Literatura

Freud y Jung, la performance de una ruptura dolorosa

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En el capítulo XVII de la Segunda parte del Quijote, nuestro héroe sostiene una de las conversaciones más bellas y maduras de todo su periplo, cuando intercambia opiniones con el caballero del Verde Gabán, con quien asume un tono genuino de igualdad y gallardía: “¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga en su opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que así fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con todo esto, quiero que vuestra merced advierta que no soy tan loco ni tan menguado como debo de haberle parecido”. Es uno de esos momentos en los que don Quijote expresa con serenidad que sabe lo que el mundo piensa de él y, además, entiende que ese juicio es lógico y comprensible. Por lo visto, su locura no llega nunca hasta el extremo de ignorarse a sí misma. Hay momentos en esta obra en los que la mente de don Quijote (como ocurre con Hamlet) se empeña tanto en la deliberada búsqueda del desgarramiento psíquico que el resultado termina siendo un nivel superior de lucidez, aunque a costa del sufrimiento.

Lo fascinante es imaginar que el diálogo de trasfondo lo sostienen precisamente esos dos genios contemporáneos que fueron Hamlet y don Quijote. Genios del ámbito ficcional que replicaron oblicuamente a los genios que los crearon y casi hasta podría decirse que, por momentos, los superaron. No sé por qué al imaginar ese diálogo pienso en la espectacularidad de la ruptura entre Freud y Jung, otros dos genios contemporáneos que comprendieron que el alejamiento definitivo entre ambos era inevitable, entre otras cosas, porque sus diferencias no formaban parte de la esfera de las discrepancias intelectuales, sino que eran manifestación de una escisión mucho más profunda. El núcleo de la diferencia insalvable era una redefinición ontológica de la libido. Freud poseía una mentalidad —por así decir— mucho más volcada hacia la categorización rigurosa y científica. La constatación cartesiana y la pervivencia del método eran tan importantes como sus planteamientos teóricos. En este sentido, Freud era muy aristotélico. Tarde o temprano, pensaba, el ser humano acabará por definir y estructurar los más oscuros confines de la mente. Su sueño era que sus ideas terminasen cristalizadas en forma de tratado científico.

Tal vez sobrestimó el poder de su propia virilidad y volcó esa distorsión en su conceptualización de la libido. Freud había tenido que luchar contra tantos prejuicios y contra tanta rigidez circundante (la asfixiante moral de la era victoriana), que después no pudo desprenderse del todo de los sesgos propios de su época. Fue un luchador incansable en contra de los males de la cultura que se habían asentado como neurosis colectivas. La especulación tenía que asentarse en una fórmula demostrable y, por tanto, aplicable. Es decir, tenía que dejar de ser especulación. El pensamiento freudiano fue un estallido tan prodigioso que su sino trágico consistió en terminar convertido en dogma. El combate contra el poder suele ser bello y emocionante hasta que, de pronto, el poder devora a sus propios críticos tocándolos con la varita mágica/maldita. La lucha contra el poder siempre es también una disimulada lucha por el poder.

Jung olfateó bien el tufillo de semejante afición a la lealtad doctrinaria del maestro y, por tanto, prefirió salir corriendo. Pero hubo un gran error de cálculo; esa huida se convirtió en una crisis personal colosal: la ruptura con el maestro venía acompañada de un dolor cataclísmico de terribles consecuencias psíquicas y, gracias a eso, de asombrosa fecundidad creativa también. ¿Qué es El libro rojo sino un exuberante testimonio de la lucha contra el demonio de la psicopatología?

Jung dio mucha más visibilidad a la ruptura con Freud, la convirtió en un affaire público para la posteridad, la describió y la detalló en varias oportunidades porque consideraba que ese testimonio ejemplificaba mejor ciertos complejos de la psique. A fin de cuentas, como buen psiquiatra, siempre fue un muy buen fisgón de sí mismo. Además, también había heredado la compulsión autobiográfica de Nietzsche, su influencia vital e intelectual más abismal. La famosa pérdida de autoridad de Freud —a sus ojos—fue convertida en un símbolo de su búsqueda mística. En pocos pensadores modernos se ha dado una abolición tan palmaria de todos los límites entre las disciplinas, las ciencias y las religiones como en Jung. La pluralidad y amplitud del proyecto de pensamiento junguiano tiene mucho de quijotesco: un ideal conscientemente inalcanzable. El proceso de individuación siempre me ha parecido más una formulación de sentido vital que un verdadero camino transitable. Es un ideal poético que nos inspira para la vida. La gracia está en proclamarlo para ceñirse después a esa proclama. El legado junguiano consiste sobre todo en ese gesto que, de todos modos, no hubiese encontrado cauces ni salidas si no hubiese alcanzado sus propios horizontes gracias al camino previo emprendido por el padre del psicoanálisis.

La fijación sexual de Freud era un eslabón necesario, la pregunta era legítima: ¿y si toda la energía vital reside en las zonas erógenas? Su pensamiento es arqueológico, es decir, busca remontarse al origen y en el psicoanálisis esto quiere decir primordialmente la niñez temprana. Un maestro de la sospecha busca siempre la causa primera. Su perspicaz análisis de la represión permitió cruzar un umbral que nunca antes se había franqueado de manera tan categórica y consciente. A mí me sigue convenciendo, por ejemplo, su postulado sobre la necesidad humana de sublimar los impulsos de genealogía psicosexual. Eso es precisamente lo que hemos acabado llamando “cultura”. Así humanizamos nuestra animalidad y entramos en ese arduo proceso de negociación entre nuestros deseos y la civilizada noción de límite. ¿Y qué es, por cierto, El Quijote sino una elaborada meditación en torno a esa negociación?

La controversia está en que Freud volcó en la sexualidad la matriz de todo lo demás, se convirtió en su peculiar motor primero (primum movens) que todo lo mueve. Esa tendencia monolítica enervó a Jung, para quien la libido no era una fuerza exclusivamente sexual, sino “una energía psíquica indiferenciada”. Esa era la grieta entre ambos. Freud anhelaba una arquitectura robusta y totémica para sus ideas, fundamentadas en un centro vigoroso. Los lastres de la moral victoriana en la psique colectiva de la alta burguesía europea lo dejaron miope. Por lo demás, es lo que nos ocurre un poco a todos: creemos que la realidad de nuestro entorno es “la realidad” en su totalidad. Tenemos esa manía de creer que la inmediatez contiene una multiplicidad suficiente para configurar la legitimidad de nuestros dogmas, opiniones e ideas. Nuestro mundo nunca es “el mundo”, sólo es una mirada específica, determinada por su perspectiva, su luz, su tiempo. Lo cierto es que la humanidad no puede ser reducida a las tendencias patológicas de una sociedad concreta, en un contexto determinado. La mente de Freud tendía al tótem, mientras que la de Jung tendía al tabú. Todo lo que Freud individualizó y segmentó, Jung lo colectivizó y lo amplió. Ambos sabían que la relación era insostenible y, por tanto, representaron (casi performativamente) el cisma que se consolidó formalmente en 1913. El vínculo padecía su propia pulsión de muerte. Fuera del ámbito de los chismes y el evidente narcisismo de ambos, el cisma fue fecundo.

En El hombre y sus símbolos, Jung dice: “Unos viven para su juventud y otros para su madurez. Para los primeros, la madurez es un declive penoso; para los segundos, la juventud es un estado de preparación e imperfección hacia la verdadera meta de la vida”. Es muy tentador pensar que Freud perteneció al primer grupo, mientras que Jung encaja mejor en el segundo. Es una forma de verlo: el Freud más brillante e intuitivo fue el Freud joven, y las contribuciones junguianas más lúcidas pertenecen a su vida madura. Ambas vidas conformaron un tándem portentoso gracias a estas dos etapas muy bien diferenciadas. Y ninguno de los dos tuvo un pensamiento más poderoso e influyente que la suma de ambos.

Volviendo al Quijote, don Diego de Miranda —quizás el personaje con más madurez y más vocación terapéutica de todos los creados por el genio cervantino— decide invitar a don Quijote a su casa, pero antes le dice: “que todo lo que vuesa merced ha dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma razón, y que entiendo que si las ordenanzas y leyes de la caballería andante se perdiesen, se hallarían en el pecho de vuesa merced como en su mismo depósito y archivo”. Reconoce así la grandeza que encarna una persona que vive en un mundo que ya no existe, pero cuya existencia paralela (dentro de su pecho) cobra el más profundo de los sentidos a través de su locura consciente: al final se trata del anacrónico deseo de hacer el bien a los demás por encima de cualquier otra prioridad. La empatía es el camino. Y desde una distancia respetuosa y prudente, Don Diego de Miranda comprende que, en este mundo, hay cierto tipo de locuras que son necesarias.

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