
Por encima de la extracción social, uno banquero y el otro erudito socialista, o convicciones ideológicas, uno más bien indiferente y el otro fiel, a su manera, fiel al marxismo, dos de los espíritus más visionarios del siglo, Aby Warburg y Walter Benjamin, compartieron la más fascinante de las afinidades: el culto por las imágenes consagrado por Baudelaire: “glorifier le culte del images (ma ma grande, mon unique, ma primitive passion)”. No se conocieron, Warburg y Benjamin, pero han debido. Al parecer, Benjamin le habría escrito un par de veces sin encontrar respuesta. Ambos dejaron inconcluso sus respectivas magna opera, el Nemosyne. Atlas de las imágenes y el Proyecto de los pasajes. A pesar de lo fragmentario de ambos proyectos, la influencia de Warburg en los estudios artísticos es tan vasta como la de Benjamin en la crítica literaria. Pocos países como Italia se han ocupado con tanta constancia del pensamiento y la figura de Warburg. Y es justo que sea así, habida cuenta que el objeto primordial de sus investigaciones, después de sus investigaciones con los indios Pueblo, fueron las figuras e imágenes producidas durante el Renacimiento italiano. En Florencia se especializó, y en ese país encontró las muestras de esa permanencia, del paganismo que está en la base de sus teorías. El destino fue especialmente duro con ambos apenas en la quinta década de sus vidas. Bajo las formas de la locura se le presentó la tragedia a Warburg a sus cincuenta años. Para Benjamin, tenía reservado el suicidio a los cuarenta y ocho. Por lo menos cuarenta títulos de o sobre Warburg me ofrecen los servicios de la Biblioteca de Milano. Sin contar el muy reciente de Davide Stimilli, Homo divinans. Aby Warburg e la filología del futuro. Hace veinte años el mismo Stimilli estuvo a cargo de la edición de la implacable relación del psiquiatra Ludwig Binswanger, La guarizione infinita. Storia clinica de Aby Warburg, una exhaustiva relación del internado de Warburg en la famosa clínica Bellevue, en Suiza, donde recibió tratamiento para su proceso esquizofrénico. Antes había hospedado a un igualmente terminal Nietzsche. Nos es cosa de líneas, ni de páginas, ni de ensayos exponer el complejo ideario de Warburg, orientado a la explotación de asuntos nunca o poco tratados con anterioridad. Uno solo de ellos, que recuerda la prof. Alessandra Sarchi en su artículo para Il corriere della sera, tiene que ver con la noción de Nachleben (algo así como “después de la imagen”). En palabras de la misma Sarchi: “se trataría de la supervivencia o vida póstuma de esquemas, gestos y atributos que no aparecen en la historia como una secuencia lineal y se van cargando de significados con el tiempo; por ejemplo una ménade danzante pagana que revive en la forma de un Ángelo en la Anunciación de Agostino di Duccio. He comentado en repetidas ocasiones las empresas intelectuales de Warburg. Es probable que la primera vez haya sido en 2000, a raíz de mi frustrada experiencia de 1999 en Siena, a donde viajé desde Florencia para una exposición sobre el estudioso que había sido abierta un día como ese, pero de 1998, un año antes. Mi comentario apareció en un suplemento literario de Caracas, a comienzos del 2000. Once años después, la página digital Prodavinci lo incluiría en una de sus ediciones.

Son contados los poetas que no publican sus primeros libros en fechas relativamente tempranas. En la década de los veinte la mayoría, excepcionalmente en la de los treinta. La británica Hannah Sullivan (1979) esperó hasta los treinta y nueve para publicar el suyo. En efecto, Three Poems, que es como se llama, apareció en la legendaria colección de poesía (fundada por T.S. Eliot) de la editorial londinense (Russell Square) en 2018). Hasta entonces, la Sullivan había entregado sus horas al estudio de la literatura contemporánea en Londres y Harvard, para terminar como docente en Oxford. Cuenta que prefirió postergar su proyecto hasta contar con experiencia suficiente sobre la vida y la muerte (la de su padre) que cantaría en sus versos. Sus necesidades expresivas no se tradujeron durante esos años en necesidades de publicar. El libro fue bien recibido por los críticos y obtuvo el Premio T.S. Eliot al mejor poemario de ese año. En italiano fue publicado recientemente por Crocetti, como Tre poesie, en una traducción que desconozco. El título hace referencia a los tres largos textos que integran la edición. Del primero, “You, Very Young in New York”, es el fragmento que he traducido. Escrito en largos versos sin rima, se trata de una poesía que se acerca y se aleja del tono de la prosa, algo no infrecuente en inglés cuando se sacrifica el cincelado de la rima. En ocasiones se leen como monólogos interiores, inaugurados por Joyce en la última sección de su Ulises, cuando Molly Bloom recuerda de manera fragmentaria su crecimiento existencial y sexual.

No exagera el organizador de la estupenda muestra Metafisica/Metafisiche, en Palazzo Reale de Milán, cuando recuerda que fueron italianas las dos manifestaciones de vanguardia más influyentes del siglo pasado. Se refería por supuesto al Futurismo y a los llamados “Metafísicos”. A los primeros, el XXI ha comenzado a reconocerlos, pero no ha terminado. Con los metafísicos el asunto ha progresado menos. Las causas, como siempre, es necesario precisarlas donde se presentan. En este caso, Italia. Nunca han tenido los italianos las habilidades para promocionarse con el mismo talento que lo hacen sus vecinos transalpinos. Una muestra de tal incapacidad es la que ha relegado a las filas traseras la actividad de estos “metafísicos” de los cuales no es mucho lo que se ha difundido. Y no puede ser de otra manera cuando sus propios críticos y estudiosos no los consideran en su propia dimensión. Para Mario de Micheli, en su ya clásico, Le avanguardie artistiche del Novecento, los llamados “metafísicos” (De Chirico, Savinio, Carrà, Pisis, Morandi) no fueron lo suficientemente vanguardistas como para ser contemplados en su estudio, ignorando que fueron los inventores del surrealismo francés, al cual dedica uno de los capítulos centrales de su libro. Cuestionar este prejuicio es el propósito de la extraordinaria exposición del Palazzo Reale de Milán. La última sala del exhaustivo proyecto revela al afortunado visitante, la vigencia y contemporaneidad de la propuesta metafísica. En sus espacios, versiones de lo metafísico a cargo de artistas como Philip Guston, Pino Pascali, William Kentridge o Andy Warhol. Los artistas del grupo comienzan a ser mejor entendidos en su inquietante propuesta en este siglo XXI donde todo ahora ha sido inquietante.
En mi limitada revisión de las óperas de Haendel, he disfrutado hoy de Alcina, también de 1735 en Covent Garden, y también sobre un episodio fantástico de Orlando furioso, lleno de magas (Alcina y Morgana), caballeros cristianos y fantásticos malvados. El espléndio montaje es de la Opera de Lausane con un estupendo “cast” de solistas encabezado por Franco Fagioli. Como con la mayoría de las producciones del Barroco perece forzado llamarlas óperas, ante la ausencia de coros, acción dramática coherente y “equilibrio vocal” (las arias son más bien pequeños recitales). Opera seria es como la llamaron para no confundirse con el drama bufo de la época. Haendel adaptó el modelo de los italianos y se llevó a Londres algunos legendarios cantantes, la Cuzzoni, por ejemplo. Las limitaciones formales del espectáculo son sobradamente compensadas por la inagotable belleza de la música de Haendel, su sostenida variedad melódica y la dulzura de sus arias, en especial las escritas para soprano (la Cuzzoni entre otras) o “castrato·” (contratenor), en las cuales se ha especializado el argentino Fagioli. En este caso, en el cuadro de un fascinante montaje que reproduce todos los elementos fantásticos con una bien administrada contemporaneidad. De Alcina es la formidable aria “Ah Mio cor”, donde la soprano, durante una gloriosa docena de minutos, se encarga de uno de los fragmentos más conmovedores de la ópera barroca.
Melete, con Acede y Mneme, es una de las tres musas originales. Habitantes del monte Boecio, predecieron la aparición de las más conocidas Nueve Musas, hijas de Zeus y Mnemónesis. Es títulos escogido por Jennifer Lee Tsai, que, como su nombre indica, es británica, nacida en la aislada población inglesa cercana Liverpool. Sus abuelos llegaron a Inglaterra procedentes de China y Hong Kong. Educada en su lengua natal, la tradición paterna ha modelado su formación, una experiencia mestiza que insiste en expresar en su poesía. Ha publicado este único libro que ha sido privilegiado con la atención unánime de lectores y estudiosos. Sólo escribe en inglés, pero las tradiciones líricas chinas se expresan de manera reiterada en sus textos. No es casual el título. Melette es la musa de la contemplación, una actividad indisociable de la milenaria tradición lírica china. Estas son mis traducciones de un par de textos del volumen.
Otro idioma
Cuando hablo en cantonés
soy casi otra persona.
Hablo más alto, con más brillo,
los siete tonos, subiendo
y bajando como notas musicales.
Mis abuelos
al dejar la perfumada bahía
de Hong Kong y el río Perla de Guang-Zhou
por el sueño de una vida mejor en occidente.
¿cómo hicieron con el inglés?
Al descender del barco en el muelle
bajo la lluvia, escuchando el acento de Liverpool
por primera vez,
como dos carpas doradas
nadando en el rio Mersey.
Vieja llama
Últimamente no puedo dejar de pensar
otra vez en él, la breve danza de ambos,
cuando su traje color ámbar brillaba
en medio de la noche, como una cerilla
a punto de prender pero que se apaga
antes de encenderse.

A propósito de unos apresurados comentarios que incluí hace unos días en este diario sobre los poetas y la traducción, y de la pobreza de esta tradición en Venezuela, me escribe desde Madrid Carmelo Chillida, mi colega en la Escuela de Letras de la Universidad Central, para revelarme las traducciones que el gran vate venezolano Juan Sánchez Peláez realizara de algunos textos de Henri Michaux, Aimé Cesaire y Robert Desnos. No tiene nada de extraño, si recordamos las filiaciones de Sánchez Peláez con el surrealismo, filiaciones oscuras, las llamaba. Lo raro es que nunca las publicara y nunca, al menos a mí, en nuestros infinitos años de estrecha amistad, me las mencionara. Es probable que las haya realizado para ser leídas en el programa de radio que mantuvo durante unos y no las consideró dignas de su publicación sin someterlas a su revisión, lo cual le hubiese tomado años, como le tomaba años terminar un libro. Las traducciones fueron recogidas en una entrega reciente de la revista Latinoamerican Literature Today, de donde las tomó Carmelo para enviármelas. Me comprometo a publicarlas en un órgano menos remoto que la excelente, y distante, publicación de la Universidad de Tulsa en Oklahoma. También, pero desde Valencia, Venezuela, me recuerda Pedro Téllez la traducción que hiciera Jorge Guillén del Cimitère marin, de Paul Valéry, algo que preferiría no recordar.

En su artículo publicado hoy en El País, el nicaragüense Sergio Ramírez, Premio Cervantes, recuerda, a País portátil, la única novela publicada por Adriano González León, que fuera reconocida con el entonces muy influyente premio Biblioteca Breve, promovido por la editorial catalana Seix-Barral. Estas son unas líneas de la reseña, que debería servir de modelo a los que se dedican al difícil oficio de reseñar publicaciones:
Hoy, cuando Venezuela está en los titulares por su desgraciada historia política, de la dictadura al protectorado, vale la pena exhumar esta novela que cuenta, en un primer plano, el viaje de un día por Caracas de Andrés Barazarte, un joven que busca cumplir la misión de entregar un artefacto explosivo a una célula guerrillera, un viaje contado en un lenguaje dinámico y donde la ciudad, caótica y siempre en movimiento, la Caracas saudita de entonces, bendecida y maldecida por el petróleo, es ella misma el gran personaje, como lo es México en Carlos Fuentes y Lima en Vargas Llosa.
Es de lo más lamentable que ha ocurrido en la literatura venezolana contemporánea que Adriano no haya vuelto al oficio de novelista. Había tanto que contar en los años que siguieron a País portátil esperando a un cronista como él con su prosa musical y cinematográfica. Lo de Ramírez es, también, un homenaje a la amistad que durante años los mantuvo unidos.
Ayer, en una luminosa tarde de la primavera tardía, recital de fin de curso de la escuela de música donde estudia Alessandro, mi nieto. No se trata de un llamado vocacional, para él la música es una actividad más de su formación. Lo hace porque le gusta, como juega padel o tenis. El año pasado me conmovió con su interpretación al piano del tema musical de Juegos peligrosos, el romance anónimo recogido por Narciso Yépez. Este año, su profesor seleccionó una partitura más cercana a sus orígenes maternos. Si aquella vez supo expresar la nostalgia incesante de la partitura, esta vez Alessandro habló más al corazón de los venezolanos en el auditorio. En efecto, le tocó interpretar con respeto e inspiración, la romántica “Petite Berceuse”, de Teresita Tagliapietra-Carreño, hija de la gran Teresa, patrona de todos sus compatriotas que viven fuera del país natal. Gracias Alessandro.
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