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Hay libros que cobran una importancia desproporcionada en nuestra forma de ver las cosas, condicionando la manera como decidimos comportarnos ante los demás. Son novelas o ensayos que nos permiten examinarnos sin miedo, para bien o para mal y dan el valor necesario para no voltear la mirada al contemplar lo que hemos hecho o nos ha pasado. Son los textos que le permitieron a George Steiner escribir Presencias reales, en torno la importancia del diálogo profundo que sostienen las grandes obras ante la pregunta por Dios. Uno de estos es East of Eden (1952), del escritor norteamericano John Steinbeck (1902-1968). No es una novela vanguardista, todo lo contrario, intercala cortos ensayos sobre la moral en su formidable narración, donde analiza los acontecimientos de su relato para recordarnos que estamos atrapados, tanto en nuestras emociones como en nuestra inteligencia, en una red entrecruzada por el bien y el mal. En el capítulo 34 de la novela ofrece, a partir de una lectura de Heródoto, la historia de tres hombres ante cuya muerte todos se preguntan, ¿fue amado u odiado? El primero, que pudiéramos considerar el hombre más rico y poderoso de su tiempo, ascendió a la cúspide de la riqueza y el poder, atropellando, pasando por encima de los demás; años después intentó comprar el amor que había traicionado, llevando una vida más equilibrada, financiando incluso obras caritativas, pero al morir, el comentario generalizado fue: “Gracias a Dios se murió ese hijo de puta.” Otro, sin capacidad de reconocer la dignidad ajena y muy consciente de las debilidades de los demás, usó su inteligencia para amenazar, manipular y alcanzar un gran poder; fue capaz de disimular sus verdaderos motivos en nombre de la justicia; al morirse lo alabaron de boca, pero en el fondo, todos estaban contentos con su muerte. Un tercero, lleno de contradicciones y errores en su desempeño vital, buscó siempre dignificar la vida ajena y ayudar cuando fuerzas destructivas atemorizaban a todo el mundo; fue odiado por muy poca gente y al morirse, la gente, con lágrimas en los ojos, gritaba: “¿Qué vamos a hacer ahora, cómo podremos seguir sin él?”
Tres de los personajes más importante de East of Eden: Samuel Hamilton, el chino Lee y el propio Adam Trask inician una discusión sobre el versículo 4:7 del Libro del Génesis, la historia de Caín y Abel, subtexto de la novela de Steinbeck:
הֲל֤וֹא אִם־תֵּיטִיב֙ שְׂאֵ֔ת וְאִם֙ לֹ֣א תֵיטִ֔יב לַפֶּ֖תַח חַטָּ֣את רֹבֵ֑ץ וְאֵלֶ֙יךָ֙ תְּשׁ֣וּקָת֔וֹ וְאַתָּ֖ה תִּמְשׇׁל־בּֽוֹ׃
Las últimas palabras son cruciales: el pecado acecha desde la puerta, te llama, pero puedes – es el verbo clave -: tienes la libertad y eres capaz de dominarlo. O al menos podrías superarlo. No es una promesa, ni una obligación o mandato, sino una posibilidad, garantía del libre albedrío del cual goza todo ser humano hasta el último segundo de su vida. Las traducciones son muchas, unas dicen: “Sin couches at the door; it urge is toward you, yet you can be its master." Otra traducción lo lee así: “Entonces dijo el Señor a Caín: —¿Por qué estás irritado? ¿Por qué andas cabizbajo? ¿No llevarías el rostro alto si obraras bien? Pero si no obras bien, el pecado acecha a la puerta; no obstante, tú podrás dominarlo.” Trask y Hamilton se enfrascan en una discusión, que afortunadamente no es ni política, literaria, erótica, de género o académica, y a la final el chino, que tuvo que aprender hebreo para conseguir una buena interpretación, sorprende a todos con su revelación. ¿Cómo vamos a leer y a interpretar el verbo מָשַׁל , conjugado en tiempo futuro Yiqtol (Imperfecto, 2da personal singular)? ¿Es una orden, una profecía o una posibilidad?
A tal punto es importante la discusión, promovida por el criado de los Trask, el chino Lee, casi la conciencia moral de la novela, que el propio Steinbeck le pidió a su editor en Viking Press, Pascal Covici, judío de Rumanía, que localizara una autoridad rabínica para aclarar el punto. Covici contactó a al Profesor Louis Ginzberg del Jewish Theological Seminary of America, uno de los rabinos más importante de su generación, autor de The Legends of the Jews. Si la consulta fue efectiva o no, nunca lo sabremos, pero nos queda la interrogante, y a pesar de estar el verbo מָשַׁל conjugado en Yiqtol, previendo o adelantándose a la historia, sugiriéndonos la realidad de un posible triunfo del bien sobre el mal, queda abierta la pregunta, que cada uno de nosotros, de forma individual, como siempre ocurre cuando leemos e interpretamos a nuestro criterio la Sagrada Escritura, con o sin ayuda de la Tradición, hemos de responder con nuestras acciones, dando una respuesta sensata al dilema que continuamente se nos plantea. La traducción de la Biblia Standard Americana ordena el triunfo sobre el pecado, la traducción de King James Bible ofrece una promesa del triunfo sobre el mal, y la Torá, el Pentateuco en hebreo, apunta a una posibilidad, a un tiempo imperfecto, no subjuntivo, sino a una posible eventualidad, a un hecho en potencia, a una facultad del alma, difícil de ejercer, pero no imposible.
La atracción del mal, como dice el versículo, es una realidad, y el que esa posibilidad la encarne una mujer en la novela quizás sea cuestionable, pero así ocurrió en la trama y es convincente. La viscosidad del alma de Kate es abrumadora, su incapacidad para reconocer la inocencia y el amor en los demás es su tragedia, que arrastra consigo a quien entre en contacto con ella. Se percató muy joven del poder de su sexualidad, el impulso perturbador por excelencia, siempre con su cara de ángel y el poder para engañar y esclavizar. Empezó a experimentar y a jugar con los demás, en provecho propio, de forma egoísta, aunque el origen del mal no esté en la seducción de la serpiente y la expulsión del Edén, al menos así lo piensa Steinbeck, sino en el miedo del niño a ser rechazado, por más bien que se porte. El terror más grande siempre será no ser amado. El rechazo se transforma en infierno y el infierno es contagioso, la culpa se esconde y si crece, contamina todo a su alrededor. Cualquier niño daría lo que no tiene con tal de ser amado. Si la culpa es demasiado grande, saldrá de su escondite y no alcanzarán todas las cárceles del mundo para contener los crímenes que se cometerán en nombre del amor.
El versículo es tan problemático que Lee termina buscando asesoramiento y consulta a unos sabios chinos en San Francisco que fueron capaces de reconocer la veracidad de la historia: eran versos representativos de la historia de la humanidad en cualquier época, cultura o raza. El verbo תִּמְשׇׁל , tan ambiguo, tan rico en posibilidades, era la clave para entender el Génesis, pero también para juzgar la novela entera, por ser el eje rector de su desarrollo. Aunque debería así mismo serlo en nuestra experiencia cotidiana, o como lectores o espectadores de la película que hizo Elia Kazan en 1955, con James Dean en el papel de Caleb, o la miniserie de Netflix sobre el mismo libro dirigida por Zoë Kazan, nieta del gran director americano, cuestionado por haber denunciado a sus amigos comunistas ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses promovido por el senador Joseph McCarthy. Casi todos tenemos nuestras culpas escondidas que intentan abrirse paso y destruir a su antojo. Aprender a leer las Sagradas Escrituras tiene una ventaja, nuestro optimismo crece al percatarnos de la maravilla del amor que se nos ha concedido por el solo hecho de estar vivos.
John Steinbeck nació en California en una familia de origen alemán, fue periodista, corresponsal de guerra, soldado, guionista, autor de novelas tan poderosas como Of Mice and Men (1937) y The Grapes of Wrath (1939) sobre los efectos de la Depresión de 1928 en la vida de agricultores de Oklahoma que se ven a obligados a emigrar a California por sus deudas; una novela inspirada también, al menos su nombre, en un verso bíblico, el Apocalipsis en este caso. Apoyó el New Deal de Rooselvelt y casi siempre a los candidatos Demócratas, criticó el macartismo, aunque sorprendió a todos defendiendo la Guerra de Vietnam, donde peleaba uno de sus hijos. Murió relativamente joven, cuando tenía 66 años. Hace poco recordé su novela mientras conversaba con mi hija sobre la conveniencia de enviar a mi nieta a un colegio católico para que recibiera enseñanza religiosa, le pedí que recordara que lo más importante lo aprenderá de sus padres, lo bueno, lo malo y lo feo; que lo valioso será siempre, en primer lugar, perseguir la lucidez, un proceso muy lento; que nuestra meta siempre será la lucidez de los santos, abierta a lo sobrenatural. Y en segundo lugar, intentar ser buenas personas, que no es una condición automática, instantánea o definitiva, sino un proceso que sólo finaliza cuando morimos. Y a partir de esta brújula, de este compás vital, quizás podríamos, en el mejor de los casos y con mucho esfuerzo y voluntad, llevar una buena vida. Increíble como una buena novela nos enseña a vivir.
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