Literatura

El desarraigo de Maeve Brennan

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E.B. White, en su conocido ensayo Esto es Nueva York, decía que la gran ciudad podía destruir o salvar a una persona, dependiendo en gran medida de la suerte. Ambas premisas encajan en la vida de una extraordinaria escritora —menos conocida de lo que debería—, Maeve Brennan (1917-1993), cuyos relatos son comparables con los de Carson McCullers o Alice Munro, tanto en calidad literaria como en los imaginarios respectivos. Aunque con estilos y tonos diferentes, los relatos de estas tres escritoras ahondan en la psicología humana, los dramas cotidianos de la gente común, conflictos de parejas, la soledad de vidas disfuncionales, fracturadas, aisladas.

Nacida en Dublín, hija del primer embajador de la República de Irlanda ante Estados Unidos, Brennan se traslada a los diecisiete años a Washington D.C. Se gradúa en 1938 en lengua inglesa enThe American University. Llegado el fin de la misión diplomática, la joven Maeve —movida por una atípica independencia para la época— decide quedarse en Nueva York para probar suerte como escritora. Su primer trabajo lo consigue en la Biblioteca Pública de Nueva York y dos años más tarde es contratada por la revista Haper’s Bazar como redactora de textos de estilo y moda. Su carrera literaria despegaría al publicar el cuento “El terror sagrado” en 1950. De manera similar a como lo hizo Joan Didiononce años más tarde al publicar en Vogue, otra revista de moda, su historia “Sobre el amor propio”.

Maeve Brennan se caracterizaba por su elegancia en el vestir; parecía representar el epítome del buen gusto, la refinación y los buenos modales. Captaba la atención de la alta sociedad neoyorquina. Paradójicamente no era muy sociable; prefería andar por su cuenta. E.B. White también dice que Nueva York es una ciudad que premia siempre con el regalo de la soledad y la privacidad. Tras un matrimonio fallido, se convirtió en una nómada de habitaciones de hoteles. La errancia en la vida de Brennan la lleva a sentirse extraña en su ciudad natal —a la que regresó solo esporádicamente de visita— y a considerarse una transeúnte permanente en Nueva York.

Angela Bourke, que escribió la biografía de Maeve Brennan, Homesick at The New Yorker (sin traducción al español), reconoce tres temas centrales en la obra de la escritora: “identidad, migración y exilio”. Brennan decía sobre Nueva York: “Lo único que sabemos con certeza es que tiene un secreto que nos ata a ella, algo intranquilo e inquieto, algo que comparte con nosotros, aunque no se nos permita comprenderlo”. Su peregrina errancia entre habitaciones de hoteles y su sentimiento de no pertenecer a ningún lado en particular se sintetiza en De visita, su única novela (breve) publicada póstumamente y rescatada al español por la editorial Lumen en febrero de 2025, con su frase: “El hogar es un lugar en la mente”.

Maeve Brennan no solo era una gran cuentista sino una excepcional cronista de la ciudad: dominaba con maestría tanto la ficción como la no ficción. Desde 1954 hasta 1968 publicó en The New Yorker una columna llamada The Long-Winded Lady (La dama prolija). La prestigiosa revista decide revelar la identidad de la autora de tan afamadas columnas en 1969, momento en el que sus intrigados lectores se enteran de que se trataba de Maeve Brennan; la misma que había escrito para esa revista cuentos memorables con finales abiertos, diálogos convincentes, y que sabía crear y mantener a pulso y sin sobresaltos la tensión requerida para asegurarse la atención del lector. En casi todas sus historias se siente la rareza en la manera de pensar de la autora que se escuda detrás de la narradora. Lo autobiográfico surge a modo de crónica que se confunde con el cuento y viceversa.  De hecho, ella dijo sobre sí misma: “Mi vida siempre será una versión editada”.

Una de sus características, tanto en los cuentos como en las crónicas, son las lúcidas y detalladas descripciones físicas de lugares y personajes, a las que sabe retratar con gran hondura psicológica y singularidad. Las historias de no ficción de Nueva York, The Long Winded Lady: Notes from The New Yorker, fueron publicadas en español por Ediciones Alphabia en 2001 bajo el título, Crónicas de Nueva York. Su libro de relatos, Las fuentes del afecto: Cuentos dublineses, lo publica Alphabia en 2012. Este fue considerado por William Maxwell —legendario editor de The New Yorker durante cuarenta años, responsable de la proyección y posterior rescate literario de la autora— como uno de los mejores libros de relatos del siglo XX.

Un libro fundamental en su obra, The Rose Garden, se ofrece traducido por primera vez a los lectores hispanoparlantes en septiembre (edición argentina) y octubre (edición española) de 2025 por Eterna Cadencia Editora bajo el título El Jardín de rosas. Esta importante novedad literaria en nuestra lengua cuenta con prólogo y traducción de Jorge Fondebrider. Comprende veinte relatos escritos desde 1950 hasta 1968 y una nota de prefacio de una página de la edición en inglés, colocada sabiamente al final de esta edición en español con el título “Una ensoñación” (escrita en 1976).

Los relatos de El jardín de las rosas están agrupados en cuatro partes relacionadas a enclaves geográficos. Narrada en tercera persona, la primera sección está situada en un lugar imaginario llamado Herbert’s Retreat. Es la más extensa y bien podría ser considerada un libro de cuentos por sí mismo; una suerte de cuentario que retrata una comunidad de casas de familias ricas al borde del río Hudson, a treinta millas al norte de Nueva York. Son siete relatos de largo aliento que suman ciento cincuenta páginas deslumbrantes. En ellos tiene papel protagónico un personaje excéntrico, Charles Runyon, escritor, crítico de teatro y profesor de literatura venido a menos pero que mantiene cautiva a Leona Harkey con sus buenas maneras. Los sueños truncados de personas presas de su propia debilidad de carácter o malos juicios están presentes, lo que en “El bromista” la narradora llama “almas perdidas”. Brenann era proclive a darle voz en sus historias a la gente común. Las voces de distintas mucamas —en contraste con las de las familias pudientes— es uno de los puntos conectores entre los relatos, enfatizados en “La vista desde la cocina” y “El baile de las sirvientas”.

La segunda parte comprende cinco relatos en los que la autora —que siempre escribió desde Nueva York— emplea el recurso de la memoria y la imaginación para recrear situaciones de su vida pasada en Irlanda. En esta sección se encuentra el cuento que da título al libro: “El jardín de rosas”. Como en los relatos de McCullers, algunos de los personajes de Brennan tienen defectos físicos, como Mary que, en este cuento, según la narradora, es coja, fea y mantiene una relación bizarra con su esposo Dom, un tipo con manías y que “siempre estaba tocándose el cráneo, buscando fisuras”. Entre la desesperación y la esperanza, las rosas simbolizan lo que Mary hubiera querido ser: hermosa, resplandeciente, sin complejos, sin defectos físicos. En “Los bohemios” el sentido del fracaso y la percepción propia errada de talentos y habilidades sobrevalorados ilustra cómo una familia de artistas malgasta su vida al no aceptar su propia mediocridad (o mala suerte), y es que “El arte es largo y la vida es corta”.

La tercera parte con relatos más breves se centra en Nueva York. La voz narrativa transita de la tercera a la primera persona. Se podría decir que son cuentos con alma de crónicas. Las descripciones de lugares y personajes de Nueva York son excepcionales. Sin duda se emparentan con sus notas de La Dama Prolija al retratar a los neoyorquinos con sus neurosis y su soledad: “Nueva York es la más temeraria, ambiciosa, confusa, cómica, triste, fría y humana de todas las ciudades”.

La cuarta y última parte se desarrolla en East Hampton, donde la autora pasó temporadas. La protagonista de estos cuentos, al regresar a la tercera persona narrativa, es una perra negra labradora llamada Bluebelle. Bluebelle salta de un relato al otro creando intertextualidad entre ellos (en algunos pasajes se cuenta desde el hipotético mundo interior de la mascota). Hay una cabaña, una mansión con siete niños, una mujer solitaria con gatos, los cuentos desbordan hacia la fábula y lo fantástico y refleja, de cierta manera, su declive personal, que se trasluce en títulos como “Cuando no están, los niños son muy callados” o “Dentro y fuera del País del Nunca Jamás”.

En “El terror sagrado”, su primer relato publicado —como ya se dijo—, el personaje principal es una tal Mary Ramsay, una señora caprichosa y malhumorada con una artritis que la atormentaba. Desde las diez de la mañana hasta la diez de la noche se sentaba entre los espejos y los lavatorios del baño de damas del Hotel Dublín. Era la única empleada que tenía un pequeño cuarto en el que le permitían vivir (eventualmente, tras veinte años en su puesto y un total de treinta y siete años de servir al hotel, la echan y se convierte en indigente). Brennan, tras un matrimonio fracasado con Clair McKelway (editor gerente de The New Yorker), sin dinero (gastaba mucho), sin casa, sumida en el alcoholismo —a pesar de tener épocas en las que resurgía— al acentuarse su declive mental decide instalarse en el baño de The New Yorker con el consentimiento de sus editores. Sus colegas(grandes escritores como Joseph Mitchell o Lillian Ross —que contaban con despachos en la revista—) se compadecían de quien había sido tan buena escritora. Así que pasaba gran parte de su día en un baño, como la Mary Ramsay del relato de Dublín. A veces resulta inquietante cómo la ficción, de cierta y muchas maneras, puede convertirse en realidad.

Al abandonar el baño de The New Yorker, Brennan se echa a las calles de la ciudad. Estaba medicada pero el deterioro continuaba: si se sentía bien dejaba de tomar las pastillas y sufría recaídas. En una oportunidad la policía reportó haberla encontrado en el parque enfrente de City Hall dándole de comer a las palomas y regalando billetes de un dólar a los transeúntes. Algunos colegas la veían en la calle, en distintos sitios, a veces junto a los vagabundos cerca del Rockefeller Center. De allí, deambula por las calles varios años, signada por la enfermedad mental y la bebida. Murió en un hogar de ancianos en el distrito de Queens. Se había cumplido —en sus dos vertientes— la sentencia de E.B. White sobre Nueva York.

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