Libros

El perpetuo movimiento de la memoria

(Desde el banquito de Alejandro Varderi)

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Imagen de Free Nature Stock en Pexels

Es casi imposible pensar en la obra narrativa de Alejandro Varderi (1960) sin remontarse al apogeo de los talleres literarios en la Venezuela de los años setenta y ochenta, que tantas consecuencias tuvo. El grupo de Calicanto y su importante revista Hojas de Calicanto (1977-1983) emergieron del paso de Antonia Palacios por los programas del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, y de las iniciativas pedagógicas paralelas de la Universidad Simón Bolívar —en las que Juan Calzadilla, apoyado por José Santos Urriola, desempeñaría un papel esencial— derivarían el grupo y las ediciones de La Gaveta Ilustrada (1977-1981). La efervescencia de dichos círculos evidenciaba el deseo de los escritores jóvenes de enfrentarse a un estancamiento cultural para ellos visible en la burocratización de sus precursores o, inversamente, en sus espectáculos «bohemios» ofrecidos en conocidos bares y al amparo de excelsos ideales revolucionarios con los que aún se identificaban. Junto con autores a la larga también prominentes como Antonio López Ortega y Gustavo Guerrero, del taller de la Simón Bolívar saldría Varderi, y algunos elementos de su poética inicial aún nos hablan en sus obras, solo que sometidos a un profundo proceso de decantación signado por una trayectoria cosmopolita, en la que tanto tienen que ver su Caracas natal, la Barcelona de sus padres —e importantes tramos de su juventud— y la Nueva York donde se ha desarrollado su vida profesional como docente universitario.

Como novelista, Varderi ha publicado la saga Origen final (1888-2016) —constituida por Para repetir una mujer (1987), Amantes y reverentes (1999), Viaje de vuelta (2007), Bajo fuego (2013) y El mundo después (2017)— a la que han seguido dos títulos independientes: De aquí y de allá (2020) y Desde el banquito (Santiago de Chile: RIL, 2026). Me detendré en este último, en el cual se discierne una fascinación por los modos de vida urbanos que exhiben la impronta de la modernidad. La fidelidad del escritor a sus raíces, me parece, es indisputable, ya que de una u otra manera tal interés se remonta a su etapa en la Venezuela de la segunda mitad del siglo XX, de lleno comprometida con los discursos del progreso.

En un artículo que debemos a Varderi en su faceta de investigador, «Los talleres literarios en la formación de la literatura del fin de siglo» (Inti: Revista de Literatura Hispánica, no. 37, 1993, pp. 225-232), encontraremos un componente testimonial que no conviene soslayar. Tras describirse la importancia de las técnicas sobre todo surrealistas o dadaístas transmitidas por Calzadilla a sus discípulos e indicarse que, a partir de estas, el grupo consolidó una expresión genuinamente plural, con libros como Ritos cívicos (1980) escritos a ocho manos, leemos: «Es necesario precisar que la ciudad fue el espacio físico y estético del grupo. No solo porque todos habíamos nacido en Caracas o vivido allí desde la infancia; sino porque solo ella en su carácter de corpus colectivo, y por ende anónimo, puede producir incontables encuentros tan intensos como efímeros» (p. 229). Tengo para mí que Desde el banquito es, justamente, una novela que juega a entrecruzar las intensas existencias de sus protagonistas para resaltar cómo hacen de la efimeridad un principio rector común, lo cual se logra con un contrapunto de voces sumadas para evocar el sentir de una colectividad teniendo como marco la historia social no de una sino de tres ciudades en contraste.

El entorno inmediato es la plaza Virrei Amat de Barcelona donde, en un banco, tres viudas catalanas se reúnen para intercambiar recuerdos en los que sus respectivos mundos convergen. Amèlia Rigau, a pesar de las estrecheces de la posguerra, nunca dejó Barcelona y en ella se casó con un aragonés. Montse Llop emigró a Nueva York y se casó con un gallego, para ser testigos de una posguerra de cariz opuesto: victorioso, optimista. Llúcia Saguès, en Venezuela, al abandonarla el pretendiente con quien iba a reunirse, acabó casada con otro catalán. Las emigrantes regresan a su origen y, en la soledad de su vejez, el trío, en 2020, reconstruye exhaustivamente una historia que se expande entre continentes, entre sociedades distintas sujetas a mutaciones incesantes. Por las fechas, no cuesta intuir que se trata de una vaga despedida: el recuento se hace, en efecto, durante la pandemia de la COVID-19, y ya sabemos cómo repercutió en la población de edad avanzada. La primera persona de las tres ancianas se turna con un narrador terciopersonal que, no obstante, será el único hablante del epílogo, donde se nos sitúa en 2025 y se mencionan asientos de la Virrei Amat con otros ocupantes: a Amèlia, Llúcia y Montse «el fragor de estos últimos años las ha barrido» (p. 225).

Con lo anterior no estoy estropeándoles la lectura a quienes no la hayan emprendido todavía, pues con Desde el banquito sucede lo que debe ocurrir en la buena ficción: el arco anecdótico es lo de menos —por eso una misma trama acepta adaptaciones a vehículos tan disímiles como los verbales, los plásticos, los fílmicos o los teatrales, cuyos traslados no invalidan un original certero—. Varderi, en esta oportunidad, sabe que su materia prima son las conductas dóciles e indóciles de la memoria y cómo la individual puede convertirse en algo más, una polifonía de experiencias transpersonales. No es un asunto nuevo en su quehacer, pero en esta ocasión el peso del ayer prevalece; nada en el aquí y ahora se sustrae a él:

«Una geografía muy elástica entonces la que contenía el declinar de Amèlia, Montse y Llúcia; demasiado abstraídas ellas en sus recuerdos […] como para vibrar con el pulso de un presente sin lugar desde el cual cultivar algún sentido de pertenencia: solo sentarse en el banquito a ver pasar la vida que se les escapaba, un poco más, con cada nuevo día» (p. 36).

He destacado la importancia de lo efímero en la poética de Varderi. En esta novela podría argumentarse que tiene dos manifestaciones fundamentales. Si apreciamos la elocución de la cita precedente, una de esas manifestaciones se divisa en la representación del espacio y la integración en él de los personajes. Lidiamos, ante todo, con una novela que superpone extranjerías sucesivas para fundirlas en una visión donde la permanencia se concibe de la manera más frágil: el individuo habita tal como existe, es decir, con plazos no determinados del todo por su voluntad; no es esta una historia de arraigos, sino de tránsitos y en eso se parece a la condición humana. Ya lo ha dicho el narrador externo: «ver pasar la vida que se les escapaba», con el agregado de que ese gesto se intensifica —noción cara a Varderi— por la ingrata necesidad de expatriarse e, incluso, como deciden hacerlo Llúcia y Montse, de repatriarse, con el resultado de sentir que esto último equivale a otra forma de expatriación, puesto que una considerable porción de sus memorias se ha anclado en lugares distantes, por no mencionar que en seres queridos y definitivamente perdidos. La novela anterior de nuestro autor, De aquí y de allá, desde su título había esbozado de modo apto esa sensibilidad diaspórica y hace más de un cuarto de siglo Amantes y reverentes había incursionado en esos asuntos —su íncipit era perfecto: «Y se sabía atado a cualquier lugar porque no había aún consolidado su vida en ninguno»—. Con todo, Desde el banquito va más allá tanto por su naturaleza polifónica como por la cualidad elegíaca del mundo que se recrea, influida por la vejez.

Lo efímero tiene otra veta importante en estas páginas, y su dimensión no es metafísica, sino social e incluso política. Me refiero a la cuestión de la modernidad. Recordemos que la definición explícita del término en Le Peintre de la vie moderne (1863) de Charles Baudelaire incorporaba lo pasajero y provisional: «La modernité, c’est le transitoire, le fugitif, le contingent, la moitié de l’art, dont l’autre moitié est l’éternel et l’immuable». Para Amèlia, Llúcia y Montse la contingencia está ligada a ciclos de éxito y fracaso de ciertos proyectos comunitarios que ellas, desde luego, no describen con la precisión de un sociólogo o un politólogo pero que la mayoría de los lectores podremos deducir reorganizando los datos que incidentalmente nos deparan sus cogitaciones. Desde el mirador de la Llúcia recién llegada a Venezuela, por ejemplo, nos dice el narrador:

«Porque para entonces aquella llamada Tierra de Gracia, dados los incalculables dones esparcidos por un hábitat múltiple y exuberante, vivía los albores de una modernidad extendiéndose a través de su geografía, con la presteza del capital norteamericano decidido a moldearla a su antojo» (p. 20).

Cuando Montse narra la visita que le hace en Nueva York una tía de España, no puede dejar de apuntar:

«Aún me acuerdo de lo sorprendida que estaba al advertir toda aquella modernidad. Quedó maravillada con la cocina empotrada y los electrodomésticos de la mare, especialmente la nevera Coldspot, comprada en Macy’s, adonde la llevamos, diciéndole que era la tienda por departamentos más grande del mundo; eso, después de haber subido al rascacielos más alto del mundo. La pobre estaba demasiado asombrada» (p. 29).

Y, aunque no use el sustantivo modernidad tan a quemarropa como sus amigas, a Amèlia le tocará no menos hablar al respecto cuando rememore el despertar que trajo consigo la muerte de Franco:

«… me corté el pelo al estilo garçon, como había visto en la ¡Hola!, lo cual a la mare le pareció bastante extremado. [Mi marido] se compró una Vespa de segunda mano, y aquello me pareció el no va más […]. Josep, que estaba ganando un mejor sueldo tras ganar las oposiciones de La Caixa, fue el primero en la familia con seiscientos y lavadora; algo impensable escasos años antes. Pero todo avanzaba muy deprisa y se notaba el cambio de un día para otro, especialmente en […] los jóvenes[,] mucho más desinhibidos y con ganas de vivir como veían en otros países de Europa y por supuesto en Estados Unidos» (p. 207).

A la postre, la misma Amèlia acabará usando el adjetivo moderno: «Porque, ciertamente, la gente quería olvidarse de los años oscuros, del hambre de postguerra, de la represión y la censura del franquismo y ser moderna» (p. 213). Otro término que emplean con asiduidad los cuatro narradores de Desde el banquito, ya sea para describir Caracas durante la era democrática, Nueva York antes y ahora o Barcelona en los últimos tiempos, es el de progreso (pp. 21, 63, 92, 150), sin olvidar el verbo progresar (pp. 79, 80, 81, 114, 134, 150, 178) y el adjetivo progresista (pp. 110). Hasta desarrollo o desarrollar se aplican a la economía y la sociedad de los países donde transcurren las acciones (pp. 41, 106, 117). Está claro que no se trata de un aspecto lateral de la realidad descrita, sino de uno crucial.

Sin embargo, las protagonistas en algún momento dan indicios de estar al tanto, con matices trágicos, de un régimen de caducidad operante en los dominios del progreso o de lo moderno. El caso venezolano es tal vez el más extremo: si antes que Llúcia decida emigrar todo lo que se relacionaba con él apuntaba a «Una exótica postal de afluencia y progreso […], vagabundeos por bulevares, avenidas y centros comerciales, mientras observaba las mercancías expuestas tras las vitrinas de la tentación» (p. 21), sus comentarios sobre la situación actual no se andan con rodeos: «Me cuenta una conocida que son cientos los negocios cerrados por el Gobierno, aunque hayan abierto otros de mucho lujo financiados con el dinero del narcotráfico y la corrupción. ¡A dónde ha ido a parar aquel país! […]. Ahora hasta los profesionales […] se acuestan con el estómago vacío» (p. 171). A ese desengaño de la modernidad venezolana de Llúcia no le falta un complemento en su actitud ante los peligros en los que se encuentra la estadounidense: «Veremos también qué pasará en el otro país de Montse con el hombre aquel quien, aunque debió irse en enero para darle paso al sucesor, no se ha acabado de ir, especialmente tras aquel asalto al Capitolio, que me recordó el del Comandante cuando intentó apoderarse del palacio presidencial venezolano» (p. 182).

Obviamente, la Segunda República Española es otro paradigma de un intento histórico de modernización frustrado y determinante para la suerte de las tres protagonistas, pero en Desde el banquito sobrevuelan numerosas amenazas inminentes trazando un horizonte hasta cierto punto apocalíptico: todo lo que significó el ataque a las Torres Gemelas en lo que atañe al nuevo tipo de guerras contra enemigos invisibles o nómadas (p. 221); el conflicto en Ucrania como primer gran desafío al orden internacional impuesto por la OTAN (p. 61); y está la pandemia, huelga decirlo, que golpea por igual a la caída Venezuela posdemocrática o a los aún funcionales Estados Unidos y España, suscitando en Amèlia la certidumbre de que el siglo XXI, que siempre había imaginado como un nuevo «siglo de las luces», va «de mal en peor» y que, unos u otros, tal como su difunto marido aseveraba, «los países siempre tropiezan con la misma piedra» (p. 221).

Ahora bien, hay en la confesión a tres voces que escuchamos una coincidencia que relativiza el sentimiento nihilista y catastrófico; los ámbitos urbanos en los que han estado inmersas estas mujeres les han impartido una lección proveniente de esa modernidad tan mentada a lo largo de sus conversaciones e indisociable de su cosmovisión: nada es constante. Toca prestar atención a Montse, quien

«pasaba sin nostalgia por las metamorfosis de la Ciutat Comtal, posiblemente porque Nueva York se devora a sí misma cada pocos años, reinventándose en lo que después se transformará en el modelo a seguir. Por ello en su caso las metamorfosis eran aspectos integrales del existir, como los movimientos de los astros y las mareas; de ahí que careciera de ese sentido de pertenencia dable de arelar en lo esfumado a sus compañeras de banquito» (p. 59).

Aun así, cabe resaltar que la añoranza acecha en cada página de esta novela sin que Montse se exima totalmente de ella. Para no ir lejos, habla de cómo echa de menos los encuentros en Nueva York, tan iluminadores para ella, de su padre con españoles exiliados, judíos prófugos del etnocidio de la Segunda Guerra Mundial o ucranianos y rusos de las persecuciones orquestadas por Lenin y Stalin. Justo en ese instante admite que para quienes son «inmigrantes como nosotros» la nostalgia es inevitable (p. 125). Quizá lo sea porque, pese a que a veces se demonice con la acusación de reaccionaria, una conciencia sin algún factor nostálgico carecería del espesor que nos concede el comercio entre el hallazgo y la pérdida. Ese comercio, a su vez, nos permite asimilar los cambios e ingresar en el tiempo, ser uno con él.

He señalado que el tema de la memoria nunca se ha ausentado de la narrativa de Varderi, pero en Desde el banquito, además de su función íntima de postular un origen como tabla de salvación en medio de tantas contingencias en las que podríamos naufragar, el recuerdo actúa como intermediario entre el individuo y una comunidad acorralada por vaivenes de triunfo y derrota, auge y decadencia, en los cuales, como queda dicho, se despliega el ansia de lo moderno. El ejercicio memorioso contribuye a darles sentido a esas dicotomías haciéndonos ver en su falta de fijeza, en su precariedad, la cifra de nuestro destino: de un perpetuo movimiento como el de los astros o las mareas está hecha la vida misma, siempre y donde sea.

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