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El sueño de la mariposa

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Una de las preguntas más importantes que se hace la filosofía, es si la naturaleza humana tiene una identidad permanente o si por el contrario somos consecuencia de un desarrollo histórico capaz de ser analizado, lo que nos lleva a aceptar la posibilidad del cambio. Es una pregunta que siguen debatiendo San Agustín, Nietzsche, Tomás de Aquino, Sartre o cualquiera de los pensadores que asociemos a los polos de este debate, Aristóteles o Foucault, vinculados al período clásico o postmoderno. No hay forma de evitar la discusión.

La polémica se metió en casa esta mañana cuando estudiaba con mi profesora de japonés, Kodani Takako, o Kodani sensei, como prefieran, la obra de Chiyo-ni (1703-1775), una de las grandes poetas del período Edo, autora, entre otros del siguiente haiku:

蝶々や
何を夢見て
羽つかひ

Y que pudiéramos traducir como: Mariposa / qué estarás soñando / al mover tus alas. Olvidémonos por un momento de la riqueza sonora y de la musicalidad del poema en su idioma original para acercarnos a su sentido. Lo primero, algo que tomaron en cuenta los traductores al inglés de la obra de la escritora japonesa[i], es que nos hace recordar al pensador chino Chuang Tzu que vivió entre los años 369 y 286 A.C., es decir dos mil años antes que ella y que escribió en el capítulo 2 de su libro el famoso pasaje del sueño de la mariposa:

Érase una vez que yo, Chuang Tzu, soñé que era una mariposa, revoloteando de un lado a otro y disfrutando despreocupadamente. No tenía la menor idea de que era Chuang Tzu.

Entonces, de repente, desperté y volví a ser Chuang Tzu. Pero no podía saber si había sido Chuang Tzu soñando que era una mariposa, o una mariposa que soñaba que ahora era Chuang Tzu.

Sin embargo, ¡debe haber alguna diferencia entre Chuang Tzu y una mariposa! A esto lo llamamos la transformación de las cosas.

Chuang Tzu ya no se refiere al cambio posible de las identidades que se nos ha dado encarnar a cada uno de nosotros, a diferencia de otra gente en períodos o latitudes diferentes, sino a la transformación constante de todas las cosas y situaciones, analizado en el concepto de wùhuà (物化). Chuang Tzu no se plantea la posibilidad de que exista una diferencia entre las cosas (la mariposa y Chuang Tzu, por ejemplo), sino que esa diferencia puede coexistir simultáneamente con una transitoria identidad entre los opuestos, por lo cual quedaría abolida la frontera entre el sueño y la vigilia, la permanencia y el cambio, el observador y el observado, todo lo que seamos capaces de oponer o contrastar. Recordemos al jalón de Pascal entre el hombre y la bestia, que permanece como una constante a lo largo de la vida, que no nos deja hundirnos en el fango del abismo ni subir al cielo en cuerpo presente.

Al final de la clase recordamos el cuento de Julio Cortázar “La noche boca arriba”, publicado en Final del juego (1956), escrito doscientos años después de Chiyo-ni, que hace referencia a un motociclista herido en un accidente, trasladado luego a un hospital, que sueña en su convalecencia que es un indígena moteca, perseguido y a punto de ser sacrificado en una ceremonia religiosa azteca. Pero el indígena también sueña que es alguien que habita otro tiempo y otro lugar, que logramos reconocer como la ciudad donde tuvo su accidente el motociclista. No estamos hablando ya de la diferencia entre el sueño y la realidad, sino de una dimensión psicológica más profunda, que escaparía a las nociones de la realidad compartida en estas líneas.

Tres autores de diferentes períodos y lenguas diferentes se plantean el mismo problema que nos lleva a preguntarnos si seguimos siendo lo que fuimos en el pasado y a interrogarnos descarnadamente, sin sutilezas diplomáticas, en los rasgos de esa persona que pudiéramos haber sido en otros escenarios. ¿Corresponde la realización de nuestro potencial a la intuición que otros tuvieron de nosotros décadas atrás? ¿Somos capaces de soñar una realidad distinta a nuestro entorno inmediato, empeñado en anclar para siempre nuestra identidad en circunstancias históricas precisas? ¿O deberíamos conformarnos de una vez con lo que nos dejan ser, con esa identidad con que la opinión pública y las corrientes culturales pretenden sentenciarnos?

El solo hecho de haber permitido el poema de Chiyo-ni hacerme esta pregunta, justifica los años que llevo estudiando japonés, al hacerme testigo presencial, leyendo el haiku en japonés clásico, con la ayuda de Kodani san y vivir la sensación física de un sonido cautivador, capaz de abrirnos ventanas a la admiración que nos produce el ser humano. No somos sombra de instituciones, pero como decía T. S. Eliot, entre la idea y la realidad, cae la sombra (Between the idea / And the reality … Falls the Shadow).

Mientras escribía estas páginas, me saltó la noticia del libro escrito por una periodista danesa, Lea Korsgaard - The Butterfly Season -, que narra su esfuerzo de encontrar, en medio de una intensa vida familiar y laboral, como la de todos nosotros, 64 clases de mariposas nativas en su país. Su pasión entomológica fue compartida por escritores como Vladimir Nabokov, Herman Hesse y el mismo Winston Churchill, que obtuvo el Premio Nóbel de Literatura en 1953 por su enorme legado bibliográfico y que construyó un jardín especialmente para ellas en su casa de campo para presenciar la metamorfosis de sus lepidópteros.

Y de aquí saltamos, por supuesto, a las Metamorfosis de Ovideo, un recuento mitológico de los procesos de cambios soñados por los antiguos, que comienza justamente con la frase: In nova fert animus mutatas dicere formas / corpora(Mi espíritu me lleva a hablar de formas transformadas en nuevos cuerpos). Seres humanos, animales y plantas, dioses y estrellas, todos logran escapar a una definición exacta de su identidad para mojar el rostro en el agua de otra estrella enemiga, o como lo decía Lezama Lima:

Ah, que tú escapes en el instante
en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.
Ah, mi amiga, que tú no quieras creer
las preguntas de esa estrella recién cortada,
que va mojando sus puntas en otra estrella enemiga.

Y sin embargo, esas escapadas son cuentos de hadas, fútiles intentos de satisfacer el improbable deseo de ser otros, aunque sea en la imaginación. Sólo al liberarnos de nosotros mismos, seremos capaces de alcanzar nuestra verdadera naturaleza. Lo sabemos perfectamente: el cambio constante, de país, profesión o indumentaria, oculta esa nostalgia por emigrar, el entusiasmo por soltar las amarras, como exclamó Martin Luther King Jr aquel 28 de agosto de 1963: Free at last! Free at last! Thanks God Almighty, we are free at last!

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[i] Donegan, Patricia and Ishibahio, Yoshie. The Poetry of Chiyo-ni. The Life and Art of Japan´s Most Celebrated Woman Haiku Master. Tuttle, 2025.

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