Diarios

Diario literario 2026 (octubre #5)

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Jean-Gabriel Charvet: fragmento de Les Sauvages de la mer Pacifique (1804–1805)

Milán, jueves 22 de octubre de 2026

‍Anales del neo-colonialismo. Soledad neo-colonial

A la indigna condición de neo-colonizada que vive la Venezuela de estos días, se suma una experiencia inédita que doy en llamar “soledad neo-colonial”. Un amargo sentimiento que emana de la conciencia de ser la única neo-colonia del mundo occidental. Las promesas de nuevas neo-colonias en el lejano Mar del Norte o en el más cercano Mar Caribe no han sido honradas. Lo que se pensó, desde Washington, como un nuevo Imperio, de vastedad impensada, se ha visto reducido a la muy lamentable condición de imperio mono-colonial. Esto nos ha llevado a esta desconcertante soledad neo-colonial, amarga como todas las soledades. Compatriotas tengo que quisieran superar este impasse con la integración a la Unión como su estado cincuenta y uno. Ya no estaríamos tan solos, dicen. Olvidan que para evitar eso fue que Miranda, Rodríguez, Bolívar entregaron sus preciosas existencias. Recuerdo a Santa Teresa en estos días de su onomástico, las oraciones escuchadas a menudo son peores que las que pasan sin ser oídas. La soledad neo-colonial, con todo lo ingrata, es superable; perder la independencia, no.‍

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Los bosques de Rameau

El maestro Daniel Labarca me rescata de mis melancolías neo-coloniales con una preciosa grabación audiovisual que, después de escucharla, el programador de BBC3 se sumó a nuestra experiencia transmitiéndola, inmediatamente, desde los estudios londinenses de la emisora. Se trata del número más conocido del ballet “heroico” Les Indes galantes, un pasticho del imaginario colonial de la Francia de mediados del siglo XVIII. El fragmento terapéutico que he podido disfrutar, en esta preciosa mañana del otoño milanés, estuvo a cargo de la impecable orquesta y los afinados coros de Les Arts Florissants. Se trata, en la partitura, del dueto entre una joven indo-americana y su pareja de la misma extracción. Siguiendo de cerca a Rousseau, su contemporáneo y no siempre persona de su afecto, Rameau canta las ensoñaciones  pastorales de la pareja, que ha encontrado su Arcadia en los tranquilos bosques de una Norteamérica desconocida por el compositor. Una aspiración arquetipal, la de Arcadia, que tiene como escenario la imaginaria realidad de un paisaje donde la felicidad es posible, olvidando, sin embargo que In Arcadia ego. Los solistas interpretan, con la gracia debida y propia del autor, esta música liviana y optimista, clara como la mañana despejada de este día de otoño.

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Milan, viernes 23 de octubre de 2026‍

Damascio el último filósofo

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‍Antes de terminar el descenso de la Acrópolis, Damascio se detuvo a orar en el templo de Asclepio. O mejor dicho, en las ruinas, en lo que quedaba del lugar de culto del dios médico, hijo de Apolo. Fue lo que dejó la ristra de monjes encapuchados que, al amparo de la noche, desató su odio sobre el locus sagrado. Lo hacían en nombre de un Dios que no toleraba la existencia de otros inmortales. Nada de Olimpo con su variedad de dioses y semidioses. En el Olimpo cristiano sólo había espacio para lo que llamaban el Señor. Se trataba, el cristianismo, de una religión importada, de un injerto que nada tenía que ver con las lejanas raíces de politeísmo europeo. De algo parecido se tenían noticias en Egipto, donde, durante unos cuantos años un faraón había decidido que él era el único dios, el monoteísmo efímero protagonizado por Akenatón. Pero eso había ocurrido en Egipto, en pleno desierto, lejos de los bosques y dehesas que habían dado nacimiento a tantos e ilustres dioses. Damascio,  viejo discípulo de Isidoro de Alejandría, pensaba: ¿cómo harán los médicos ahora que Asclepio ha sido desterrado? ¿Y los amantes, sin Venus y Adonis? ¿Y los músicos, sin Apolo? El último filósofo de Grecia, y sus seis discípulos, terminaron el descenso, dejando atrás la imponente vista de Atenas en lo más alto, y se dirigieron hacia el este desconocido, más allá de la Alejandría de su juventud, hacia la provincia de Siria, en los confines del Imperio. El rey de los sirios, Khosrow, era filósofo y les ofrecía protección. Desde que la gloriosa Academia fuera cerrada por Justiniano en 1529, Atenas, como el imperio todo, había dejado de ser un lugar seguro para los filósofos. Eran perseguidos, encarcelados y no pocas veces ejecutados. El cristianismo era de todo menos tolerante. Uno de los atributos de un monoteísmo producto de la insolación de algunos pastores analfabetas. Con la huida de Damascio, comenzaba el exilio del último filósofo, el final de la tradición fundada por Platón hacía mil años. Además, le molestaba a Damascio, la opinión de algunos pensadores del nuevo culto que, en su ignorancia, pretendían encontrar afinidades entre sus enseñanzas y los seguidores de la llamada Santa Cruz. Damascio no era joven, pero a sus setenta conservaba parte de la vitalidad que lo distinguía del resto de sus colegas. Eran seis los alumnos que seguían al maestro. Todo lo que quedaba de la más ilustre tradición filosófica de Occidente. Una continuidad que había sido fundada por el mismo Platón un milenio antes, cuando Atenas era la luz del mundo. Una última mirada hacia lo alto, hacia el magnífico templo que había albergado la imagen ahora despedazada de la divinal Atenas. Con su destrucción, moría la filosofía griega, quedaba sepultada la libertad de pensar y discutir. En verdad, aunque le molestara, el gran pagano, el heredero autorizado del neo-platonismo, había prefigurado el misticismo cristiano con sus proposiciones sobre lo Uno y lo Inefable. De acuerdo con las ideas de Damascio, el hombre enfrenta la imposibilidad de comunicación con lo Uno, el Principio Original. La especulación filosófica no puede entenderlo. No obstante, el alma puede participar de él de manera directa, sin intermediarios, de “misteriosa manera”. De aquí a la noche oscura de san Juan no hay mucha distancia. El interés por Damascio lo debo a la lectura extraviada de un trabajo de Androniki Kalogiratou (“Damascius and the Practice of Philosophical Life”), pero sobre todo al sentido recuento de Catherine Nixey, en su The Darkening Age:‍

Fueron muchos los romanos y griegos que no sonrieron cuando vieron revocada la
libertad religiosa (bajo Justiniano), cuando sus libros fueron quemados, cuando
sus templos fueron destruidos y sus estatuas despedazadas por criminales armados
con martillos. Este libro cuenta su historia; es un libro que llora sin vergüenza la
más grande destrucción de arte que haya conocido la historia. Es un libro sobre
la tragedia que se esconde detrás del “triunfo del cristianismo”.
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Y sobre Damascio y los suyos, cuando se vieron obligados al exilio:‍

Es imposible imaginarse lo doloroso que debe haber sido para aquellos filósofos
atravesar las calles de Atenas por última vez. Estaban recorriendo las mismas calles
y las mismas plazas donde sus héroes –Sócrates, Platón, Aristóteles- habían
paseado, trabajado y discutido. Caminando por las mismas vías, los filósofos habrían
confirmado el temor de que esos tiempos habían pasado. Los templos de Atenas
se caían a pedazos y muchas de las espléndidas estatuas, que en un tiempo adornaron
esas calles, habían sido removidos o destruidos. Incluso la Acrópolis no había escapado:
la gran estatua de Atenas había sido demolida.
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Milán, sabado 24 de octubre de 2026

‍La queja de Venancio

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Mientas Damascio, el último escolarca, preparaba sus amados pergaminos con las obras de Platón para el largo e inseguro viaje a Siria, nacía cerca de Treviso, en lo que hoy es el Veneto, Venancio Fortunato, el formidable poeta que cantó a los reyes y personajes de la corte merovingia con singular fortuna. El único vate en la historia de Occidente que pudo burlar los peligros de la corte y morir en santa paz. Cantó a todos los reyes y príncipes merovingios con regular fortuna. Más permanente, para lo que la leen, su poesía litúrgica, fragmentos de la cual todavía son utilizadas en los servicios religiosos. Escribió sin cansarse, y en cuatro gruesos tomos Les Belles Lettres publicó, en forma bilingüe, en 2004, sus poemas completos. No hubo más poetas romanos después de Venancio, que valieran la pena. Nada tenían que cantar. El paganismo había muerto y, más que muerto, destruido hasta hacerlo polvo (el noble mármol fácilmente se convierte en cal, que fue lo que hicieron los albañiles siguiendo las órdenes de obispos y sacerdotes) una civilización entera. En el espeso bosque de sus poesías completas he encontrado esta queja por el mundo perdido de sus queridos clásicos greco-romanos:‍

Pasa la belleza, pasa; Astur yace seco;
Hipólito nos ha dejado, Adonis ha muerto.
¿Dónde están las canciones de los aedas?
El silencio ha callado toda su dulzura.
Orfeo y la voz de su lira han desaparecido.
¿Dónde están Virgilio, Ovidio, Menandro y Homero?
Sus blancos huesos yacen en la tierra húmeda.
De poca ayuda son las canciones de las musas;
De nada sirve prolongar las notas de sus cantos.
Incluso en el momento de la muerte el presente huye.
Los dados son arrebatados de nuestras mano y es el fin del juego.
Nada sino la obra de los justos vive en una flor bendecida.
La dulzura se levanta de la tumba donde yace el bondadoso.
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Milán, domingo 25 de octubre de 2026

‍Albers no es Rothko

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En el arte del siglo XX no es improbable encontrarnos con maestros, desde Matisse a Basquiat, que se negaron a abandonar del todo la referencia exterior. Otros, desde Boccioni a Soto, hicieron de la representación, o presentación, del movimiento el eje de sus búsquedas. Algunos, es el caso de Picasso o Rivera o Sironi o Kiefer, entendieron que la pintura era un medio, tan eficaz como la escritura, para difundir ciertos contenidos políticos o filosóficos. Un número distinguido confió en el color como el vehículo adecuado de sus necesidades expresivas. Entre ellos Josef Albers y Marx Rothko. Separados por una generación, a estas alturas del siglo XXI ya son absolutamente contemporáneos ambos artistas. No obstante, Albers nació en Westfalía en el centro de Prusia, y Rothko en uno de los ghetos de Letonia. Estos diversos orígenes estarán en la raíz de las diferencias entre el cromatismo de Albers y el de Rothko. El artista alemán era el prototipo del hombre Bauhaus, con su formación paterna como artesano, su sensibilidad plástica y su genio teórico. El letón fue un héroe típico de la vanguardia, rebelde, cuestionador, marginal, de exacerbada sensibilidad y vida maldita (alcohólico, depresivo, suicida). Para Rothko, el color era el instrumento de una estética de la confesionalidad. Su pintura abstracta es un diario íntimo en colores. En sus planos de color él es el protagonista. En las “Meditaciones” (es el nombre de la gran muestra en los exquisitos espacios de la Fondación Panza, en Varese) de Albers el protagonista es el color. Un protagonismo cuyo alcance no es obvio. Los colores no son inocentes. Su clásico tratado Interaction of Color (Yale, 1963. Traducción castellana Alianza Forma), aclara muchas de sus implicaciones. Las meditaciones de Albers, su “Homenaje al cuadrado”, son la visión más apolínea que conozco del fenómeno cromático. Rothko es lo contrario. Su cromatismo es la más inquietante expresión de lo dionisíaco de nuestro tiempo.

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