Fotografía

El clasicismo de Mapplethorpe

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A los treinta y siete años de su muerte tal vez no sea una conjetura alegar que el norteamericano Robert Mapplethorpe (1946-1989) ha alcanzado el status de clásico de la fotografía contemporánea, como Avedon, Mulas, Winogrand o Arbus.  En su obra se percibe el atributo fundamental de los clásicos. Me refiero a la síntesis de tradición y modernidad. Con todas sus rupturas, Mapplethorpe, sin embargo, es fiel a las convenciones de la poética clásica. No se propuso romper con la tradición y proponer una nueva, lo cual es cosa de necios. En lo que se empeñó fue en hacer nueva la tradición heredada. No hacerla de nuevo, sino hacerla nueva. En palabras de Patti Smith “Creo que cada generación tiene que hacer las cosas a su manera”. Algo que es evidente en el tratamiento que concede Mapplethorpe al legado de su compatriota Richard Avedon (1923-2004). Aunque la sintaxis parece la misma, la milagrosa precisión del trazado o el tratamiento del claroscuro, la fotografía de uno y otro divergen de manera dramática. A la actitud “introspectiva” de Avedon, quien nunca dejó de retratarse a sí mismo cuando retrataba a los demás (“Es casi como si escribiera mi autobiografía con las personas que fotografío”), Mapplethorpe opone la “generosidad” de su iconografía. En sus composiciones, los protagonistas son los mismos personajes que le han servido de modelo, él es apenas quien dispara el obturador de su Polaroid o su Hasselblad 500. Patti Smith es cien por ciento Patti Smith y Lisa Lyon. La estupenda retrospectiva del Palazzo Reale de Milán Le forme del desiderio (a partir del 26 de mayo en el Museo Ara Pacis, de Roma), con su impecable trabajo de curaduría y documentación, propicia esta visión del malogrado fotógrafo neoyorkino. Las primeras salas están dedicadas a los trabajos pre-fotográficos de Mapplethorpe, collages y montajes a los Cornell, dan paso a las dedicadas a Patti Smith y Lisa Lyon, cuidadosamente documentadas con precisas notas informativas.  En total, son 200 imágenes que sorprenden siempre y estimulan una sostenida admiración. Aunque en apariencia no pueden ser más diferentes, uno piemsa en Man Ray y su convicción de cada fotografía es una obra de arte, como una pinturas de Mondrian o una escultura de Brancusi.

Mapplethorpe pertenece a lo que he llamado en otra parte la “generación Titanic”. La cual, durante los setenta y ochenta, protagonizó en ciudades como Nueva York un ruidoso baile, el último de la travesía, mientras la nave se iba a pique. Esta vez no se trataba de un gigantesco y asesino iceberg, sino de un invisible microorganismo portador de una las más crueles epidemias de la historia reciente. Todo había comenzado en pompa magna durante la celebración de los 200 años de la república estadounidense en 1976. La ocasión ideal para dejar para siempre atrás el fantasma de Vietnam. Otro fantasma, sin embargo, comenzó a extenderse, cuando el sobrecargo homosexual de una línea aérea europea comenzó con el contagio en las calles de Nueva York. Las consecuencias no tardarían en llegar. Pero Nueva York era una fiesta que, en locales como el Studio 54, rendía culto el más exaltado hedonismo. Uno caminaba sobre las jeringas de alguna esquina las del West Side o el East Village, al tiempo que la promiscuidad se establecía como práctica ineludible de las relaciones sexuales. De manera inconsciente, los integrantes de esta cultura punk participaban en el rito de un suicidio colectivo, la única actividad que se distanciaba del individualismo reinante. Prominscuidad, jeringas no esterilizadas, drogas adulteradas, alcohol, desenfreno, descuido personal, el propio caldo de cultivo del implacable SIDA. Robert Mapplethorpe fue el biógrafo de esa generación, él mismo víctima del “virus de la Independencia”.  Una manifestación signada por la indiferencia ante cualquier proyecto social. Y en esto no puede ser mayor la divergencia con Avedon. Para Mapplethorpe, la sociedad no iba más allá de su círculo de amistades en Mahattann, París o Londres. Impensable, en su caso, un proyecto como el de Avedon con Nada Personal, aquella denuncia del racismo que elaboró con James Baldwin. Para Mapplethorpe todos los hombres son iguales, sólo el cuerpo es diferente. A pesar de su obsesivo perfeccionismo, hay mucho de romántico en Avedon. Lo sentimos a punto de la confesión. Su protagonismo es un atributo del yo romántico. Mapplethorpe, no obstante, su vida personal, maldita y arriesgada, es un clásico. Con Barthes podría afirmar que “La fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente”- Como en una galería de esculturas clásicas, revisando una y otra vez sus fotografías, no alcanzamos a adivinar su estado de ánimo, los vaivenes de su psique, las diversas fases de su humor. A excepción último autorretrato, donde aparece sentado con un bastón cuya empuñadura es una calavera, son muy pocas las alusiones al terrible SIDA que empezó a consumirlo en 1986. No es arbitraria mi confirmación del clasicismo de Mapplethorpe. Al final de su vida, con las fuerzas que le quedaban, trabajó en un proyecto basado en esculturas e imágenes del clasicismo greco-romano. Con una selección de esos trabajo se cierra el estupendo homenaje que Venecia, Milán y Roma han rendido a este nuevo clásico de la fotografía contemporánea.

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