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Un encuentro casual

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Caminaba por la calle García Vinuesa en la capital de Andalucía, iba a un almuerzo familiar en ocasión de los 45 años de mi hijo, finales del mes de julio, temperaturas oscilando entre los 40 y 45 grados, cielo despejado, sin nubes. Bajaba por la acera de la izquierda cuando a la altura de Casa Morales, un tradicional bar de tapas y copas sevillano, fundado en el siglo XIX, vi en la esquina a tres sacerdotes, reconocibles por sus clergymen. No es una vista inusitada en la ciudad, pero me llamó la atención que todos llevaban libros en la mano, uno cargaba un grueso volumen, los otros tomos más delgados. Al pasar me les quedé viendo, todos más o menos jóvenes, cuarenta años el que aparentaba más edad y me fijé en uno de los libros, El señor de Romano Guardini (Der Herr, 1937), que estaba leyendo justamente esos días. Saludé, pedí permiso para seguir y no había dado tres pasos cuando me devolví y le dije al que lo tenía en su mano; “Gran libro, lo estoy leyendo ahora, pero no como un análisis teológico, más bien como meditaciones. Leo un capítulo al día.” Los tres sacerdotes se me quedaron viendo: “Así es, es la manera provechosa de leerlo.” Es un libro gordo, de unas 700 páginas, a la altura de los mejores tratados de Cristología, como el Jesús de Nazareth de Ratzinger. Impresiona la gigantesca erudición de Benedicto XVI, pareciera haberse leído todo lo escrito sobre el Señor y aún sí fue capaz de ofrecer su propia visión de la vida del Mesías. Lo de Guardini es diferente, es una reflexión más espiritual que teológica, más personal, como quien quiere que el lector se detenga y medite algunos pasajes.

“¿Y qué libro lee usted?”, le pregunté al cura más joven. Me mostró un libro de un autor alemán que no llegué a reconocer. “Ese es otro nivel”, le dije, “no estoy a su altura.” “Tampoco nosotros”, dijeron los demás sonriendo. Me despedí y seguí caminando y ellos hicieron lo mismo, pero a media cuadra, a la altura del restaurante italiano dónde iba, ya había visto en la acera de enfrente a mi hijo, a su esposa y a mi nieto, caminé rápidamente hacia donde estaban los curas y les pregunté si les gustaba la Carta a los Romanos de Karl Barth. No, me contestó sin pensarlo dos veces el de mayor edad. Soy profesor en el Seminario y hace unos meses organizamos un seminario sobre el libro, llegamos a la conclusión de que habla más de sí mismo y no sobre San Pablo. Mejor es ir a la fuente, ir al oro y no conformarse con la plata, argumentó. A mí me gustó, le respondí, es un libro casi existencialista, atormentado, muy subjetivo, pero sentido, escrito por un hombre que sufre y se reconoce en un tiempo diferente al Señor. Sí, pero no vale la pena, quédate con San Pablo. Se fueron caminando rápido, visiblemente apurados, sin tiempo para conversar con un laico a mediodía en una calle de la ciudad. Mi familia me esperaba también y tampoco podía, si lo hubiesen permitido, acompañarlos.

Tantas cosas que me hubiera gustado preguntarles. El concepto de kayros (καιρόν), por ejemplo, que recuerdo hoy, un par de semanas después de aquel almuerzo, día de la Transfiguración del Señor y ese momento cuando Dios irrumpe en en el tiempo de nuestra vida cotidiana, que damos por sentada y definitiva. Kayros es el instante cuando la eternidad explota y se instala en la historia, el tiempo narrativo de Paul Ricœr. La conversación con los tres curas no fue kayros, pero sí un alto en el tiempo ordinario que me permitió recordar la existencia de ese otro tiempo que a veces llega e interrumpe nuestra dedicación a las prioridades de nuestro tiempo narrativo, a las urgencias que nos ocupan, para regalarnos un instante de gracia y permitirnos experimentar, de vez en cuando, una gran paz. El encuentro con los sacerdotes me hizo recordar esa lectura de Guardini, la de Barth y otros que nos han permitido detectar, lúcida pero brevemente, como una ráfaga de discernimiento, la cercanía del kayros y la presencia continua, esquiva por nuestra inconstancia, de Dios.

Me hubiera gustado conversar con ellos, invitarlos a almorzar, preguntarles si habían leído a Paul Tillich, un pensador protestante que me abrió los ojos a los diecisiete años a la presencia de lo sobrenatural en el mundo intelectual. Antes, lectura y escritura iban por un lado y la experiencia espiritual por otro, pero de golpe, leyendo en una biblioteca universitaria, me encontré con un escritor que hablaba del kayros como lo más preciado que puede llegar a experimentar un hombre, pero ya aquellos curas lectores, cuyos nombres no pregunté, habían desaparecido en la esquina de la calle Adriano y se habían perdido en el hermoso laberinto del centro de Sevilla.

Luego, ya de regreso en casa, busqué mi ejemplar de la Carta a los romanos de Barth y leí algunos textos subrayados, indicando los lugares pertinentes para una segunda lectura: “En este mundo, el hombre se encuentra en la cárcel. Una reflexión más profunda no sucumbirá a ambigüedad alguna sobre las limitadas posibilidades de las que disponemos aquí y ahora. Pero nuestro alejamiento de Dios, nuestra apostasía de él supera lo imaginable, y las consecuencias también. El hombre es su propio Señor. Su unidad con Dios está tan rota que la restauración se nos antoja imposible. Su condición creatural es su grillete.” Y luego, por supuesto, la única posibilidad: la fe, “la osadía más osada. Ese `a pesar de´, ese inaudito, esa osadía es el camino que indicamos. (…) El es justo y declara justo a todo el que osa dar el salto al vacío.” Nunca podremos hacerlo solos, por nuestra cuenta. Francisco estaba de acuerdo cuando sostuvo en Gaudate et exsultate (2018) que el nuevo pelagiano defiende su capacidad, confía en su esfuerzo para sobreponerse a cualquier dificultad sobrenatural, contando únicamente con su propio talento. Se cree dueño de sí mismo, incorruptible, sano en esencia, capaz de superar cualquier prueba, inocente. Como se preguntaba Henri-Irénée Marrou en su Teología de la historia, un libro que me fue recomendado en la Maestría en Filosofía que impartía la Universidad Simón Bolívar en Parque Central no sé hace cuántas décadas: ¿podremos solos encontrarle un sentido a la historia? Nunca lo haremos por cuenta propia.

Barth devolvió a Cristo al centro de la teología, muchos católicos coincidieron con él y compartieron posiciones: Urs von Balthasar escribió un libro sobre él, Ratzinger lo estudió a fondo, Henri de Lubac e Yves Congar también, Rahner, Guardini y tantos otros. ¿Cómo no iba a querer hablar sobre su obra mientras caminaba por el centro de Sevilla? Pero no todo el mundo es tan ocioso, no todos estamos jubilados, con tiempo para estudiar, comentar e intentar poner en práctica las enseñanzas que nos han sido transmitidas. El próximo mes de septiembre comienzo a trabajar en Caritas como profesor de idiomas en un barrio de inmigrantes, seguro encontraré con quién hablar.

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