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Para comenzar este primer viernes de septiembre, con un verano que agoniza pero que, con terquedad, insiste en pasar sus últimos días en pleno despliegue de sus bochornosas capacidades, un brillante y nostálgico fragmento de “La tumba de Couperin”, de Ravel. Una “tumba” (tombeau), es como llamaban durante el Barroco los homenajes que le rendían los músicos a algún colega. A finales del XIX la palabra se hizo más conocida cuando Mallarmé la utilizó para escribir sus poemas, dedicados a poetas que admiraba, “Le tombeau de Baudelaire”, por ejemplo. “La tumba” de Ravel es una Suite para piano en seis secciones. Cada una dedicada a un amigo o conocido del compositor caído en la Primera Guerra. El mismo Ravel se presentó como voluntario y prestó servicios como soldado de infantería (hubiese preferido hacerlo como piloto, a causa de su baja estatura, 1.60m) de 1914 a 1917, un caso poco obvio de sobrevivencia. Durante esos años, precisamente, escribió su homenaje a François Couperin, padre del Barroco musical francés. No hay pianista serio que no la haya grabado. La más reciente y, me parece, una de las más brillantes, es la del virtuoso coreano, vencedor en 2015 del Premio Chopin, Song Jin-Cho para Deutsche Gramophon.

El caso de Ravel es uno de los más ejemplares. Con todas las posibilidades de evitar el servicio militar, prefirió la arriesgada vida del frente, como otros millones de franceses. Los cuarenta años lo sorprendieron en una trinchera del frente occidental, donde el contacto con la muerte era una experiencia cotidiana. Muchos intelectuales franceses participaron en los combates, el brillante escultor Henri Gaudier-Brzeska, uno de ellos, murió en combate a los veinticuatro años. Guillaume Apollinaire, el más más grande de los poetas de su tiempo, no murió en el campo de batalla, pero fue herido en la cabeza y moriría poco después por una gripe que se aprovechó de su débil estado físico. Escribió una serie de poemas sobre la experiencia bélica que recogería en su Caligramas. Esta es mi traducción de uno de ellos:
Sombra
Ya están de nuevo a mi lado
recuerdos de mis camaradas muertos en combate
el olivo del tiempo
memorias que son una sola
como cien pieles que hacen sólo un abrigo
como los cientos de heridas que se reducen
a un artículo de periódico
apariencia impalpable y sombría que adoptas
la forma cambiante de mi sombra
un Indio al acecho durante toda la eternidad
sombras que se arrastran a mi alrededor
ustedes ya no me escuchan
desconocen los divinos poemas que canto
mientras yo sí las oigo y las observo
destinadas
sombra múltiple que el sol mira
ustedes que no aman lo suficiente para no dejarme
y que danzan al sol sin levantar polvo
sombra ancla del sol
escritura de mi luz
cajón de arrepentimientos
un dios que se humilla.

En la Unión Soviética de Lenin y Trotsky, y después Stalin, no fue menester una guerra mundial para que sus poetas y artistas fueran diezmados. Los eficientes servicios de la policía secreta consiguieron parecidos resultados con una menor inversión. Una policía bien entrenada siempre es menos costosa que un acorazado. Nikolai Gumilev (1886-1921) fue una de las primeras víctimas de una censura oficial que hacía tímida la muy criticada de las autoridades zaristas. Durante décadas conocido sólo como, “El esposo de…”, ha sido privilegiado con ediciones recientes de su breve producción. Especialmente en Italia, donde, hasta dónde conozco, han sido editados tres volúmenes de su poesía. El último apareció hace unos días, poco después de que escribiera en este cuaderno sobre sus contemporáneos, Alexandre Blok, Marina Tsvietáieva o Ana Ajmatova. Se trata de Perles (Perlas), cuya primera edición es de 1910. Un año de inflexión en la poesía rusa que trataba con urgencia de dejar atrás el simbolismo dominante y sumarse a la modernidad. Gumilev fue uno de los ideólogos de esta fractura. Con Ossip Maldelstam, y su esposa, Ana Ajmatova, fundó el grupo Acmeísta, acogiéndose a las exigencias del imaginismo de Pound and Co, que tenía en la impersonalidad anti-romántica uno de sus fundamentos. Gumilev fue el más cosmopolita de los vates de su generación. Viajó por Africa y Medio Oriente, hasta que se residenció por unos años en París. De vuelta a Rusia, sirvió como oficial en el ejército ruso hasta 1917. Ya en Moscú fue uno de los mejores animadores del acmeísmo. Después de la muerte de Blok, fue nombrado presidente de la Unión de Poeta de Todas las Rusias. Trabajó y gozó de la protección de Gorky, quien llegó a escribirle a Lenin para pedirle que liberara a Gumilev, detenido por la Cheka con cargos de conspiración contra-revolucionaria. Una petición que sería desestimada. El poeta fue fusilado en 1921. De su breve matrimonio con Ana Ajmatova nació Lev Gumilev, a quien esperaba una vida de indecibles humillaciones y castigos hasta que fuera liberado para convertirse en un destacado científico al servicio de la misma URSS que lo había maltratado. La admirable revista Russian Literature Triquarterly, publicó una selecta antología de los poemas de Gumilev, entre los cuales se encuentra el que reproduzco en castellano, escrito en 1921, el mismo año de su muerte. El texto es de una sostenida modernidad, rico en imágenes poéticas y un discreto tono confesional. Una muestra de que Nikolai Gumilev fue mucho más que, “El esposo de Ana Ajmatova”:
He languidecido, no he vivido
He languidecido, no he vivido
a lo largo de la mitad de mi vida en la tierra
y ahora, Señor, me apareces
en la forma de un sueño imposible.
Veo la luz sobre el Monte Tabour
y siento la culpa
de no haber amado el cielo y la tierra
durante el profundo sueño de la existencia;
que mis capacidades cuando joven
no las puse a tu disposición,
que la belleza de tus hijas
atormentaran con agudeza mi corazón.
Pero, en realidad, ¿es el amor eso que, como
una pequeña flor roja, que sólo tiene un momento
para vivir, no es sino una pequeña llama
que se extingue fácilmente?
Con estos tranquilos pensamientos melancólicos,
de alguna manera me arrastraré
fuera de esta vida. No obstante, mira la próxima,
ya una la arruiné tal como era.
Nada más adecuado para este largo atardecer estival que el conmovido “Preludio” a Tristán e Isolda, que ha acompañado estas nostalgias mías desde que tenía dieciocho años, cuando lo descubrí en una grabación que guardaba mi padre entre sus discos. No recuerdo el director de esa versión. La que escucho ahora, tan lejos de mi casa paterna, es la de Arturo Toscanini, difundida por la RAI Clásica. En nada ha variado su capacidad para emocionarme hasta las lágrimas. Dos veces he podido escucharla en teatro. La primera en Nueva York, en 1980; la segunda, hace unos pocos años, en Viena, cortesía de mi hija Constanza.
Una constante de las colonizaciones imperiales después de Roma, ha sido el irrespeto por la producción espiritual de las colonias. Durante los siglos de la impuesta por España, el irrespeto se convirtió en destrucción franca y reiterada. Todo lo que pareciera aborigen fue destruido. Las muestras que conservamos son un patético testimonio de las proporciones de la destrucción. En tiempos recientes, más civilizados, la destrucción ha sido sustituida por el desplazamiento y la imposición indirecta de valores y formas ajenos a la tradición. O, como ocurre en Venezuela, la primera colonia post-moderna, el irrespeto se manifiesta en indiferencia. En los nueves meses que contamos en nuestra condición colonial, y será así mientras se mantenga, no ha habido una solo manifestación de este gobierno liberticida, una especie de improvisada Capitanía General, referida a la actividad cultural o educativa. Las cuales se niegan a extinguirse gracias a grupos aislados independientes que se resisten a que la herencia del siglo XX, en términos de cultura, desaparezca ante la mirada complacientes de los funcionarios de la Capitanía. Lo que está en peligro es no sólo nuestras reservas de hidrocarburos, sino una de las tradiciones culturales más brillantes de Latinoamérica, desde la segunda mitad del XX hasta el auge de la dictadura revolucionaria.
El último viaje de Aby Warburg fuera de Alemania fue a Italia, naturalmente. El destino, Roma, sede de la mayor oferta iconográfica de Occidente. Con su fiel colaboradora Gertrud Being, llegó en noviembre de 1928 y permaneció hasta el mes de abril de 1929. Apenas seis meses después moriría en su Hamburgo natal el más excitante y estimulante historiador de arte del siglo XX.
A veces, en mi condición de historiador de la psique, es como si un reflejo autobiográfico me llevara a querer identificar en el mundo figurativo la esquizofrenia de Occidente; por un lado, la ninfa estática (maníaca) y, por otro, la divinidad fluvial de luto (deprimido) como dos polos entre los cuales la persona sensible busca en la creación su estilo. El antiguo juego del contraste: vida activa y vida contemplativa.

Estas contadas líneas del Diario de Roma pueden leerse como un resumen de su concepción del mundo, así como un homenaje a Nietzsche, su verdadero maestro, con el cual compartió, separados por varias décadas, el psiquiátrico Bellevue de Suiza. También compartieron una misma familia de psiquiatras. Aunque tal vez no esté de más recordar que ambos, Nietzsche y Warburg, tienen en Schopenhauer y su Mundo como voluntad y representación, la fuente primigenia de sus tesis. Que insiste en que todo en el ser humano es el resultado de la oposición de dos grandes principios, el apolíneos y el fáustico o dionisíaco. La voluntad y representación del maestro. El arte no es sino la ilustración de estas manifestaciones. Una de las grandes intuiciones de Warburg fue insistir en que incluso en la anti-dionisíaca tradición cristiana es posible descubrir, como símbolos, alegoría y, sobre todo imágenes, la “ninfa maníaca” del genio griego.
I fantasmi del presente es el nombre de la edición italiana del tercer volumen de la trilogía de la particular historia de la filosofía del siglo XX escrita por Wolfran Eilenberger. En castellano los tres tomos han sido publicados por Editorial Taurus:

Eilenberger (1972), egresado en filosofía y profesor en Berlín y Toronto, ha aclarado más de una vez que no es un filósofo sino un “autor que escribe sobre filosofía”. Tal vez esto explique el éxito comercial de sus libros, a pesar de tratar sobre temas no precisamente banales. Sin embargo, posee dos atributos que sin duda han colaborado a popularizar sus libros: la curiosidad periodística y la precisa agilidad de su prosa. Lo primero, lo anima a revelar detalles de la vida de sus autores que no son obvios en una biografía seria. Así, sin que sea necesario (¿o sí), nos enteramos de la activa sexualidad de un hombre que creíamos de una seriedad monástica, como Adorno quien, en uno de sus diarios de exilio en Nueva York, consigna sus relaciones sado-masoquistas (“después de pegarle sin piedad tuvo dos orgasmos… Además, es casada”). O de las pésimas relaciones del filósofo con Hannah Arendt, quien llamándolo Wiesengrund, el apellido judío de su padre (Adorno es el apellido “gentil” de la madre) le escribe a un amigo a propósito de Walter Benjamin (fue la última de sus amigos en verlo con vida y encargada de entregar una caja con sus papeles a Adorno):
Negociar con Wiesengrund es por lo menos inútil. No sé qué habrán hecho o piensan hacer con los manuscritos. Hablé con Horkheimer, quien en verano estuvo aquí, sin obtener resultado. Me dijo que estaban en una caja fuerte (probablemente es mentira) y que no los había revisado… Además el Instituto está destinado a cerrar. Todavía tienen fondos, pero cada vez están más convencidos de usarlos para procurarse una pensión tranquila. La revista dejó de salir, su reputación aquí no es precisamente excelsa, en el caso de que alguno conozca su existencia. Wiesengrund y Horkheimer viven en California a la grande. El Instituto se ha convertido en un ente puramente administrativo. Pero qué administran, aparte del dinero, nadie lo sabe.
No obstante, como recuerda el mismo Eilenberger, “Después de la primera semana transcurrida en Frankfurt (1949), Adorno tiene una sola certeza: no volver a California”. A diferencia de Arendt, la “amante de Heidegger, quien se quedó en Nueva York disfrutando de la admiración unánime, Adorno se integró a esta nueva Alemania, partida en dos toletes, y desde allí se empeñará en sostener la posibilidad de un nuevo Iluminismo en medio de las ruinas todavía humeante de la antigua Alemania, la que Goethe había dejado como herencia. La impresión que le dio Alemania dos semanas después de su llegada, se la comunica en una carta del 28 de diciembre de 1949 a Thomas Mann, todavía en California y renuente a abandonar las bondades del clima paradisíaco de la West Coast:
me parece que Alemania, en general ha dejado de ser un sujeto político, la política se ha convertido en mero tema de una trágica representación, y esto lo saben todos, porque no son estúpidos. Si sienten un factor en el ámbito del conflicto entre dos campos de fuerza, tratan de aprovecharse en el sentido más literal del término. Pero que exista hoy alguien que crea que Alemania es todavía capaz de ejercer un papel político significativo, más de una vez lo he dicho más que pensarlo.
Durante casi ochenta años la intuición de Adorno conservó su vigencia. Hasta ahora, cuando el auge de la ultra-derecha le va a proporcionar a Alemania la indeseable eventualidad de “ejercer un papel político significativo”, reviviendo viejas consignas (racismo, xenofobia) que creíamos bien enterradas en el cementerio de la historia. El nuestro es un tiempo de fantasmas. El fantasma del fascismo, el fantasma del imperialismo, el fantasma del genocidio, el fantasma de la guerra.
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