Diarios

Diario literario 2026 (septiembre #4 | octubre #1)

Nietzsche en el nido de águilas; el gusto Rothschild; canciones de alma; Zaratustra en Èze; Foucault aplazado

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Èze, viernes 25 de septiembre de 2026‍

Nietzsche en el nido de águilas

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Invitados por Nathalie Tollot- Beaut y su esposo, Eric Bornert para el fin de semana en esta pequeña ciudad provenzal a corta distancia de Niza. Nathalie es la responsable de algunos de los mejores vinos de la Côte de Beaune de Borgoña y activa participante en la organización del conocido Festival Beethoven que se realiza cada primavera en Beaune. Igualmente activo fue su apoyo para el proyecto editorial que hizo posible la publicación que Editions Conférence hizo de Le temps suspendu, una de mis colecciones de poesías. Eric, aparte de gerente de empresa, es uno de los más esmerados y cuidadosos cazadores que se pueda imaginar. Ninguno de nosotros había estado antes aquí. La población fue construida hacia el siglo XIV, mucho después de la destrucción de cultura provenzal que se extendió por toda la región durante los siglos XI y XII. Una catástrofe que todavía se siente algo que se siente en otras ciudades de la parte occitana, como Albi o Bezières. Èze, sin embargo, es bien conocida por los lectores de Nietzsche. En el ascenso hasta la cima, un episodio al cual hace referencia una pequeña placa en la diminuta estación de trenes, el gran pensador se habría inspirado para comenzar a escribir la tercera parte de su Así habló Zaratustra. Es realmente admirable el empeño de este hombre en un ascenso empinado de casi 500 metros. Lo es para alguien en óptimas condiciones de salud. A sus cuarenta años, Nietzsche estaba lejos de serlo, con su fuerte miopía y un cuerpo minado por la sífilis ascendió hasta una altura respetable. En unas líneas de su Ecce homo, hace referencia a esta gesta:‍

Muchos escondidos rincones y alturas del paisaje de Niza se hallan santificados
por mí por instantes inolvidables, aquel paisaje decisivo (se refiere a Así habló Zaratustra
)
que lleva el título, “De las tablas viejas y nuevas”
, fue compuesto durante la peligrosa
subida desde la estación de trenes, hasta el maravilloso
y morisco nido de águilas que es Èze.

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‍Èze, sábado 26 de septiembre de 2026

‍Antes de llegar a Êze, nuevas visitas a la Capilla del Rosario, de Matisse, en Vance, y el Museo Chagall, en Niza. Después de la legendaria capacidad sintética del maestro fauvista que se extrema en el diseño de este pequeño templo, de austeridad protestante y de religiosidad monástica, el arte del pintor ruso se me reitera como lo que siempre ha sido, sobrevaluado. Nunca he justificado la aparente ingenuidad de sus figuritas ni de sus novias voladoras. Se ha debido limitar a llenar sus lienzos haciendo uso de unas posibilidades cromáticas realmente admirables. No habría tenido el efímero éxito que tuvo en el siglo XX, pero habría asegurado realmente la inmortalidad, algo que comienza a cuestionarse. Uno de los pocos gestos en este sentido es la voluntad cada vez mayor de remover su plafón para la Opera de Paris y restaurar las pinturas originales.

En la noche, animado por una copa del Corton-Charlemagne 2014 de Nathalie,un  homenaje a las posibilidades del chardonnay de Borgoña, leo algunos textos de mi nuevo poemario, Tierra Tierra, en las esmeradas versiones al francés de Philippe Dessommes, quien se hizo cargo, asimismo, de poner en francés mi Flota el tiempo bajo el nombre de Le Temps suspendu. Este es uno de ellos leído con la luna llena y el Mediterráneo de Ulises a mis espaldas. A mi izquierda el luminoso vino de Nathalie:

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‍Îles

Îsles
qui on vogué
à la dérive
dès
le commencement
de ma
vie.
Debout
sur le sable
je les regardais
passer,
sereines
et hautaines,
chargées
d’orchidées
et roses
de cayenne.
Où vont-elles?
demandáis-je.
“Qui sait?”,
repondaient,
perplexes,
les crabes
sur la plage.
Je suis un enfant
et tout en jouant
je poursuis
les blancs sillages
ardents
que laissent
les îles
dans leur vol.
Un jour
une île
a arreté sous
mes yeux
son etérnelle
traversée.
Depuis
lors
je voyage
evec elle
et, le cou tendu
vers l’étoile
polaire,
je n’ai jamais
cessé
d’aimer
et de chanter.
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Èze, domingo 27 de septiembre de 1926‍

El gusto Rothschild

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Visita a ese monumento al mal gusto que es la Villa Ephrussi de Rothschild, entre Niza y Mónaco, construida en una punta de tierra magnífica asomada al más azul Mediterráneo. Una experiencia muy interesante, sin embargo. Una manera de revisar de primera mano el gusto parvenu de esta y otras familias adineradas de finales del XIX. Una estética que se basa en la acumulación de objetos de alto valor de todas las épocas del arte occidental. Mientras más antiguos más buscados para compensar la falta de historia de estas fortunas instantáneas. El pantagruélico jardín de la villa es un patchwork de secciones que incluyen un jardín francés, uno florentino uno de piedras, uno mexicano y así. Lo mismo la tan valiosa como incoherente colección de obras de arte. La arquitectura de la villa es la consumación de la tendencia. Si supera la insufrible fachada, el visitante se encontrará en un patio central con aspiraciones renacentistas coronado por un segundo piso de reminiscencias moriscas. Lo grave de la situación es que esta deformación de la tradición clásica fue emulada en los cinco continentes. Cada casa burguesa aspiraba a ser una pequeña Villa Rothschild. El resultado era una pequeña pulpería frente al supermercado kitsch del original.‍

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Milán, lunes 28 de septiembre de 2026

‍Canciones de alma
Retrato de Alma Mahler por Oscar Kokoschka, 1912.

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Con Eileen descubrí en días pasados una grabación de las canciones completas (Sämtliche Lieder) de Alma Mahler. Había leído comentarios, pero nunca me había tomado la molestia de escucharlas. Alma se inmortalizó, de manera nunca justa, como “La esposa de Mahler”. Lo cual lo fue, por supuesto, pero ella es mucho más que eso. Aparte de que no fue su única relación importante, antes o después estuvieron Kokoschka, Gropius y Franz Werfel) Discípula predilecta de Zemlinsky, compuso música desde temprano, que fueron respetadas por sus contemporáneos Arnold Schoenberg y Alban Berg. Una opinión que no sería compartida por el posesivo Mahler. Y, muy a su pesar, tuvo que abandonar la interpretación y la composición. Su música es una expresión del mismo Zeitgeist que fue el asunto de las mejores partituras de la más brillante generación de músicos desde los románticos. Todos herederos de Wagner. Desde Richard Strauss y Gustav Mahler, hasta Schoenberg, Berg, Webern y Korngold. El denominador común es una melancolía abundante en presagios y visiones. La belle epoque languidecía en medio de la más ruidosa indiferencia. La gran fiesta terminó con los disparos de un patriota Serbio que precipitó a Europa en la demencial Gran Guerra. Los adagios de las sinfonías de Mahler, inspirados por los compases del Wagner de Tristan o La muerte de Sigfrido son una prefiguración de la tragedia. Como las primeras óperas de Richard Strauss. O La noche transfigurada, de Schoenberg. Las canciones de Alma Mahler, unos lieder comparables a los de sus contemporáneos en belleza y pathos, no han conocido la aprobación que ameritan. Ser “La esposa de…” no ha sido de mucha ayuda. Las composiciones que han estimulado este comentario, que se postergó de manera no menos que absurda, son sus Cinco canciones para voz y piano, escritas para letras de poetas contemporáneos como Richard Dehmel, el autor del poema que utilizó Shoenberg para su Noche, y una de las figuras emblemáticas de aquella legendaria Viena fin-de-siecle.

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‍Milán, martes 29 de septiembre

‍Zaratustra en Èze

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De regreso a esta ciudad vuelvo a las páginas de Así habló Zaratustra en la cuidada versión al castellano de Alianza Editorial, que sigue la disposición de la edición autorizada de las obras completas a cargo de Giorgio Colli. Estas son las primeras líneas de la Tercera Parte del Zaratustra, escritas en Èze y a las cuales hice alusión en las líneas citadas hace unos días en este diario:‍

Fue alrededor de la medianoche cuando Zaratustra emprendió su camino sobre la cresta de la isla para llegar de madrugada a la otra orilla: pues en aquel lugar quería embarcarse. Había allí, en efecto, una buena rada, en la cual gustaban echar el ancla incluso barcos extranjeros; éstos recogían a algunos que querían dejar las islas afortunadas y atravesar el mar. Mientras Zaratustra iba subiendo la montaña pensaba en las muchas caminatas solitarias que había realizado desde su juventud y en las muchas montañas y crestas y cimas a que había ascendido.

Yo soy un caminante y un escalador de montañas, decía a su corazón, no me gustan las llanuras, y parece que no puedo estarme sentado tranquilo largo tiempo.

Y sea cual sea mi destino, sean cuales sean las vivencias que aún haya yo de experimentar,
- siempre habrá en ello un caminar y un escalar montañas: en última instancia uno no tiene vivencias más que de sí mismo??.

Pasó ya el tiempo en que era lícito que a mí me sobrevinieran acontecimientos casuales; y qué podría ocurrirme todavía que no fuera ya algo mío!
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En el precioso prólogo a la edición Alianza de Zaratustra el autor incluye una descripción de las condiciones de Nietzsche en una posada italiana, que no eran muy distintas a las que encontró en Zea incluida en la biografía que del pensador alemán escribiera Stefan Zweig,       con la misma delicadeza que despliega en sus mejores ficciones:

‍Después se retira a su habitación mezquina, pobre, fría. La mesa está colmada de papeles, notas, escritos, pruebas, pero ni una flor, ni un adorno; algún libro y apenas, y muy raras veces, alguna carta. Allá en un rincón, un pesado cofre de madera, toda su fortuna: dos camisas, un traje, libros y manuscritos. Sobre un estante, muchas botellitas, frascos y medicinas con que combatir sus dolores de cabeza que le tienen loco durante horas y más horas, para luchar con los calambres del estómago, los vómitos, para vencer su pereza intestinal y, sobre todo, para combatir con cloral y veronal su terrible insomnio. Un horrible arsenal de venenos y de drogas, que es la única ayuda que puede encontrar en el vacío de un cuarto extranjero, donde no le es posible hallar otro reposo que el obtenido por un sueño corto, artificial, forzado. Envuelto en una capa y en una bufanda de lana (pues la chimenea hace humo, pero no da calor), con sus dedos ateridos, sus gruesos lentes tocando casi el papel, escribe rápidamente, durante horas enteras, palabras que sus mismos ojos no pueden luego descifrar. Durante horas está allá sentado escribiendo, hasta que sus ojos le arden y lagrimean; una de las pocas felicidades de su vida es que alguien, apiadado de él, se ofrezca para escribir un rato, para ayudarle.‍

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Milán, miércoles 30 de septiembre de 2026

‍Foucault aplazado

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El tercer tomo de la no pocas veces estimulante trilogía de Wolfram Eilenberger sobre filosofía contemporánea, Los magos del presente, incluye ensayos sobre Adorno, Foucault, Sontag y Feyerabend, mantiene los atributos de los dos volúmenes precedentes. Son los que esperamos de la rara combinación de un filósofo que escribe con la prosa de un redactor del Newyorker. Ingenioso, claro, culto y, sobre todo, enterado de los detalles que obvian las grandes biografías y ensayos. De Adorno, como escribí hace unas semanas en este cuaderno, nos enteramos de impensados episodios de su vida sexual. En la sección dedicada a Michel Foucault encontramos algunos particulares de su vida como estudiante universitario no exentos de interés. Foucault comenzó en la legendaria École Normale Superieur, en rue d’Ulm en 1946. Era el mejor momento para ser joven y vivir en el París de la rive gauche de la post-guerra. Un año antes, en septiembre de 1945, Sartre había pronunciado su famosa conferencia “El existencialismo es un humanismo”, cuya gravitación sobre la juventud de la época fue la más intensa. De 1942, es la publicación de El mito de Sísifo, de Albert Camus. Ambos textos condicionaron el pensamiento del joven Foucault. Especialmente el segundo, donde el autor de El extranjero comienza el más leído de sus ensayos con esta inquietante afirmación, “Sólo hay un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. Los años de Foucault en la ENS estuvieron signados por una conducta que coqueteaba peligrosamente con la esquizofrenia. Siempre polémico y megalómano, en más de una ocasión perseguiría a uno de sus compañeros armado con un cuchillo. El psiquiatra de la institución emitió su diagnóstico: “Una homosexualidad mal asumida y difícil de aceptar”. Nada condicionará tanto la existencia del formidable Foucault como su condición homosexual. Que no es tanto la tendencia sexual, sino la culpa: “Agobiado por la vergüenza, recurre a las drogas y alcohol”. En julio de 1950 Foucault, después de cuatro años de estudios en la ENS, se presentó al examen para conseguir la famosa Agrégation, la cual le permitiría enseñar en la prestigiosa institución o ser llamado a ingresar la mafia que ha gobernado Francia desde tiempos de Richelieu. A pesar de su conocida inteligencia y cultura, Foucault es aplazado en el examen. El veredicto, que es difundido, como siempre, por la prensa, es el más escueto, pero irrefutable: “Se trata de un candidato ciertamente culto y que se destaca, y cuyo resultado negativo puede ser considerado accidental. Pero ya mal ubicado en la prueba escrita, se equivocó en el oral, y la lección fue un caso típico de preocuparse en mostrar su erudición en lugar de ocuparse del tema propuesto”.

Había encontrado el joven Foucault un motivo serio para suicidarse, una salida ya tomada por muchos normaliens antes que él. A los cuidados del padre y los médicos del instituto, se suman las observaciones de su mentor, el filósofo marxista Louis Althusser, le advierte, siguiendo el hilo de Jaspers, Sartre y Camus, que una decisión si no es “en situación” no es una decisión. Quería decir que el suicidio no tiene nada que ver con la agrégation. El suicidio filosófico no es un suicidio reactivo. Se trata de una escogencia existencial, el abandono del ser no es consecuencia ni causa de nada. Recuperado, Foucault se presentó para la agrégation de nuevo en julio de 1951. Las condiciones de la prueba son las mismas, tres escritas de siete horas cada una (la mía, una sola, en la UCV, duró diez) y la lección oral. Esta vez fue aprobado, pero en condiciones para él humillantes: el tercero de tres. Lo cual apenas le garantiza, como agregé, un puesto de profesor de por vida en algún liceo provincial. Foucault toma una decisión, ahora sí, en situación. Opta por abandonar Francia. El resto de la historia es el itinerario accidentado de un ingenio que le dejó a Occidente dos obras esenciales: La historia de la locura en la época clásica y Las palabras y las cosas.

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