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Una de las guerras más sangrientas de las sangrientas guerras de liberación africana fue la de Angola. La colonización portuguesa, no menos cruel que la belga o la británica, se resistió a dejar sus enormes posesiones en Africa hasta mucho después de que los demás europeos abandonaron el continente. Fue necesario un cambio de gobierno en Lisboa para que las jerarquías militares portuguesas accedieran al desalojo. Venezuela, que había sido el destino preferido por muchos inmigrantes provenientes de Madeira, recibió a partir de 1975 grupos de exsoldados que habían peleado en África. Alguno de ellos me habló una vez, no sin amargura, de las matanzas cometidas con los angoleños. José Tolentino Mendonça vivió los nueve primeros años de su vida, que fueron los últimos del dominio portugués, en Angola. En el poema “Guerra colonial”, de Introducción a la pintura rupestre, que he traducido del portugués, hace alusión a esa experiencia. Como toda la poesía de Mendonça, y como la de sus contemporáneos portugueses, el texto fue escrito en versos libres:
Guerra colonial
Todos los soldados eran de la misma edad
recostados contra la pared de la plataforma
o tendidos en los solares llenos de cardos
ninguna familiaridad más íntima
los rostros risueños, los ojos a la deriva
trastornados por una desesperación que no reconocen
El tiempo lento separado de su blancura
hacía desaparecer el cielo
con un bramido resbaladizo
ni por amor ni por dinero
ninguno de ellos
mantendría una linterna para buscar
un indicio de que el mundo continúa
Cuando se arrastraban por las trincheras
moviéndose sin saber para dónde
el dolor de estar allí no se movía ni un milímetro
un juego de solidaridad irreversible
una quemadura mayor que la renuncia o el fracaso
ante la cual la propia vida se había convertido
en el borde donde repentinamente termina
Deberíamos regresar muy atrás
hasta los primeros recuerdos de aquello que es
como nosotros
a lo que tal vez una civilización entera pudiese
haber aprendido
de la solemnidad de un nacimiento o una muerte
al conocimiento de repeticiones eternas
no dispuestas por la mano del hombre…
Guerra colonial (cont.)
Pero ellos estaban inmersos en esa especie de torpor
como tantas veces hemos sido incapaces
de explicar los motivos que nos impedían
recordar cómo vivimos
cómo podemos pensar, dormir, hablar
o incluso recoger las manos
después de que la música terminó
Una persona puede fácilmente acostumbrarse
al aspecto absurdo y extenuante
de las figuras que más tememos en el sueño
el alma envejece como la carne
aprende a mentir con sinceridad
con gavetas secretas, hace tiempo cerradas
y flores secas que después
sólo son polvo de flores
De noche siempre rezábamos por los soldados
portugueses destacados en combate
y mi hermana mayor se carteó
durante meses con uno
con el cual se casaría
Escuela del silencio es el nombre de una antología de Tolentino Mendonça prublicada por la editorial Tragaluz en 2016.

Carlos Castro, poeta irlandés nacido en Venezuela, y mi proveedor oficial de poesía de origen nativo norteamericano, me hace llegar un texto de la siempre estimulante Natalie Diaz. Nacida en 1978, Diaz es una Mojave de la comunidad Gila River. Fue basketbolista profesional en Europa y Asia, hasta que regresó a los Estados Unidos para graduarse en la Universidad de Arizona, donde es profesora asociada. Recuerdo dos de sus libros: Cuando mi hermano era un azteca, del cual traduje algunas piezas para este cuaderno, y al cual pertenece el texto que acabo de recibir. Y, Poema de Amor Postcolonial, Premio Pulitzer 2021, del cual existe una irregular traducción al castellano. Sin la cursilería de Andrés Eloy Blanco, el poema de Diaz que me envió Carlos trata el asunto de la discriminación racial a nivel teológico, en especial sobre el sensible asunto de los ángeles; que, si bien no parecen tener sexo, si pertenecen a una raza determinada, la blanca. Es el texto inicial de Cuando mi hermano era un azteca (2013).
Visita de un queribin anglicano a una reservación de indios salvajes
Los ángeles no vienen a la reservación,
Los murciélagos, tal vez, o las lechuzas, cosas manchadas.
Coyotes también. Todos quieren decir lo mismo-
Muerte. Y muerte. Imagino que es porque nunca he visto
un ángel volando sobre el valle.
¿Gabriel? Nunca he escuchado nada sobre él. Aunque
conozco a un tipo que le dicen Gabe. Llegó a aquí pumpum
y se quedó, típico de los indios. Y tenía alas por supuesto,
como buen exconvicto. Anda por ahí en carros robados. Donde se detenga
los niños crecen como calabazas en los vientres de las mujeres.
Como dije, nunca he escuchado a un indio que haya sido o visto un ángel.
Tal vez en un desfile de Navidad o algo por el estilo.
Las iglesias nazarenas organizan una cada diciembre,
dirigida por la esposa del Pastor John. Nada raro
que el hijo del Pastor sea un ángel, todos saben que los ángeles son blancos.
Basta con los ángeles, me digo. No son buenos para los indios.
¿Recuerdas la que pasó la última vez que un dios blanco
llegó flotando a través del océano?
La verdad es que puede haber ángeles, pero arriba,
en lo alto, viviendo sobre las nubes o sentados en tronos
sobre el mar usando ropas de terciopelo y anillos de oro,
tomando whiskey en vasos de plata, estaremos mejor
si siguen ricos y gordos y feos y exactamente dónde están,
en su distante cielo. Mejor si no esperas ver un ángel en la reservación.
Si lo haces, te llevaran marchando hasta Oklahoma o Zion,
o cualquier otro infierno que hayan diseñado para nosotros.

Invitados por Constanza para pasar unos días en la montaña huyendo de anticiclón africano, como llaman los expertos al fenómeno metereológico que calienta los termómetros en ciudades como Sevilla o Bari por encima de los 40º C. De nuevo hemos venido a esta pequeña población a unos cuantos kilómetros de Courmayeur; y, hacia el otro lado, a igual distancia, el elegante Montblanc, con sus 4810m, la montaña más alta del continente. En Suramérica la mítica montaña sería una de las más bajas de la cordillera andina. No obstante, su latitud septentrional le permite mantener su cumbre nevada incluso en estas temperaturas saharianas. Es una altura generosa en historias y leyendas. Y ha sido cantada por los mejores poetas europeos. Es parte de la frontera entre Italia y Francia y, desde Aníbal, utilizada por los ejercito de todas partes para invadir lo que era Roma y luego fue Reino de Italia.
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Siguiendo recomendaciones de Peter Weisman, buen lector y autor de diccionarios (suyo es el estupendo Dictionnaire étymologique et critique des Anglicismes), una raza en vías de extinción, dedico esta semana, al frescor de la montaña para leer, Marte, la única obra de Frtiz Zorn, el malogrado escritor suizo muerto a los treinta y dos años de un cáncer precoz. Lo leo en la versión italiana, cuyos editores prefirieron llamarlo Il cavaliere, la morte e il diavolo, en alusión al conocido grabado de Durero. (En castellano, Anagrama conservó el original). Formalmente un libro de memorias, a menudo es inevitable pensar que en ocasiones se trataría de una forma ficcional de sus recuerdos. Sus primeras líneas se hicieron famosas entre sus contemporáneos:
Soy joven, rico y culto; soy infeliz, neurótico y solitario. Provengo de una de las mejores familias de la margen derecha del lago de Zurich, conocida también como la “costa de oro”. Tuve una educación burguesa y me he portado bien toda la vida. Mi familia era un tanto enfermiza e incluso yo probablemente sea portador de una tara hereditaria consecuencia de daños ambientales. Naturalmente también tengo cáncer, que, a decir verdad, después de todo lo que he dicho, me parece una consecuencia del todo natural. El asunto del cáncer tiene sin embargo un doble aspecto: de un lado se trata de una enfermedad orgánica del cual muy probablemente moriré, pero a la cual podría sobrevivir. Por el otro lado se trata de una enfermedad psicológica, y puedo considerar una fortuna que se haya finalmente manifestado.
El carcinoma de Zorn (né Angst) se trataba de un Hodgkin, un linfoma maligno de precoz aparición que, desde los ganglios, puede propagarse por diversos órganos (el hígado, el bazo) siguiendo las vías del extendido sistema linfático. Para la época de su diagnóstico en la joven humanidad de Fritz Zorn, seguramente alrededor de sus veinte años, el conocimiento de lo que se conocía como Mal de Hodgkin era precario. Recuerdo haberme hecho cargo de un joven de diecinueve años con Hodgkin durante mis guardias como estudiante de Medicina. El diagnóstico era el más grave. De hecho, cuando, después de varios días, regresé a visitarlo, comprobé con horror que su cama estaba vacía, el colchón llevando sol y su cadáver en anatomía patológica. Se consideraba intratable y sinónimo de muerte temprana. La etiología hoy se conoce mejor y el pronóstico es altamente positivo. No se habría muerto tan joven nuestro autor. En esos años de oscuridad (todavía hoy no todo está claro), proliferaron las teorías que trataban de explicar la aparición del terrible mal. Como la de Zorn, quien le concedía un carácter psicosomático producto de una neurosis. En su opinión, a la cual alude reiteradamente en sus memorias, tuvo su origen en la educación impartida en su casa. Una familia adinerada con todas las galas de la nueva burguesía. Conservadora, masculina, de obstinada derecha y nacionalista. Zorn fue un rebelde en todas las instancias.
El libro de memorias de Zorn, es uno más de la ilustre tradición germana del Bildungsroman, que como todas las tradiciones literarias germanas tienen su origen en Goethe. En efecto, del gran poeta es la primera Bildungsroman: su Wilhelm Meister, cuyo primer tomo, Los años de peregrinaje de Wilhem Meister, escrito en la más pura prosa goetheana, es una crónica de la adolescencia y primera juventud del protagonista. Después de este ilustre inicio, no han sido muchos los escritores en alemán que han dejado de escribir su versión. A Thomas Mann le correspondió escribir una de las más sensibles y hermosas. Su Tonio Kröger, de 1903, que es el modelo oficial del género. Fritz Zorn lo sabía, y lo refiere como uno de los antecedentes a su conflicto existencial como poeta en medio de la más prosaica de las sociedades, no otra que la de su Zurich natal. Como Kröger, Zorn comenzó escribiendo versos y, como el inolvidable personaje de Mann, su visión de lo femenino era. por lo menos, ambigua.
Zorn estudió lenguas romances de la universidad de Zurich de donde egresó con una tesis sobre el novelista portugués Luis de Sttaus Monteiro (1926-1993). Con el idioma y la cultura peninsular había estado en contacto durante sus viajes de vacaciones a Lisboa. Durante los últimos años de su vida breve, enseñó portugués y castellano en un liceo de Zurich. En su libro reitera una cita del gran vate galaico-portugués Martin Codax: Ai, Deus, se sabe ora meu amigo / Como eu senheira estou em Vigo? (Oh, Dios, si supiera mi amigo / Como me siento solo en Vigo?).
No son muchas, en verdad, las páginas dignas de memoria del libro d Zorn. Su efecto final se produce por la suma de todas ellas. El suizo es partidario de la reiteración, del leit motiv y la paradoja. No obstante, digna de la memoria de los hombres es la página destinada a consignar el desconcierto que le produjo constatar un engrosamiento en su cuello. Por lo que describe, un ganglio inflamado, el primer signo del Hodgkin que lo llevara a la muerte a los pocos años:
No pensé en ningún momento que pudiera tratarse de un cáncer y cuando vi que no
desaparecía sino que se hacía cada vez más grande, hice que un médico lo examinara
Sin lejanamente imaginar que pudiera tratarse de algo grave. De cómo fuesen las
cosas en realidad no tenía la menor idea… Si bien no sabía aún que se tratase de un
cáncer por intuición había ya hecho el diagnóstico justo, porque rápidamente entendí
el tumor como “lágrimas no lloradas”. Era como si todas las lágrimas que no había deseado, que no había sido capaz de llorar, se hubiesen acumulado en mi cuello y habían
formado este tumor, sólo porque no habían alcanzado su objetivo, que era el de ser
lloradas. Desde el punto de vista médico este diagnóstico tan poético no tenía naturalmente ninguna validez; pero, referida a mi persona, expresa la verdad: todo el
sufrimiento que había acumulado dentro, el dolor que había tragado a lo largo
de tantos años, de golpe no se dejaba más comprimir en mi ser íntimo, debido a la
presión explotaba y con su explosión destruía el cuerpo.

Un comentario de María Fernanda Palacios me regresa, de manera no prevista, a la lectura de Anna Ajmatova. La espléndida poeta rusa fue uno de mis amores literarios cuando tenía yo veinte años y estudiaba tercer año de Medicina, alternando mis lecturas de fisiopatología con la de poetas como ella o Rilke o Michaux. A la Ajmatova había llegado gracias a mi querida Marina Malich, nieta de una princesa rusa y quien había estado con la poeta brevemente durante la evacuación de intelectuales de Leningrado. Marina era la esposa de otro grande de la literatura rusa, Daniel Charms, y frecuentó los más activos centros de la joven literatura de su país. En ese momento, sólo existía en castellano, más bien madrileño, una traducción lamentable del Requiem. Marina me recomendó, sabiamente, que aprendiera ruso, la única manera, insistía, de apreciar la poesía de la gran Anna. En una decisión que todavía lamento, me contenté con leerla en las traducciones al inglés, mejores que la castellana, nada difícil. Después de las traducciones al inglés de D.M. Thomas, me di a la tarea de buscar las francesas, y fue así que conocí las de Jeanne Rude. La de Rude era la única versión completa, fuera del ruso, del opus magnum de Ajmatova, Poema sin héroe. A la espera de la versión de María Fernanda, a la cual ha dedicado largos años, me traje a la montaña la bilingüe de Carlo Riccio, para Einaudi. Se trata de un largo y alambicado texto, mezcla de monólogo dramático, literatura fantástica y poesía lírica, escrito, o comenzado a escribir en 1940, en medio de la guerra, y terminado en 1962, en el ocaso del horror staliniano. Debe entenderse como un gran homenaje a Pushkin y una memoria de la bohemia juventud de la autora. El origen del magnífico texto fue el suicidio de un joven poeta amigo de Ajmatova. Una de las contribuciones a la “generación suicida”, dentro y fuera de Rusia, (Maiacovsky, Essenin, Tsvetaeva, Casagemas, Trakl, Richard Gersti, Cravan, Jeanne Hébuterne, Duprey, Crane).
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