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"El viejo mundo muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese interregno surgen los monstruos".
Antonio Gramsci
El impacto de un terremoto no se mide únicamente por la magnitud de su onda sísmica, sino por la fragilidad de las estructuras que sacude. En Venezuela, el sismo que recientemente azotó al país no solo derrumbó bloques, sepultó edificaciones y se llevó valiosas vidas humanas; también terminó de resquebrajar los cimientos de una cacareada "normalidad social y política" que ya se sostenía sobre alfileres.
Sin embargo, la tragedia física parece ser el reflejo hiperbólico de una crisis mucho más profunda y prolongada. Quienes observan el panorama nacional no pueden evitar la sensación de estar habitando un vacío histórico. Asistimos, con una mezcla de estupor, rabia y cansancio, a ese preciso momento que el pensador italiano Antonio Gramsci definió magistralmente como crisis.
El terremoto vino a desnudar la intemperie política, institucional y social en la que se encuentra el país por cinco lustros de incapacidad e inmoralidad de un régimen que aún está enquistado en Miraflores. Pero más allá del luto y la reconstrucción material urgente, Venezuela se encuentra atrapada en ese interregno gramsciano: un espacio suspendido en el tiempo donde lo viejo —las viejas y arcaicas dinámicas, los discursos desgastados, las promesas de un pasado que ya no da más de sí— no termina de morir, y lo nuevo —las alternativas, la reconstrucción institucional, la esperanza de un horizonte claro— no acaba de nacer.
Es en este limbo histórico donde, como advertía el intelectual sardo, se presentan los "fenómenos morbosos" más variados.
¿Cuáles son esos síntomas de la descomposición que hoy presenciamos en el día a día venezolano?
La indolencia y la anomia: Una preocupante naturalización de la precariedad y la tragedia, donde el dolor colectivo compite con la urgencia de la supervivencia individual.
La mutación política sin norte: Fórmulas gastadas que intentan reciclarse, liderazgos que hablan a un país que ya no existe y una desconexión palpable entre la agenda pública y las necesidades humanas más básicas.
La incertidumbre como norma: La pérdida de la capacidad de planificar el futuro, donde tanto el suelo físico como el económico y el político carecen de firmeza.
Estos fenómenos morbosos no se alimentan únicamente de la descomposición interna; se nutren también de las asimetrías y los erráticos vaivenes de la geopolítica. En los momentos más cruentos de la crisis, el accionar de actores externos como la administración Trump terminó atrapado en la incomprensión y la inconsistencia estratégica.
A pesar de la retórica maximalista de "todas las opciones están sobre la mesa", la diplomacia de Washington osciló de manera desconcertante entre la presión asfixiante y las concesiones bajo la mesa o los canales paralelos con los operadores clave del régimen — el Rodrigato y sus secuaces —. Esta ambigüedad, lejos de socavar las bases de un andamiaje político con un largo historial de abusos e institucionalidad secuestrada, terminó ofreciéndole oxígeno a un bandidaje corporativo que sabe capitalizar las contradicciones externas para atrincherarse en el poder.
El absurdo de esta dinámica se evidencia en el ensañamiento del sistema contra cualquier vector real de cambio. Las maniobras judiciales, los bloqueos institucionales y el veto sistemático para asediar e impedir el libre ejercicio y retorno pleno de María Corina Machado al tablero de las decisiones nacionales, demuestran el pánico del viejo orden a la irrupción de lo inédito. Mantener el cerco sobre los liderazgos que concitan la voluntad popular no es más que el síntoma inequívoco de un sistema que, sabiéndose minoría, recurre a la fuerza bruta y al veto burocrático para congelar el reloj de la historia.
Un interregno no es eterno, pero su prolongación suele ser destructiva. El terremoto físico nos obliga a levantar escombros y salvar vidas en lo inmediato. El terremoto histórico y social, por su parte, nos exige el esfuerzo intelectual y ciudadano de parir lo nuevo.
Para que los fenómenos morbosos dejen de ocupar el espacio público, es imperativo construir puentes hacia ese orden futuro que aún no termina de asomar. No se trata simplemente de esperar a que el viejo mundo termine de desplomarse bajo su propio peso, sino de tener la audacia de diseñar los planos de esa Tierra de Gracia que debe nacer de entre las ruinas. De lo contrario, seguiremos habitando el peligroso territorio de los monstruos...
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