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Colli también dedicó a Apolo, en el primer volumen de La sabiduría griega, reveladores comentarios dignos de memoria. Había escrito antes que, “Con Dioniso, efectivamente, la vida se presenta como sabiduría”. Ahora, de Apolo, nos recuerda que, “es el dios de la sabiduría, de modo explícito y pacífico”. Lo segundo es esencial, si queremos acercarnos a la naturaleza de ambos dioses. La sabiduría de Dioniso se expresa en el frenesí y la violencia. Y es intransferible. El hijo de Sémele otorga la locura y el delirio a sus siervos, pero esto no los hace más sabios, lo contrario. Apolo es más generoso. Concede, añade Colli, la sabiduría a los hombres a través de la adivinación, y cita a Homero cuando habla del adivino Calcante: “Conocía lo que era, lo que será y lo que ha sido… con su arte adivinatoria que Febo Apolo le había concedido”. (Il. I, 69-72). Sigue el profesor italiano, que da gusto citar: “Inmediatamente resulta claro que entre los dos dioses existe, por una parte, una profunda afinidad, debido a la estricta referencia de ambos a la sabiduría. Por la otra, se trata de una clara antítesis en el carácter y en la forma de manifestarse”. Con el debido respeto, se podría agregar que también son afines en una forma particular de manifestarse. La locura se apodera de la pitonisa en el momento de ser poseída por Apolo, como ocurre con las bacantes enloquecidas. Un comportamiento demencial, esa manía, que señala Platón en Fedro. El libro de Colli es para detenerse en cada página y comentarla. Nunca deja de haber algo inquietante y revelador.

Hugo Williams (1942) debe ser el último poeta de una generación que, sin manifiestos ni promesas, se propuso seriamente asimilar la influencia de la poesía norteamericana contemporánea. Aparte de la lengua común, la evolución de la lírica en ambas orillas del Atlántico se extendió de acuerdo a un trazado binario. Más conservadores, los británicos entendieron como accidental la cruzada vanguardista promovida por dos extranjeros en suelo patrio: Ezra Pound y T.S. Eliot. El segundo, el más inglés de los norteamericanos, rápidamente abandonó la vanguardia que había expresado con su radical La tierra baldía y se acogió a las formas convencionales de la tradición. Décadas pasaron hasta que la generación de Williams, con Ian Hamilton (1938-2001) a la cabeza, se dedicara a difundir, desde las páginas de the Review, la influyente revista de Hamilton, la lírica confesional, impensable para los lectores británicos. Recuerdo algunas portadas con fotos de Robert Lowell y Sylvia Plath. El solitario precursor de esta tendencia fue Charles Tomlinson, quien abandonó la línea oficial de poetas como Donald Davie y Philip Larkin, e incursionó en el lenguaje directo y demótico de los norteamericanos. Hamilton, Williams y el más joven y alemán Michael Hoffman quien se sumaría más tarde a la tendencia. Hugo Williams, hijo del actor Hugh Williams, ha publicado una decena de libros, entre ellos, mi preferido Billy’s Rain. En el poema que he traducido el tono confesional, importado de USA, se expresa en un modo más británico por oblicuo y decoroso.
Canción de las agujas
Poseen la repentina belleza
de un primer verso, las agujas.
Nuevas siempre e imprevistas
mientras explotan en su envoltura de papel,
cantando al sentir el aire.
Las ves con el rabillo del ojo,
brillan entre ellas
pensando en su próximo movimiento.
Lo que sugieren es algo inspirado;
no obstante, una cierta tristeza
aguarda por su descripción
de lo que está pasando.
No sabes si mirar
o aceptar lo que están diciendo.
Si tienes suerte vas a sentir un chasquido
mientras una de ellas entra en tu fístula
y una fría sensación de reconocimiento
se extiende por tu brazo.
Durante los años noventa del XX, Williams tuvo que ser sometido a la diálisis a consecuencia de una grave insuficiencia renal. El proceso incluye inyecciones en cada sesión. En su caso deben haber sido incontables, hasta que en 2014, a sus cincuenta y seis, fue sometido a un exitoso trasplante renal. No son pocas las menciones en su poesía a la molesta experiencia. Una serie de ellas son dedicadas al brillo acerado de las agujas.
Vuelvo y revuelvo a los Tríos para piano de Franz Josef Haydn. Me hacen pensar en Viena, lejos del nuevo “desastre de Vargas”, esa región del litoral venezolano siempre presente en mi memorial existencial. Fueron no pocos los momentos en los que, y no creo equivocarme, sentí la armonía en términos de totalidad, desde que la visité por primera vez en 1958, cuando pasé unos días en balneario “Los Caracas”. Cuán privilegiado fui es algo que no dejo de reconocer, especialmente en estos tiempos trágicos de esa costa perfumada. La Guaira y Viena, acomodados, de manera involuntaria, gracias a Haydn, por mi exiliada memoria.
Para ser consecuente con el maestro Haydn, suspendo por un tiempo la revisión de las óperas de Haendel para escuchar una de las suyas. En este caso, L’anima del filósofo, su versión del mito de Orfeo y Euridice. Con la formidable Cecilia Bartoli, haciendo de la infortunada esposa, y Roberto Sacca como Orfeo. La dirección musical es del no menos brillante Nicolas de Harnoncourt, con la orquesta del Consentus Musicus, agrupación fundada por Telemann en el lejano siglo XVIII. Inolvidable el montaje del legendario Jürgen Filmm. Todos reunidos en el Teatro de Viena en 1995. Haydn se sabía limitado como compositor de óperas. “Busquen a Mozart”, decía. Escribió doce, diez para su protector Sterhazy. Otra para la corte y este Orfeo que nunca montó y su estreno se demoró hasta 1951, cuando Maria Callas promovió su estreno en Milán. De esta corta producción, lo mejor son las óperas que escribió para libretos de Gogol. Impensable nada mejor. Y fue alguien de ese talento lo que le faltó a su Orfeo. El libreto es incoherente, las letras son lugares comunes y la poesía brilla por su ausencia. Haydn era, como se sabe, un clásico. Y ningún tema más romántico que el del poeta enviudado por la adversidad. No obstante, en este montaje, la juventud de los protagonistas y sus apreciables capacidades dramáticas compensan la seriedad de la obra. No importa mucho lo que esté diciendo en su primera aria la Bartoli, pero uno siente que se trata, como su amante, de un personaje escogido por el destino para ser trágico. El genio de Haydn merece siempre atención. Sin ser una ópera de Haendel, Vivaldi y mucho menos Mozart, su Orfeo “vale el viaje”. Al escucharla por tercera vez la encuentro como una de las manifestaciones más permanentes del clasicismo musical.
De la serie de poemas dedicada a su experiencia con las agujas hipodérmicas, que le fueron inyectadas para su diálisis durante más de veinte años, he traducido otro de los más difundidos, “El ángel de las agujas”. Se trata, esta vez, de un texto más norteamericano que inglés, donde se siente el realismo y la claridad de William Carlos Williams y la precisión de Ezra Pound. Incluso su versolibrismo no es una convención insular:
El ángel de las agujas
La belleza hindú de la enfermera
me infunde el temor a Dios
a medida que se acerca
con su bandeja azul.
¿Habrá aprobado su examen de agujas
como el resto de los mortales?
¿O fue admitida sencillamente
por ser un ángel?
Quisiera gustarle, pero tengo
que mirar hacia otra parte
cuando saca la aguja de su envoltorio
de papel y se inclina sobre mí.
Después aplica el torniquete
y coloca uno de sus dedos en la vena.
Algo hay en su manera de palpar
que derrite la aguja en mi piel.
Deja de dolerme cuando me dice
con un tono de tristeza
que su hijo Hibrahim
por sus rasgos mestizos
es maltratado en la escuela.
El último libro de Williams, Fast Music, fue publicado, como siempre, por Faber, la editorial “de T.S.Eliot”, en 2020, ya alejado de las hipodérmicas merced al exitoso trasplante renal. De esa colección, este poema “inglés”, con su humor bien administrado y su tratamiento desenfadado de las cuestiones religiosas. Dios se le presenta como un “flâneur”, término francés intraducible, actualizado en la segunda mitad del XIX, cuando drásticas medidas urbanas produjeron el París actual con sus grandes avenidas y bulevares. El “flâneur”, palabra favorecida por la atención, primero de Baudelaire y luego de Benjamin, era un individuo de los suburbios que regresaba sin empleo al centro de la ciudad para incorporarse a la aventura urbana de la modernidad caminando sus aceras sin hacer nada útil. Caminaba arriba y abajo en busca de lo que se presentara, incluyendo una comida gratis o algún otro favor inesperado de los dioses. Sólo el flâneur posee la mirada y la distancia justa para percibir la poesía y la miseria del trayecto azaroso de su recorrido. Un integrante esencial de la nueva fauna urbana, generada por las reformas del Barón Hausmann en el París del Segundo Imperio. Baudelaire y Benjamin les dedicaron generosos comentarios. Nacido en la capital francesa, su geografía ideal se extiende a lo largo de las dos orillas del Sena.
Flâneur
Algo de dandy desteñido se nota
en el esmoquin de Dios, con su raída tela
comida por polillas.
Parece buscar tiempo el tiempo
perdido con otros como él
que le recuerden días mejores,
antes de teñirse el cabello.
Sostiene un guante de gamuza
como si estuviera pidiendo perdón
por la multitud de recuerdos
que se abrieron paso hasta echarlo a la calle.
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Tengo como una de las experiencias musicales más memorables, la que me tocó vivir en el invierno de 1979. En efecto, poco después del inicio de la Asamblea General de la ONU, y como es costumbre, se ofreció un concierto a las delegaciones de los países asistentes y amigos. Los míos eran, Alvaro Bonilla Aragón y Roque Javier Laurenza, de las embajadas de Colombia y Panamá. Esta vez, se trataba de Leontyne Price, en compañía de la legendaria Orquesta de la Capilla Estadal de Dresde, para interpretar las Cuatro Últimas Canciones, de Richard Strauss. La Orquesta de Dresde realizaba una visita excepcional, habida cuenta de que en pocas ocasiones obtuvo autorización para salir de Alemania del Este. A sus cincuenta y dos, la soprano era lo más cerca de una diosa que me ha tocado admirar por una veintena de minutos. Su naturaleza divina se expresaba en una voz que siempre fue admirable, excepcional, y esa noche, me pareció sobrenatural. El escenario no podía ser más adecuado: la sede de Naciones Unidas. Y allí estaba la Price, nacida en un perdido pueblo de Mississippi en los más crudos momentos del racismo (Cf. Mississippi Burning), cantando, con la más tradicional e iluminada de las tradiciones, la de Dresde, las canciones del alemán Strauss, escritas en medio de la “catástrofe”, como llamó Jung el fin de la Alemania de Hitler. La humanidad parecía una sola en ese momento y seguramente lo fue durante los escasos minutos que se toma la dramática pieza de Strauss. Al salir al Manhattan de la Primera Avenida, sentí que la experiencia había sido de las más epifánicas de mi vida. Las Cuatro Canciones han sido grabadas por no pocas distinguidas sopranos. Es clásica la de Elizabeth Schwarzkopf con Fürwängler en la dirección. Pero ninguna, en términos de totalidad, como la de Price. Hoy he sido conmovido al encontrar el registro audiovisual del aquel concierto en Naciones Unidas. No falta nada, ni siquiera el verde esperanzador del elegante traje verde de Leontyne.

La teología de José Tolentino Mendonça, como recuerda Paolo Giordano, es la más cercana, y reveladora. Dios está afuera, sólo “que prefiere pasar al lado de nosotros sin hacerse sentir”. En uno de sus poemas, “Teoría de dios”, insiste en esta proximidad. Una versión “light” del dios pascaliano:
Dios pide a nossa mâo
E que sejamos nos a guiá-lo
Ele espera lhe entendamos
Esta mâo revogavél…
(Dios nos pide la mano / y quiere que nosotros lo guiemos // Está esperando que le tendamos esta mano revocable).
La referencia del conocido novelista italiano Paolo Giordano (Premio Stregha) está incluida en su preciso prólogo a La lingua primitiva, el título escogido por la editorial Crocetti para presentar su edición de tres colecciones de Tolentino Mendonça (Madeira 1965), cuidadosamente traducidos del portugués al italiano por Teresa Bartolomei. Estoy enterado de la publicación de los ensayos de Tolentino en lengua castellana, pero no así de su poesía, que he leído en algunas revistas. Tolentino es un individuo excepcional. No debo exagerar si lo considero uno de los mejores poetas portugueses de su generación (n.1965), y uno de los teólogos más leídos e influyentes. Todo esto estaría dentro de lo posible, sino fuera porque es cardenal de la iglesia desde 2019, cuando tenía apenas cincuenta y tres.Y, actualmente, Prefecto del Dicasterio para la Cultura y Educación del Vaticano, Archivero del Archivo Apostólico Vaticano, Bibliotecario de la Biblioteca Apostólica Vaticana. Además de ser, desde el mismo 2019, Arzobispo de Suava. Además de ser miembro del crucial Dicasterio para la Doctrina de la Fe. En castellano circulan doce de sus libros de ensayo. En portugués es igualmente extensa la lista de sus títulos de teatro y poesía.
De su libro Introducción a la pintura rupestre, Premio Pessoa 2023, es este texto que he traducido del portugués y pertenece a la serie de cantos que Tolentino a dedicado a su infancia al lado de su padre, pescador en Madeira y Angola, donde vivió por nueve años. Está puesto en versos libres, como el resto de lo que conozco de su producción. Creo sentir algo de Pessoa y los realistas norteamericanos, poetas y narradores, en estos versos:
Historia social de la bicicleta
Mi padre había adaptado un sillín para mí en su bicicleta
y me llevaba los domingos a pasear
por calles sin nombre
hasta las primeras defensas del mar
En esos años se decía que si una vez el socialismo
llegaba sería en bicicleta
La bicicleta nos convierte en semejantes
a lo que somos en la tierra
listos para respirar el sonido del aire
en un lejano remolino
o en una tristeza que ya no necesitamos
esconder de nosotros mismos
Con frecuencia nos sentíamos
los únicos huéspedes de la posada
contemplando las grandes nubes indiferentes
los pozos desactivados en el campo, las ratas
la niebla que cuando caiga hará inútiles
los montones de leña abandonados
por los aldeanos en aquel lugar
A través de la adelantada frontera
escuchaba la respiración de mi padre
y él la mía
así nos revelábamos uno al otro
una escena al amanecer
que no era una impresión
que no sé qué era
Pero pasábamos largo tiempo abrazados
tratando de asimilar el asombro
otras veces cantábamos
aunque para escuchar mejor
nos dimos cuenta
de que era la hierba
la que cantaba a nuestro paso
No incursionaba en la bella lengua de Camoëns desde que, en 1972, intenté la traducción de algún texto de Mario de Sa-Carneiro. He asumido la versión del poema del sacerdote jesuita como una invitación. Mi invitación al poema para que visite una casa ajena, la mía. Hasta donde percibo, lo he sentido a gusto en este castellano de América que he utilizado para tráelo a mi techo. Le ofrezco extender mi invitación a otros poemas del libro. La costa y el mar que canta Tolentino es la africana de Angola, después de que la familia dejó la nativa Madeira. Allí, el padre fue pescador hasta la independencia de la colonia portuguesa en 1974, cuando regresaron a Portugal. Y a Lisboa el poeta, en cuya universidad comenzaría su brillante e irresistible carrera académica y apostólica. Ordenado jesuita, contó con la solidaridad gremial del poderoso papa Francisco, formado en la misma orden.
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