Diarios

Diario literario 2026 (octubre #4)

1926 Caligari & Fausto; fascinación de Mitra; el Ricardo de Haendel; filología del XXI: Catherine Nixey; Le beau Serge

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Mitra sacrificando al toro. Anónimo (ca. siglo II d. C.)

Milán, jueves 15 de octubre de 2026

‍1926 Caligari & Fausto

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F.W. Murnau (1888-1931)

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Si, con el nacimiento, durante el mismo 1926, de Ingeborg Bachmann y Hans Werner Henze, la cultura alemana fue privilegiada con una de las mejores voces de su poesía y uno de sus compositores más influyentes, no otra cosa se puede decir del séptimo arte. En efecto, en 1926 se estrenaron dos de las mejores películas de todo el cine mudo: El gabinete del Dr. Caligari, de Robert Wiene, comentada hace poco en este diario; y Fausto, del gran F.W. Murnau, director más conocido por su Nosferatu. A pesar de morir a los tempranos cuarenta y tres, dirigió, ya en Hollywood, notables películas parlantes, como la ignorada e inquietante Tabú, o el clásico Amanecer, primer Oscar de la Academia. Fausto, a sus cien años, tiene momentos insuperados.

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Una de ellas la secuencia inicial, con Mefistófeles, “bigger than life”, en el momento en que se alza hasta el cielo y desata la peste sobre la ciudad de Fausto para obligarlo a una salida desesperada. O la búsqueda frenética, del viejo sabio y alquimista, de una cura para la plaga en su vasta biblioteca. Una escena que Peter Stein, en su Fausto, recuerda cuando Bruno Ganz repite estos afanes entre sus inútiles volúmenes. O el momento cuando la madre encuentra a Margarita con Fausto rejuvenecido y con el alma de la chica empeñada en la cama. Seguida de la aparición del hermano de la joven, quien terminará atravesado por la espada artera de Mefisto para caer, como el padre de doña Ana en Don Giovanni. Cuatro años antes, Murnau había realizado su Nosferatu, sobre la cual escribí unos comentarios en esa oportunidad, una de las glorias del cine mudo y modelo de todos los Drácula que se han realizado desde entonces. La producción de Fausto, sin embargo, fue una de las más ambiciosas de su tiempo. Gösta Ekman hace del sabio y el legendario Emil Jennings se encarga de un burlón y detestable Mefistófeles. Para el libreto, el director se sirvió de la leyenda folklórica original, así como de las versiones posteriores de Marlowe y Goethe. Murnau, acentúa el tono trágico de la historia, deteniéndose en el episodio final de Gretchen (Margarita), abandonada por Fausto y acusada de asesinar a su hijo recién nacido, muerto, en realidad, a la intemperie bajo la nieve, en su brazos. Una de las secuencias más trágicas de la historia del cine. Las llamas de la gigantesca hoguera consumieron la humanidad de la infausta heroína. Fausto es una historia para todos los tiempos. El nuestro no es una excepción.

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Milán, viernes 16 de octubre de 2026‍

Fascinación de Mitra

‍Siempre he sentido una oscura fascinación por Mitra. Debe haber sido en uno de los libros de Mircea Eliade, mientras estudiaba en la universidad, donde me enteré de la existencia de este Dios, caído en desgracia después de perder la batalla ante el Dios de los cristianos. Fue un enfrentamiento con altibajos. que se dilató durante siglos. Para algunos estudiosos, una de las razones de la victoria fue la tolerancia del cristianismo a la hora de aceptar mujeres en el culto, mientras que Mitra se rodeaba exclusivamente de personas del sexo masculino. Los avances del mitraísmo fueron considerables entre los integrantes de las legiones romanas. No menos formidable la campaña de la iglesia romana para destruir cualquier rastro del culto. La descripción que hiciera Edward Gibbons del mitraísmo, en Decadencia y caída del imperio romano, el más grande libro de historia desde Heródoto, le valió, su inclusión en el índice. En efecto, Mitra fue el más formidable contendor que tuvo Cristo en aquellos años de expansión del catolicismo. Un dios guerrero, de soldados, que tenía también, como el cristianismo, la sangre en el centro de su rito. En su caso, la sangre de un toro. Curiosamente, a diferencia de su rival nazareno, el vino, hasta dónde se sabe, que es muy poco, estaba excluido de las ceremonias mitráicas. Se trataba de un culto mistérico, es lo que se sabe, que obligaba a sus seguidores a mantener absoluta reserva sobre la experiencia. El toro era el animal favorito, y su sangre derramada elemento esencial en las ceremonias. En su reciente, Heresy. Jesus Christ and the Other Sons of God (2024), Catherine Nixey presenta un resumen del estado de cosas sobre el mitraísmo a comienzos del XXI:‍

Una cosa era cierta: el mitraísmo provocaba la furia de los autores cristianos. No es difícil entender por qué. Se trataba de dos realidades religiosas demasiado parecidas… Todas las informaciones se perdieron durante los siglos de dominación cristiana y de inexorable eliminación de todo lo que no estuviera de acuerdo con la religión admitida… Tratar de entender (el mitraísmo) con algunos restos arqueológicos y un puñado de fragmentos… es imposible.‍

Tal vez esta falta de información es lo que hace para mí fascinante un culto como el mitraísmo. Una religión que a punto estuvo de borrar la fe cristiana de la faz de la tierra. Que haya ocurrido lo contario es lo único seguro.

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Milán, sábado 17 de octubre de 2026

‍El Ricardo de Haendel

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‍Una buena amiga me llama la atención sobre una ópera de Haendel para mí desconocida, como tantas otras. Salía mi amiga de la presentación, solamente vocal, de la obra con distinguidos solistas y la impecable orquesta francesa, especializada en música barroca, Les Arts Florissants. Se trata de Ricardo primo, una de las óperas “serias”, del compositor alemán residenciado en Londres. Estrenada, con gran suceso, en 1726, y escrita para el legendario trío de Francesca Cuzzoni (Harmonia mundi recogió, en 2 CD, las Arias per Cuzzoni, todos los fragmentos que dedicó el maestro alemán), Faustina Bordoni y el famoso “castrato” Senesino. No son óperas como las de Verdi, Wagner o Puccini. Son espectáculos líricos, escritos para destacar las voces de los solistas.  En el caso de Haendel escogidos y traídos directamente de Italia donde eran ya célebres. El Ricardo primo de Haendel, no es otro que Ricardo Corazón de León, hijo de Eleonor de Aquitania con Enrique II de Inglaterra. El ajustado libreto de Paolo Antonio Rollii, como todo libreto de ópera, es una deformación de los hechos históricos. En este caso, la acontecida boda del legendario monarca con la princesa Berenguela de Navarra que, efectivamente, se realizó en Chipre en 1191. El reparto incluía el castrato que hacía de Ricardo, las dos sopranos para los roles de Constanza y su amiga Pulcheria. En grabaciones recientes, el formidable contra tenor argentino Franco Fagioli nos ha ofrecido su estremecida versión de Ricardo. La música de Haendel es de una sostenida belleza. Son casi tres horas de una belleza musical sostenida, sin altibajos, como un cielo estrellado y musical. Le debo a mi amiga, también fan de Haendel, el descubrimiento de este Ricardo primo insospechado.

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Milán, lunes 19 de octubre de 2026

‍Catherine Nixey

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A los diez años de su publicación por Macmillan, The Darkening Age. The Destruction of the Classical World (EdiorialTaurus en castellano) de la británica Catherine Nixey, mantiene intacto su atractivo. El arquetipo del erudito, que tiene en el Casaubon de George Eliot su mejor ilustración, no le habla generalmente al alma sino a la materia gris de nuestro cerebro. Samuel Johnson o John Dryden no conmovieron, ni conmueven a nadie con su sabiduría. Excepciones, no obstante, siempre ha habido En nuestro tiempo, Octavio Paz, en los mejores momentos de su Sor Juana, escribe con una apasionada erudición, cosa que no hace, porque no podía, Borges. Aunque tan brillante como refutable, George Steiner, sin abandonar la elegancia que es su mejor atributo, se apasiona cuando habla de Paul Celan o Ezra Pound. No obstante, no es obvia una escritura apasionada cuando se trata de asuntos tan serios como las repercusiones epistemológicas de los fragmentos de Empédocles, como hizo con indeclinable lucidez Jean Bollack. La lectura de especialistas como Jane Harrison y sus compañeros de Cambridge es excitante, pero nunca apasionante. Nietzsche lo fue hablando de los orígenes de la tragedia; no así, lejos de, su brillante colega Wilamowitz-Moellendorf. Catherine Nixey hace uso reiterado de la permisología de la escritura post-moderna para escribir su libro. En las primeras páginas, un recurso nada obvio entre los filólogos estudiosos de la antigüedad clásica, adopta un tono confesional para hablarnos de sus padres. De Jane Harrison, de Cambridge, como Nixey, ni siquiera supimos si tenía padres. Los de Nixey eran una exmonja y un exsacerdote que, nos enteramos por la hija, asistían a la misa todos los domingos “Y rezábamos en la mesa antes de irnos a dormir. Todas las Navidades ayudaba a mi madre a instalar con la cuna donde se iba a poner el Niño Jesús al lado del asno y el buey. Todas las Pascuas renunciaba al chocolate. Llena de devociones, en cada vigilia de la fiesta cristiana de Todos los Santos me escandalizaba a ver a los otros muchachos disfrazados para Halloween, una moda de importación norteamericana”. Más adelante: “Recuerdo todavía el momento en que leí por primera vez a Celsio. Era una gris tarde de otoño y me encontraba en la British Library. Los lectores a mi lado comenzaron a encender las luces de sus mesas”. Y así nos habla del proyecto original. La idea era la de escribir un diario de viaje a medida que avanzaba por una ruta que incluía visitas a los grandes centros del imperio romano, en Europa, el norte de África y el Medio Oriente. Proyecto frustrado por la inestabilidad política de los países interesados. Lo que no cambió, y es lo verdaderamente apasionante, es el asunto del libro. Cuál es el de recordar, revelar, insistir en el papel del cristianismo del mundo clásico. Como Wolfram Heilenberger, el primer filósofo-periodista del mundo occidental, la profe, Nixey ejerce con admirable compromiso el rol de primera filológa-periodista de la tradición.

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Milán, martes 20 de octubre de 2026

‍Le beau Serge

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Setenta años después de su estreno, Le beau Serge sigue manteniendo el interés doble que se le reconoció en su época. El primero, es que sigue siendo una notable cinta, una muestra elocuente de lo que algún crítico llamó “cine de autor”. Se refería a las producciones en las cuales el director asume otras funciones, especialmente la de escribir el libreto y los diálogos. Que fue efectivamente lo que hizo Claude Chabrol con su Serge, su debut en el oficio, pero que, como reconociera Truffaut en su oportunidad, parece filmada por alguien con probada experiencia. El segundo interés que estimula Le beau Serge es la de ser, oficialmente, la primera producción “Nouvelle vague”, como los teóricos llamaron el movimiento que ocupó el interés en el cine francés durante las décadas cincuenta y sesenta del XX. Jóvenes realizadores como Agnes Varda, François Trufaut, Jacques Demy, Jean-Luc Goddard o el mismo Chabrol, propusieron un cine más realista, más sincero e inmediato. La técnica la aprendieron, por una parte, de los maestros del neo-realismo italiano: filmar en los escenarios, con artistas poco conocidos o no profesionales, asuntos tomados de la vida cotidiana. Se vieron favorecidos por la moderna producción de cámaras y equipos más livianos que permitía grabar “cámara en mano”. Le beau Serge es un compendio de estas técnicas y asuntos. En su integridad es grabada, con luz natural, en exteriores, conocidos de memoria por el director, cuya madre era originaria del pueblo donde se realiza la acción y que él visitara con frecuencia. La historia es una que se repetía por Europa durante la post-guerra. La desigualdad de oportunidades que, para los necesitados, se reducían a cero. Lo que los sociólogos llaman ahora “Bloqueo de perspectiva”, Es el caso del bello Sergio, el más brillante de su liceo, cómo sus aspiraciones a ser arquitecto iban naufragando en el vino malo y peor aguardiante, que consumió hasta embrutecer. La asimetría se cumple con el caso de su gran amigo François, no tan brillante tal vez, pero con inteligencia y medios suficientes para ser admitido en la École Normale Superieur, en París. Desde sus comienzos, Chabrol se muestra como un gran contador de cuentos en imágenes cinematográficas. Nada casual que haya sido el autor del libreto. La historia que cuenta se desarrolla lejos del mundanal ruido, en un pueblo perdido del Massif central, rico en bosques y soledades. La actualidad de El bello Sergio, es más urgente que nunca. No pocos de los adolescentes que han llenado con sus protestas las plazas de las grandes ciudades europeas, son precisamente jóvenes que, sin saberlo, se niegan a ser un nuevos “Serges”, con sus sueños rotos, un horizonte cerrado hasta nuevo aviso y una existencia flotando apenas en una botella de vino malo. Los tiempos de Serge, con una Europa que, a duras penas, dejaba atrás la pobreza de la postguerra, han cambiado. Nunca el continente ha sido tan rico, nunca sus bancos ni sus aseguradoras han sido tan poderosas, ni las tecnológicas tan influyentes. Lo que no cambia es la marginalidad a la cual es condenada buena parte de su juventud, la que, sin convicciones ideológicas, pero segura de sus aspiraciones, tiene que acudir a la plaza pública a protestar en voz alta.

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