lleguen a conocerla. Pero cuando desperté en el sótano, al derrumbarse la casa de mi padre, de pronto entendí lo que era. Y que todo lo que había oído hasta entonces, todo lo que había pensado y leído, no era más que un sueño, tan turbio y nebuloso como un sueño...Esa fue la realidad, la primera realidad de mi vida: el estruendo con que se desplomó nuestro hogar en la costa, la casa donde habían vivido mi abuelo y mis padres. Luego el sótano se llenó de humo.
—¿Era una casa grande?
— No, no lo era —responde la joven encogiéndose de hombros—. Pero era nuestra...
Viernes 25 de febrero. Extraje de un ensayo unos grandes versos de la poeta chilena Elvira Hernández, que no puedo dejar de incluir (o injertar) en la segunda edición de Ojiva: “Dicen que era una cabeza degollada apareciendo/sin nunca querer desaparecer”.
Impresiones de unos libros en Cali, retorno algo pesado, cansado, una lluvia repentina, que me retiene en un supermercado. Ya en casa, un baño, almuerzo-cena, reposo breve en el mueble de la sala; un par de correcciones, algún intercambio de mensajes de trabajo, una sensación incómoda, no sé cómo llamarlo, en mi cuerpo. He pensado en que uno está enfermo, esfuerzos por mantenernos al día, avanzar, seguir. Un gran amigo, Alberto Hernández, inicia una campaña de recaudación. Tiene un delicado problema renal. Necesita 5000 mil dólares. Un caso más entre tantos, pero el asombro y la tristeza no acaban. Ya no es tiempo de preocupaciones absurdas, pendejas. Hay que ser prácticos, dejar a un lado las hostilidades.
Videos, muchos videos, sobre Rusia y Ucrania, Putin, el video de un tanque que embiste y aplasta un vehículo, bombardeos, análisis, opinadores, opiniones, tercera guerra mundial, dicen, memes, burlas, gente estúpida, gente seria.
Domingo 27 de febrero. Mi papá, hoy, cumpliría 68 años. Una foto suya, de muy joven, adolescente, que conservo en mi celular; y también, en mi cartera, un carnet viejo con su foto de adulto de 45 años. Dicen que soy muy parecido a él. Le decía a Víctor Manuel que a veces miro mis pantalones viejos y mis zapatos viejos o usados y creo verlo a él, a Néstor Antonio.
Compré algunas cervezas, las enfrié en el congelador, me las bebí escuchando la música de siempre, mi música repetitiva que no me defrauda. Caí en cuenta de que una de estas canciones alude a una película francesa. La canción es en inglés, pero alude a La vida de Adèle, una película de un reconocimiento sexual, hermosamente lésbico. Una de las actrices, que en la película (y en el video) tiene el pelo corto y azul y también mi edad, 36 años, le lleva 12 años a la protagonista. La película es de 2013 y no se nota la diferencia de edad entre ambas actrices. Belleza. Así va el día.
Lunes 28 de febrero. Con la sensación de haber soñado con mi papá. Sólo es eso, la sensación de haber soñado, no la certeza (¿podemos hablar de certezas en el ámbito de lo onírico?). El cuerpo y la mente amanecen sin maltratos. Ayer compré varios pares de medias y boté todas las viejas. Hacía falta hacerlo. Hace tiempo que no lo hacía.
Al fin llegó el ejemplar de Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar, novela de José Balza. La compramos por un precio absurdamente bajo, en Buscalibre. Una edición del Fondo de Cultura Económica, del 2002.
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