Arte

Tiempo de metafísicos

Modernidad y melancolía en Milán

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Giorgio de Chirico

El siglo XXI se ha encargado de corregir dos conspicuas distorsiones de la crítica del siglo XX. Ambas referidas a movimientos o escuelas italianas: el futurismo y los pintores metafísicos. Dos idées reçues que produjeron una percepción errada del origen y evolución de la modernidad. Uno de los que se empeñó en enmendar la primera fue Germano Celant, con su reveladora muestra Post zang tumb tuuum, de 2018, en los espacios de la Fondazione Prada de Milán. Se trató del más exhaustivo inventario que se haya hecho de la poética futurista y de su influencia en el arte del siglo XX. Insistió Celant en demostrar que todo el arte, la música y la literatura, el teatro, la moda y la gastronomía habían sido prefigurados por Marinetti en su Manifiesto Futurista de 1908. Desde la vanguardia rusa hasta el cinetismo y el minimalismo. Que toda la vanguardia artística del siglo XX había sido futurista fue lo que recordó Celant en aquella exposición memorable.

Ahora, casi veinte años después le ha correspondido a Vincenzo Trioni hacer lo mismo con los artistas “metafísicos”. Que es como, no sin razón, la historia del arte conoce a un grupo de jóvenes que, a mediados de la Primera Guerra Mundial, coincidieron en una propuesta artística cuya influencia y actualidad son revelados de manera coherente e inapelable con la muestra Metafisica/Metafisiche, organizada de manera impecable, grata, exhaustiva pero no abrumadora, reveladora y sorprendente, por el Palazzo Reale de Milán. El nacimiento de una poética tan inquietante se produjo en el más propicio de los lugares: el Hospital Psiquiátrico Villa del Seminario de Ferrara, ciudad sede de otra inquietante escuela, la Officina Ferrarese de Ercole de Roberti, Francesco del Cossa y Cosmè Tura y Dosso Dossi. En ese ambiente propicio a lo insólito, Giorgio de Chirico, Alberto Savinio, su hermano, Carlo Carrà, Filippo de Pisis y, desde Bologna, compartiendo afinidades electivas, Giorgio Morandi. Los organizadores de la muestra han escogido el más pertinente de los nombres: “Melancolía y modernidad”. Después de dos años de guerra, los italianos no estaban seguros de nada. Ni siquiera de la solidaridad de sus aliados franceses y norteamericanos, quienes se negaron a acudir en ayuda del comprometido ejército italiano en su enfrentamiento con el imperio Austro Húngaro. Un sentimiento que se confirmó después del desastre de Caporeto donde los austríacos habían infligido una humillante derrota a las tropas de los Saboya. El frente se encontraba apenas a tres horas de Ferrara. La eventualidad de la invasión estaba en el pensamiento de la ilustre ciudad de los Este. La realidad era hostil, el destino adverso, la locura rondaba las paredes de la ciudad estense. Los jóvenes artistas decidieron que la salida era la encontrada por De Chirico. La cura por el arte. Refugiarse es una meta-realidad, más allá de la que los amenazaba. Nada de fantástico, sin embargo. Nada sobrenatural, sólo metafísico. Tal vez hermética pero real. Estaban convencidos de lo que escribiría el polaco Witold Gobrowicz cuarenta años después: “La claridad del arte es la claridad de la noche”. Y aun cuando son de día, los paisajes, los objetos, los personajes, son de una extraña nocturnidad.

Carlo Carrà Madre e hijo (1917) Palazzo Citterio (Milano)

De Chirico se dio cuenta, primero que nadie, de las limitaciones del futurismo y sus derivados como Dadá, para expresar la melancolía que la pérdida del reino de la Belle Epoque produjo en Europa. El desengaño ante una guerra que prometía ser breve. La tragedia de una juventud perdida defendiendo una “vieja puta desdentada”, como llamó Ezra Pound a la Europa de esos años. ¿Cómo ser futurista sin futuro? La época exigía una vuelta al orden, que fue el que propusieron los artistas metafísicos. Ante el acoso de la tragedia belica, los Metafísicos no respondieron con un grito, como harán Dadá y lo surrealistas, sino con el silencio de los melancólicos. Los trenes de De Chirico son tan mudos como los objetos de Morandi. La incomunicación, una de las grandes preocupaciones del futuro existencialismo, son prefiguradas por estos artistas del silencio y la noche a pleno sol. El curador de la muestra va más allá en sus objetivos, y es lo que hace de su proyecto algo revelador. Tal vez la sección más interesante sea la dedicada a los herederos de los Metafísicos. Su convicción de la continuidad de la tendencia es un hecho irrefutable. Desde los primeros y precoces seguidores, como Mario Sironi, hasta el inventario de la herencia metafísica en la arquitecturas, el diseño, la moda y representantes del arte contemporáneo, como Warhol, Guston, Pascali y Kentridge. Su proyecto fue pensado para ser expuesto en cuatro grandes centros del arte milanés: Citerio, Brera, Novecento y Galleria Italia. Nunca la grandeza de los Metafísicos había sido tan evidente como en este memorable inventario de sus obras y su herencia. Uno de los dos, con el Futurismo, movimientos de vanguardia más influyentes del siglo XX. Además de ser los mejores representantes, en el arte del siglo XX, de esa inquietante relación entre la Modernidad y la Melancolía.

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