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En el año siguiente a la guerra de los aqueos contra los siracusanos, Túlan se encontraba trabajando en Illice, tierra de los íberos, en la comarca conocida como Akra Leuké (Ἄκρα Λευκή), Promontorio o Canto Blanco, llamada en tiempos contemporáneos como Elche, en la Provincia de Alicante. Túlan aprendió medicina en la Isla de Cos, con los discípulos de Hipócrates y se juramentó en los templos de Asclepio. Allí juró por “Apolo médico, por Asclepio, Higia y Panacea, por todos los dioses y todas las diosas, tomándolos como testigos, cumplir fielmente, según mi leal saber y entender, este juramento y compromiso … Venerar como a mi padre a quien me enseñó este arte, compartir con él mis bienes y asistirles en sus necesidades … Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo; tampoco administraré abortivo a mujer alguna. Por el contrario, viviré y practicaré mi arte de forma santa y pura … Si el juramento cumpliere íntegro, viva yo feliz y recoja los frutos de mi arte y sea honrado por todos los hombres y por la más remota posterioridad. Pero si soy transgresor y perjuro, avéngame lo contrario …”. Era iatros y asclepíade.
Túlia era la hija de Aster, jefe local de una familia con amplia influencia en la agricultura y el comercio de la aldea. Paseaba por Illice acompañada de sirvientes que cuidaban de ella y su buena presencia. Su padre, un hombre entrado en años, jefe de la comunidad, propietario de tierras sembradas de cereales, viñedos y olivos, actuaba como intermediario con los comerciantes griegos, fenicios y púnicos o cartagineses que llegaban a los puertos. Mujer hermosa, aprendió a tocar la lira y gustaba cantar estos epitalamios atribuidos a Safo:
Trae la flor de tu pelo, ponla en la mesa.
Hablemos en voz baja y que el mundo se vuelva rumor.
Hoy tus manos son brújula; yo, puerto;
hoy la casa guarda un olor de sal y miel,
y el amor —sin trompetas— se instala, tierno, en la mirada.
Ataviada con lujosos atuendos y ornamentos, caminaba con coturnos que dejaban ver sus hermosos y delicados pies, de blancos y armónicos tobillos continuados con unas piernas torneadas como una venus griega, un todo que facilitaba el suave desplazamiento a través de las calzadas de Illice. Solía usar un velo para cubrirse el cabello, con lo cual hacía más visible su rostro de mirada lejana y labios dulcemente evertidos, como si llevara miel en la sonrisa. Difícil aproximársele, pero inevitable seguirla con la vista. El vestido ceñía su figura dejando desnuda la cintura y la espalda. De voz dulce y suave, trataba a los comerciantes y a la servidumbre con amabilidad y respeto. Los aldeanos de Illice la amaban y temían al mismo tiempo. Tulia no era una Diosa, pero sí una sacerdotisa. En estados de trance podía entrar en contacto con las almas del transmundo. Ilkea, su madre, de extraordinario parecido con Tulia, organizaba los rituales domésticos, la preparación de ofrendas, la conservación de panes, aceites y licores para las ceremonias en el Santuario de Illice-Astarté. Allí se celebraban los “Oficios de las Ofrendas Nocturnas”, un ritual vespertino de perfumes y libaciones; la ceremonia del “Hilo y la Llama”, un rito doméstico de consagración de objetos; el “Rito de la Cista” (apertura simbólica del cofre sagrado para ofrecer votos), la purificación comunitaria junto al manantial, la “Vela de Melkart” (vigilia dedicada a una deidad, con cantos y fumigaciones) y el “Juramento del Linaje” para conferir nombres y recuerdos ancestrales. En la familia de Tulia se juntaban tradición, belleza y poder económico, político y religioso.
Túlan salió de Cos porque le llegó la solicitud de Áster, aquejado de un gran sufrimiento que no había logrado aliviar de ninguna manera. Los médicos griegos tenían gran prestigio y el nombre de Túlan ya había traspasado las fronteras. Los relatos de los aedas, cantando las aventuras de Ulises por mares, islas y reinos lejanos estimulaban la sed de aventuras de los jóvenes aqueos. Túlan solía cantar en silencio. Era un soñador callado, con una fantasía rica y estimulante, abierta a su cumplimiento. Recibió algún dinero traído por un comerciante griego que le habló de ciudades y riquezas allende los mares. Decidió emprender la aventura hasta la lejana Illice, la aldea del Canto Blanco a la orilla del mar. Es tiempo y momento oportuno de dar salida a mis deseos, se dijo. Saldría a través del Mar Egeo, tocando algunos puertos que no conocía. En primer lugar, debía llegar a Atenas, donde se detuvo algunos días, admirando la arquitectura y la escultura de la gran ciudad. Asistió con mucho interés a algunos debates en el Ágora. Compró ropas y sandalias nuevas. Conoció algunos del gremio de los iatroi. Conoció la Academia fundada por Platón. Escuchó lecciones sobre música y astronomía. Hasta que llegó el momento de continuar su viaje. Por el Mar Jónico llega a Tarento, en la Magna Grecia o Italia de su tiempo. Luego a Siracusa, en Sicilia, una aldea de pescadores, con pocos labriegos y pastores. Debió atender un herido y una mujer parturienta. Todo con resultados exitosos. Allí toma otra embarcación que lo lleva a Akra Leuké, la Costa Blanca de los íberos, después de más de dos meses de viajes. Llevaba consigo instrumentos médicos (bisturíes, argollas, tablillas), frascos con medicinas, hierbas, aceites y algunos objetos religiosos, como pequeñas estatuas de Asclepio, símbolos y anatemas. También, algunos pergaminos con los nombres de las hierbas que acostumbraba a usar como tratamiento. No solo debía evaluar los brebajes, para un médico de Cos, era indispensable conocer los alimentos, aguas, vientos, tiempos y lugares, así como el equilibrio de los humores en el cuerpo del enfermo. Si predominaba algunos de los humores se hablaba de monarkhía, pero si todos estaban en equilibrio, había salud o isonomía.
El encuentro entre el médico y el paciente ocurrió en la esplendorosa casa de Áster, en ausencia de la familia, donde fue recibido como un sótero o sacerdote salvador. Hamar, el joven sirviente, que atiende hornos y talleres, trajo algunas vasijas para servir el vino y frutas para adornar la mesa. Saro, el guardián de patios y corrales, trajo agua, lavó los pies de Túlan y le puso sandalias nuevas. Benu, esclava de la casa, encargada del hilado y las telas, trajo vestidos limpios y nuevos para el visitante de lejanas tierras. Taren, el relator y cronista oral de genealogías y ritos familiares, estuvo presente en toda la entrevista. Ahora quiero escucharte, poderoso Áster. Háblame de tus quebrantos, dame razón de tus malestares, suplicó Túlan. Te escucho con mucha atención.
Debes saber, Túlan, que mis quebrantos comenzaron el último otoño, con el frío que llega por estas costas de Akra Leuké. Mis negocios iban bien. Tenía apetito y disfrutaba de un vaso de vino cultivado en mis viñedos. Ahora duermo mal y me levanto cansado. Estoy siempre triste. Todo me aflige. No disfruto de nada. Mi esposa y mi hija me dicen que pasará todo en primavera. Sin embargo, mi futuro es muy sombrío. Supongo que padezco una enfermedad incurable. Muy pronto no habrá quien se haga cargo de mis negocios. Cuando veo las jovencitas bailar, me siento todavía peor ¡Ayúdame Túlan, siento que me voy a morir! ¡Ya no quiero vivir más! Además, parece haber perdido carnes, quizás por eso tiene menos fuerza, dijo Túlan ¿Tengo salvación, podré curarme de esta grave enfermedad … Qué tengo, Túlan? Siento mucho miedo. Estoy arruinado. Padece usted una grave melancolía. Se trata del predominio de la bilis o humor negro sobre los otros humores. La melancolía es la monarkhía de la bilis negra. Hay que recuperar la isonomía o armonía de los humores. Tardará algún tiempo. Antes del verano estará mejor. Otoño e invierno no son tiempos buenos para un melancólico, tampoco lo ayuda la ventisca fría y húmeda que viene del mar y entra por el solar de su casa. Debe permanecer envuelto por un abrigo de lana. Le hará sudar y eso lo alivia.
Benu, pon agua a serenar por las noches. Si es donde cantan los pájaros en el jardín, mucho mejor. De ahora en adelante debe tomar mucha agua serenada. Pon al fuego un poco de agua de mar, le daremos de beber varios vasos. Es necesario que arroje el manjar descompuesto que tiene en el estómago. A esa agua de mar tibia, le agregaré algo de eléboro blanco que ha traído de Cos. Seguramente va a vomitar mucho. Necesitamos eliminar la bilis negra, que es fría y seca, asociada a la tierra y el otoño. También perderá cólera y flema por las deposiciones. Terminará cansado y con dolor de estómago. Se sentirá muy agotado, pero le vendrá un sueño profundo. Al despertar estará mejor. No debe caminar descalzo. Pondré esta imagen de Asclepio en la pared de su lecho. Es nuestro Dios de la Medicina. Le dará fuerza y templanza. En las mañanas, debes caminar un poco acompañado de un sirviente. Antes de botar el tarro con los excrementos, quiero revisarlo. Podría tener lombrices.
Túlan habló con los criados para darle algunas órdenes. El cuarto donde Áster haga sus deposiciones debe permanecer muy limpio y ventilado para evitar los malos olores. Se debe colocar ramas, flores y hierbas (menta, orégano, tomillo, mirto) en vasijas o simplemente esparcidas en el suelo y en las ventanas, para que el aire tome esos aromas y se perfume el ambiente. Se debe evitar la carne porque es muy espesa y de digestión lenta. Preparar sopas calientes con vegetales. Siempre debe haber leche de cabra desleída, porque da vigor y movimientos acertados, como los de los cabritos recién nacidos. No dar mucho vino, ni frutas ácidas. En cambio, el aceite de oliva sobre las ensaladas le será de provecho. Acompañarlo con la brisa y el calor del sol de las mañanas en paseos cortos. No permitirle visitas prolongadas ni conversaciones que le produzcan angustia o malestar. Debe bañarse una vez a la semana con agua ligeramente templada. Para friccionar su cuerpo debe mezclarse aceites vegetales, como oliva y nuez, perfumados con extractos de flores, hierbas y resinas como rosas, lirios, orégano, azafrán, incienso y mirra. Estos aceites también se pueden calentar suavemente o esparcir en recipientes para que el aroma se difunda por el aire. Le ayudará a respirar mejor y aclarar la mente. Esa será la rutina. Necesito saber cómo se siente después del baño cada semana. Todos asintieron. No hicieron ninguna pregunta.
Túlan pasaba las noches pensando en sus compañeros de Cos. Todos jóvenes inquietos y deseosos de aventuras y nuevos aprendizajes. Se despidieron compartiendo el afecto en un ágape regado con vino y una mesa servida con muchas frutas y cordero asado. Túlan prometió regresar pronto. Su dormitorio era cómodo y espacioso. Ya llevaba dos semanas tratando a Áster, pero aún no había salido a conocer las calles de Illice, sus pequeñas tiendas, la gente de la calle, los centros de culto religioso, pero, sobre todo, tampoco conocía la familia de Áster. Antes de dormir se preguntaba por ellos. No quería transgredir ninguna norma social o religiosa. Seguiría sin conocerlos hasta que llegara el momento. Caminaba por el jardín, examinaba las flores, probaba el sabor de algunas hojas y pistilos, le complacía ver los pájaros. Algunas veces exploraba los alrededores, pero nunca se alejaba mucho. Disfrutaba la comida de la casa, a base de panes diversos, quesos, mariscos y pescados. El vino era de buen sabor, como el de Macedonia. Sin embargo, extrañaba el delicioso aceite de oliva de Cos. Con la lengua, no tuvo muchos problemas. Muchos podían hablar griego. Pero también Túlan aprendió algunas palabras de la lengua íbera. En el conticinio de una noche de desvelo, Túlan quiso cantar en voz alta una canción romántica, acompañándose de su lira, con una voz viril y melodiosa:
Túlan canta al alba, al olivo y al mar amigo,
trae en la voz la sombra de antiguos astros y lunas;
el viento responde en su lira, susurra nombres sin nombre,
y en cada nota brota un puente a manos nunca vistas.
Que el río guarde voto y la higuera sea testigo;
mi seno, lámpara encendida, ofrece vela y calma;
no conozco rostro ninguno, sino ansia que me sigue:
ver al alba en alto balcón y llamarte solo quimera
No sabía Túlan quién lo miraba desde la alta ventana, pero sí presintió un rostro oculto detrás de la celosía. Era la sombra de los cirios en la ventana. Su corazón ya no volvió a quedarse quieto. La escena se le repetía anancásticamente en su pensamiento. Su alma ya no tuvo más sosiego. Mientras tanto, pasaron varias semanas desde su llegada a Illice.
Áster mejoraba progresivamente. Comenzó por paladear con gusto los alimentos, se entretenía con el canto de los pájaros del jardín. Paseaba acompañado de sus sirvientes por la aldea. Túlan siempre se abstuvo de hacerle notar su mejoría, hasta que una mañana lo vio sonreír. Te noto mejor, gran señor. Me alegra verte sonreír. Se te ha borrado la preocupante letra omega que tenías grabada entre tus dos cejas. Áster no tardó en responderle. Es cierto, Túlan, tus cuidados me han devuelto la sonrisa y el gusto por vivir. Estoy muy agradecido. He pensado algunas cosas que me darían más sosiego. Mi hija Tulia tiene tres pretendientes. Uno es un rico comerciante de avanzada edad que no podría hacerla feliz de ser mujer. Otro es un militar de mucho prestigio. Pasa mucho tiempo en las cortes y es muy ambicioso. El tercero es un poeta y cantor. Un hombre puro y bueno. No dispone de bienes de fortuna. No quiero la pobreza para su vida, prefiero el esplendor. Benu, ve por Tulia y por tu señora Ilkea. Túlan, quiero proponerte matrimonio con Tulia. Es una mujer hermosa. Sabe cantar y conoce tu lengua. Serás mi hijo. Llegó Tulia seguida de Ilkea, ambas hicieron un leve gesto reverencial. Tulia, este hombre me rescató de la melancolía, lo amo como al hijo que no tengo. Ya lo conoces, me dijiste que una noche lo escuchaste cantar en el jardín. Le he propuesto matrimonio contigo. Tulia se sonrojó, bajó los párpados y sonrió discretamente. Aceleró su respiración. La ponzoña de Cupido ardió de inmediato en el pecho de ambos pretendientes ¡Querido padre Áster, no hay mayor goce ni honor posible que contraer matrimonio con tu bella hija, prometo hacerla muy feliz y dedicarle mi vida! ¡Muy bien, Ilkea encárgate de todos los preparativos para la ceremonia! ¡Vamos a pedirle a los dioses por su felicidad y agradecerles por haberme devuelto la salud!
En la aldea fue tema de conversación entre los vecinos el matrimonio de Tulia y Túlan. Esperaron dos semanas después de la menstruación de Tulia para celebrar la boda. Ilkea diseñó un altar en el salón de la casa. Trajeron flores de colores diversos y perfumaron el lecho nupcial. Colocaron los regalos enviados por los socios y amigos de Áster desde los más lejanos lugares. Prendas, joyas, alfombras, ánforas y lámparas incrustadas de piedras preciosas alrededor del altar. En el centro, los contrayentes, a los lados Áster e Ikea, luego Los asientos para los sacerdotes. Tulia quiso invitar al profeta para conocer su futuro. Fue una ceremonia solemne donde los sacerdotes celebraron los rituales correspondientes y los contrayentes se prometieron amor y respeto por toda la vida. Ilkea colocó un collar de oro incrustado de piedras preciosa en el cuello de su hija. Túlan sorprendió a todos colocando en la cabeza de Tulia una tiara, adornada con piedras preciosas, una verdadera diadema hecha por el mejor orfebre de Akra Leuké, que destacaba aún más el bello rostro de su esposa, con su nariz firme, de mirada nítida y aguda. Se sirvió vino, dátiles, uvas, peras, manzanas, pan y queso bañado en aceite de oliva alrededor de dos corderos asados colocados en el centro de una tabla esplendorosa. Hubo música y bailarinas que los invitados celebraron con vivos aplausos.
El mismo día de la boda, pero en lugar apartado, Tulia pidió a su marido, escuchar juntos las palabras del profeta Elías. Los tomó de las manos y los miró a los ojos. Respiró profundo, colocó las manos en su cabeza y cerró los párpados. Después de un breve trance, habló para ellos en la lengua de Túlan. Soy el profeta Ηλίας της Μάνης o Elías de Mani. Miren mis manos, no son las propias de un profeta porque vengo de una tierra de guerreros. También fui un soldado. Sin embargo, soy descendiente del adivino Tiresias, el ciego clarividente que predijo la tragedia a Hemón, el hegemón de Tebas, pero también ayudó a Edipo a conocer la identidad de sus verdaderos padres. Lo llevo en mi sangre. Puedo ver que serán felices por muchos años. Viajarán a tierras lejanas. Túlan será reconocido como un gran médico. Pero no tendrán hijos. Tulia tiene arena de Akra Leuké en su vientre. No puede dar hijos ni tampoco leche. Será conocida a través de los tiempos, porque un artista de mi tierra la esculpirá en una piedra eterna, con la misma tiara y el collar que lleva puestos este día de su boda. Los seguirá usando por muchos años. El final le llegará después de su último sangrado de mujer. La misma arena que le impide ser madre, le quitará la vida. Túlan, Áster e Ilkea serán olvidados para siempre. Ahora, déjenme llorar, estoy muy triste. Creo que moriré pronto.
Tulia y Túlan vivieron felices por muchos años. Viajaron por Siracusa, Atenas, Cos y las Islas del Dodecaneso. Tulia enfermó gravemente después de su última menstruación. En un mes ya estaba demacrada, con mucha fiebre y dolor en el vientre. Falleció tomada de la mano de Túlan. Hubo la ceremonia funeraria. Perfumaron la casa con incienso. Los sacerdotes rezaron oraciones por el descanso de su alma. Toda la casa se cubrió de tristeza. Túlan pasaba el día llorando. Los mismos objetos que antes disfrutaba junto a Tulia, ahora lo sumergían en el llanto. Después de un tiempo decidió retornar a Cos. Adquirió una villa con vista al mar en el Monte Dikeo. Pasaba las noches mirando al sur, encontrándose en las nubes con Tulia, recordando sus mejores momentos en Illice. Era un anciano solitario en la colina de Dikeo. Su único consuelo era cantarle a Tulia en los silenciosos ocasos de su isla natal, ahora absolutamente extraña y desconocida:
En la costa de Cos mezo mi voz,
viejo médico que rememora tus manos, Ellicie;
la sal ha borrado huellas, no tu luminaria,
fuiste pulso cierto en los labios que ahora yacen fríos.
Tulia, en las vigilias tu nombre trajo la pena,
tu risa quedó en las olas cual vocablo santo.
Camino sin prole, traigo en la sangre la arena,
y en cada latido tu semblante vuelve y hiere.
En la casa el incienso custodia sombras de los años,
los códices me murmuran de escuelas y de ausencias.
Fue mi oficio sanar y rendirme al recuerdo,
ahora la medicina es el verso que prodigo.
Si el mar pudiese traer otra vez tus manos, Ellicie,
si la luna restituiese a Tulia aquella voz mía,
daría cuanto oro, aun mi ciencia y mi propio nombre,
por una solo aurora más entre tus ojos y la brisa.
Carlos Rojas-Malpica
Profesor Emérito de la Univeridad de Carabobo
Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Medicina
Miembro Correspondiente de la Academia de Historia del Estado Carabobo
Académico Correspondiente Extranjero de la Real Academia Nacional de Medicina de España
Valencia. Venezuela
Julio de 2026
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