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El tiempo recobrado de Rita Salvestrini

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Me senté en los bancos de la Sala Grande y dejé correr la memoria sin melancolía. Me sentía bien. Aquel era un final feliz… Nos había movido el intenso deseo de recuperar el cuadro y, al final, eso había sucedido. Allí estaba la Odalisca… Había regresado gracias a las decisiones acertadas tomadas durante aquellos días en que nada me impidió mirar con lucidez, dar la voz de alarma y actuar con determinación. No hubo otra búsqueda comparable en intensidad y honestidad. Verla restituida a su marco dorado y exhibida en la Sala Grande tenía el sabor de una victoria.

R. S.

…crear es expresar lo que uno lleva dentro de sí mismo. Todo esfuerzo de creación auténtico tiene lugar en nuestro interior.

Henri Matisse

El caso de la Odalisca y otras memorias, de Rita Salvestrini, es un libro que apela a la autobiografía, al diario, la narración, el relato, la crónica, la investigación académica, el ensayo… Y uno entra en cada territorio sin percibir los trasiegos escriturarios/estilísticos porque nuestra atención empieza a ser raptada, devorada por un discurso tan vivaz y sustancial que pronto emplaza a una experiencia de lectura ininterrumpida. O casi.

Inmediatamente pasa por mi cabeza un dato significativo. Al fin y al cabo, cada edad cultiva vivencias, conocimientos, destrezas, conciencia. Nuestra hablante es una mujer que ya ha frecuentado todas las aulas, decenas de museos, cientos de colecciones, los mayores acervos de arte… Tras su paso por la galería Estudio Actual, desde 1973 acompañó al equipo fundador del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas al frente de la Subdirección donde permaneció durante dieciocho años. Luego aceptó el desafío de diseñar la agenda expositiva del Centro Cultural Consolidado entre 1991 y 1997. Un trayecto exitoso que la llevó de regreso al Museo de Arte Contemporáneo en su papel de directora y presidenta en 2001. Me estoy refiriendo entonces a una autora que habla desde una experiencia copiosa, fértil (en la que tuvo que luchar con no pocos cíclopes y escilas), el trayecto de toda una vida. La suya.

La organización del volumen consigue atraparme en sus dos grandes focos. Uno que habrá de ser el referente de toda otra indagación posterior sobre el museo, a saber, el detalle de cómo la institución se fue ampliando, etapa por etapa, en mucho bajo su silencioso cuidado como subdirectora, hasta alcanzar siete niveles con sus conquistas formales, equipamientos, mobiliarios y servicios de vanguardia. Queda también de manifiesto la pericia que tiene la autora sobre las exigencias y funciones de la arquitectura de cara a la singularidad de este tipo de edificaciones. Es una memoria lujosa sobre el que se perfiló como uno de los museos más importantes de Latinoamérica por su notable colección y el implacable crecimiento físico del edificio en el contexto del país de los ochenta, un momento que permitió la contratación de empresas y personal especializado para el abordaje directo de los espacios. Además, Salvestrini desmitifica la historia del área inicial del Museo que por años se adjudicó a un garaje, un antecedente que es de agradecer.

Y obviamente, también en estas páginas nos retiene el desocultamiento de las averiguaciones y gestiones que Rita Salvestrini adelantó, con obsesiva agudeza, para descifrar lo que envolvió la sustracción del museo de la Odalisca con pantalón rojo, de Henri Matisse. Se le había encomendado velar por un valioso patrimonio artístico en el cual ya una de sus obras más notorias había sido vulnerada y en su marco colgaba una tela falsa.

Abriéndose a disquisiciones cada vez más refinadas, ella se demorará en dilucidar el delito dotándolo de una hermenéutica esclarecedora que la llevará a precisar el 2000 como el año en el cual la pintura auténtica había desaparecido. Optar por la denuncia, nacional e internacional, fue su método más selectivo, el más eficaz; el que a su juicio se dejó de hacer en su momento por las “autoridades históricas del museo”, apenas un año antes de que le delegaran su conducción.

En su largo peregrinaje en búsqueda de una explicación para el suceso, la autora no oculta sus emociones, tampoco sus hallazgos, y a ambos los va dejando plasmados entre soliloquios, sospechas, dudas, interrogantes, que en secuencia nos permiten viajar por una mente perspicaz, astuta, resuelta a recobrar los momentos cumbre de conversaciones, alusiones, expresiones entredichas. Cuando Manuel Espinoza, viceministro de Cultura en ese momento, le confía la institución, deja en la memoria de Rita Salvestrini frases en ese instante inconexas, aisladas, que luego se podrán hilar; lo mismo relata ella de entrevistas sostenidas con Sofía Ímber, quien le hace preanuncios de acontecimientos graves que su oyente retiene y más tarde, en el curso de su reflexión ante la desaparición del óleo, le desvelan certezas. Descubrir silencios urdidos tras el fraude fueron pruebas muy decepcionantes. Y el lector percibirá la inmensa soledad de Salvestrini en este áspero camino que decidió transitar mientras, paralelamente, atendía la programación, los compromisos propios de su autoridad, las demandas del personal del museo que tenía a cargo.

La experticia policial tardó más de una década en ofrecer resultados. El seguimiento del robo de una obra de arte se mueve en el ámbito de lo imprevisible, fortuito, inesperado. El desplazamiento súbito de la pieza trastorna las pistas echando al suelo una y otra vez hipótesis, posibles involucrados. Pero sin duda, la iniciativa insoslayable de Rita Salvestrini de denunciar el perjuicio consiguió que el FBI, en 2012, restituyera la tela auténtica que fue repatriada a Caracas en 2014.

Poco más o poco menos de una década le tomará a ella, luego, dar forma al compendio de su material, en casi quinientas páginas, donde toda esta relación se inscribe. Y allí dejará constancia de las pruebas que finalmente el azar le deparó e hicieron posible fijar un tiempo, que no fue el de su gestión, al robo del lienzo. Una de ellas, la fotografía de la directora del MACC en el año 2000, Sofía Ímber, mostrando al presidente de Venezuela de turno la pintura falsa.

De pronto recuerdo que hacia 1988 opté por un cargo en el reputado MACC y lo conseguí. Algunas veces coincidí en las salas con aquella figura menuda, de cabello negro recortado sobre la nuca, de piel muy blanca, reacia al maquillaje, que atravesaba las salas con timidez expedita y paso apurado, metida en trajes muy sobrios.

Se trataba de la subdirectora y, sin embargo, su jerarquía no encontraba correspondencia con su conducta extremadamente discreta, su parquedad de verbo. Sí, pienso ahora, la exuberancia, la opulencia discursiva estaban dentro de ella, en su interioridad más íntima, esperando su momento. Tal vez este en el que además de asistir al recuento de un pleito por una sórdida página institucional, sobre todo concurrimos al discurrir de una recordación de largo aliento que fructifica dejando al descubierto una experiencia de servicio ecuánime y efectivo. Al fin y al cabo, en sus memorias ella despliega no otra cosa que el rumbo que dio a su oficio, ese destino elegido de confiar en la vivacidad del arte, de sus autores, para celebrarlo en exposiciones públicas, dispositivos complejos de estructurar.

Y después de terminar de leer mi volumen, aún preciso quedarme, volver sobre sus líneas...

Rita Salvestrini llegó al museo en 2001 y en su nuevo rol de presidenta de la Fundación recuerda haber dado un paseo por todas las instalaciones. No uno cualquiera; deseaba reconocer el espacio desafiante que apenas dos lustros atrás había dejado con su característico, vigoroso potencial. Caminó por las salas, talleres, jardines, bóvedas, oficinas… Su atenta mirada en aquel recorrido le devolvió un diagnóstico alarmante, descorazonador. Su prosa descriptiva es minuciosa al respecto, ni las plantas de los jardines se salvan del examen que la observadora registra.

Sin amilanarse reunió a su equipo de colaboradores y, sorteando tempestades políticas diversas, en algo más de dos años se dio a la tarea de actualizar la visual arquitectónica del museo (externa e interna conviniendo asesorías acreditadas), el Jardín de Esculturas, la Librería, la Tienda, el Café (con el ímpetu del trópico atravesando sus paredes transparentes). Además, impulsó la construcción del Auditorio (dotado en función de compromisos musicales de envergadura), el Centro Multimedia para las Artes (erigido con la asesoría del Centro Pompidou Nouveaux Media de París donde se albergó la colección inmaterial de la institución) y la Sala Cero (destinada a dar presencia al arte fotográfico).

La sala TAC del Trasnocho se anexó a la programación del museo e inauguró con una exposición de Marisol Escobar a la que asistió la artista en la que fue su última visita a Caracas. A esta le siguió una de Fernando Botero. Además del Museo de Arte de Coro, había dos extensiones más, Cadafe e Ipostel, que el MACC custodiaba desde siempre, una tarea que tuvo continuidad.

El parque expositivo del MACC mantuvo en esos dos años sus trece salas expositivas con ofertas inspiradoras, nuevas lecturas de las colecciones y aun se sumó la retrospectiva Soto. A gran escala, en la que el eminente artista miró por última vez en Caracas su obra reunida.

Así que cuando un alto funcionario le planteó una exigencia que Rita Salvestrini consideró improcedente y prefirió renunciar, aun tuvo tiempo para configurar, con John Lange a la cabeza, un testimonio patente del estado de las cosas para aquel mes de mayo de 2002. Se tituló Los espacios del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Es un libro que merece ser revisado con atención, con afecto, pues ese ejemplar compila, puede decirse, un legado patrimonial muy vibrante. Se trata de una semblanza documental que condensa, entre textos sobre conquistas puntuales y en más de cincuenta elocuentes imágenes, la relación de un ejercicio profesional procurado contra toda esperanza, contra viento y marea.

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