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Vuelvo a Giorgio Colli, con el cual podría quedarme tranquilamente varios años. Esta vez para releer, fragmentariamente, como hace unos años, su Dopo Nietszche (no parece haber edición en castellano), las anotaciones que tomó en sus cuadernos después de pasar quince años, con el profesor Massimo Montinari, en la edición autorizada de las obras completas del pensador alemán, que incluía nueve generosos tomos de escritos inéditos, y se publicó, contemporáneamente, en Alemania, Inglaterra, Francia e Italia. Al parecer, nadie en España se sintió interesado en ese momento. Dopo Nietzsche es un conjunto informal de intuiciones sobre la esencia del legado de Nietzsche. Como siempre, Colli es uno de esos autores que estimula citarlos. Habría sido el autor ideal para el proyecto de Walter Benjamin de publicar un libro sólo de citas. Estas son sólo dos, traducidas de la edición Adelphi de Dopo Nietzsche:
Cerrar la puerta
Desnudándose el mismo, Nietzsche se expone a las interpretaciones más vulgares. Es Fácil tomar confianza con alguien que deja abierta la puerta de su casa. Sobre todo si adentro se le descubre indefenso, enfermo, ingenuo, necesitado de ayuda.
Un indicio revelador
En un fragmento de 1883, Nietzsche declara haber descubierto el secreto del espíritu
griego. Los griegos creían en el eterno retorno, porque la fe en los misterios significa
esto precisamente. La observación es importante en primer lugar como testimonio
de la brillante percepción histórica de Nietzsche: el vértice del espíritu griego debe
buscarse en el éxtasis colectivo, en el conocimiento místico de Eleusis. Y podemos tener
la seguridad de que al establecer esta relación no pensaba en los ritos agrarios o al
ritmo cíclico de la vegetación. Pero, incluso más importante, es la revelación personal,
algo parecido a la confesión de la séptima carta platónica: la doctrina suprema de
Nietzsche es un relámpago místico, una visión que nos libera de la pena y el
deseos; en realidad, de la individuación. Después de esta experiencia todas las ideas y
las discusiones, la doctrina de Nietzsche no es más que una comedia de la seriedad.
En su célebre Séptima Carta Platón expone y confiesa su incursión en la política, que se limitó, y fue más que suficiente, a sus experiencias con los tiranos de Siracusa. Es un documento excepcional por su claridad y tono confesional. Y una muestra convincente pero no “convencedora” de la imposibilidad para el pensador de influir de manera determinante en los planes del amo del poder. Heidegger tropezará con la misma piedra, y, antes y después de él, no han sido pocos los que han fracasado en el intento. En Venezuela, recuerdo el patético intento de un exrector universitario de influir en los proyectos de un teniente coronel, que terminaría en dictador y no le haría la vida fácil al candoroso filósofo. Nietzsche no fue tentado con esta posibilidad, afortunadamente. Colli se refiere a Platón por el tono confesional de su Carta.

La ideología del neo-clasicismo europeo (s. XVII-XVIII) no le perdonó a Shakespeare, esta vez con razón, el insoportable, por doloroso, final de El rey Lear, cuando el anciano demente regresa a escena con el cadáver ahorcado de la pobre Cordelia, su hija menor y más amada. No pasa mucho en las tablas antes de que Lear, con el corazón despedazado, muera bajo el rayo de luz que sólo ilumina a la pareja desdichada. Para enmendar tales excesos, se le pidió al inefable Nahum Tate un diverso final a la tragedia shakesperiana. Y así, en su versión, tan bien escrita como todo lo que hacía, Lear y Cordelia, tomados de la mano, abandonan la escena para vivir tiempos mejores. La intolerancia neo-clásica no podía eximir a Virgilio, padre y modelo de todos los neo-clasicismos que en el mundo han sido, de esta condena a los excesos de pathos. Que es lo que signa, y ha hecho insuperado, el Libro Cuarto de Eneida, donde se canta la muerte de Dido, reina de Cártago. Le correspondería al veneciano Francesco Cavalli componer una ópera donde la soberana, después de ser abandonada por Eneas, en vez de quitarse la vida, prefiere consolarse con Larbas, rey de los Getuli, con quien termina casándose en un espléndido happy-ending. El autor del libreto es el veneciano Francesco Busanello, conocido por su letra para L’incoronazione di Poppea, la obra maestra de Monteverdi. La fuente, como siempre el Libro Cuarto, modificado de acuerdo al criterio de la sensibilidad neo-clásica. La ópera ha sido rescatada por el atento maestro Fabio Biondi, quien, con su estupenda agrupación Europa Galante, participó en el montaje del Teatro La Fenice, ajustado a las realidades de los tiempos modernos. del siglo XX.
No sé si todos los exilios son así. Pero el mío fue el más inesperado. Llegué a Italia para permanecer, como todos los años, unos cuantos meses antes de regresar a Venezuela. No sospechaba que los dioses habían escogido para mí el mejor de los destinos posibles: vivir al lado de mi única hija y mi único nieto en una de las ciudades más interesantes de Europa. Al amigo venezolano, que fue nuestro compañero de viaje, le esperaba una suerte no menos impensada. En su caso, después de un itinerario ingrato de varios años, le ha tocado residenciarse en la suiza Ginebra, algo que no podía imaginar cuando aterrizamos en Fiumicino hará pronto seis años. Una vez le escuché a alguien decir que lo inesperado es lo único esperado. Tal vez tenía razón.
Siento una afinidad extraña con Knut Hamsun. No sabría cómo justificar mi convicción de que se trata de uno de los diez grandes novelistas del siglo XX (no estoy seguro de quiénes son los otros nueve). En una oportunidad, una colega que trabajaba en su tesis de grado sobre Juan Rulfo, me reveló que el autor de El llano en llamas pensaba más o menos lo mismo. Tengo mucho tiempo que no lo leo, sin embargo. Ahora de la manera más “inesperada”, ha sucedido lo esperado. Desde Sevilla (nada más alejado de la topografía de los libros del noruego), un querido amigo me hace llegar una nueva edición de La bendición de la tierra, una de sus más difundidas ficciones. Esta vez no resistí la tentación y leí la primera página, desde entonces no he hecho otra cosa que leer y pensar en Hamsun. Sólo lamento que en ese entonces, cuando leí una serie de sus libros, no llevaba este diario y no conservo ninguna nota de lectura.

No tenía grandes expectativas ante la Odisea que dirigió Christopher Nolan y que acabo de ver, en toda su espectacularidad, en una moderna sala de la ciudad. Y es lo que más sorprende de la cinta. La inagotable capacidad del cine para producir grandes espectáculos con imágenes. Pienso en los enormes teatros romanos y sus representaciones de desmesurados combates. Con Nolan, el cine, como antes con Griffith, De Mille, Ford, Lean, Fleming es bigger than life, más grande que la vida. Los efectos especiales y el rodaje íntegro en Imax sorprenden tanto como el cinemascope o el cinerama del siglo pasado. Que la gran tormenta que Zeus desata sobre la cóncava nave de Ulises haya sido filmada en estudio, es una gloria del ilusionismo visual que es la esencia del llamado, con razón y sin ella, séptimo arte. Y es como se debe entender la magnífica empresa del realizador de Oppenheimer, como un espectáculo visual, de la misma manera que las óperas son espectáculos musicales. No le falta sentido a Richard Brody cuando escribe, en The Newyorker que quizá los que más disfruten la cinta sean los que nunca han leído la Odisea. No buscamos fidelidad a los sucesos históricos cuando disfrutamos las bellezas del Don Carlo, de Verdi. Tampoco deberíamos exigir fidelidad al texto homérico en el caso de esta producción. El que lo pretenda, no disfrutará la película y se sentirá estafado. Porque Circe no es la bella maga de doradas trenzas, fantasía de todos los hombres que en el mundo han sido. Tampoco Calipso, quien parece más una terapeuta-farmaceuta, que la ninfa seductora de la isla de Gozo, en Malta. Y, lo más lamentable, se quedará esperando por la última tentación de la débil carne, aquella Nausicaa que le ofrece a Ulises toda una vitanuova, y que Nolan y los suyos ignoran olímpicamente. Como ignoran la esencia del héroe homérico, que no es otra que la sed de conocer, la ansiedad del conocimiento, la angustia de la ignorancia. El héroe más rico en pesares. Nadie ha pagado tanto por su condición. El del exilio, la errancia, la pérdida de patria y seres queridos por veinte años; el extravío de una tripulación con la cual compartió las horas y días de una década. La juventud de su mujer y la infancia de su hijo. La necesidad de convertirse en un pícaro, que es la negación de la condición heroica. En mentiroso, ladrón, tramposo, manipulador farsante y falsario. Al final, para concluir una brillante carrera, en vengativo serial killer. Todo en un hombre, cuyas aspiraciones eran las más burguesas: vivir tranquilo, al lado de su mujer y su hijo, honrando los padres y cuidando su rebaño y sus viñedos, “An uncomplicated man”, como reconoció el mismo Nolan. Después de todo esto, se comprende cómo ha sido Ulises el único héroe del mito que conoció el cansancio. Algo que se reitera en la versión RAI 1968, la mejor de todas, con un Ulises existencial que, en secreto, considera lo absurdo de la vida, la triste locura de la existencia. En Itaca, la formidable Irene Papas esperándolo. Uno de los logros de la esmerada actuación de Matt Damon en el papel principal del film de Nolan, es haber comunicado al espectador parte de ese sentimiento. Como hubiese dicho Neruda, “sucede que a veces me cansó de ser héroe”. Algo que no parece haber conocido Kirk Douglas, invencible y hollywoodense, en la versión de 1958 dirigida por Mario Camerini. Y que desarrolló a su manera, siempre inquietante, Ralph Finnes en The Return, la versión de Uberto Pasolini estrenada en 2024.

Le versión de Nolan no carece de interés. Se trata de un monumento épico a la estética de la post-modernidad. Sensible a las manifestaciones de Black Lives Matter, Helena de Toya es de origen afro-americano. De acuerdo con la práctica al uso, trans humante, y activa en la técnica de la apropiación indebida ((l’image volée), el realizador se adueña de la hipótesis de Dante de acuerdo con la cual, Ulises va al encuentro con su propia muerte, en algún lugar del Atlántico. Sólo que va acompañado esta vez por Penélope. El sexo, por supuesto, es omitido de manera obsesiva en esta expresión del neo-puritanismo de nuestros tiempos. No es obvio que el héroe homérico haya mantenido relaciones con la Circe de Nolan durante el año de residencia en su palacio, a pesar de que, en el poema, la maga de doradas trenzas, ante la fálica espada del héroe, lo primero que le dice es: “Ven vamos a la cama”. De Circe se ha dicho todo (incluso Calderón tiene la suya), lo que no se puede negar es la esencia erótica de su ser. No es el comer lo que convierte en animales a sus marineros, sino la dependencia sexual. Cosa parecida con la ninfa Calipso. No me habría extrañado si Ulises hubiese regresado a la espumosa mar después de encontrarse con una Charlize Theron desteñida, con sus años de ninfa dejados bien atrás. Helena, cuya cara “hizo zarpar mil barcos y que ardieran las infinitas torres de Troya”, aparece con el rostro desfigurado, incapaz de domar a un violento y elemental Menelao que no habría permitido que Helena se le fuera de las manos con la docilidad del personaje homérico. Dentro de unos años, la Odisea del director británico será leída como una acabada expresión de lo que fue la sensibilidad, a veces chocante y casi siempre ingeniosa, de la llamada post-modernidad.

En 2006, la legendaria editorial City Light Books aclaraba que, desde su primera edición, en 1956, del poemario Howl (Aullido), de Allen Ginsberg (1926-1997) se había publicado un millón de ejemplares. Este 2026 está llegando a los setenta años, y no sé cuántas son las copias que se han editado desde aquel ya lejano 2006. En castellano es más que probable que algún libro de Neruda haya alcanzado esas cifras. Mi primera incursión en Howl es de 1967, once años después de la primera edición, tenía yo veinte y estudiaba tercero de Medicina. No olvido la sorpresa y la delicia que me produjo el encuentro con aquel nuevo Witman del aire acondicionado y Mini-max (el supermercado de mi Valencia natal). Esta es mi traducción de ese poema:
Un supermercado en california
¡Cómo he pensado en ti esta noche, Walt Whitman, mientras caminaba por la calle bajo los árboles con un enorme dolor de cabeza mirando la luna llena.
Cansado y hambriento, salí a comprar imágenes y entré al supermercado de frutas con sus luces de neón, soñando con tus inventarios!
¡Qué duraznos y qué penumbras! Familias enteras de compra en plena noche! ¡Pasillos llenos de esposos! ¡Las esposas en medio de los aguacates y los bebés entre los tomates! ¿Y tú, García Lorca que hacías al lado de las patillas?
Te vi, Walt Whitman, sin hijos, viejo solitario, hurgando entre las carnes del refrigerador, observando a los muchachos que trabajan en el mercado.
Te escuche hacerles preguntas: ¿Quién asesinó las chuletas de cerdo? ¿Cuál es el precio de los cambures? ¿Quieres ser mi Ángel?
Caminé para arriba y para abajo por los pasillos llenos de brillantes latas siguiéndote, perseguido en mi imaginación por el detective de la tienda.
Caminamos juntos por los corredores despejados en nuestra fantasía solitaria, probando las alcachofas, echando mano de todas las exquisiteces congeladas sin pasar por la caja.
¿A dónde vamos Walt Whitman? Las puertas cierran en una hora. ¿Hacia dónde apunta tu barba esta noche?
(Toco tu libro y sueño con nuestra odisea en el supermercado y me siento absurdo).
¿Caminaremos toda noche por solitarias calles? Los árboles agregan sombras a las sombras, las luces se apagan en las casas, estaremos solos.
¿Caminaremos pensando en la América perdida del amor, pasaremos azules automóviles en las avenidas, hacia nuestro hogar en una cabaña silenciosa?
Ah, padre querido, barba gris, viejo maestro del coraje, ¿cómo era América cuando Caronte detuvo su barca, descendiste en la humeante playa y te quedaste viendo cómo desaparecía el bote en las negras aguas del Leteo?
Años después me enteraría de que el autor de esa poesía, sin otro orden ni concierto que no fuera la emoción, había sido un aventajado estudiante de algunos de los mejores profesores de teoría literaria de su tiempo, Lionell Trilling, por ejemplo, en Columbia. Y que él mismo había incursionado en aquella poesía formalista, impersonal y fría, fijada como criterio por el poderoso T.S.Eliot. La de Allen Ginsberg, y sus compañeros beatnicks, ha sido la revolución literaria más radical en los 250 años de historia de los Estados Unidos. El radicalismo no es, necesariamente, sinónimo de excelencia, como se sabe. Y la poesía de Ginsberg es fatalmente irregular. Y, mucho me temo, que esta inconsistencia sea un elemento importante de su poética. Porque no puede ser sino irregular una poesía escrita a máquina sin parar en un folio de varias páginas pegadas con cinta adhesiva. No se trata del automatismo surrealista con sus frases sin sentido (“Mi mujer con sexo de yacimiento aurífero y ornitorrinco”), sino de un discurso descuidado, una narración sin respiro en los bordes de caos. La lírica de Ginsberg tenía un sentido preciso y era la rebelión, la ruptura con las formas tradicionales y el tratamiento de asuntos censurados: la exaltación de la homosexualidad (Whitman, Lorca), la droga, el sado masoquismo, el escándalo. A sus setenta años, ciertos sectores de Howl, no los mejores, siguen siendo provocadores e indigeribles. Aunque se limitase a su carácter profético, Howl, sigue siendo uno de los libros más influyentes de la poesía norteamericana. Publicado en fecha tan temprana como 1956, prefigura todo lo que iba a ser la revolución cultural de 1968. En ese momento, Estados Unidos, y Venezuela, disfrutaban de la prosperidad económica que había llevado a Roosevelt a participar en la Segunda Guerra Mundial. La hegemonía norteamericana era absoluta y su rival, la estaliniana URSS era, de verdad, un tigre de papel. No era obvio que, en medio de ese bienestar, en el seno de una las universidades más respetadas de su país, surgiera un vate que condenara por criminal aquella sociedad de pulidoras y aires acondicionados presidida por el intachable (al final no lo era tanto) general Eisenhower. En Howl, lo más permanente, sin embargo, no es el cuestionamiento social ni la “enumeración” de situaciones escabrosas, sino el tono directo de sus versos. Ginsberg hablaba de sí mismo sin metáforas ni máscaras. Ponía su corazón al desnudo de manera impensada. Recuerdo una carta, que me fuera permitido leer en la Berg Collection de la Public Library neoyorkina, donde Robert Lowell le confesaba a Randall Jarrell, su interés en el modo “confesional” que leyó en un joven poeta desconocido llamado Allen Ginsberg, judío para más señas. Cuatro años más tarde, sin ninguna alusión a Howl, Lowell publicará su propia poesía, decorosamente confesional que lo convertiría en el poeta más importante de su generación.
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