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Durante mis treinta años de docencia universitaria en pocos asuntos insistí tanto -aparte de confirmar que Hamlet era un serial killer, y Ezra Pound el más grande vate del XX-, como en que el “Canto Cuarto” de Eneida era el más grande poema de amor de la literatura occidental. Sobre esto he escrito en forma reiterada, y acaso imperdonable, en estos cuadernos. Y vuelvo al asunto después de escuchar “When I Am Laid On Earth” en la interpretación de Gaelle Arquez. El director de escena, Julien Lubeck, ha utilizado con habilidad envidiable el tenebrismo de Caravaggio, con sus marcados contrastes de luces y sombras, para acompañar el dramatismo de la partitura y la ajustada actuación de los protagonistas. El vestuario, que parece diseñado por el Veronese, le concede a la pieza toda la majestad del original. Al fin y al cabo, Dido es la Reina Africana, no una pequeño- burguesa, como la conocida esposa del doctor Bovary. También les comentaba a mis estudiantes la calidad del libreto, obra de Nahum Tate, el mismo autor de dos infames “versiones” de Shakespeare: Antonio y Cleopatra, y Lear. No todo era culpa suya, sin embargo. La época exigía un Shakespeare decoroso, neoclásico y Tate se los proporcionó. Los mejores ingenios de su tiempo lo celebraron. Y no es difícil entenderlos. Su dominio del inglés era envidiable y compensaba su fallida inspiración. El libreto de Dido y Eneas no es ayuno de méritos. Su insistencia en el papel del coro revela su frecuentación de los clásicos. Si los libretistas que lo siguieron hubiesen respetado el coro de la misma manera, la historia de la ópera occidental habría sido más ilustre, sin tener que esperar por Verdi y Wagner para que la función del coro fuera recuperada. El libreto de Tate, entre otras virtudes, tiene el siempre digno de agradecimiento de ser breve. Lo que fue aprovechado por Henry Purcell para escribir una música de sostenida belleza hasta el final, cuando muere Dido, en lo que seguramente es la más triste aria jamás escrita. Al final suicida de la desengañada princesa, el compositor británico dedicó una de las arias más conmovedoras del amplio repertorio barroco. Las palabras de Tate son de una brevedad borgiana, si Borges hubiese tenido un oído tan privilegiado como el de Tate. La versión canónica del llamado “Lamento de Dido”, es, por supuesto, la de Dame Janet Baker, en un montaje londinense de 1951. Después de Baker no son contadas las buenas interpretaciones, pero ninguna actuación, canto y escena, a fe mía, supera la de Arquez bajo la dirección de Stefan Plewniak y la Orquesta del Chateau de Versailles de 2025. La tristeza aquí es casi insoportable. No son pocos los que han sentido la influencia de Bill Viola, en obras como Emergence, en el montaje versallesco.
En una época, que parece lejana, dedicaba una sección de estos diarios a comentar el avance de la ruina venezolana ya convertida en tragedia. Me propongo seriamente, como proyecto que nunca llevaré a cabo, recoger todas esas crónicas para leerlas en el nuevo y humillante contexto post-revolucionario al cual nos condujo la revolución bolivariana. No es improbable que en alguna ocasión también me lamentara yo de la injerencia de iraníes y cubanos (la aguerrida Guardia Presidencial) en la administración de los asuntos internos. Se hablaba de soberanía vulnerada, comprometida, disminuida. El tres de enero de este año la situación cambiaría radicalmente. Venezuela había pasado, en una madrugada de drones y helicópteros, de ser un país de soberanía comprometida a la impensada (al menos para mí) condición de ser un país sin soberanía alguna. Nos ha correspondido la lamentable condición de ser la primera neo-colonia de los proyectos imperiales del presidente de los Estados Unidos. Por razones geo-políticas y económicas, Venezuela fue el oscuro objeto de los sueños imperiales, primero de Alemania y luego, producto del delirio tropical, de una revolución caribeña. A la tercera va la vencida. Mientras escuchaba a Alessandro, mi nieto, defendiendo su tesis de pre-bachillerato, sentí en un momento asomar una lágrima a mis ojos que no vieron lo que tenían que ver. El asunto de la tesis de Alessandro (nacido en Milán de padre italiano) era Simón Bolívar en su contexto. Insistía, una y otra vez, que la razón de la gesta bolivariana había sido la de liberar a Venezuela y otros países de la dominación del imperio español. Repitió la palabra libertad en cada una de las secciones de su “tesina”. Para terminar, interpretó al piano un hermoso fragmento de Teresa Carreño, descendiente directa del Libertador. Confieso que pocas veces me he sentido tan avergonzado. ¿Cómo fue que nos dejamos arrebatar la soberanía que el gran compatriota nos dejó como herencia? ¿Cómo hemos podido soportar tanta humillación desde el inicio mismo de estos tiempos post-revolucionarios? Hemos aceptado nuestra condición de neo-colonia con una resignación indigna de los padres fundadores, Miranda, Bello, Rodríguez, Sanz, Vargas y, sobre todos, el Simón Bolívar de Alessandro.

Adelphi es una de las editoriales más prestigiosas de Europa, con Gallimard o Faber Suhrkamp. Desde su fundación, el difundido Roberto Calasso fue su director literario. De Adelphi fue la responsabilidad de publicar por primera vez, aparte del alemán, la edición autorizada de las obras completas de Nietszche. El responsable de la edición fue el legendario Giorgio Colli uno de los autores de la editorial. El catálogo es admirable: Daumal, Bachmann, Roth, Márai, Bernhard, Milosz, Borges, Walser, Campo, Svetaeva, Santillana, Cacciari, Gada. Durante un tiempo, de 1963 a 2013 Adelphi publicó, asimismo una revista, Adelphiana con inéditos del catálogo. Ese mismo 2013 apareció una copiosa antología de 700 páginas preparada por el equipo de Calasso. Allí, al azar, he dado con un viejo poema de Czeslaw Milosz, A mi daimónion, cuya segunda sección aparece traducida al italiano. El original forma parte de Facing the River, publicado en 1995, y desde entonces una de mis colecciones preferidas del autor. Esta mi traducción de la parte segunda de “A mí daimónion”:
III
Mi daimonión, es verdad que no podía vivir de otra manera,
hubiese muerto de no haber sido por ti. Tus conjuros
resonarían en mi oído, me llenarían, y no haría
más que repetirlos en lugar de pensar en mi mal
carácter, en la decadencia del planeta o en
el recibo perdido de la lavandería,
parece que mientras otros amaban,
se esforzaban, odiaban, se desesperaban,
yo sólo me he ocupado en escuchar intensamente
tus confusas notas y convertirlas en palabras.
Tuve que aceptar mi suerte, mi karma, como lo llaman hoy,
porque era como era, aunque no fue mi escogencia,
y me levanté todos a los días a honrar el trabajo,
aunque no hay ninguna culpa en esto y ningún mérito.

Ya son varias las semanas que he dedicado a leer y releer a Warburg, y sobre Warburg. Desde La curación infinita, la inquietante y reveladora relación de su psiquiatra, el conocido Ludwig Biswanger, quien lo trató durante varios años en la legendaria clínica Bellevue en Kreutzlingen (Suiza), hasta la magnífica edición italiana de las incursiones del historiador de arte en la astrología. Cuando se lee a Warburg, se tiene la impresión de estar leyendo no a un autor, sino a una biblioteca. No deja de inquietar su familiaridad, no sólo con el gran Abu-M’ashar, sino con autores que descubren la ignorancia de muchos, moi-y-compris: Pietro d’Abano, autor de Conciliator, el difundido tratado sobre magia médica publicado en Venecia en 1565. O Pellegrino Prisciani, a quien no recuerdo que Borges haya citado, a pesar de haber sido el bibliotecario de los Este. No menos notable es otro favorito de Warburg, el gran Pietrobuono Avogaro, médico personal de Lorenzo Il Magnifico. Y así por el estilo. En Astrologica, una selección de ensayos y apuntes ejemplarmente editada por Maurizio Ghelardi, con su estupendo prólogo, para la editorial Einaudi, encuentro este comentario de Warburg sobre la melancolía. Su insistencia en destacar la asociación de la enfermedad con la influencia planetaria está en el origen de los estudios imprescindibles de Rudolf Wittkower (Born Under Saturn) y, sobre todo el formidable, Saturno y la melancolía de los warburgianos consumados, Kablansky, Panofsky y Saxl, el estudioso escogido por el maestro para que lo sucediera en la dirección de la mítica Biblioteca Warburg (Hamburgo-Londres). Esta es la definición que del melancólico se sirve Warburg, tomada del astrólogo checo Cyprianus Leovitius en su Calculus ephimeridum de 1557:
El melancólico tiene la misma naturaleza de la tierra, fría y seca. Es como la tierra y el otoño. Y es el temperamento menos noble. Es avaro por naturaleza, ávido y triste. Es de corazón grave, serio, indolente, infiel, inestable, falso. Es miedoso y de mala digestión. Es codicioso, y detesta las cosas claras. Es tardo y de carne dura, bebe mucho y come poco. No le gusta que le den órdenes. Es obstinado y sólo le gusta lo que él hace. Pero lo que entiende lo asimila, hace muchos proyectos, pero a menudo no los lleva a cabo. Se enoja poco y es capaz de soportar mucho. Pero cuando es presa de la ira es peligroso. Cuando se alegra nadie sabe porqué y lo hace sin gracia. Cuando los demás están alegres él se muestra oscuro. Es de color plomo, por eso es flaco y seco tanto o más que los coléricos. Es muy envidioso. Le caen bien los alimentos calientes y líquidos, pero evita lo frío y seco.
A Warburg no se le escapa que esta acumulación de vicios y mañas estuvo condicionada por la condena de la iglesia a los melancólicos. A los que consideraba tomados por una acidia pecaminosa, a pesar, o por lo mismo, de que Petrarca se declaró como una de sus víctimas. No obstante, más revelador es Warburg cuando nos recuerda el empeño de Marsilio Ficino en cambiar esta consideración. Dos son los medios que propone el médico, astrónomo y filósofo toscano en su influyente De triplici vita. El primero es la concentración mental, relajarse poniendo toda la atención en un solo objeto. El segundo, más hermético, consistiría en oponerse, a través de imágenes mágicas, a la influencia astrológica de Júpiter, y conminar al hipocondríaco (melancólico) a dejar el quietismo sedentario y ponerse en movimiento. Lo cual no deja de ser una sensata recomendación. La idea central, sin embargo, aunque no lo menciona esta vez Warburg, tiene una connotación alquímica. Se trata de convertir el humor negro en el humor blanco de la salud mental. Un irrefutable apoyo en su proyecto de ennoblecer la melancolía lo va a encontrar Ficino en Aristóteles. En efecto, en uno de sus Problemata, el pensador griego se preguntaba: “Porqué todos los hombres de genio han sido melancólicos”?
Después de la africana tragedia de Dido, me paseo por la Bretaña imaginada del Rey Arturo, a la cual Purcell dedicó otra de sus óperas. Más bien semi-óperas, habida cuenta que muchos protagonistas no pasan de hablar entre ellos. Pocos son los que cantan, uno de ellos el propio Arturo. Sin embargo, a otros personajes menores concede algunas arias memorables. Como “The Cold Genius Song”, de lo más estremecido escrito por el compositor británico, y que hoy disfruto con el mismo asombro que la primera vez, cuando me la descubriera la poeta venezolana María Fernanda Palacios. El renovado privilegio se lo debo a Gerhard Lesne, cuya grabación en video del aria es epifánica. Y no podría ser de otra manera. Fundador de Il Seminario Musicale ha sido uno de los responsables, desde hace por lo menos cuarenta años, de la actual reconsideración de la música lírica barroca. Esta es la hermosa letra de la canción cuyo autor es John Dryden, uno de los mejores ingenios de la lengua inglesa:
The cold genius song
What power art thou, who from below
Hast made me rise unwillingly and slow
From beds of everlasting snow?
See’st thou not how stiff and wondrous old
Far unfit to bear the bitter cold,
I can scarcely move or draw my breath?
Let me, let me freeze again to death
Una de esas jornadas adversas que insisten en recordarle al exiliado que vive en una casa ajena, hablando una lengua “prestada”. Días como el de hoy son infrecuentes, pero uno, una hora, es suficiente para recordar lo ingrata que puede ser la condición el destierro. En mi caso, compensada con creces con la compañía de Alessandro y su madre, la gran Constanza.
Este es el texto utilizado por Henry Purcell para componer la más triste de las arias. Su autor, ya lo dije, es Nahum Tate, y su prosodia es tan respetuosa de los preceptos clásicos como la de John Dryden:
Thy hand Belinda, darkness shades me
On thy bosom let me rest
More I would, but Death invades me;
Death is now a welcome guest
When I am laid on earth. may my wrongs create
No trouble in thy breast;
Remember me, but ah! Forget my fate.
“Belinda, tu mano, las sombras me rodean,
déjame descansar en tu seno,
y ojalá fuese por más tiempo
pero me invade la muerte
como un bienvenido huésped.
Cuando yazga en la tierra,
ah, olvídate de mi suerte,
recuérdame, y que mis errores
no sean causa de dolor en tu pecho”.
Belinda era la hermana de Dido, al tanto del profundo desengaño que le produjo el abandono de Eneas, el piadoso héroe convertido en amante infame. Ni Benedetto Croce ni yo le perdonamos su bellaquería.
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