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Hemingway y los toros

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Hemingway con Antonio Ordoñez
I

La corrida pone en tela de juicio la prepotencia humana porque el torero sabe que puede morir o terminar gravemente herido, como ocurrió en la pasada Feria de Abril en Sevilla durante las faenas de José Antonio Morante de la Puebla, con el toro Clandestino de la Ganadería de los Hermanos García Jiménez el 20 de abril, y Andrés Roca Rey, 3 días después con un toro de Cortés.

El torero, al contrario de cómo piensa la izquierda, desafía a la muerte y nunca al toro. No es un gladiador en un circo romano. Al pisar la arena juzga al hombre que se considera superior a la bestia, al ajustarse a su terreno y aceptar el duelo;  tira al suelo su soberbia natural y se hace frágil, posible víctima de un contraataque del animal. Si en algo tiene razón la izquierda es que las corridas son ciertamente representaciones culturales asociadas a la derecha, al transformase la arena en metáforas de la vida, pura gramática de un rito ancestral asociado al sacrificio y a la celebración de la vida. Nada más conservador que saberse humilde, agradecido por una vida de la cual no somos autores. Las faenas exigen una atención absoluta, a años de luz de distancia de la superficialidad de tantas redes sociales, que rebotan de la realidad como una piedrita plana lanzada a la superficie del agua. Las corridas son apolíticas en cuanto desnudan el instante y lo enfrentan a la posibilidad del fin, ajenas a la propaganda y a esa vocación del socialismo al subdesarrollo, que intenta reducir todo a la política, bien sea arte, religión o tauromaquia.

Hoy en día se practican deportes más peligrosos, pero escapan al forcejeo social que acompañan a los toros. El MMA y el fútbol americano, por ejemplo, llevan al hospital y a la incapacidad permanente a muchísimo más atletas que la fiesta brava. La tauromaquia es una actividad más intelectual. Hemingway le confesó a un periodista que había asistido antes de la Guerra Civil a más de 1.600 corridas de toros, ¿a cuántas más habría ido cuando regresó en 1959 para escribir A Dangerous Summer, a 3000 corridas?  Nunca lo sabremos, pero era un experto.

El escritor siempre cortejó la muerte, por eso se iba a cazar leones al África, animales más peligrosos que los toros, y como periodista aceptaba reportajes que ponían en riesgo su vida, como durante la Guerra en España o al final de la II Guerra Mundial en Francia. Por la misma razón le encantaba la pesca de altura. Una vez luchó con un pez espada enorme, sudando durante horas para terminar con una grave infección bronquial al caerle un aguacero encima.

Pero también había algo extremadamente anti-intelectual en él, como escribió Anthony Burguess. Su narrativa se aprecia más por su musicalidad, por los sentidos, por la forma como suenan las palabras, por su talante musical, más allá de la consabida preferencia por frases cortas, típicas del periodismo. Más importante es la sensualidad que cualquier otro aspecto de su prosa. Podríamos encontrar en su biografía una posible explicación.

Estados Unidos, a comienzos del siglo XX, sobre todo en el pueblo donde nació, era un lugar tranquilo, conservador, sin excesos, pero rodeados de esas esquinas ásperas de la sociedad americana de la época, el crimen organizado, al margen de la Ley. Pero no pasaba nada realmente importante, de ahí que escribió todos sus libros sobre eventos donde el cuerpo era siempre un actor protagónico, una estética que lo alejó de los clásicos de la modernidad como James Joyce, que logró con Finnegan´s Wake una obra absolutamente cerebral. La vida real supera en mucho a su ficción, la literatura no era en su caso una herramienta para construir universos irreales, sino el ordenamiento estético de la experiencia, que permanece siempre como el texto madre de la existencia. Al mismo tiempo, su estética contenía una visión de la masculinidad en desuso, o al menos cuestionada por el feminismo y el bizarro universo Woke. La proximidad de su obra a la Fiesta Brava era una demostración de virilidad.

Hemingway, Antonio Ordoñez y Luis Miguel Dominguín

II

En sus libros, pienso no sólo The Dangerous Summer, sino sobre todo en For Whom the Bell Tolls (1940) e Islands in the Stream (1970), publicada póstumamente, en los que aparece una comprensión, no vamos a hablar de iluminación, pero sí de claridad, de revelación sobre el sentido final de la vida, justo en el momento de la muerte. Hemingway estaba convencido de que las situaciones límites (Grenzsituationen), tal como las interpretó Karl Jaspers, y la muerte es la situación límite por excelencia, logran generar esa intuición. El oficio de filósofo no era el suyo, pero el drama de las guerras y los enfrentamientos de vida o muerte en sus novelas esconden una reflexión profunda que se pasa por alto en las aventuras que corren sus personajes.

Hemingway regresa a España en 1959 en plena decadencia física, sufriendo los estragos de una vida entregada a los excesos. En sus últimos años se tomaba 3 botellas de vino en la mañana, para luego seguir con licores destilados.  Ya era monomaníaco, una categoría psiquiátrica en desuso, típica de la psiquiatría del siglo XIX, que no aparece en el DSM-5 de la American Psychiatric Association, pero útil para entenderlo: obsesionado por su inteligencia y creatividad, su capacidad de escribir obras maestras, pero también su incapacidad para comunicarse realmente con los demás. Llegó a España preocupado por su salud y capacidad como escritor, su amistad con el torero Antonio Ordoñez le permitía escapar a su soledad. Se fue poniendo paranoico, convencido de que las autoridades norteamericanas lo estaban vigilando por su supuesta amistad con Fidel Castro. Su miedo no era infundado, el FBI le abrió durante la Guerra Fría un expediente por haber pasado años en Cuba y haber conocido, al menos brevemente, al líder cubano. La ansiedad constante le produjo un bloqueo creativo, una desconfianza frente a todos y se fue aislando. Lo ingresaron en un hospital psiquiátrico, le practicaron terapia electroconvulsiva (electroshocks) poco antes de su muerte, lo que agravó su memoria y perjudicó su inteligencia lingüística, la herramienta básica de un escritor.

Antonio Ordoñez

III

La rivalidad entre Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordoñez en 1959 pudo haber sido una estrategia de marketing, después de todo, tenían los mismos apoderados, los hermanos de Luis Miguel: Domingo y Pepe Dominguín, ambos cuñados de Ordoñez. Pero es verdad, cada uno se consideraba mejor matador que el otro y ambos tenían un orgullo diabólico que los llevaba a correr grandes riesgos, como sigue ocurriendo hoy con los mejores matadores. Nada más tenemos que ver un cartel donde aparezcan Morante de la Puebla y Andrés Roca Rey para que se agoten las entradas. Pero cuando dos toreros, como Ordoñez y Dominguín, son grandes toreros, sostenía Hemingway, la rivalidad puede terminar en la muerte o en corneadas graves, como las que vimos el 20 y el 23 de abril en Sevilla. Los toreros son artistas creativos que dibujan con la posibilidad de la muerte. Nadie sino ellos saben el riesgo que corren, viendo a los pitones tan de cerca, literalmente, enterrados en sus carnes.

Hemingway sintió la necesidad de rezar por Antonio Ordoñez para que no le pasara nada y pensó que sus oraciones eran “inválidas” por el tipo de vida que llevaba, tomó entonces una membresía en una Asociación pro-fondos para un Seminario de jesuitas en New Orleans para Antonio y su mujer, hermana de Luis Miguel. Los sacerdotes ordenados rezarían por ellos todos los días.  Esa actitud no es la de un ateo.

Hemingway estaba convencido de que Antonio era mejor matador, pero también sabía que Luis Miguel sentía que él era el No. 1, al menos el más rico de los dos y el que mejor pago recibía por faena. Lo cierto, como lo admite el autor de The Old Man and the Sea, es que a veces toreaban juntos y realizaban corridas perfectas, con un resultado de 5 orejas, dos rabos y una pata, eran impresionantes. Y corrían cada vez más riesgos, no escatimaban los peligros ni los retos, por eso les gustaba ir a Bilbao que en 1959 tenía el público más exigente y los toros más bravos. La temporada del año 1959 fue, a juicio del escritor, la mejor desde la época de Joselito y Belmonte.  Se dice que la descripción que hizo Hemingway en A Dangerous Summer de la corrida en Málaga del 14 de agosto de 1959 ha sido la mejor descripción de cualquier corrida jamás escrita, capaz de transmitir la electricidad de la plaza, en su mejor estilo y no con el barroquismo florido de los comentaristas de hoy en la prensa española. Faltaba que un gringo viniera a poner orden en la arena, eso no le gustó a nadie.

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