

Después del intenso primer acto de Tristan e Isolda, en un montaje de la Scala de Milán a cargo de Daniel Barenboin, transmitida por la RAI, sentí que era suficiente de mi amado Wagner para un sábado en la mañana con amenazas de gripe. Ahora me siento más en armonía con el cosmos escuchando Il re pastore, la ópera escrita por Mozart a los diecinueve sobre un texto de Metastasio, inspirado en la inagotable Jerusalén liberada del Tasso. Una “ópera seria” convertida en comedia pastoral deliciosa, con estupendas arias para castrato y tenor. Se trata de la reiterada historia de un príncipe que se hace pasar por pastor para mantener su amor con una ninfa, lo que no sería bien visto para su padre el rey. Estamos en tiempos de Alejandro Magno y la geografía es la de una borrosa Macedonia. Paralelamente, otra pareja comparte el protagonismo. Al final, la oportuna intervención de Alejandro resuelve la situación en una atmósfera de happy-ending. Tal vez se trate de la primera ópera importante de Mozart, y no es de balde que preceda a Idomeneo re di Creta. Todo está escrito como para ser montado en una tienda Tiffany, príncipes, caballeros, reyes y ninfas ricamente ataviado en esta cuasi-cantata que recuerda las piezas de orfebreria de la famosa casa. Después del Tristán (y sólo el primer acto) uno comienza a ver la vida de nuevo en su brillo y luminosidad. Aun en los momentos más oscuros, piezas como Il re pastore son la mejor cura para las reiteradas caídas del alma que marcan la vida de los hombres de estos días, tanto en la guerra, especialmente en guerras de exterminio como la de Gaza, como en la escurridiza paz.
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