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Dolor y persecución

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Cuando leía Operación Guacamaya. El retorno de los desterrados (2025), del exAlcalde de Caracas Antonio Ledezma, tuve un flashback y regresé a mis años en la Escuela de Letras de la Universidad Central. No llego a entender cabalmente el significado de ese retorno frecuente e involuntario a este período de mi vida, pero sé que no fue por añoranza o nostalgia de una juventud recordada, sino porque entendí claramente que su libro, así como la novela Gran marcha hacia el abismo (2022) de Carlos Blanco, ministro para la Reforma del Estado durante el segundo gobierno de CAP, y ahora, sorpresivamente, excelente narrador, forman parte de una larga tradición venezolana.

Volví a las clases del profesor Nelson Osorio, crítico chileno exilado entonces en Venezuela, sobre la vanguardia literaria venezolana y el papel de Pío Tamayo en la generación de 1928, para entender que Carlos Blanco y Antonio Ledezma integran una larga y dolorosa tradición de testimonios, ficcionales algunos, a la que pertenecen José Rafael Pocaterra y sus Memorias de un venezolano de la decadencia, Puros hombres de Antonio Arraiz, Fiebre de Miguel Otero Silva y saltando algunas décadas, el relato de José Vicente Abreu: Se llamaba SN, inspirado en sus experiencias de la represión política durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, con la descripción macabra y realista de las detenciones arbitrarias, torturas y asesinatos del aparato de seguridad controlado por Pedro Estrada, hombre de confianza del dictador. ¿Quién hubiera pensado que aquellos seminarios con Osorio, con su énfasis en el larense Pío Tamayo y el impacto que tuvo su arresto durante la Semana del Estudiante en la formación de los partidos políticos, me permitieran visualizar esa corriente literaria que la une, con diferencias y calidad de prosa, a la actual producción literaria venezolana en el exilio?

Pudiéramos ubicar en esa tradición también a Falke (2005) del arquitecto venezolano Federico Vegas, sobre la expedición de Román Delgado Chalbaud y el desembarco en Cumaná; y más hacia atrás: De la Rotunda a la Calle Larga (1974) de Vicente Ibarra, que narra la muerte del líder expedicionario en la Avenida Bermúdez, en pleno centro de Cumaná; o El año 29: recuerdo de la lucha armada de Cipriano Heredia Angulo. Nelson Osorio saltaba de las vanguardias del 28 a la de los años sesenta, a El techo de la ballena y Sardio, destacando como buen marxista una característica común: el enfrentamiento político entre escritores y promisorios líderes políticos y regímenes asociados a la persecución y enfrentados, con razón o sin ella, a la falta de auténticos procesos democráticos. La perspectiva, sigue siendo la misma: son episodios de nuestra historia literaria marcados por lo que sus autores experimentaron y por su respuesta artística o política, razonada en casi todos los casos, contra los excesos de regímenes autoritarios.

Pero nada podía prepararnos para lo que vino después, el régimen oprobioso de Hugo Chávez y sus herederos políticos, que llevaron al exilio ya no a los dirigentes más destacados de una generación, sino a nueve millones de venezolanos, una tercera parte de la población, lanzada a la incertidumbre de buscar mejores horizontes y poder vivir sin el peligro constante de ser detenidos, torturados o asesinados. Olvidémonos de las travesuras literarias de Rafael Elino Martínez: Aquí todo el mundo está alzao (1973) o del Aquí no ha pasado nada (1972) de Angela Zago, sobre la absoluta irrelevancia de la lucha armada contra Rómulo Betancourt o su deplorable La rebelión de los ángeles (1992) que la llevó a la Asamblea Constituyente de 1999 por el MVR para integrar la Comisión de Seguridad y Defensa. Después se arrepintió, no parece tan difícil cambiar de opinión, aunque Teodoro Petkoff, una mente brillante como pocas, profundizara en la dificultad de hacerlo. Y la verdad es que, si tuviéramos que nombrar a los diez libros más importantes o necesarios para entender al país, tendríamos que mencionar la autocrítica de Teodro, Proceso a la izquierda, la reflexión de un hombre honesto que luchó para mejorar el país y enfrentó políticamente a Chávez desde que salió a la palestra pública en 1992.

Todo ese dolor acumulado, tanta sangre derramada tendrá que ser contada, las vidas perdidas recordadas, una por una, con nombre y apellido, y si no alcanza el papel en Venezuela, lo inventaremos. Una inmensa y compleja tarea que ya empezó a desarrollarse y en la cual podemos ubicar a esos dos libros de Antonio Ledezma y Carlos Blanco, publicados por la Editorial Kalathos en España. Sergio Dahbar hace lo mismo en Venezuela y no hay manera de minimizar su esfuerzo y el coraje requerido para ser auténtico, en público y en privado. Ya empiezan a surgir las voces: La oscuridad no llegó sola. Crónica de una tragedia venezolana (2025) de Mirtha Rivero y Sangre y asfalto: 135 días en las calles de Venezuela (2020) de Carol Prunhuber, autora de importantes testimonios sobre los kurdos en el Medio Oriente. La única manera de honrar estos esfuerzos es no caer en la desesperanza o el pesimismo. Han sido muchos los errores cometidos, empezando por los que buscaron y siguen empeñados en beneficiarse a costa de un proyecto democrático en ciernes, pero nada permanecerá oculto, recuérdenlo. La desconfianza no puede prevalecer, no hay transferencia bancaria lo suficientemente grande que pueda convencerme de que no existen figuras políticas, dentro o fuera del país, capaces de llevarnos a buen puerto, sin haber participado del saqueo de PDVSA o Manómeros.

Francis Fukuyama tiene razón cuando afirma que la confianza es una virtud social indispensable para la creación de prosperidad, una idea que analizó con detalles en su indispensable Trust de 1995. Al final de la reciente película de Steven Spielberg: Disclosure Day (El día de la revelación), hay un momento cuando la Madre superiora de un convento le dice a su amiga, una monja que colgó los hábitos, temerosa del efecto caótico que podría tener la revelación de la existencia de extraterrestres: “lo que pasa es que has perdido confianza en la gente”. Si no tienes fe en los hombres, podría haberlo dicho también, tampoco tendrás fe en Dios. Y esa es una presencia que hace todo posible, la causa primera de todas las causas, Spinoza dixit. No podemos dejar de creer en lo más auténtico, estés de acuerdo o no. Tenemos absoluta confianza en los venezolanos y en lo que está por construirse. Treinta años es mucho tiempo, es verdad, el gobierno nos puso la vida de cuadritos, pero todo cambia. Things change, Kundu. Me remito al Qohélet: ¿Quién sabe lo que es bueno para el hombre en su vida, en los pocos días de su vana vida que pasan como una sombra?

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