Literatura

Borges: La elección

(Notas)

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Un idioma es el universo traducido a ese idioma.
J. A. Ramos Sucre: Granizada, 1929.

1.- ¿Quién escribe el epílogo de las Obras completas de Borges? ¿Él mismo, parafraseando el ensayo de autobiografía que redactara con Tomás di Giovanni hacia 1969, 1970: An autobiographical Essay (The New Yorker, septiembre, 1970? Dice ese epílogo que “no acabó nunca de gustar de las letras hispánicas” (Emecé Editores. Buenos Aires, 1974). Este epílogo, sin firma, anuncia que pertenecerá a una edición del 2074.

2.- Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (1899) morirá en 1986.

Son famosas las influencias y prácticas idiomáticas que recibe el niño Borges: una abuela escocesa, una institutriz inglesa a los cinco años; cosa que tendrá continuidad con los viajes de la familia a Europa y el aprendizaje que de manera autónoma realizará el joven: francés, alemán.

3.- Un cuento lo llevó a leer el Quijote. Apunta el gran crítico de Borges y su biográfo, Emir Rodríguez Monegal, en Ficcionario: “él dice que lo leyó en inglés: lo más probable es que lo haya leído en español en una edición ilustrada por Gustavo Doré y publicada en Francia por Garnier”.

4.- Son numerosas las estancias de Borges en España y su vínculo con autores locales así como su participación en revistas y en el Ultraísmo.

Obsesivamente sensible a las lenguas, desde siempre Borges se dedicará a estudiarlas. Escribirá algunos de sus textos en  otros idiomas y será un incesante traductor.

En 1925 conoce a Victoria Ocampo y en 1931 a Adolfo Bioy Casares.

A partir de los 24 años publicará Fervor de Buenos Aires, Inquisiciones, Hombre de la esquina rosada, Evaristo Carriego, Discusión, Historia universal de la infamia, Historia de la eternidad. En la nochebuena de 1938 sufre un accidente.

5- El accidente es grave. Mientras convalece de la operación, teme que su capacidad mental haya sido afectada y para comprobarlo escribe el cuento Pierre Menard, autor del Quijote, que se publicará en 1939. Menard es un ficticio autor francés que se dedica a escribir un Quijote exactamente igual al original, pero distinto. Décadas más tarde, el relato dará origen a fascinantes teorías sobre la lectura y su efecto transformador del texto leído.

Menard escribe solo breves secuencias de la Parte I del Quijote. Sin duda Borges desafía al lector a descubrir la dualidad del proceso, pero el asombroso caso y su asfixiante atmósfera quizá no posean una solución literaria. Un lector tan agudo como el filósofo Juan Nuño se vio precisado a recurrir a las teorías de la filosofía  para explicitar las alteraciones de la lectura ante dos escrituras iguales: basándose en Austin, concluye que la “diferencia” tiene su origen en fenómenos del habla y distingue la dimensión locucionaria, intrínseca a todo lenguaje, de la fuerza ilocucionaria o intenciones del hablante.

En verdad, así como Borges acude en este cuento a Cervantes, pudo utilizar cualquier otro  autor (o idioma) para su narración.

En Magias parciales del “Quijote”, publicado en 1952, se complace en la deslumbrante aplicación de una fórmula (si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios), a Carlyle, Moisés de León, Valmiki, Rosiah Royce, Shakespeare, Sharazad...y el Quijote. Durante tres páginas. Pero aparte de esa vibrante visión, a Borges parecen no interesarle las otras desafiantes magias de la novela: los personajes:  150 hombres y 50 mujeres (dixit Martín de Riquer), entre las cuales, por ejemplo, Marcela y Maritornes son polaridades humanas; narraciones intercaladas, historias paralelas, una cueva que repite el pasado y el presente, los innumerables narradores, Avellaneda y Sansón Carrasco como autores, etc.

6.- Toda persona, cuando nace, adquiere su idioma. Tal vez remotas sonoridades lo envuelvan y, primero la familia, luego los amigos, el grupo en el cual crece, más tarde la sociedad, convertirán su expresión en una pertenencia colectiva.

Sin embargo, probablemente hasta avanzada su infancia, no sepa que está utilizando tramas verbales ajenas. Debe haber un momento singular en que nuestro idioma nos pertenece o nosotros a él; también seres que nunca llegarán a enterarse de eso.

Quizá como efecto de la sensibilidad o de la inteligencia, los individuos descubren su lenguaje: su intimidad y los otros. Entonces podría surgir un raro estado de unión y dualidad, de separación e incorporación. Tal rasgo sería un elemento distintivo del futuro escritor.

Mientras los seres pueden atravesar su existencia sin dar importancia a ese desdoblamiento, quien escriba intuirá desde el primer momento que mucho de su ser (o de su no-ser) está en las palabras. Y si esto ocurre a quien utiliza únicamente su propia expresión ¿cómo funciona la interioridad de quien se expresa indistintamente en lenguas diversas -aprendidas sin advertirlo y por motivos varios?

Entonces la mente elegiría un canal (depósitos oscuros, sonidos, memoria, lógica, organización sintáctica, etc) para actuar. Los circuitos psíquicos actuarían para que un acto tan complejo se vuelva simple. De nuevo me digo que en las personas habituales nada de esto podría atraer elecciones, oposiciones. Pero, ¿y si quien decide expresarse debe instintivamente elegir? Es más: ¿debe estética y conceptualmente seleccionar?

¿Cómo se balancean o se sustituyen en ese individuo, si esto fuera necesario, el habla cotidiana y  las ramificaciones estructurales de los lenguajes que transitan o se imponen en su personalidad? Tal vez en zonas penumbrosas resida la fuerza de una y otras; tal vez en súbitos asomos a la lucidez del hacedor alguna de ellas tendrá predominio. Tal vez todo sea efecto de un gusto particular o firme determinación del practicante. Pero sin duda, una extraña lucha debe preceder a esa decisión.

“Mi destino es la lengua castellana” reconoce Borges pasados los setenta años (Al idioma alemán); y acepta decirse a sí mismo como escritor al comenzar un texto: “...vuelvo a la esclavitud que ha durado más de siete veces diez años”, y también dice a ese sí mismo: “Minuciosamente lo odio” (El centinela). Estas últimas frases no tendrían mayor importancia para quien ha estado siempre desdoblándose, pero se trata de quien solo sabe vivir plenamente en el lenguaje.

Hacia sus sesenta años, Borges había descubierto con claridad: “A veces, dejó en algún recodo de la obra una confesión, seguro de que no la descifrarían” (Everything and nothing).

Triunfando sobre su multiliguismo y su pasión por la literatura nórdica, el idioma escrito de Borges constituye una milagrosa síntesis de exactitud prosódica y de ambiguedades significativas; un territorio de llegada para lo que se estremece en un español en que resuenan Arabia, Grecia y Roma; el clasicismo y los usos comunes; y, sobre todo, aquel lenguaje que, siglos antes, el Arcipreste de Hita recogió (De todos los instrumentos yo, libro, so pariente) y Don Juan Manuel filtra para que Borges reescriba. Territorio que existe como un sistema im/personal de palabras, apoyadas en otras lenguas para convertirse en el brillo único del castellano.

7.- Creo que Borges escribe directamente sobre el Quijote o sobre Cervantes una media docena de veces. No manifiesta la admiración o el entusiasmo literarios que muestra hacia autores norteamericanos o alemanes. Tampoco el hecho de insistir en Cervantes es prueba de devoción, porque también se ocupó de Gracián más de una vez, y lo despreciaba. En su libro sobre Borges, Bioy Casares anota que aquel consideraba al Persiles “como un borrador”.  Si recordamos que la re-escritura del Quijote que hace Pierre Menard es algo distinto (siendo lo mismo) del original, la ambiguedad podría conducirnos a una sospecha: Borges sugiere que el texto de Cervantes ha envejecido o es inferior al suyo (al de Pierre Menard).

Precisamente hablando de Baltasar Gracián (muerto a los 57 años), anoté sobre él y Borges en El palacio sin puertas: El otro sucesor de Gracián, Borges, lo imita y lo aborrece. De nuevo nada tiene de extraño que coincidan en numerosos aspectos. Por ejemplo, al escribir en una misma lengua. Tampoco en la utilización de citas (identificables o apócrifas); en su gusto conceptual. En el escepticismo. En la práctica de una forma expresiva que puede parecer el ensayo o la narración indirecta. Lo curioso es el impulso negador con que este discípulo se enfrenta a su lejano predecesor.

Borges, lector absoluto, que ha admirado a Schopenhauer y a Nietzsche, escribía en La supersticiosa ética del lector, un texto de 1932, cómo hay autores que desperdician una frase larga para demorarse en diez breves. Encuentra en Gracián el artífice de esa charlatanería de la brevedad.

Lo insólito es que cuarenta años después, en un poema, cristalice el mismo aborrecimiento. Se trata de un retrato de Gracián hecho por Borges; nada mejor que extraer de nosotros, alejarlo —y sobre todo, diferenciarlo— aquello que nos perturbe. Así procede Borges; pero pocas veces es tan apasionado en el desprecio como en esta ocasión: para verlo tal como fue, tácitamente se siente distinto de Gracián. Por lo tanto, lo describe confuso ante esa helada y laboriosa nadería en que, al parecer, Gracián convierte la poesía. Lo ve dedicado a sus temas minúsculos, incapaz de contemplar los Arquetipos y los Esplendores. Le resulta tan ignorante del amor divino/ como del otro que en la boca arde.

¿Se puede detener inocuamente alguien tanto en otro sólo por burla? Podría pensarse que la antipatía de la juventud adquiere para Borges caracteres de irritada obsesión. Tiene todo el derecho de agredirlo en sus notas —o de silenciarlo. ¿Pero no resulta exagerado que llegue a escribirle un poema? El vicio más extenso de Borges —la lectura— es señal de que ha leído a  Gracián; también investiga sobre él. Sólo de esta manera puede intuir —con admirable y peligrosa certeza— que Gracián, aparentemente dedicado a cumplir la salvación religiosa del mundo, practicaba el desdén de lo humano y lo sobrehumano.

No encuentro para este discípulo, otra respuesta que el deseo de negar una cierta identificación; sentimiento que de algún modo lo transforma en el otro y exacerba, por lo tanto, su capacidad de comprenderlo casi absolutamente.

Lo sorprendente es que una lectura paralela, hoy, nos permitiría encontrar un sistema de vasos comunicantes entre los dos autores: el fulgor del idioma, la insistencia conceptual, la ambigüedad formal, los temas y hasta el desdén de lo humano y lo sobrehumano. ¿Pero el libro que un autor escribe porque ya está escrito, la cíclica aparición y muerte de los elementos imaginarios, el mundo como alfabeto a descifrar: todo esto es invención de Borges? ¿O es parte esencial de Gracián?

En cuanto al “amor que en la boca arde”: ¿es este siempre una consumación física o puede herir en mil formas distintas? Borges sobrepasaba los setenta cuando pudo escribir: El nombre de una mujer me delata./ Me duele una mujer en todo el cuerpo. (El amenazado).

Su ensayo sobre Quevedo no disimula una ejercitación a lo Menard o a lo Paul Valéry, cuando Borges aplica el consabido método de decir y desdecir. En los primeros párrafos indica: “De Quevedo, en cambio, solo perdura una imagen caricatural ´El más noble estilista español se ha transformado en un prototipo chascarrillero´, observa Leopoldo Lugones”, “Quevedo no es inferior a nadie, pero no ha dado con un símbolo que se apodere de la imaginación de la gente”, “De Quevedo habría que resignarse a decir que es el literato de los literatos”. Y sin embargo, concluye así: “...este sigue siendo el primer artífice de las letras hispánicas. Como Joyce, como Goethe, como Shakespeare, como Dante, como ningún otro escritor, Francisco de Quevedo es menos un hombre que una dilatada y compleja literatura”.

8.- Sobre sus contemporáneos, aún los que parece apreciar humanamente y admirar como intelectuales, Borges practica el aprendido método en Valéry: cumple con el reverso de su afectividad o de su valoración. Ricardo Guiraldes, Rafael Cansinos-Asséns, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes reciben el tributo de sus versos; pero el elogio o la momentánea concreción poética está dirigida a ellos como seres no a su creación.

9.- Tradujo novelas. No las escribió. Su obra magnífica reside en el ensayo breve y en el cuento. La lengua castellana guarda fragmentos de narraciones que hace un milenio pasaron del habla al verso y de este a la escritura. Perdura el acento o los tópicos que visigodos y árabes emitían. Algo de las jarchas o de los trovadores debe haberse adaptado en lo que ya sería narración, cuento, prosa, con Gonzalo de Berceo, Alfonso el sabio, el Arcipreste de Hita, Don Juan Manuel.

Desde allá viene el inconsciente lenguaje de Borges. Si no en las imágenes, en el primitivo rumor de las palabras.

Y esa herencia narrativa, después de pasar, por ejemplo, por Cervantes y por María de Zayas,  ocupa un sólido canal expresivo en la personalidad literaria de Borges. De tal manera que al elegir su expresión, al ir creando su propio lenguaje, convertirá en escritura un mundo singular: mundo que pudiera ser el resultado de una rara vibración: algo en él propone, discute, rechaza o acepta el universo que sus vocablos despiertan.

Poesía persuasiva, reiterativa, íntima ha creado; ensayo agudo y a veces desafiante. Mundo de abstracciones y sangre, dialéctico en su contenido y en el efecto sobre el lector: el cuento en Borges derrama significaciones y conduce la lengua española a un estado de plenitud deslumbrante. Borges crea la estirpe independiente del cuentista para España, como ocurre con Medardo  Fraile. Precedida y continuada en América por la de los narradores precolombinos, por Manuel Payro, Tomás Carrasquilla, Rafael Arévalo Martínez, Eduardo Blanco, Horacio Quiroga, Julio Garmendia, Julio Torri, Juan Rulfo, Elena Garro, Cortázar, etc.

(A Francisco Silva Rivera y a René Molina)
(2026)

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