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“Supermercado en California” fue lo primero que leí de su autor. Estaba incluido en una antología de poesía norteamericana contemporánea traducida por el poeta argentino Alberto Girri en colaboración con el canadiense William Shand. El volumen estaba en uno de los estantes del Departamento de Publicaciones de la Universidad de Carabobo que, en esos días, lo integraban Eugenio Montejo y Teófilo Tortolero. Mi interés por el norteamericano contrastaba con la indiferencia de ellos. Después de una etapa de poesía “pública” (Montejo había publicado una “Elegía a Lumumba” durante sus años de estudiante), ambos vates favorecían una poesía breve, intimista, para-surrealista y extremadamente elaborada. No fue difícil convencerme de las virtudes de esta poética y también yo comencé a alejarme de la sintaxis ginsberguiana. Una diferencia que se materializaría con la publicación de la revista Poesía, de la cual serían mis estrechos colaboradores. Y, aun cuando dejé de leerlo por un tiempo, siempre seguía las actividades del poeta de New Jersey. En 1973, en la legendaria librería Gotham Books Mart de Nueva York, conseguí lo que hasta ahora me parece uno de los poemarios más interesantes del autor, The Fall of America, publicado por la misma City Lights Book, cuyo propietario, Lawrence Ferlinghetti, era otro de los grandes animadores de la llamada poesía beatnick, cuya influencia llegaría ser poco menos que planetaria. En Venezuela fue leído e imitado con interesantes resultados. No obstante, Ginsberg seguía siendo para la mayoría de sus lectores el bardo de Howl, cuyas primeras líneas, después de setenta años, siguen siendo perturbadoras:
He visto los mejores espíritus de mi generación destruidos
por la locura, hambrientos histéricos desnudos,
arrastrándose al amanecer por calles de negros buscando una pose enojada,
cabeza de ángel ardiendo por la antigua conexión celeste
del dinamo estelar en la maquinaria de la noche…
Con todo, más que Howl, otro texto me impresionó en ese mi primer encuentro con la poesía de Ginsberg gracias a la antología de poesía norteamericana del Departamento de Publicaciones de la Universidad de Carabobo. Se trata de un poema dedicado a Martín Adán, el mitológico poeta limeño que el norteamericano fue a conocer en su viaje por el país andino. Martín Adán es el seudónimo de Rafael de la Fuente Benavides, homosexual como Ginsberg, perteneciente a una aristocrática familia peruana (En Perú, la aristocracia se remonta a los tiempos del imperio inca, no como en Venezuela que no va más allá de Gómez). Auto marginado, terminó alcohólico y habitué de las más sórdidas tabernas de la ciudad virreinal y el puerto de El Callao. Una figura escurridiza (cuando pregunté por él a los amigos poeta peruanos en Lima, en 1972, me dijeron más o menos lo que escribió Dante a la entrada “Lasciate ogni speranza”. Ni siquiera ellos lo conocían), que escribió buena parte de sus poemas en servilletas de papel, que su editor y amigo Jaime Mejía-Bacca, recogía al día siguiente de la mano de los meseros a su servicio. Gracias a esta iniciativa, tenemos La mano desasida, el más conmovedor de los tres grandes poemas dedicados a las ruinas sagradas de Machu Picchu. Estos son unos versos de Piedra desasida, escritos en uno de los cientos de papelitos, servilletas, fragmentos infinitos de un poema-constelación sobre la más consteladas de las ruinas precolombinas. A Jaime Mejía Bacca le debemos lo que leemos:

La presencia
(Fragmento)
¿Qué es la presencia, Machu Picchu?
¿Eres la roca o el aluvión?
¿Eres el tejado o el gato?
¿Eres mi cuerpo o mi amor?
Cuando yo baje por tu madre sabida,
¿Quién seré yo?
Sí, toda era como entonces,
Todavía antes del principio
Eran roca y ser, de donde aún nace
Y sangra el deliberado sacrificio.
Todo eres
Como el labio del recién nacido,
Desdentado o como el del viejo
De la parábola del cigarrillo.
¿Cuándo y cómo eres humano,
Yo el solo humano, y tú hermano y mío?
¿Y qué diré si la palabra
que pesa y pasa tan poco como tu equilibrio?
¿Qué diré sobre tu edad?
¿Qué diré sobre tu río?
¿Qué diré de la indiecita adolescente
Que se baña en chorro, planta de alarde sin sentido,
Desnudez sin amor y sin odio,
Exacto y superfluo y hediondo y oscuro río?
Pero tú estás, piedra de cerco
De todo, límite inmerso y exiguo,
Palabra precisa,
La que yo rehúyo y persigo…
Martín Adán
No sé cómo se enteró Ginsberg de la existencia del fantasmal poeta limeño, poco traducido en ese momento en su país y ni pensar en una eventual traducción al inglés. No creo que el castellano del autor de Howl haya sido más que precario; pero, entre poetas, el conocimiento mutuo no es necesariamente ser verbal. Esta es mi traducción del homenaje de un judío de New Jersey a un viejo patricio limeño:
A un viejo poeta del Perú
Porque nos encontramos a mediodía
a la sombra del reloj de la estación
mientras mi sombra visitaba Lima
y tu sombra moría en Lima
viejo rostro barbudo
y mi joven barba saliendo
magnífica como cabello muerto
en las arenas de Chancay,
porque saludaste mis ojos
con tu voz anisada pensando
sin razón que yo era un genio
para ser tan joven
y porque saludé tus sesenta años
con el olor de la muerte
de las arañas en el piso
creyendo sin razón que eras un melancólico
(mi rock and roll es el movimiento
de un ángel volando sobre la ciudad moderna)
(tu manera oscura es el movimiento
de un serafín que ha perdido sus alas).
Te besé en la regordeta mejilla
(y de nuevo mañana
bajo el estupendo reloj de Desaguaderos)
antes de ir a mi muerte en un avión
en Norteamérica (hace años)
y tú ti dirijas a tu infarto en una indiferente
calle de Suramérica
(Ambos rodeados por comunistas gritando
con flores en el trasero)
tú antes que yo
o una larga noche solo en una habitación
en el viejo hotel del mundo
mirando un negra puerta
cubierta de trizas de papel
muere espléndidamente en tu soledad.
Oh anciano
profetizo recompensas
más vastas que las arenas de Pachacamac
más brillante que una máscara de oro labrada
más dulce que la alegría de ejércitos desnudos
más rápida que el tiempo que pasa entre la nueva Lima en el polvo
más extraña que nuestra cita
fantasmas de una vieja ilusión, de la indiferencia
la deslumbrante inteligencia
No besaré tu desagradable mejilla cuando…
Y los que lamentan regresen
al viejo y cansado sueño
y despiertes en el ojo del Dictador…
otro estúpido milagro. ¡Estoy equivocado otra vez!
tu indiferencia y mi entusiasmo. Perdido en la ola de oro que fluye
¡Estoy cansado de insistir! Adiós,
Voy a Pucallpa por unas visiones.
¿Limpias tus sonetos?
quiero leer tus borradores más obscenos,
tu esperanza
en su más sórdida magnificencia, ¡Dios mío!

Henri Matisse, como la mayoría de sus contemporáneos, no era de espíritu especialmente religioso. Pertenecía a una generación post-Dios-ha-muerto y pre-desengaño-existencial. No había perdido la confianza en las posibilidades de la racionalidad. Tal vez por eso, porque creía en dios tan sólo lejanamente, pudo construir un sitio religioso que exalta la existencia de Dios en todos los rincones de la construcción. Creo sentirme más cerca de Dios en esta diminuta iglesia que en toda la Sagrada Familia de Gaudí. Cristo y sus discípulos, después de sacudir de las sandalias la arena del camino, habrían encontrado un locus amoenus para conversar y discutir las buenas nuevas que traía el hijo de José y María. La capilla de Matisse, en Vence, es la expresión más pura de otro minimalismo. El que no ahoga las inquietudes naturales del alma, sino que las convoca para revelar las posibilidades de armonía en el evangelio cristiano. Como se sabe, sólo los ateos creemos en Dios.

Vallauris sólo es conocido por los profesionales de la cerámica, y los estudiosos de Picasso. Para los primeros, la pequeña ciudad es el centro de una centenaria tradición ceramista propiciada por la calidad de sus tierras. Los segundos recuerdan que fue la residencia de Picasso de 1948 a 1955, y la de su nueva familia al lado de François Gillot y sus hijos Claude y Paloma. Para el maestro español los primeros años de la post-guerra fueron tiempos de inseguridad. La política de gobierno francés de desconfianza no olvidaba las sus actividades como miembro del partido comunista a favor de la Unión Soviética, el nuevo enemigo común durante la guerra fría. Las posibilidades, remotas, pero reales de una deportación eran doblemente preocupantes. Toda deportación es incómoda, para decir lo menos. En el caso de Picasso tenía el agravante de que la España a la que sería eventualmente deportado, era el imperio de la reacción franquista. El regreso forzado a la patria implicaba rasgos serios para su libertad y su vida. A muchos como él (Lorca es apenas uno) habían fusilados las bandas para militares de Franco. Su militancia en el partido comunista está en el origen de la negativa de los diversos gobiernos franceses para concederle ciudadanía y pasaporte, que ya en 1901 la policía había distinguido como “anarquista” en la dicha del pintor. “Picasso el extranjero” fue como los curadores del MUDEC de Milán titularon la reveladora muestra que relacionaba diversos sectores de la obra de Picasso con su condición de “extranjero”, un exiliado eterno quien, a pesar de sus riquezas y amistades (Picasso, p. e.) nunca fue favorecido con un pasaporte francés, ni ningún otro país, en caso de que lo hubiera solicitado. El MUDEC seguía de cerca la iniciativa de Annie Cohen-Solal quien, en 2021, había organizado la muestra Un etranger nommé Picasso en Le Musée National de l’histoire de l’immigration, de París. La escogencia de Vallauris no tenía ninguna relación con las tradiciones artesanales de la región. Como tantas veces en su biografía se trató de una decisión política. La militancia comunista del alcalde de Vallauris le ofrecía a Picasso una sensación de seguridad que no encontraba en París. En sus interesantes memorias, Mme Gilot da cuenta de estos años de relativa armonía ne la vida del maestro. De París llegaban las visitas de los viejos amigos, como Paul Eluard quien dejó escritas estas líneas en un libro de visitas:
Huiremos del reposo huiremos del sueño
Tomaremos la rapidez del alba y la primavera
Y ajustaremos los días y las estaciones
A la medida de nuestros sueños.

En Vallauris, de manera no pensada, Picasso se incorporaría a la vieja tradición ceramista de la ciudad. La nueva amistad con George y Suzanne Ramié propició esta nueva forma de expresión. Mme. Ramié era una ceramista profesional, una de las responsables del rescate de la menguada industria de la terracota en la región. En 1946, con su esposo George, reactivaron una vieja factoría abandonada, donde Suzanne exploró, con el éxito que conocemos por sus consecuencias, las posibilidades de una cerámica no utilitaria, más cerca del arte que de la artesanía. Los Ramié, quienes habían trabajado con Aimé Maeght, pronto comenzaron a recibir las visitas de personajes interesados en la empresa del taller, e introdujo a Picasso en los secretos de las artes del fuego. Con genio acostumbrado, el español se encargaría de producir una de las cerámicas más espléndidas del arte moderno. Cientos de platos, vasijas, bandejas y otros objetos saldrían de su taller ante la asombrada mirada de propios y ajenos.

Tres son las grandes pinturas “políticas” de Picasso (“Le charnier”, de 1944-45), sería una cuarta). Todas con la guerra como asunto. “Guernica”, la más conocida, es un alegato contra los bombardeos aéreo de poblaciones civiles. En este caso, por parte de fascistas y nazi que tomaron la pequeña población vasca como blanco experimental de la perversa maniobra. La pintó en París hacia 1940 en su viejo apartamento de les Grands Agustin y fue objeto de admiración, incluso por los cultos oficiales de la Wehrmacht que lo visitaron. Sólo sería exhibida en Milán en 1953 antes de su residencia neoyorkina. No tan conocida como “Guernica”, más disponible al público, es “Masacre en Corea”. Esta vez el tema bélico, con su referencia a Goya, fue tomado de alguno de los episodios de la guerra de Corea, en la cual los civiles fueron asesinados por soldados norteamericanos en una muestra de lo que se haría generalizado en Viet-Nam. “Masacre en Corea” es un amplio lienzo de 210cm x 110cm, que se expone en el Museo Picasso de París. El asunto paz será tratado en el épico y menos conocido fresco de más de cien metros realizado en 1952, “Guerra y paz”, que cubre el techo abovedado de la capilla de Vallauris. Una de las expresiones más elocuentes del compromiso con la paz del autor. Desde el ingreso a la sala se siente al maestro especiamente ninspirado que, al cumplir los setenta años confía en las posibilidades de la tribu humana de convivir pacificamente.Es una de las experiencias más intensas y memorables que he sentido frente a una obra del malagueño Poesía, narrativa, épica, música y colores y formas que no dejan de moverse, tanto en el acto homicida de la acción belica como en la utopía bucólica.

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