
"La tragedia del hombre moderno no es que sabe cada vez menos sobre el sentido de su propia vida, sino que se preocupa cada vez menos por ello."
Václav Havel
En un contexto como el de la Venezuela actual, buscar el sentido de la vida deja de ser un ejercicio de abstracción académica para convertirse en una estrategia de preservación intelectual, ética y emocional. Cuando las instituciones se debilitan y la cotidianidad se vuelve impredecible, los marcos de referencia tradicionales se agrietan. Para encontrar el camino más idóneo, los pensadores que revisamos nos ofrecen herramientas formidables si los hacemos dialogar con la realidad venezolana. El sentido aquí no se encuentra en las grandes certezas abstractas, sino en una destreza personal basada en la lucidez, la acción comunitaria y el rescate de la palabra.
El primer paso idóneo es el que propone Albert Camus: la honestidad intelectual ante el entorno. En un país complejo, la tentación de caer en el “suicidio filosófico” —es decir, refugiarse en el autoengaño, en el resentimiento paralizante o en un optimismo ingenuo que niega los hechos— es inmensa.
La rebelión cotidiana: Camus nos enseña que el absurdo (la desconexión entre nuestro deseo de orden y justicia, y la realidad que observamos) no debe vencerse con la resignación, sino con la rebelión.
La acción: En Venezuela, rebelarse no es necesariamente un acto de confrontación estéril; ni colocar guarimbas que terminen de encerrarnos, es el empeño testarudo en hacer las cosas bien. Mantener la honestidad, la excelencia profesional y la decencia en un entorno adverso es el equivalente moderno a empujar la roca de Sísifo con una sonrisa, adueñándose del propio destino… así se vaya la luz…
La propuesta de Viktor Frankl es, quizás, la más aplicable y sanadora para el ciudadano venezolano. Frankl demostró que en las condiciones de mayor vulnerabilidad, el sentido no se inventa de la nada: se descubre en la respuesta que damos a lo que la realidad nos demanda.
El giro copernicano: (Ayer el amigo Julio Castillo nos ilustraba con claridad el origen de la idea) No se trata de preguntarle a la vida qué tiene para ofrecernos, sino de escuchar qué nos está pidiendo la realidad hoy. Frente a la fractura social, la vida nos cuestiona y nos pide participar y una respuesta ética.
El rescate del tejido social: Frankl señala que el sentido se descubre en el amor y en la experiencia del otro. En nuestro contexto, esto se traduce en la reconstrucción del tejido social. El sentido idóneo se halla en el encuentro ciudadano, en el acompañamiento a quienes comparten la misma geografía y en la convicción de que el aislamiento es la antesala de la derrota moral. Pongamos la otredad de moda sin caer en más discursos balurdos.
Jean-Paul Sartre nos recordó que estamos “condenados a ser libres” y que somos la suma de nuestras elecciones. Aunque el entorno restrinja las opciones materiales, la libertad interior de elegir el propio marco ético permanece intacta.
El Logos y el diálogo: En una sociedad donde la esfera pública y los espacios de deliberación han sufrido un severo desgaste, suavizando la dura travesía, el sentido se construye recuperando el valor de la palabra, del logos. Allí tenemos a la portee las excelentes presentaciones del buen Amigo Carlos Ñañez, ese filósofo que a veces se distrae con la economía.
El proyecto civil: El sentido más idóneo pasa por asumir un compromiso histórico a través del diálogo constructivo. Generar espacios de discusión, formación ciudadana y pensamiento crítico —por pequeños que parezcan— es un acto existencial sartreano: es elegir activamente no ser víctimas pasivas, sino autores de un proyecto cívico que surge del Agora cercana.
El sentido más idóneo para habitar la complejidad venezolana no es un destino al que se llega, sino una postura diaria ante las cosas. Podríamos resumirlo en tres pilares prácticos:
Al final, como intuyó Frankl citando a Nietzsche, quien tiene un para qué poderoso dentro de sí, es capaz de resistir y dotar de significado a casi cualquier cómo le toque enfrentar en el camino que aún falta por andar.
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