.png)
De entrada, una conjetura: Alejandro Oliveros, quien ya ocupa un lugar importantísimo en la lírica venezolana, pasará también a nuestra memoria cultural por su fidelidad a la escritura de diarios. Me cuento entre sus lectores consuetudinarios y no puedo imaginar lo que va del siglo XXI sin sus tesoneras apostillas al arte, al pensamiento, a los avatares nacionales e internacionales, desde, al menos, 1996, cuando sacó a la luz la primera compilación de su Diario literario. A ese volumen se han agregado nueve entregas, incluida la presente[1]. Tal ahínco resulta más extraordinario si consideramos que ese material no agota el aparecido en revistas, entre las cuales descuellan Prodavinci, Montero y, más recientemente, Laberinto.
Su frecuentación del género no es un dato desdeñable. La creencia de que la autobiografía escasea en la tradición hispánica es, sin duda, un cliché, además de una falsedad: bastaría con recordar a Teresa de Ávila, Diego de Torres Villarroel, Domingo Faustino Sarmiento, Rubén Darío, José de Vasconcelos, Mariano Picón Salas o Victoria Ocampo. Se reduce significativamente, eso sí, el número de quienes han perseverado en la autobiografía articulada por la estricta cotidianidad, en deuda con una inmediatez donde debería resaltar la espontaneidad —siquiera aparente— o la falta de perspectiva teleológica exhibida por otras escrituras del yo ansiosas de representar la experiencia ya sedimentada. Con respecto al cultivo de esta especie en nuestra lengua hay, desde luego, que traer a colación excepciones memorables: Eugenio María de Hostos, José Martí, Federico Gamboa, Miguel de Unamuno, Teresa de la Parra, Luis Oyarzún, Julio Ramón Ribeyro, Andrés Trapiello. En todos ellos —salvo en Trapiello—, no obstante, las tareas diarísticas han sido, cuando no accidentales, quehaceres secundarios: nos las habemos con una modalidad usualmente periférica en el campo cultural hispánico.
Si nos concentramos en la tradición venezolana, comprobaremos que no ocurre así en el caso de Rufino Blanco Fombona (Caracas 1874-Buenos Aires 1944), notable por la extensión y el protagonismo cualitativo de sus diarios en la carrera del autor. El mayor interés suscitado por su prolija obra en los últimos tiempos se debe a los volúmenes en que se ciñe al género. Los homenajes críticos a ellos han logrado reunir gustos tan disímiles como los de Enrique Anderson Imbert o Ángel Rama. Y si resalto el consecuente diarismo de Blanco Fombona no es solo por tratarse de un compatriota de Oliveros, sino porque ambos asumen la publicación de sus diarios como meta personal e, igualmente, porque profundas crisis sociales y desgracias políticas determinan, pese a la distancia histórica, la escritura de uno y otro.
En lo que cabe a Oliveros, no ha de extrañarnos el hecho de que en el período entre milenios en que se ha mostrado tan activo también se verifique en Venezuela un auténtico auge, acompañado de visibilidad, de una práctica literaria otrora marginal. Destacan los diarios de Armando Rojas Guardia, Rafael Castillo Zapata, Victoria de Stefano, Antonio López Ortega, Ana Teresa Torres o Ricardo Ramírez Requena —para no mencionar a quienes siguen sin recoger en volumen los pasajes que han dado a conocer en revistas, periódicos o blogs—. Aquí me atrevo a formular otra conjetura: dicha multiplicación de diarios puede entenderse como reacción frente al derrumbe de la democracia y el fortalecimiento de un autoritarismo empeñado en imponer un discurso único fundamentado en supuestos ideales colectivos, hostil a variantes de la sensibilidad individual previamente habituales en un país que, dentro del panorama latinoamericano, se distinguía por la amplitud de su clase media y el respeto de las esferas privadas. Una segunda explicación, complementaria, invitaría a interpretar la descripción meticulosa de la intimidad como el refugio de un sujeto desencantado, hasta ahora, de cada uno de los intentos de resistencia al avance implacable de la univocidad. La escritura, en fin, como respiro y, sobre todo, recomposición: forja o reconstrucción verbal del sujeto opuesta a las fuerzas que desean borrarlo, destruirlo (no olvidemos que Diario en ruinas es el título elegido por Ana Teresa Torres).
De esa dimensión social no ha carecido nunca el Oliveros diarista —agrego: tampoco el poeta—, pero sospecho que Un antes y un después lo revela de manera definitiva a causa de la coyuntura que define orteguianamente a su hablante y vertebra sus páginas: me refiero a la pandemia de COVID-19. Nótese el nosotros que se adueña de la entrada del 31 de marzo de 2020:
«La mortandad, que a estos niveles planetarios la humanidad no había vivido en su larga historia, nos cambiará a nivel profundo para siempre. No somos los mismos, los que comenzamos este marzo de 2020, a los que hemos llegado a su fin. Nuestra situación actual recuerda a la de nuestro antepasado en la caverna, sometido a la oscuridad y acosado por el medio adverso. Nos toca actuar como él y procurarnos con urgencia los medios que nos permitan, como tribu, sobrevivir. Tenemos, una vez más, que descubrir el fuego e inventar las herramientas para someter a un enemigo no menos temible y devastador que la oscuridad ancestral. Después de esta tragedia todo será un antes y un después».
El contrapunto de lo personal y lo colectivo se sostiene de modo muy dramático puesto que, como se relata, el diarista ha viajado de Venezuela a Italia a reunirse con su familia, allí radicada. El ámbito de esa intimidad es nítido, se perfilan actantes reconocibles y creíbles, adheridos al pacto autobiográfico, que incluso reaparecen en otros libros de Oliveros[2]: Alessandro, su nieto, a quien encontramos por primera vez viendo dibujos animados y será objeto permanente de la atención del abuelo; Constanza, la hija del diarista, directora de un grupo de Astra-Zeneca que trabaja en la creación de una vacuna para el coronavirus; Eileen, su mujer, que le regala libros de poemas de Herman Hesse. Amigos, anécdotas personales. Pero pronto ese orbe acogedor se roza con la intemperie de la historia, y nos detenemos a contemplar no solo una Italia donde la pandemia, inicialmente, ocasiona una oleada de muertes estremecedora, descrita con sombrío tono apocalíptico, sino también otro tipo de plaga, esta vez política, que brotó en Venezuela y persigue espiritualmente a la voz meditabunda de estos diarios, así esté físicamente ausente de su país. Se trata de un mal anterior al coronavirus que, cuando este ya va en retirada, extiende todavía su amenaza. El 25 de mayo de 2022 nos toparemos con una sección titulada «El cielo del exilio», capaz de condensar una de las principales líneas de fuerza de Un antes y un después:
«Amanezco bajo un cielo prestado. No pensé […] en tiempos de cuarentena, cuando como techo tenía el cielo del país natal, que, dos años más tarde, me vería residenciado en Milán quién sabe por cuánto tiempo. Aunque me resisto a considerarlo […] como un exilio, los signos externos, materiales, son cada vez más parecidos. Las expectativas de un eminente regreso son cada vez más borrosas, envueltas en una niebla inmóvil. Tampoco yo me muevo, paralizado por la incertidumbre. Comienzo a sentir el “descielo”, la pérdida del cielo natal, como una fatalidad. Cada vez más convencido de que mi única patria es mi familia, mi mujer, mi hija y mi nieto».
Todos los diarios que se han publicado en Venezuela durante los últimos lustros tienen algo de ruinología —pidámosle prestado el término a Antonio José Ponte—, solo que Oliveros se las arregla para situar con absoluta precisión en nuestra conciencia dónde se halla la tabla de salvación para los naufragios colectivos. Su diario narra cómo la subjetividad sobrevive a tantos embates y admite, en efecto, un después que no está en el afuera, sino en el territorio de lo introspectivo. Por esa vía se produce la individuación sin que se rompan los lazos comunitarios[3].
Lo que acabo de señalar nos invita a discernir la paradójica actitud de los diaristas ante las posibilidades del género, muy en particular Oliveros, por su persistencia de más de treinta años. La suya, a duras penas, es una situación comparable a la del inglés Samuel Pepys en el siglo XVII, cuyas esperanzas, gustos, cuitas políticas, adulterios y simultánea devoción por su mujer solo accidentalmente son confidencias, pues jamás se propuso publicar en vida unos apuntes en los cuales incluso acudió a mezcolanzas de inglés, español y francés con el propósito de mantenerse indescifrable. No: Oliveros escribe para ser leído por el prójimo. A él se aplica lo que Wallace Fowlie comentaba de uno de los grandes diaristas del siglo XX: «The Journal is not a mirror. Gide was not Narcissus as he wrote it. He looks at himself in order to be seen by others […]. The motivation of Gide’s writing is to make a place for himself in the society of mankind»[4]. Debemos, pues, captar el contraste de las miserias públicas con la valorada riqueza de la intimidad en Un antes y un después como una dialéctica entre los dominios de lo objetivo y lo subjetivo, lo ajeno y lo propio, un constante oscilar entre la transitividad y la reflexividad de la escritura. Este último detalle es clave: el diarista literario —nótese que Oliveros no abandona el adjetivo— se sabe escritor, artista del idioma y, como tal, no rehúye el artificio. Ello, por una parte, nos obliga a relativizar en sus renglones la importancia de los materiales genuinamente confesionales; por otra, nos aconseja categorizar la intimidad sentida en ellos como exponente del poder del lenguaje. Un lenguaje que, si hemos de creerle a Jacques Lacan, es el mayor responsable de la constitución del sujeto, aunque también la única manera de acceder a experiencias transpersonales, en especial cuando descubrimos el vacío de la palabra yo, cuyo significado varía según el usuario. No conviene soslayar la cuestión, que llevó a Paul de Man a problematizar nuestra fe en los aspectos testimoniales del ejercicio autobiográfico:
«One can dislike the Montaigne of the Essays or the Rousseau of the Confessions, but one is not inclined to argue with their views. The quality of intimacy of these books is integral to them, and has nothing to do with rational argument; the seduction emanates from the immediacy of the language itself»[5].
Es decir, la intimidad en un discurso literario es el corolario de cómo se emplean los signos y cómo inciden estos en el comercio entre el autor implícito y el lector, prescindiendo del autor de carne y hueso. Un diario anónimo bien escrito podría dar la sensación de sinceridad, y hasta despertar empatía o compasión, así no conozcamos la identidad de quien lo escribió[6].
Nótese que el vocablo biografía se compone de dos más: sin la participación de la escritura (graphé) estaríamos hablando simplemente de algo distinto, la vida (bíos). Tal índole verbal nos conduce a otro asunto: quien escribe diarios consciente de que los publicará, y por ende los califica de literarios, suele estar cerca de los dominios del ensayo. Kathy Eden, en un libro insustituible, nos ha hecho ver que lo que solemos conceptuar modernamente como «intimidad» surge durante el Renacimiento cuando las epístolas familiares de los antiguos —entre ellos, Séneca y Cicerón— son redescubiertas por los humanistas, que las procesan y asimilan mientras se fortalecían modos de vida posfeudales, burgueses. Pero añade que tampoco es azaroso que en ese momento se configure otro género moderno —por más que tenga antecedentes clásicos— como lo es el ensayo, que no sería tal sin una aguda comprensión de la relación entre la exposición de vivencias y su dependencia intrínseca de una postura estética ante las palabras:
«Montaigne considers style, la forme, every bit as important as content, la substance. For only a style that is really owned can reveal the soul as one’s most valuable possession. So Montaigne, taking more interest in the advocate himself than in the case he pleads, insists in defense of his hermeneutics that “every day I amuse myself reading authors without any care for their learning, looking for their style (leur façon), not their subject (leur subject). Just as I seek the company of some famous mind, not to have him teach me, but to come to know him”»[7].
Tal hermenéutica es la que hallamos en el obvio fervor por la escritura patente en Un antes y un después, y de allí los abundantes pasajes donde el diarista examina la forma que ha elegido o que, más bien, lo ha elegido a él. Repárese en que en entradas como la siguiente —del 10 de mayo de 2022— el verbo nombrar revela la centralidad no tanto de la experiencia (subject) como de su verbalización (façon):
«Nombrar contra el tiempo es el título de un libro del poeta venezolano Juan Liscano. Y ahora me parece el más adecuado para estos diarios. Releyéndolos he podido volver en busca del tiempo pasado. Episodios de mi vida, un almuerzo en la montaña con Eileen y Constanza, una visita a la iglesia con mi nieto, una vieja película de Dassin, un poema en una revista, un vino de Borgoña regalo de su productora, la visita de unos amigos venezolanos, todo olvidado y recordado con emoción gracias a estos cuadernos. Escribo diarios contra el tiempo, como Juan Liscano escribía sus poemas».
Tuvo Borges bastante razón al aseverar que Montaigne fue el «inventor de la intimidad»[8] y volvió a tenerla al acotar que «los libros más personales —la Anatomía de la melancolía de Burton y los Ensayos de Montaigne— son centones»[9]. Si atendemos a los pareceres borgianos, la proximidad del más clásico ensayismo y los diarios de Oliveros aumenta por la cualidad abierta, impredecible y acumulativa de estos que, por casualidad, apreciamos miniaturizada en la cita del 10 de mayo de 2022. Su rapsodia de asuntos aparentemente inconexos viene, sin embargo, precedida por la frase «episodios de mi vida» que nos da la clave del principio de unidad. Las autobiografías que se ajustan al patrón de las Confesiones de Agustín de Hipona —las de santa Teresa, Jean-Jacques Rousseau, Benjamin Franklin y tantos otros— suelen organizarse en torno a un núcleo ideológico firme por más que se disimule bajo un manto de franqueza y hasta calidez; las autobiografías que se atienen, en cambio, al ejemplo del ensayo montaigniano —recuérdese el aviso preliminar al lector: je suis moy-mesme la matiere de mon livre— carecen de un plan que no sea entregarse a la curiosidad caprichosa de un hablante cuya heterogeneidad y falta de fijeza los Essais retratan de un modo inolvidable: «C’est un subject merveilleusement vain, divers, et ondoyant, que l’homme. Il est malaisé d’y fonder jugement constant et uniforme» (I, 1); y, jugando ya con imaginerías teratológicas: «Je n’ay veu monstre et miracle au monde plus exprès que moy-mesme. On s’apprivoise à toute estrangeté par l’usage et le temps; mais plus je me hante et me connois, plus ma difformité m’estonne, moins je m’entens en moy» (III, 11)[10]. Debo decirlo ya: los diarios de Oliveros resultan más vástagos del ensayo clásico que primos de las memorias o las confesiones. Según la lección de Montaigne, Un antes y un después le es fiel a la divagación, a la dispersión, a la sorprendente versatilidad del mundo, sin otro centro que la fascinación del escritor y el apetito de su omnívora cultura. Por sus páginas circulan no solo los sucesos mayores a los que me he referido —la pandemia, la catástrofe de Venezuela— y otros más, sino también iluminadoras reflexiones sobre pintura, cine, música, filosofía y, por supuesto, literatura, mucha literatura, en todas sus formas: pasajes sustanciosos donde se analiza poesía, narrativa, ensayo; páginas dedicadas a la traducción de poemas; páginas donde el poeta-diarista consigna versos escritos durante el día; y, no faltaba más, páginas personales, donde se nos permite espiar los entretelones de la amistad —llamadas de larga distancia, por ejemplo, de Rafael Cadenas, en medio de la pandemia, para conversar sobre Pierre Hadot (7 de abril de 2020) o la nostálgica evocación de Eugenio Montejo, «amigo y maestro», además de testigo, junto con Juan Sánchez Peláez y José Solanes, del matrimonio de Oliveros (14 de agosto de 2020)—.
Si en unas memorias o unas confesiones la interpretación sigue al acontecimiento, en un diario como este sucede lo contrario y el incesante acopio de los eventos suspende las conclusiones bajo el peso —el deleite— de un archivo que el tiempo y sus inescrutables intenciones se encargan de crear. Centón, ensayo y celebración de la vivencia, el discurso de Un antes y un después, como el de los volúmenes que lo precedieron, permanece, como he dicho, siempre por cerrar. Las personas, sus acciones, los detalles surgen y se recogen con las vacilaciones o el entusiasmo del día a día, almacenados caóticamente para subvertir lo que, en manos de alguien con urgencias doctrinarias, podría llegar a ser una enciclopedia; la fructífera negación de una empresa semejante viene dictada por el deseo de pertenecer a unas circunstancias y ser lo que, en medio de ellas, nos dictan la intuición, la sensibilidad, el afecto, la inteligencia. Importa mucho decirlo: si bien no son las fechas de por sí un método o un orden comprensible para los seres humanos, ellas le recuerdan al escritor de diarios su deuda con el mundo material. Se trata de nombrar contra el tiempo, cierto, pero a sabiendas, asimismo, de estar inevitablemente rendido ante él, sumergido en él, enamorado de él.
____________
[1] Diario literario 1995 (Fundarte, 1996); Diario literario 1997 (Blacamán, 1998); El tiempo traspasado. Diario literario 1998 (Universidad de Carabobo, 2002); Diario literario 1999 (Universidad Central de Venezuela, 2002); Variar vida y destino. Diario literario 2003 (Monte Ávila, 2005); Tristes cuidados. Diario Literario 2002 (Fundación para la Cultura Urbana, 2006); Sin parar un punto. Diarios literarios 2000-2001 (Equinoccio, 2010); Sin parar un punto. Diarios literarios 2004-2005 (Equinoccio, 2011); Sin parar un punto. Diarios literarios 2006-2007 (Equinoccio, 2012).
[2] Hasta en su poesía. Como botón de muestra, he allí piezas tan memorables como Preludios XVIII o «Nieve» de Tristia, dedicadas a su hija; «K. 545», de El sonido de la casa, dedicada a su mujer; o la intervención de ambas, incorporadas como personajes en los versos, a lo largo de El sonido de la casa, o su nieto a lo largo de Poemas de la luna líquida.
[3] Lo señalado el 20 de febrero de 2022 acerca de Preámbulo, una novela de Antonio López Ortega, concuerda con lo practicado por el diarista en su propia escritura: «Al hablar de los suyos, López Ortega habla de todos, la gran mayoría de los venezolanos cuyas existencias han estado marcadas por la experiencia del destierro».
[4] Wallace Fowlie, André Gide: His Life and Work, New York: Macmillan, 1965, p. 140.
[5] Paul de Man, Critical Writings 1953-1978, Lindsay Waters, ed. Minneapolis: University of Minnesota Press, 1989, p. 117.
[6] Un caso célebre es el de Eine Frau in Berlin (1959) de quien solo mucho después, en el siglo XXI, ya fallecida, se sabría que era la periodista alemana Marta Hillers. La razón de su anonimato fue que el diario daba gran espacio a la minuciosa descripción de las penurias sexuales de la autora y otras mujeres berlinesas durante la ocupación soviética.
[7] Kathy Eden, The Renaissance Rediscovery of Intimacy. Chicago: The University of Chicago Press, 2012, p. 109.
[8] Jorge Luis Borges, Obras completas, Buenos Aires: Emecé, 1989, vol. 3, p. 202.
[9] Véase el epílogo a sus Obras completas en colaboración, Buenos Aires: Emecé, 1979, p. 999.
[10] Sigo la edición de Pierre Villey y V.-L. Saulnier: Michel de Montaigne, Les Essais, Paris: Presses Universitaires de France, 2004.

Suscríbete para recibir una notificación por correo electrónico con nuestra Newsletter semanal.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Suspendisse varius enim in eros elementum tristique. Duis cursus, mi quis viverra.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Suspendisse varius enim in eros elementum tristique. Duis cursus, mi quis viverra.