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El escritor mexicano Enrique Krauze escribió que cultura es conversación, es hacerla posible, practicarla, es decirse las cosas. Es el principio central de una vida política y personal saludable. Lo demás es la mentira pura y simple, la negación de la verdad. Y el nombre del diablo, bien lo sabemos, es tapar y ocultar. En Venezuela no solo Spinoza sería censurado por pedir tolerancia, sería enviado al Helicoide, condenado al silencio, desaparecido. Jesús sería enviado a Cerro Verde por los nuevos Inquisidores. Dostoievski quedaría pálido, en el sitio, de estar vivo.
Y sin embargo, el odio no es lo nuestro. Y reconociendo ésto, a partir de ahí, ¿cómo entender los terremotos del 24 de junio? Tendremos que reconstruir al país no sólo en su infraestructura, viviendas y hospitales, sino sobre todo, en nuestra psique, en nuestro corazón. Y será una tarea más difícil que pegar bloques de cemento.
Philipp Felsch, autor de un libro sobre Jünger Habermas, afirmaba en una entrevista publicada en Der Spiegel (Nr. 13/2026) que el filósofo veía a Alemania como una comunidad política post-nacional y defendía una identidad que ya no era étnica (mestizos, negros, blancos, extranjeros o criollos) ni conectada a un espacio cultural (propia de la izquierda, derecha o de cualquier otro tipo), sino correspondiente a un espacio común de discurso, un espacio donde es posible decirse las cosas. Lograr esa condición fue la consecuencia de una catástrofe - el nacionalsocialismo y el Holocausto - y en nuestro caso, por supuesto, lo será el chavismo.
La carrera de HCF y sus herederos será recordada como la más grande tragedia de nuestra República desde su fundación, más destructiva aún que la guerra de 1814 o la Federal, o cualquiera de las dictaduras posteriores. Así como el debate sobre el Erinnerungskultur, la cultura de la memoria o del recuerdo (en relación con los nazis y el Holocausto) fue un momento clave para entender la vía alemana a la prosperidad, así tendremos que acostumbrarnos a internalizar esa inmensa catástrofe que el chavismo significó para millones de venezolanos que vieron sus vidas trastocadas y la de sus familias despedazadas por el ansia de poder de sus dirigentes.
Nuestro país, nuestra comunidad, la umma como dicen los musulmanes o la Iglesia, no es obra de una fe individual, sino una reunión, una familia congregada en base a la confianza. No es un orden espiritual incapaz de posicionarse en la historia. Es una poderosa realidad histórica ordenada espiritualmente. Añoramos esa posibilidad de conversar en público, con medios de comunicación libres y sin censura, de analizar abiertamente lo que hemos presenciado sin ser perseguidos. La fuerza de voluntad requerida para lograrlo está en el dolor que hemos sufrido y el amor que nos ha mantenido: no hay amante mejor que aquel que ha sufrido mucho.
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