
Ayer en Venezuela, una fecha como la de hoy, que una vez fuera central en el calendario, porque recordaba una batalla decisiva en nuestra independencia de los españoles, un espantoso terremoto ha estremecido su geografía, provocando pérdidas de trágica gravedad. El sismo más devastador que se ha conocido en los últimos ciento veinte años. No se trata de un país especialmente sísmico, pero cuando se presentan, los terremotos suelen ser desastrosos. Todavía se recuerda, recuerdo, con dolor, el de 1967. La diferencia es que, en aquellos tiempos, los servicios de asistencia sanitaria no eran de la precariedad a la cual la han reducido treinta años de pesadilla revolucionaria. Por fortuna, al menos en sus comienzos, la situación de neo-colonia del país mantiene una política de apertura internacional, lo que nos permitirá aceptar la ayuda de países sin la cual no es obvio recuperarse de la catástrofe.
Giorgio Colli (1917-1979), profesor de largos años en la Universidad de Torino, fue uno de los hombres más sabios de su tiempo. Tanto, que hizo lo posible para que esta circunstancia no fuera demasiado pública. A él, con Mazzino Montinari (italianos, no alemanes), le debemos la edición autorizada de las obras completas de Nietzsche, que incluye nueve volúmenes de fragmentos póstumos. No contento con esta empresa de proporciones épicas, Colli fue uno de los mejores conocedores de lo poco que conocemos de la antigua Grecia. Todos sus libros son de insoslayable lectura, aunque más que todas, la última a la cual dedico sus insomnios: La sapienza griega (en castellano, La sabiduría griega. Trotta, 2013). Tres tomos, 1500 páginas, de textos y comentarios sobre los grandes protagonistas del mito heleno. Por eso, y no sólo, son tan iluminadoras sus opiniones sobre las relaciones entre el autor de El nacimiento de la tragedia y la cultura griega. En la antología Adelphiana 1963-2013, encuentro esta opinión formulada en una entrevista: En un sentido general el trasfondo griego siempre está presente en Nietzsche: la única constante de su pensamiento de principio a fin es justamente el nombre de Dioniso.
Parece inocente esta afirmación de Colli, e innecesaria. Todos sabemos que Nietzsche siempre estuvo interesado en los griegos. Al fin y al cabo, su primer libro fue sobre el origen de la tragedia. No fueron, sin embargo, ni tan inocentes e innecesarias estas intuiciones cuando el pensador alemán comenzó a difundirlas a orillas del emblemático Rin durante sus clases en la Universidad de Basilea. No es hoy, porque ya lo fue en otra ocasión, el momento para recordar los ataques de la crítica convencional, encabezada por el eminente Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff, que amenazaron la permanencia de Nietzsche en su cátedra. Su Grecia no tenía nada de convencional. Insistía en un lado oscuro, dionisíaco, de la cultura helénica impensada, e impensable, para los defensores de la Grecia blanca y racional heredada de Winckelmann, y acaso Goethe. El mismo Colli, en el primer volumen de la Sapienza greca, cuando escribe lo mejor que se ha escrito sobre la naturaleza de Dioniso, insiste en esa irracionalidad, esa indeclinable contradicción de su naturaleza, que es la misma de la condición humana:
Dioniso es el dios de las contradicciones… lo demuestran sus mitos y sus cultos. O mejor, de todo lo que, manifestándose con palabras, se expresa en términos contradictorios. Dioniso es lo imposible, lo absurdo, que se hace verdadero en su presencia. Dioniso es la vida y la muerte, la alegría y el dolor, el éxtasis y el espasmo, la bondad y la crueldad, es cazador y presa, toro y cordero, masculino y femenino, deseo y separación, juego y violencia, pero todo esto en el distanciamiento, en la interioridad de un cazador que se lanza despiadado y de una presa que sangra y muere… Y al final de esta contradicción existe algo incluso más divergente, más irremediable que la que los griegos experimentaron en ellos mismos…: Dioniso es un dios que muere. Al crearlo, el hombre fue arrastrado a expresarse a sí mismo y a algo que incluso está más allá de sí. Dioniso no es un hombre: es un animal y un dios, de esta manera manifiesta los extremos de la oposición que el hombre lleva en sí mismo. Aquí, efectivamente, está el origen oscuro de la sabiduría. La arrogancia del conocer que se manifiesta en esta avidez de disfrutar la vida toda y sus resultados, el extremismo y la simultaneidad que aluden a la totalidad, a la experiencia inefable de la totalidad.
En este breve párrafo Colli expresa la esencia de la sabiduría griega. Es decir, de la sabiduría expresada como totalidad.

La montaña mágica, publicada en 1924 por un Thomas Mann de 49 años, parece un libro inmortal. De los mismos años son algunas de las formidables novelas de Knut Hamsun (Premio Nobel 1920) que ya nadie lee. Incluso un bestseller, como El lobo estepario, de Herman Hesse ya no disfruta de la consideración mítica de otros tiempos. La montaña ha sobrevivido todas las arbitrariedades de la modernidad. Formalmente, parecía una pieza de museo al lado de las aventuras de Joyce y sus acólitos, Döblin, Dos Passos, Faulkner, Woolf. O de las novedades del nouveau roman, cuyos exponentes (Sarraute, Robbe Grillet, Butor et al) sólo pocos nostálgicos todavía recuerdan. Las dificultades del libro de Mann no son formales. Como buen alemán, sus personajes se ocupan de los grandes temas: la insurgencia de lo irracional en la cultura de Occidente, las limitaciones de la razón, el inquietante eterno femenino y, por supuesto, la muerte. La novela es un monumento a las posibilidades de la narrativa. Mann sólo estuvo en uno de esos sanatorios anti-tuberculosos, como el ficticio de su historia, tres semanas, acompañando a Erika, su esposa. En efecto, a Frau Mann se le había diagnosticado, erróneamente, por fortuna, una tisis, como se le conocía igualmente a la dolencia, casi siempre pulmonar, que era una de las primeras causas de muerte en la Europa de principios del XX. Poco era lo que se sabía de la entidad, y los tratamientos eran fundamentalmente empíricos. Unos estudiosos la relacionaban con el clima y recomendaban las alturas alpinas como cura. En realidad, en un clima como el de Davos, en Suiza, donde se sitúa la acción, el bacilo que la produce podía retrasar sus efectos, más nunca eliminarlo. El doctor Koch había descubierto hacia 1880 el agente patógeno, el bacilo que lleva su nombre. No obstante, los tratamientos efectivos se desarrollarían años después, en la segunda década del XX, con el uso de antibióticos como la eritromicina. Cuando Mann, como su personaje, Hans Catrop, va de visita al Waldsanatorium (el Berghof de la ficción), el médico-jefe, Dr. Friedrich Jessen (Hofrat Behrens en La Montaña…) le sugiere un examen de Rayos X, del cual salió positivo a la enfermedad. Sólo la sensatez de su médico de cabecera lo salvó de ser internado: “De acuerdo con el Dr. Behrens todos sus visitantes tienen tuberculosis”. Y le sugirió regresar cuanto antes a la ciudad. De vuelta al trabajo, Mann pensó en una historia corta, no exenta de humor, sobre lo que había visto durante su visita. Lo que terminó siendo La montaña mágica. La traducción del título al castellano (lo mismo en inglés y francés) tal vez sea más atractivo que exacto. Más preciso, y ambiguo, sería La montaña encantada. La de Mann no tiene tanto de mágica, pero sí mucho de encantada, del original Zauber, de allí, Der Zauberberg. A tal punto, que el protagonista, Hans Castorp, que había pensado estar un par de semanas, ve cómo van pasando los días y los meses y cómo su voluntad de volver a su casa va mermando de manera insensible, pero irreversible también. En total, serán siete años. Y cuando, por fin, decida bajar, lo hará para cumplir con la cita impostergable (Mann se exime de reseñarla) que tenía Hans con la muerte en alguna trinchera del Frente Occidental. El proyecto original de la novela sería interrumpido por la Gran Guerra y acabada sólo en 1924. Hace ciento dos años. Al menos en inglés, la inmortalidad de la novela de Mann parece asegurada. Una nueva traducción apareció hace pocos meses, y otra está anunciada para finales de este mismo año. Mi intempestivo comentario de hoy fue estimulado por una estupenda reseña de Adam Kirsch, Senior Editor de The Atlantic, del estudio de Morten Hoy Jensen, The Master of Contradiction. Thomas Mann and the Making of The Magic Moutain. Si no inmortal, La montaña mágica es un libro que siempre quiero volver a leer.

Después de cuarenta y ocho horas de confusión y dolor, vuelvo a estos cuadernos gracias a la asistencia de Haydn y sus Tríos para piano. Escuchándolos a lo largo del par de jornadas, recupero la certeza de que es posible, si nos empeñamos todos, hacer de este el mejor de los mundos posibles, como seguramente lo entendió el gran compositor vienés, protector de Mozart (lo invitó a que se fuera con él a Londres, donde le aseguraba un mejor reconocimiento que el recibido en París; de haber aceptado, Mozart seguiría vivo!) y maestro de Beethoven. Animado por el efecto de esta música curadora sobre mi atribulada alma, di con un viejo y olvidado poema de Robert Graves. Sus lectores recordarán que, en sus estupendas memorias, Adios a todo eso, el poeta y mitógrafo dedica una páginas al amor, aparentemente platónico, que sentía en esos momentos, mientras peleaba ferozmente contra los alemanes, por un jovencito estudiante de Oxford, George Johnstone. Su heroísmo y sus condecoraciones, eran una prueba de su indeclinable pasión. Pero el amor, como bien puede y suele suceder, es ingrato. A su regreso a Oxford, durante un permiso, fue recibido con la más absoluta indiferencia por el bello Dick, como lo llama en sus memorias. De vuelta al frente, sólo el desengaño lo acompañará en las feroces batallas. El muchacho, y en esto me recuerda a Oscar Wilde, era el díscolo heredero de antiguos títulos de nobleza y fortuna. Atributos que lo ayudaron a salir, sin contratiempos, del juicio por homosexualidad formado en su contra en 1917, en base a las revelaciones de un policía que había recibido las indecorosas propuestas del muchacho. Pero “Love is Blindeness”, como dice el tema, y a esta relación Graves dedicó uno de los mejores poemas de su juventud, escrito en Francia, en 1915, cuando el amor por Dick todavía era la marca de sus días. Johnstone le corresponderá obviando del todo el nombre de Robert Graves en Return Ticket, su autobiografía. Esta es una traducción apresurada del poema:
1915
He visto pasar lentamente las estaciones
en los campos de La base y Bethune.
Las prímulas y el primer día cálido de primavera,
la profusión de rojas amapolas en junio,
luego agosto y el amarillento otoño,
después las noches de invierno con el barro
o la nieve hasta las rodillas,
y tú lo eras todo.
Querido, has sido lo que más he extrañado,
en estas trincheras donde el alma muere;
fotos, libros, música, la quietud de un bosque en Inglaterra,
las miradas hermosas de los compañeros,
el estrecho sendero en la rocosa montaña,
el ancho océano, verde y negro,
la paz y todo lo que hay de bueno.
La esencia dual, contradictoria, de la naturaleza ha sorprendido al hombre desde los orígenes. ¿Cómo, el mismo principio que nos ha favorecido con el sol y las estrellas, la nieve y la arena, la rosa y la cayena, un buen día, sin aviso previo y sin causa, nos mortifica de la manera más cruel con algunos fenómenos “naturales”, como el terremoto de estas jornadas en Venezuela? ¿Cómo justificar la muerte de 3.000 (pueden, y seguramente serán más, helas) inocentes que ocupaban sus vidas en el oficio de vivir, para el cual nacieron? En una época, durante la Ilustración, la pregunta se dirigía a Dios ¿Cómo pudo permitir, se preguntaban, que Dios permitiera el devastador terremoto de Lisboa? La incerteza ocupó el pensamiento de mentes tan brillantes como Voltaire. En nuestro tiempo post-Dios-ha-muerto, la pregunta queda flotando en el éter de lo incomprensible. De la naturaleza hemos heredado el dualismo de nuestra condición, como lo recordaba el profesor Giorgio Colli. Al lado de figuras como Lenin o Stalin convivieron en Rusia espíritus como Meyerhold y Akhmatova, Pasternak y Mandelstam. Más cerca, en Venezuela, al lado de los rufianes que se hicieron del poder hace treinta años, vivieron individuos como Harry Abend, Ida Gramko o Guillermo Sucre. De forma parecida a la naturaleza, la dualidad de la condición humana se manifiesta en acciones. Los que se dedican a ejercer el bien, como los miles de ciudadanos, de las más distintas condiciones, que han salido a la calle a socorrer a las infelices víctimas de la catástrofe. Y los que se ocupan en ejercer el mal, como las autoridades del régimen. En este caso, se trata de un mal desprovisto de cualquier atractivo. Lucifer, en El paraíso perdido, ejerce una fascinación que no encontramos en su Creador. Ejerciendo el mal, Mussolini resultó atractivo para todo el mundo. Lo mismo Hitler y, no peor, Stalin. Tal vez en ellos pensaba la profesora Hannah Arendt cuando se refería a la insignificancia, a la banalidad, de algunos de los nazis que se encargaron del exterminio de poblaciones enteras en los campos de concentración. No se correspondían estos pequeños seres con la magnitud del mal causado. La banalidad, en Venezuela, ha sido convertida en mediocridad, la mediocridad del mal. Miles de personas han muerto, y siguen y seguirán muriendo, ante la apatía de una administración que considera irrelevante el número de víctimas fatales. La liga que dirige la nación no se desvela por el sufrimiento de sus compatriotas. Les quita el sueño, antes bien, la inseguridad de un poder carente de legitimidad, y, como ellos mismos, mediocre. En eso pasan sus horas. En eso empeñan sus corrompidos sesos, en encontrar una manera, no importa lo criminal, de aprovecharse de la gran tragedia. No son atractivos ni banales, son de una mediocridad anómala, morbosa. Descuidando las tumbas de los miles de sacrificados, no se dan cuenta de que están cavando la tumba propia. De que son prescindibles para los caprichos del imperio. Accidentes de los cuales está colmado el basurero de la historia.

No he querido dejar prematuramente los Tríos para piano de Haydn. En total, diez horas de la mejor música, la más inteligente y reconfortante. Ante las reiteradas caídas del alma, nada más útil que la escritura de este maestro, cuya serenidad y equilibrio es un monumento al ideal clásico, ayuno de excesos sentimentales y los accidentes inevitables de la emocionalidad. Haydn sabía que vivía los “últimos momentos de la humanidad”. Muchos de estos tríos fueron escritos poco antes de la Bastilla, cuando los mejores espíritus intuían que “something is rotten in Dannemark”. Mozart lo expresó en su trilogía de “óperas Da Ponte”, en las cuales uno de los protagonistas se atrevió a cantar frente a la nobleza de Praga, “Viva la Libertad!”. Haydn, por su parte, ante la inminencia de la catástrofe insistió en el ideal clásico como salida a los futuros excesos. Como sabemos nadie lo siguió, y seguimos viviendo los últimos días de la humanidad. Existen sobradas versiones de estos Tríos, una forma preferida también por Mozart, menos por Beethoven, a pesar de haber escrito piezas memorables como el Trío Archiduque. Schubert escribió algunos Tríos conmovedores que se encuentran entre lo mejor de su producción. La interpretación que prefiero, por razones autobiográficas, es la del impecable Beaux-Arts Trio.
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