

Esa noche, Alena con su joven esposo veían juntos la televisión como era rutina. Llevaban apenas semanas de casados y encontraban un momento de relax después de las jornadas de trabajo. Sin embargo, esa noche sintió que las caricias que le deparaba el marido todas eran distintas. Menos inocentes, se podría decir. En seguida se dio cuenta de sus inteciones cuando le acarició los senos. Al tratar de huir, se cercioró de la erección del marido quien la tomó por la cintura la hizo sentar y la besó introduciendo su lengua en la boca de Alena, la cual tomada por la náusea le vomitó en la cara. Se encerró en el baño y siguió vomitando. Al día siguiente, acudió a los policías quienes no podían darle crédito a sus oídos. Le ofrecieron protección y le recomendaron no volver a su casa y hospedarse en casa de una amiga. El divorcio le fue concedido y al salir del juzgado, escuchó como los padres le recriminaban a su ex: “Esas son cosas que se hacen fuera de la casa, tú lo sabes. Cómo se te ocurrió tener sexo con tu esposa.” El joven escuchó todo avergonzado sin levantar la mirada del suelo. En el Japón distópico de Vanishing World, la novela de Murata Sayaka, una de las narradoras japonesas con la rara habilidad de ser una best seller y novelista reconocida por la crítica más exigente, incluyendo la del Newyorker. Como en La dependienta, los personajes de Vanishing World parecen normales, gente de todos los días. Pero poco a poco nos damos cuenta de que no lo son. Y es lo que hace excitante su lectura. “Sólo contigo no tengo la necesidad de estar enamorado”, le dice el protagonista a su orgullosa esposa.
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