
De nuevo en la grata ciudad de Beaune, invitados por Nathalie Tollot-Beaut, (una de las más activas promotoras del evento), para los recitales del octavo Festival Beethoven de Beaune, la magnífica iniciativa de algunos distinguidos productores de Borgoña (D’Angerville, Arlaud, De Villaine, Mugnier, Jadot, Tollot-Beaut) con el apoyo de una serie de instituciones públicas y privada. La dirección musical ha estado a cargo del virtuoso cellista Sun-Wong Yang, cuya vocación artística es tan admirable como su preocupación docente. Cada concierto es un ejercicio de descubrimiento de la experiencia musical para el variado público que asiste con fidelidad a los conciertos. El de hoy incluyó una atractiva pieza “abstracta” del danés Bent Sorensen, su “Masquerade”, así como Tríos de Beethoven y Chaikovski. El de Beethoven fue escrito en 1795, y es un programa de la evolución del músico desde su aprendizaje con Haydn hasta su manifiesto por una música nueva. El primer movimiento debe leerse como un agradecimiento a su maestro, al tiempo que se trata de una despedida a la poética clásica difundida por el compositor. El segundo movimiento señala el nacimiento de la aventura de Beethoven como exponente de lo que hoy llamamos vanguardia. Y que no es sino la expresión de una radical ruptura con lo anterior para inscribirse en una escritura del riesgo, sin precedentes ni seguridad. Se trata del “shock de lo nuevo”, no siempre digerible para los partidarios de lo convencional. No se trata de una ruptura con la tradición (Beethoven era demasiado inteligente para descartar lo que había aprendido de Haydn), lo que estaba planteado era “hacerla nueva”. Esta es la esencia de la verdadera vanguardia. El segundo movimiento del trío es una de las primeras expresiones musicales del yo romántico. Una sensibilidad que será la de la mejor de la poesía de Novalis; el efímero vate germano nacido en 1772, dos años después que el compositor pero muerto a los veintiocho. En sus Himnos a la noche, Novalis propondría la ruptura absoluta con el pasado iluminista y neo-clásico. Lo que proponía en sus hermosos poemas era el predominio de lo individual, la expresión del sentimiento, la gramática del corazón opuesta a la dictadura de la razón y el culto a los misterios del sueño y la imaginación. Su paisaje es el de la noche, la luz del día es el símbolo de todo lo prosaico en la existencia, en su opinión. Todo eso, incluso esa nocturnidad es lo que sentimos en el segundo movimiento del Trío que Beethoven escribió cinco años antes. Estas son las primeras líneas del segundo de los Himnos a la noche:
¿Porqué ha de volver siempre la mañana? ¿No acabará jamás su poder sobre la Tierra? Una rara agitación devora las alas de la noche que llega. ¿No va a arder para siempre la víctima secreta del Amor? Los días de la Luz están contados, pero fuera del tiempo y el espacio, está el imperio de la Noche. El sueño, sagrado sueño, dura eternamente.
En este contexto ideológico del romanticismo, no es imprudente recordar la poderosa influencia de Napoleón en la empresa de ruptura de Beethoven. El año 1795 vio el ascenso del futuro emperador del infierno a la gloria. Dado de baja por Robespierre y residente en una de sus temibles prisiones, fue liberado a la muerte del dictador y encargado de la ingrata tarea de dirigir sus cañones a la muchedumbre monárquica reunida en la margen izquierda del Sena. Su destino, por lo pronto, estaba asegurado. Para Beethoven, el 1795 fue no menos decisivo. Es la fecha de su primer concierto público en el célebre Hoftheater de Viena, legendario por haber sido escogido por Mozart para el estreno de Cosi fan tutte y Bodas de Figaro. En un concierto organizado por Haydn, y con una orquesta bajo la dirección de Salieri, triunfaría Beethoven como solista y compositor al interpretar su primer Concierto para piano. En lo sucesivo, aunque sólo por un tiempo, podía romper con la tradición y no tendría que depender de un mecenazgo y manteniéndose con los ingresos por recitales y conciertos. Como Napoleón, su futuro parecía asegurado en 1795. El Trío Op. No1, de Beethoven, en esta oportunidad fue favorecido por la interpretación del conjunto danés, Trio con brio, que siguió la evolución de la pieza con admirable precisión. Cuando era necesario ser clásicos supieron serlo, y su versión del romanticismo temprano de Beethoven fue lúcida y gratificante. No sólo la interpretaron con virtuosismo, sino con el compromiso de revelarnos las claves del comienzo de la vanguardia inventada por Beethoven.
El programa de hoy del Festival Beethoven de Beaune, fue la consagración del romanticismo insinuado por Beethoven en el segundo movimiento de su Trio Op.1 No 1. Las dos piezas seleccionadas son la suma del yo romántico. Cuando el yo romántico se expresa en términos cósmicos, metafísicos y de una panteísta religiosidad. El primero fue el épico Cuarteto No.13 op.130 de Beethoven, presentado aquí, en la impecable lectura del Cuarteto Casals, en su versión original; es decir, con la Grosse Fuge como último movimiento. Se trata de uno de los llamados “Últimos Cuartetos”, escritos en los tres años finales de la vida del compositor. Años de estrecheces y sordera total. El joven Rossini lo visitó en sus habitaciones en Viena donde lo esperaba el huraño maestro bajo un techo no ayuno de goteras. No muy favorecidos por el público, los “Últimos Cuartetos” serían olvidados hasta su recuperación por los jóvenes compositores de principios del XX. Es el más fantástico conjunto de sus composiciones, más que las nueve Sinfonías o los cinco Conciertos para piano. Uno de estos Cuartetos, el Op.132, le sirvió a Aldous Huxley para la escritura de su gran novela, Contrapunto, al final de la cual, antes de ser atacados por la policía secreta del régimen, uno de los personajes, mientras escuchaba el Op.132, le preguntó a uno de sus amigos, ¿Cómo algo realizado por un ser humano puede ser tan bello?

La segunda parte del concierto fue ocupada por el también monumental Quinteto en Do Mayor, D.956 para dos violonchelos de Schubert. Quiero recordar que pocos días antes de morir, Schubert le pidió a músicos amigos que interpretaran uno de los “Últimos Cuartetos”. En este caso, el No. 14 Op.131. Desde los primeros compases de su Quinteto, Schubert, introduce el tema que le confiere la tensa unidad emocional a su composición. Mucho antes, Schubert había escrito una de las partituras más desoladas de la música romántica. Me refiero al Lied La muerte y la doncella. La muerte (que es masculino en alemán, der Tod) se ha enamorado de la joven y se la “lleva”. Ahora, el joven maestro (treinta y un año) recibe la visita de la muerte y entabla con ella un diálogo que se hace más intenso en el segundo movimiento. Todo el fragmento está marcado por la certeza de lo inevitable. Schubert se resigna y se limita a expresar una tristeza que tiene las dimensiones y hondura de la noche infinita que cubrirá sus ojos. La melancolía de la pieza se extrema con la introducción de un segundo violonchelo. Difícilmente una experiencia más romántica que escuchar en una misma noche el Op. 130 de Beethoven y el D956 de Schubert.
Tal vez lo mejor de Stefan Zweig es que, en cualquier parte del mundo donde nos encontremos, hablaremos un día con alguien que ha leído y disfrutado algún libro del autor austro-húngaro. Es lo que me ocurrió ayer en el entreacto del concierto, cuando la buena amiga Pascale Matrot me habló con entusiasmo de una novela de Zweig que, por descuido, no he alcanzado a leer. Se trata de La piedad peligrosa, por lo demás, su única novela concluida. Sería publicada en 1939, el mismo año de su muerte. Mientras esperábamos el regreso de los músicos que se iban a encargar del “testamento” de Schubert, hablamos de otras obras de Zweig, Confusión de sentimientos, Carta de una desconocida, El mundo de ayer, y otras por el estilo. Es una gran cosa, encontrarse, de manera inesperada, con quien hablar de Zweig. No son muchos los autores de los cuales se pueda decir lo mismo.
Gracias a la generosidad de Pascale Matrot me estoy ocupando de llenar la laguna (son tantas) de no haberme leído la novela de Zweig, La piedad peligrosa en su versión al francés. En el original alemán se publicó como Ungeduld des Hersens, algo así como la Impaciencia del corazón. Lo poco que llevo leído es suficiente, no obstante, para intuir que se trata de una situación-Zweig típica. Los últimos años del viejo imperio Austro-Húngaro, un joven oficial de caballería, una opulenta familia de provincia, un aire de decadencia en todos los espacios, y en los protagonistas que, sin presentir la cercanía de la catástrofe, protagonizan estos últimos momentos de la humanidad. Zweig insinúa la tragedia que esperaba a Europa con la Primera Guerra con un incidente que se presenta en las primeras páginas. El joven protagonista es invitado a un gran baile en el palacio de la familia más adinerada del pueblo. Después de ser recibido con simpatía por el propietario y de compartir una exquisita cena, los invitados pasan al salón de baile donde se produciría la pequeña tragedia, que es toda una alegoría de lo que ocurría en la Europa de 1913. El oficial es un experto en los bailes de la época y, después de compartir con las invitadas más atractivas, recuerda que no ha invitado a la hija del poderoso comerciante. Apenas la ve, acompañada por dos señoras mayores, se dirige a ella y con la mejor de sus sonrisas, la invita a compartir el frenético ritmo de un vals vienés. Ante el silencio de la joven, insiste, hasta que la chica entra en una espantosa crisis de incoercible llanto acompañado con violentas sacudidas. El muchacho, asombrado, se retira y pregunta a una de las damas con las cuales había compartido algún número de baile:
- Por favor ayúdeme. Por todos los cielos, me puede explicar qué pasa?
- ¿Se ha vuelto loco? ¿Acaso no sabe…? ¿No vio?
- No, ¿Ver qué? Yo no sé nada. Es la primera vez que estoy aquí.
- No se dio cuenta de que Edith es… paralítica? ¿No se fijó en sus pobres piernas atrofiadas? No puede dar dos pasos sin muletas, y usted, bruto (reprimiendo vivamente otras palabras), usted invita a la infeliz a bailar! ¡Esto es algo atroz!
Por supuesto, algo que comience así de mal, tiene que terminar mal. No he leído más de treinta y tres páginas, pero no necesito para saber que no me espera un happy ending. Tampoco lo fue el de Zweig, quien no sobreviviría mucho tiempo después de publicar su Ungeduld des Hersens. Esa “Ungeduld”, esa impaciencia precipitó su lamentable final.
Este es el título que he escogido para mi próxima colección de poesías. La expresión es de Sándor Márai, quien la utilizó para uno de sus libros de memorias. Márai fue un exiliado perfecto. Nunca volvió a su Hungría natal y dejaría sus blancos huesos en un lejano pueblo de la distante California. Antes que él, como se recuerda, la usó Rodrigo de Triana, de la tripulación de una de las naves de Colón, cuando avizoró un islote en el actual Mar Caribe. La escogí sin saber muy bien porqué, pero se ha mantenido durante un tiempo y creo que será permanente. Como el texto de Márai, también el mío refiere la experiencia del destierro. Son poemas de memorias, de recuerdos, de hechos y paisajes de la patria-tierra. El poema que reproduzco aquí en una versión provisional, nada definitiva (ningún poema es una versión definitiva) trata de referir y cantar mis paseos por las “colinas musicales de mi país natal”, en palabras de mi querido maestro, el distinguido poeta venezolano Juan Sánchez Peláez.
13) Colinas
Mi infancia
es una Valencia
calurosa
y todavía pequeña.
Alguna mula
atada
a una carreta
con su carga
de caña fresca.
Una ciudad
de provincia
con su río
taciturno
y frondosas
vegas.
Del otro lado
del río
y sus tristezas,
un paisaje
de colinas
hacia el cielo
abiertas.
Colinas
de extensos
verdes
que son azules
en el recuerdo.
Ellas fueron
mi escalera
al cielo.
Desde la cima
pude ver
la etapa
final de mi viaje
extranjero.
A través
de un puente
de agua
se llegaba
a este país
donde
me encuentro.
Allí siguen,
inmutables,
ya no
de agreste verde
sino azules
en el recuerdo.

Naffis-Sahely (1985) podría ser designado como la representación más acabada de un hombre en estos tiempos de rampante irracionalidad, con su dilatada fauna de refugiados y desterrados: “Toda mi vida me he sentido como un judío, o un gitano, o un desdichado miembro de una tribu nómada”. La errancia ha marcado la vida de este intelectual y poeta, ciudadano de Abu Dabi; nacido, sin embargo, en Venecia, de padre iraní y madre italiana. Fue educado en Inglaterra, y ahora profesor en Londres y California. Además de ser editor de la revista London Poetry y traductor del francés e iraní. Ha publicado dos libros de poesías, The Promised Land. Poems From An Itinerant Life, 1917 y High Desert, 1922. El poema que he traducido pertenece al segundo, y se trata de una elegía al padre, muerto en el exilio. Naffis-Sahely es un poeta con el raro don de descubrir el alma de sus personajes con pocas palabras. Es el caso de su padre, el último comunista, uno de los millones “últimos comunistas”, cuyas lágrimas, derramadas en 1989 ante la caída del Muro, descubren el sentimiento de aquellos obstinados seguidores de la utopía marxiana.
El último comunista
“Durante meses, tal vez un año, no tomamos nunca leche”;
me dijo mi madre, “prefirieron botarla
y provocar una hambruna;
ese verano sólo se habló de la nube atómica
y la lluvia ácida.
Luego vinieron la caída del Muro
y las lágrimas de mi padre;
mi visión infantil de él
como el último comunista
bañado por el reflejo azul de la derrota;
la revolución había sido televisada
y descarta como una noticia de ayer.
Tres décadas y dos recesiones más tarde,
el viejo está muerto,
y yo me siento y examino
los recuerdos de la desaparición
de la causa: el Profeta
de Deutscher, vencidas
tarjetas de sindicato,
algunas fotos color sepia
y su último pasaporte iraní, el sello
de la República Islámica
impreso en la parte superior,
el león del Sha, cosas de la historia
ilustrando como el horror
sólo engendra más horrores;
lloro cuando veo sus diarios de prisión
las “memorias de mi viaje al infierno”,
sus garabatos en miniatura,
consumiendo el blanco
con la pasión de un convicto...
Estoy cansado de los asesinatos, cada día
un nuevo Paterloo sobre la Tierra,
la niebla de lo infalible
llega hasta el suelo y amenaza
con quedarse. Es mejor
vivir un día como un león
que cien años como un cordero. Tal vez;
pero siempre me alineo con el rebaño,
porque sé que un día
la sabana estará vacía
e incluso el león
estará hambriento y morirá.
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