Literatura

El contrapaso de los adivinos en el Inferno de Dante

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En el Levítico, Jehová le dice a Moisés: “No comeréis cosa alguna con sangre. No seréis agoreros, ni adivinos”. Y unos versículos más adelante, insiste: “No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos”. La doctrina lo deja muy claro. Toda forma de vaticinio equivale a una pérdida de confianza en la Providencia divina, buscando medios ajenos a Dios para alcanzar un grado de sabiduría que va más allá de lo humano. Tal es la idea fundamental que lleva a Dante, sin remedio, a condenar a magos, adivinos, encantadores, astrólogos y brujos al cuarto foso (bolgia) de la Malebolgia, en el octavo círculo infernal. El episodio ocupa el Canto XX y tendría poco sentido elogiarlo de forma especial porque en la Commedia no hay un solo canto que no sea abrumadoramente prodigioso. Es el gran problema de esta obra: lo superlativo es habitual. Lo que sí valdría la pena (y nunca mejor dicho) sería revisar algunas de las peculiaridades y extrañezas poéticas que orbitan en este pasaje.

Por querer vislumbrar el futuro, la pena de estos condenados consiste en tener la cabeza girada hacia atrás de forma tal que no puedan caminar nunca más hacia adelante, perché volse veder troppo davante,/di retro guarda e fa retroso calle (porque quería ver demasiado hacia adelante, ahora sólo mira hacia atrás y desanda sus pasos). Se trata de un contrapasso tan vigorosamente acertado y una deformación física tan chocante, que Dante no puede evitar conmoverse hasta las lágrimas. Precisamente, son las silenciosas lágrimas de estos condenados las que generan el efecto contagio. Una vez más, la plasticidad de la imagen deja perplejo al lector: como los adivinos tienen la cabeza volcada hacia atrás, sus lágrimas caen silentes hasta perderse en la grieta de las nalgas. Sólo que, en esta ocasión, la empatía de Dante indigna más de la cuenta a Virgilio, quien no tarda en reprenderlo duramente: “¿También eres de esos insensatos piadosos? Qui vive la pietà quand’è ben morta (aquí la piedad vive sólo si está muerta). ¿Quién es más perverso que aquel que se deja llevar por la compasión ante los efectos de la justicia divina?” Y, a continuación, va señalando al primer grupo de destacados: Anfiarao, Tiresias, Arunte y Manto. El caso de esta última lleva a Virgilio a aprovechar la oportunidad para ofrecer una extensa explicación sobre el origen de su villa natal, Mantua, que por cierto difiere de lo contado por él mismo en la Eneida.

En el Canto X del poema virgiliano se cuenta que Mantua había sido fundada por el caudillo militar etrusco Ocno, nacido de la unión entre la hechicera Manto y el río Tíber. De manera que Dante emprende una especie de revisión (o adenda mítico-histórica), por boca del propio Virigilio, lo cual es aún más efectista, y termina afirmando que los mantuanos escogieron ese lugar porque allí yacían los restos mortales de Manto. Es decir, da una versión diferente. Sabemos que, en lo concerniente a Eneida, no había ninguna posibilidad de lapsus en el florentino; conocía de memoria largos pasajes y lo había estudiado íntegro durante décadas. Su intención probablemente pasaba por el deseo de distanciar a su maestro de la leyenda medieval que vinculaba a este con las artes mágicas. ¿Aprovechó para ello las versiones de Ovidio y Estacio sobre Manto? Por un lado, en la cultura popular del Medioevo se creía que l’altissimo poeta había profetizado el advenimiento de Cristo en su famosa (y misteriosa) Égloga cuarta; por otro, los napolitanos aseguraban que Virgilio había creado fuentes curativas (y otros prodigios) mediante sus poderes mágicos. Además, cualquier conocimiento profundo de la naturaleza, la astronomía, la matemática y la filosofía se asociaba a cierto tipo de magia blanca. Todo apuntaba a afianzar la leyenda. En el pasaje, Virgilio termina diciéndole a Dante: “te ruego que, si alguna vez oyes que mi tierra tuvo otro origen, la verdad no te engañe”, haciéndose un fuerte correctivo a sí mismo. Visto de otro modo, podría tratarse de la fe de errata más descollante de la tradición occidental.

Es una osada manera de corregir a su maestro con el objeto de (por el supremo propósito, pensaría él) de distanciarlo de las cada vez más extendidas leyendas esotéricas virgilianas en tiempos del Trecento. Pero más extraño aún resulta la incongruencia con respecto a la condena infernal de Manto, debido a que, en el Canto XXII del Purgatorio, mientras Virgilio conversa con Estacio, enumera una lista de los personajes de la Tebaida que comparten estancia con él en el limbo y entre ellos incluye a “la hija de Tiresias”, es decir, a Manto. ¿A qué se debe esta confusión? ¿Cuál fue, entonces, el destino final de la hechicera? ¿El limbo o el octavo círculo infernal?

El caso es muy sorprendente para los comentaristas, pues tratándose de cualquier otro poeta, no hubiese sido difícil concluir que se debía a un descuido; pero tratándose de Dante, el asunto merecía un examen más detenido y una interpretación más creíble. Una cosa es que Dante maneje las diversas fuentes latinas a través de la hagiografía cristiana y, por tanto, haya amalgamas propias de la época y confusiones generales comprensibles, y otra cosa muy distinta es que haya un error en el entramado interno del poema y aparezca un personaje duplicado (condenado al limbo y al infierno a la vez). ¿Era posible que Dante cometiera una equivocación semejante? Muchos creen que no. Entre ellos, destaca el erudito británico Edward Moore, quien sostuvo una de las hipótesis más irresistibles y, todavía, siglo y pico después, su encanto sigue vigente. En su Studies in Dante (Oxford, 1896, p. 173), Moore está muy consciente de las dificultades que tuvo Dante para discernir el conglomerado cultural heredado de la Antigüedad grecolatina. Y siempre supo sobreponerse, a su manera y bajo su propio sistema de composición. Dante sabía encontrar soluciones para todo, al punto que la sensación general que deja la lectura de su obra es que, a pesar de las apariencias, vivimos en un universo ordenado y todo responde a un plan cósmico muy bien pensado desde el principio.

Moore insiste en que muchos de los textos antiguos que nosotros manejamos, Dante sólo los pudo conocer de forma fragmentaria o en segundo grado (a través de referencias, comentarios y traducciones parciales). En el pasaje que nos ocupa, Moore atiende a un detalle clave: se habla de “Manto” en el Inferno, pero, en cambio, en el Purgatorio se habla de “la hija de Tiresias”. Para este erudito, esa variante revela una confusión genealógica; había versiones que hablaban de otras posibles hijas de Tiresias. En definitiva, Dante pudo separar los dos personajes en su cabeza por no tener presente que, en realidad, se trataba de la misma figura. Es una de tantas formas imaginativas y plausibles de explicar el equívoco. Y es un contagio de fe poética la que nos inspira su obra, pues, a diferencia de Shakespeare y Cervantes, Dante no solía cometer deslices con la tinta. Sea como fuese, es de justicia siempre enfatizar las condiciones vitales en las que Dante emprendió su inigualado poema: desterrado, humillado, empobrecido, sin su biblioteca, sin sus bienes, huésped permanente en casas, villas y ducados ajenos, dependiendo de la bondad y caridad de amigos y de extraños. Y aún así, no cesó en su determinación de decir de Beatrice “lo que jamás fue dicho acerca de ninguna otra”, como había anunciado años antes en su Vita Nuova. No debe olvidarse que Dante falleció poco después de haber culminado el Paradiso, en eso también siguió a su maestro.

Sin embargo, el conflicto que deja entrever el Canto XX se manifiesta en la discrepancia radical entre la condena a los adivinos y la obsesión del propio Dante (personaje) por avizorar el futuro. Parte de su viaje infernal se vuelve una confrontación permanente con la profecía. Escrito años después, a posteriori, el viaje del personaje “acontece” en 1300. En ese entonces, Dante no había sido desterrado de su patria cuando se extravía en la selva oscura y, a partir de allí, emprende el viaje hacia el mundo ultraterreno. Esta posición de retrospectiva le facilitó el recurso narrativo medular de todo el poema: las continuas consultas acerca del destino de su patria. En el sexto círculo, la angustia de Cavalcante por saber si su hijo vive o no, sume a Dante en una confusión. ¿Las sombras no lo saben todo sobre el mundo? El epicúreo Farinata, desde su tumba, le explica que los condenados sufren una especie de presbicia con respecto a la visión de los acontecimientos: ignoran el presente, pero pueden discernir con claridad lo que está más lejos en el porvenir.  Por esto Dante se convierte en un hábil entrevistador de sombras. Le apetece conocer lo que se avecina.

¿Qué puede explicar, entonces, este doble rasero entre los adivinos condenados y la fijación profética de Dante? La respuesta más obvia es la cosmovisión cristiana: las consultas proféticas que él realiza no son usurpaciones del poder divino, sino una expresión de ese mismo poder. La providencia es la que ha decidido que Dante conozca esos eventos del porvenir. Él es tan sólo un instrumento de Dios. Por otra parte, la connotación de malignidad que recaía sobre magos y adivinos en la Edad Media se fundaba en la idea de que estos abusaban de la vulnerabilidad del prójimo para sacar provecho material de sus artes; además, intentaban el ejercicio herético de trucos que profanaban y usurpaban el ámbito sagrado de la divinidad. Dante unifica su legitimidad poética con la doctrina cristiana y, sin embargo, no puede evitar condolerse de aquel desfile de deformados, con las cabezas trocadas hacia atrás. Por eso es el pasaje en el que Virgilio se muestra más severo y también más prolijo en el discurso. En ningún otro canto de la Commedia, el mantuano profiere mayor número de palabras. Es la forma que halló su pupilo de despojarlo de su aura de mago ante el “futuro” vulgo. Sin embargo, y por contraste con su maestro, Dante permanece en silencio casi todo este episodio, asumiendo una secreta y sospechosa actitud de contrición. Tal vez porque sabe que el vínculo mistérico (por no decir daimónico) entre vates y vaticinios ha trascendido con fuerza al paganismo y se halla también entreverado en la tradición poética de la cristiandad.

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